jueves, 3 de septiembre de 2009

La "Santa Locura"... a la Luz de Don Quixote.

Don Quijote de la Mancha





“No se comprende aquí ya ni la locura”. Estas palabras nos dice don Miguel de Unamuno al comenzar el capítulo sobre “El sepulcro de don Quijote” en la primera parte de su Vida de don Quijote y Sancho [1]. Y con ellas iniciamos nosotros esta meditación acerca de la figura del hidalgo manchego y su sentido como el “mejor caballero del mundo” como lo calificara Dostoyevsky.
“Si nuestro señor Don Quijote resucitara y volviese a esta su España –añade más adelante Unamuno- andarían buscándole una segunda intención a sus nobles desvaríos. Si uno denuncia un abuso, persigue la injusticia, fustiga la ramplonería, se preguntan los esclavos: ¿Qué irá buscando en eso? ¿A qué aspira? Unas veces creen y dicen que lo hace para que le tapen la boca con oro; otras que es por ruines sentimientos y bajas pasiones de vengativo o envidioso; otras que lo hacen no más sino por meter ruido y que de él se hable, por vanagloria; otras que lo hace por divertirse y pasar el tiempo (...)
“Fíjate y observa. Ante un acto cualquiera de generosidad, de heroísmo, de locura, a todos estos estúpidos bachilleres, curas y barberos de hoy no se les ocurre sino preguntarse: ¿Por qué lo hará? Y en cuanto creen haber descubierto la razón del acto –sea o no la que ellos suponen- se dicen: ¡Bah!, lo ha hecho por esto o por lo otro. En cuanto una cosa tiene razón de ser y ellos la conocen, perdió todo su valor la cosa.”[2]
En efecto, en Don Quijote no hallamos... “segunda intención”. Todo él está ahí, sin doblez. En su figura se han unido la tragedia y la comedia. No hay engaño en él. Y hay tantos que se empecinan en cavar en la miseria para hallar esas razones que suponen y adjudicar a cualquier infeliz la segunda intención que, quizá, no tiene.
Es –sin duda- un ideal de vida, es condición de nobleza verdadera no obrar por “segundas intenciones”. Es cierto que muchas veces caerá vencido o dará en el suelo, como Don Quijote. Pero el espíritu grande y magnánimo corre siempre ese riesgo.
Pierre Emmanuel ha dicho que Cervantes fue el “evangelista” de Don Quijote, pero no “aquel que penetró más profundamente en su espíritu”. Y alude al juicio del “apóstol Pablo del quijotismo, Miguel de Unamuno”. Don Quijote –dice- supera infinitamente a Cervantes, quien escribe la historia al dictado de “otro que la llevaba en sí, un espíritu que permanecía en lo hondo de su alma” [3]
Se da en tantos la opinión “tan difundida como nefasta” según la cual Don Quijote no es más que una criatura de la fantasía. Don Quijote es más real que Cervantes y que Unamuno. “Muchas veces consideramos un escritor como una persona real e histórica porque lo vemos en carne y hueso, y los personajes que son el fruto de su imaginación los juzgamos ficciones de su fantasía, mientras que ocurre todo lo contrario: son estos personajes los que existen en verdad y se sirven de aquel otro que parece ser de carne y hueso, para lograr una figura ante los hombres.” [4] Así Cervantes es “hijo” de Don Quijote, como todo artista, de algún modo, es hijo de su obra.
Porque el artista tiene la misión de rescatar figuras escondidas o manifestar esos secretos y tesoros que no pueden ser conocidos a primera vista. No todos arriban a las honduras del ser. Por eso hay quienes ven y reciben el don de una expresión que, por fin, los supera.“La pseudo-realidad no es más que un sueño lógico, un sueño de prisioneros –dice Pierre Emmanuel- el solo medio de escapar del miserable mundo que nos encierra, es la fe, que es locura.”[5]
En el capítulo V de la Primera Parte, Cervantes nos cuenta la desgracia de nuestro caballero, luego de la penosa caída en tierra a causa de los mercaderes toledanos que no quisieron confesar la belleza de Dulcinea del Toboso. “Viendo, pues, que en efecto no podía menearse” comenzó una lamentación según el tenor de sus libros hasta que le halló en ese estado un su vecino, labrador, llamado Pedro Alonso. Aún con el riesgo de recurrir a una cita demasiado larga, nos detendremos en las consideraciones de Unamuno ante este acontecimiento:“Tendido Don Quijote en tierra se acogió a uno de los pasos de sus libros, como a paso de los nuestros nos acogemos en nuestra derrota (...)
“Y acertó a pasar Pedro Alonso, un labrador vecino suyo, que le levantó del suelo, le reconoció, le recogió y le llevó a su casa. Y no se entendieron en el camino, en la plática que hubieron entre ambos, plática de que sin duda tuvo noticias Cervantes por el mismo Pedro Alonso, varón sencillo y de escasas comprendederas. Y en esta plática es cuando Don Quijote pronunció aquella sentencia tan preñada de sustancia, que dice: ‘¡Yo sé quién soy!’
“Sí, él sabe quién es y no lo saben ni pueden saberlo los piadosos Pedros Alonsos. ‘¡Yo sé quién soy!’ –dice el héroe, porque su heroísmo le hace conocerse a sí propio, su fuerza y su desgracia a la vez. Su fuerza, porque como sabe quién es, no tiene porqué temer a nadie, sino a Dios que le hizo ser quien es; y su desgracia, porque sólo él sabe aquí en la tierra, quién es él, y como los demás no lo saben, cuanto él haga o diga se les aparecerá como hecho o dicho por quien no se conoce, por un loco.
“Cosa tan grande como terrible la de tener una misión de que sólo es sabedor el que la tiene y no puede los demás hacerles creer en ella: la de haber oído en las reconditeces del alma la voz silenciosa de Dios (...)
“Grande y terrible cosa el que sea el héroe el único que vea su heroicidad por dentro, en sus entrañas mismas, y que los demás no la vean sino por fuera, en sus extrañas. Es lo que hace que el héroe viva solo en medio de los hombres y que esta su soledad le sirva de una compañía confortadora (...) No basta exclamar ‘¡yo sé quién soy!’, sino es menester saberlo, y pronto se ve el engaño del que lo dice y no lo sabe y acaso ni lo cree. Y si lo dice y lo cree, soportará resignadamente la adversidad de los prójimos que le juzgan con la ley general, y no con Dios.(...) “Don Quijote discurría con la voluntad, ya al decir ‘¡yo sé quién soy’!, no dijo sino ‘¡yo sé quién quiero ser!’ Y es el quicio de la vida humana toda: saber el hombre lo que quiere ser. Te debe importar poco lo que eres; lo cardinal para ti es lo que quieras ser. El ser que eres no es más que un ser caduco y perecedero, que come de la tierra y al que la tierra se lo comerá un día; el que quieres ser es tu idea en Dios (...)“Sólo el héroe puede decir ‘¡yo sé quién soy!’, porque para él ser es querer ser; el héroe sabe quién es, quién quiere ser, y sólo él y Dios lo saben (...) .”[6]
No hemos de seguir toda la historia de don Quijote, ni siquiera detenernos en los pasos más importantes. Solamente hemos de encarar lo que nos parece de hondo significado y que interesa particularmente a esa imagen de la caballería y del hombre noble, que hemos apuntado más arriba.
En realidad todas las apariencias nos llevan a juzgar su figura no sólo como la de un loco, sino como la de un “fracasado”. Y es éste –quizá- un verdadero timbre de gloria. En efecto, don Quijote regresa, o bien prisionero o vencido a su casa. Don Quijote decide, luego, convertirse en pastor. Pero, sin embargo, su escudero y discípulo (y esto merecería una larga meditación) conserva en él su fe... Y es que el “fracaso” puede ser recibido como lo contrario, precisamente como el cumplimiento de una misión que escapa al juicio y a la lógica común.Don Quijote, desde luego, ha fracasado. Perdió la lectura de sus libros; chocó contra la incomprensión general y padeció todo género de burlas. Pero eso significa esto otro: Don Quijote debió desprenderse y renunciar a todo: a su caballería andante, a su fama, y hasta su misma locura...porque murió cuerdo. Hubo de “abandonar el abandono”, como decía el P. De Caussade. Y en esta renuncia estriba su condición más noble. El verdadero caballero, en cierto sentido, acaba por entregar todo. “Cuanto más se es, más hay que estar dispuesto a dejar de ser”, rezaba un viejo proverbio español. Es el “hombre noble” del Maestro Eckhart que para alcanzar la cima del alma debe dejarlo todo, es decir: desasirse. No en una esfera puramente moral, sino en la misma vida, “en el ser”, diré, para que se manifieste Dios. De tal modo que el verdadero secreto de las cosas aparece cuando nos dicen “adiós”. Entonces la posesión es diferente y verdadera: cuando todo se tiene en Dios.
Don Quijote (II p. Cap. 74) después de haber “dormido de un tirón” exclamó: “¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! En fin sus misericordias no tienen límite, ni las abrevian ni impiden los pecados de los hombres”... Y la sobrina desconcertada (como siempre, los más cercanos son los que ven menos), preguntó: “¿Qué misericordias son éstas, o qué pecados de los hombres? –Las misericordias –respondió don Quijote- sobrina, son las que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis pecados”.[7]Ante la muerte, el hidalgo, se abandona a Dios y descubre, después de haber dejado todo, la grandeza inefable de su misericordia. Y esto comporta, en efecto, conocer a Dios.
Fr. Alberto E. Justo OP
[1] M de UNAMUNO Vida de don Quijote y Sancho decimoquinta edición Madrid Espasa-Calpe 1971. pág. 11
[2] Ibid. Pp 11-12
[3] P. EMMANUEL La Théologie quichottesque d’Unamuno en Le monde est intérieur Le Seuil Paris 1967
[4] Ibid. P. 170
[5] Ibid. P. 171
[6] M de UNAMUNO Obra citada pp 37-39
[7] A. E. JUSTO Hacia una filosofía del Desierto Buenos Aires 2005. P.9
Tomado de su ensayo: CONTINUACIÓN DE LA CABALLERÍA MEDIEVAL (DEL SANTO GRIAL A DON QUIJOTE DE LA MANCHA)
Puede verse el texto completo en: http://caminohacialaaurora.com.ar/

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