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jueves, 11 de diciembre de 2008



Continuación de la Caballería Medieval.

(Del santo Grial a Don Quijote de La Mancha)


PRESENTACIÓN



El tema de la Caballería medieval no sólo despierta el interés de los historiadores sino que presenta al hombre de todos los tiempos una imagen y un modelo de las más elevadas virtudes.

Aún cuando la perfecta realización de los ideales no sea siempre posible en este mundo, merece atención la figura y la concepción antropológica, tal como fuera diseñada y comprendida por una copiosa literatura desde la Edad Media hasta hoy.

Y ampliando el horizonte, tal como nuestra curiosidad lo pretende, podremos entrever lazos y parentescos singulares entre el ideal cristiano del caballero en el siglo XII, el “hombre noble” del Maestro Eckhart y los perfiles de don Quijote de la Mancha, de Parsival y de otros héroes.

Según el Diccionario de los Símbolos, “la idea del caballero, aparte incluso de su historia, es un elemento de la cultura universal y un tipo superior de humanidad. Aunque no corresponda a realidades existentes en las instituciones, expresa sin embargo, en forma de símbolos, un cierto número de valores.”

“El ideal de la caballería se resumía en un acuerdo de lealtad absoluta para con las creencias y compromisos a los cuales toda la vida se sometía”[1]

Esta lealtad y su perseverancia constituyen el plano primero y esencial de la figura que nos interesa.

Asumimos, pues, la imagen del caballero como un símbolo. Y en este sentido es inagotable. La constancia en la lucha y la fidelidad, a pesar de todo; el rechazo de las conveniencias ante las exigencias del ideal; el desinterés y la generosidad; constituyen un panorama siempre en expansión, dando lugar a virtudes nuevas en la misma dirección y hacia el mismo fin.

Los tiempos requerirán diversas respuestas y a la lucha “exterior” sucederá la dimensión interior de un combate que es propio del hombre en esta tierra. Esta lucha interior manifiesta la permanencia de un “estado” de vida, por llamarlo así, de una vocación que no huye las horas más severas de la historia. Y podrá descubrirse, en esta peculiar milicia, la paradoja del sosiego y de la paz en un empeño de honor que tiene su raíz en la hondura del corazón.

La Caballería medieval trae su origen de muchos elementos y factores, cuya consideración no es de este lugar. La vivencia y el tiempo, el intento y el peso de los valores han unido el ideal con el símbolo que podemos ver como una sola cosa. Ambos han concordado, pues, a través de la vida y de la historia, hechos logrados y hechos “no-logrados”, éxitos y fracasos. Ahora bien, éstos últimos son siempre decisivos, porque el ... fracaso enseña otro modo o abre las puertas a otra manera –quizá más alta- de encarnar un ideal.

En el diseño de tal imagen ha sido central el papel de la literatura, de la poesía y del arte en general. Así, la lectura medieval de Virgilio (a quien con razón llamó Théodor Haecker el “Padre de Occidente”) y de los clásicos de la épica.

La figura del caballero es propia de una concepción de la vida que no ignora la “lucha”, el “combate”, ante la manifestación del mal. Lucha que comporta dos situaciones: una realidad interior, lo propio del corazón, y otra que es el contenido oculto y secreto de las cosas, y que está más allá de las apariencias; en suma, su realidad profunda.

Hablamos de la “lectura espiritual”, esto es: aproximarse al secreto escondido en la letra o bajo la letra, oculto por lo aparente y por el mero sonido exterior de las cosas.

En la Edad Media hallamos esta característica en todos los órdenes. La búsqueda del sentido profundo y espiritual, tanto en la lectura de los hechos y acontecimientos, cuanto en todos los aspectos de la vida. Y no será la menor esta dimensión en la exégesis bíblica, que ha merecido el monumental estudio de Henri de Lubac, “Exégesis Medieval”, obra que requiere suma atención y que ha tenido tantas consecuencias en el estudio de la literatura espiritual.



EL SANTO GRIAL


Tratar la espiritualidad de la Caballería medieval requiere ante todo el conocimiento de las fuentes. Desde el De Laude Novae Militiae de San Bernardo hasta el Libre del Orde de Cavallería del Beato Ramón Llull, pero sin olvidar la copiosa literatura épica que en la Edad Media tuvo un importantísimo lugar, sobre todo en la difusión de un ideal elevado propuesto a toda la sociedad.

El tema del Santo Grial (Graal) es el más rico en símbolos de toda la literatura del siglo XII. Se trata de la copa que el Señor y sus discípulos bebieron en la Última Cena. No hemos de detenernos más que en mencionar la historia y en señalar su carácter simbólico y ejemplar.

En el texto de Cristián de Troyes aparece el fundamento de la maravillosa leyenda. Robert de Boron, en un poema francés llamado Joseph d’Arimathie, relata cómo luego de la Cena y de la traición de Judas, un discípulo llevó con él la copa de la que se sirviera el Salvador. Esta fue confiada a José de Arimatea. Cuando éste, después de la Crucifixión de Cristo, ayudado por Nicodemo, desclavó el Cuerpo de la Cruz, la Sangre brotó de las heridas y él la recogió en esa copa.

Este es el origen de la historia del Santo Grial. Su recuperación, su búsqueda, su hallazgo, serán el propósito, la lucha y los trabajos de muchos, hasta que alguien, que sea digno, por fin lo encuentre.

E. Gilson observa que desde el comienzo de la obra nos encontramos en la vigilia de Pentecostés y la gracia del Espíritu se derramará sobre todos los acontecimientos. Las alusiones a los “rayos del sol” simbolizan las “lenguas de fuego”. El episodio de los caballeros alrededor de la Mesa Redonda está en relación con un texto del Evangelio del Apóstol San Juan (20, 19), donde se narra la aparición del Salvador en medio de sus discípulos deseándoles la paz. En el palacio todas las puertas y las ventanas están cerradas: un anciano aparece llevando a un caballero de la mano. El mismo anciano dice al caballero: -la Paz sea contigo, Pes soit o vos... Gilson concluye que el Grial es la gracia del Espíritu Santo. [2]

En la Leyenda, un caballero llamado Bohort declara al anciano eremita: “El corazón del hombre es el timón de la nave; lo conduce donde le place, al puerto o al naufragio.” Semejante doctrina se halla expuesta en el tratado De Gratia et libero arbitrio de San Bernardo, señalando que la libertad humana tiene delante dos caminos, el consentimiento a la gracia o al demonio.

Es la luz del Espíritu Santo, pues, la que baña toda la leyenda del Santo Grial.

Se discutirá acerca de las fuentes de la leyenda. No es nuestro propósito ocuparnos de ello ahora. Bastan a nuestro intento las palabras de Albert Béguin: “El Graal representa a la vez, y substancialmente, a Cristo muerto por los hombres, el cáliz de la santa cena (es decir la gracia divina concedida por Cristo a sus discípulos), y en fin el cáliz de la misa, que contiene la sangre real el Salvador. La mesa donde reposa el vaso es, pues, según estos tres planos, la piedra del santo sepulcro, la mesa de los doce apóstoles, y por fin el altar donde se celebra el sacrificio cotidiano. Estas tres realidades, la crucifixión, la cena y la eucaristía, son inseparables y la ceremonia del grial es su revelación, al ofrecer en la comunión el conocimiento de la persona de Cristo y la participación en su sacrificio salvífico.”[3]

La búsqueda o demanda del santo Grial exige precisas condiciones de vida interior. Los caballeros empeñados en ella deberán “aventurarse” antes que nada en el propio corazón. Las mismas acciones y obras exteriores pueden no ser favorables a la contemplación y a los caminos de una vida más profunda. La Verdad está ahí, o aquí delante, y no la vemos.

“La busca del graal inaccesible simboliza la aventura espiritual y la exigencia de interioridad, lo único que puede abrir la puerta de la Jerusalén celestial donde resplandece el divino cáliz. La perfección humana se conquista, no a golpe de lanza como un tesoro material, sino por una transformación radical de la mente y del corazón. Hay que ir más lejos que Lanzarote, más lejos que Perceval, para alcanzar la transparencia de Galaad, viva imagen de Jesucristo[4].



EL “HOMBRE NOBLE”


A principios del siglo XII resuena una palabra brotada del silencio. Es Guigo I, el Cartujo, en una carta al Gran Maestre de los Templarios y en sus Meditaciones, donde diseña los perfiles de una verdadera “caballería espiritual”. En el primer texto señalado hallamos fragmentos como el siguiente: “...No sabemos, en modo alguno, exhortaros a guerras materiales ni a combates visibles; tampoco estamos preparados a inflamaros para las luchas espirituales, en las que nos encontramos cada día, sino que deseamos, al menos, invitaros a reflexionar acerca de ellas. De hecho es vano atacar a los enemigos externos, si no vencemos antes a aquellos que nos amenazan en nuestro interior. Y es demasiado vergonzoso e indigno querer someter a nuestra autoridad cualquier compañía de hombres si antes no hemos sometido a nuestros cuerpos (...). No reine más el pecado en nuestro cuerpo mortal (...); no ofrezcamos nuestros miembros como instrumentos de injusticia al pecado, sino ofrezcámonos nosotros a Dios como vivos que han tornado de entre los muertos y nuestros miembros como instrumentos de justicia para Dios. Y si la carne desea contra el espíritu, el espíritu anhele invencible contra la carne (...) Y porque no estamos en condiciones de llegar con nuestras solas fuerzas, reforcémonos en el Señor y en poder de su virtud, y vistamos la armadura de Dios, para poder resistir las insidias del diablo. ‘De hecho nuestra batalla’ escribe de nuevo el Apóstol ‘no es contra criaturas hechas de carne y de sangre, sino contra los principados y las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en las regiones celestes’ (Ef. 6, 12)...”

“... Estemos pues dispuestos, con la cintura ceñida con la verdad y los pies calzados con la espera del Evangelio de la paz, y llevemos siempre en el brazo el escudo de la fe (...), con la cabeza cubierta con el yelmo de la salvación, llevemos la diestra armada con la espada del espíritu...”

En las célebres Meditationes, del Prior de la Gran Cartuja, leemos este pensamiento: (n.262) “Deja que otros vayan a Jerusalén: en cuanto a ti, camina hacia la humildad y la paciencia. Esto es de hecho salir del mundo, aquello es hundirse en él” [5]

Las palabras del santo monje describen un ideal que halla su fundamento, sin duda, en la virtud. Y en este sentido perdurará la tradición y el lenguaje a través del tiempo, con innumerables Tratados, Espejos y otras muchas expresiones literarias, brindando siempre “ejemplos” de virtud dignos de imitación. El caballero continúa siendo, a través de toda una literatura, un claro modelo social. Y su misión se interioriza con el correr del tiempo y de la historia.

Pero en el siglo XIII la irrupción del “aristotelismo” en las universidades y otros factores gestan una nueva figura que, si bien la juzgamos en cierta relación con la antigua caballería, resulta nueva y de honda significación. Se trata del intelectual. Con ella se diseña otro modelo de “nobleza”. Es la experiencia del pensamiento, la nobleza del sabio y del virtuoso de la que habla Dante y el mismo Maestro Eckhart.

Esta perspectiva, desde luego “interior” surge a partir de una experiencia contemplativa e intelectual...

Nosotros nos detendremos en la figura del “hombre noble”, tal como parece diseñada por el Maestro Eckhart.

Se ha dicho que “la mayor audacia” del pensamiento de Eckhart ha sido “proponer un ideal elevado, un ideal espiritual que se exprese a través de los temas de la justicia, de la humildad, de la bondad, de la rectitud, pero más que nada a través de la nobleza. Así se halla este ideal en el tema de la nobleza del alma humana.” [6]

La filosofía de Eckhart se hace cargo de la doble dimensión humana: la exterior y la interior, el ser-creado y el alma noble. El estilo de vida que él propone ha de permitir la elevación de la naturaleza humana hacia la grandeza y la nobleza de la naturaleza divina. [7]

“Nuestro Señor dice en el Evangelio: ‘Un hombre noble marchó a un país lejano para adquirir un reino y regresó’ (Lc. 19, 20). Nuestro Señor nos enseña con estas palabras lo noble que el hombre ha sido creado en su naturaleza y qué divino es lo que puede llegar a obtener por la gracia, y también cómo el hombre debe llegar hasta allí. En estas palabras también se hace alusión a una gran parte de la Escritura.” [8]

Antes que cualquier determinación o condición, antes que cualquier manifestación, aparece como fundamental esta “nobleza” en el mismo origen, en la fuente... Por tanto será preciso descubrirla, liberarla del peso de las añadiduras que han acabado por ocultarla. Es una invitación a volver a la pureza y virginidad originales, allí en la aurora, donde todo recomienza entre el alma y Dios.

“... hay un hombre exterior y otro hombre interior. Al hombre exterior pertenece todo lo que es inherente al alma, pero envuelto y mezclado con la carne, y que tiene una acción común con cada miembro corporal, como el ojo, la oreja, la lengua, la mano y otros por igual. Y todo esto es lo que la Escritura entiende por hombre viejo, el hombre terrestre, el hombre exterior, el hombre enemigo, un hombre servil.”

“El otro hombre que está en nosotros es el hombre interior; la Escritura lo llama un hombre nuevo, un hombre celeste, un hombre joven, un amigo y un hombre noble. “ [9]

El rescate de esta interioridad es conducir a lo más hondo y elevado del alma, donde precisamente radica toda la nobleza de la persona y donde el hijo encuentra al Padre, donde el hombre encuentra a Dios. Este camino tiene, para Eckhart, diversos grados que nos dan la trayectoria que el peregrino ha de recorrer para llegar a destino.

“El primer grado del hombre interior y nuevo, dice san Agustín, es cuando el hombre vive según la imagen de la gente buena y santa, aun cuando todavía se dirige a los aposentos y permanece junto a los muros y se alimenta todavía de leche.

“El segundo grado es cuando (ya) no considera solamente las imágenes exteriores, aun siendo éstas de gente buena, sino que corre y se apresura hacia la enseñanza y el consejo de la sabiduría divina, da la espalda a la humanidad y con la mirada hacia Dios se arrastra hacia el seno de la madre y sonríe al Padre celeste.

“El tercer grado es cuando el hombre se aparta más y más de la madre y cada vez se mantiene más alejado de su seno, se aparta del cuidado, rechaza el fruto, de manera que si pudiera cometer el mal y la injusticia sin que nadie se ofendiera, tampoco encontraría placer en ello, pues está muy unido a Dios en el amor, hasta que él le establezca y le conduzca en la alegría, en la dulzura y en la bienaventuranza, allí donde le es contrario todo lo que no es semejante y extraño a Dios.

“El cuarto grado es cuando crece y se enraíza más y más en el amor y en Dios, de manera que está preparado para recibir cualquier tribulación, tentación, contrariedad, y para sufrir voluntariamente y con placer, con deseo y alegremente.

“El quinto grado es cuando en todas partes vive en paz consigo mismo, reposando tranquilamente en la riqueza y en la plenitud desbordante de la sabiduría suprema e inefable.

“El sexto grado es cuando el hombre ha sido desnudado de su propia imagen y transfigurado por la eternidad divina, y ha conseguido un olvido totalmente perfecto de la vida perecedera y temporal y ha sido raptado y transformado en una imagen divina, al llegar a ser hijo de Dios. Por encima no hay más grados, y allí hay paz eterna y bienaventuranza, pues el objeto último del hombre interior y del hombre nuevo es la vida eterna.”[10]

Este es, pues, el punto de llegada; pero es claro que las etapas señaladas en el texto suponen un constante “movimiento”, una incesante transición que empeña la vida toda. Se trata del “desasimiento”, del “ser separado”. Una suerte de “honor del vacío”, ya que el hombre ha de vaciarse y desprenderse, dejando todo lo que no es Dios. No “añadiendo” cosa a cosa o perfección a perfección, sino despojándose y liberándose de la tierra acumulada que cierra y esconde el pozo de agua viva.

“... el sol brilla sin cesar; pero cuando una nube o la niebla se interponen entre nosotros y el sol, entonces ya no percibimos el resplandor. De la misma manera, cuando el ojo está enfermo en sí mismo y achacoso y tapado, entonces no percibe el resplandor. (...) cuando un maestro hace una imagen de madera o piedra, no introduce la imagen en la madera, sino que corta las astillas que han ocultado y recubierto la imagen; no añade nada a la madera, sino que golpea y esculpe la cobertura y saca la escoria y entonces resplandece lo que estaba oculto debajo. Ése es el tesoro que estaba oculto en el campo, del que habla Nuestro Señor en el Evangelio (Mt. 13, 44).” [11]

Y más adelante: “Es del hombre noble –como de la misma imagen de Dios, Hijo de Dios, la semilla de la naturaleza divina, que jamás es destruida aunque sea cubierta- de quien habla el rey David en el Salterio: ‘Aunque acaezca al hombre todo tipo de vanidad, pena y desolación, no obstante él permanece en la imagen de Dios, y la imagen en él’ . La luz verdadera brilla en la tiniebla, pero no es conocida. (Cfr. Sal 4, 3 ss y Jn. 1, 5).

“No te fijes en que soy oscura –dice el Libro del Amor-: soy bella y bien hecha, pero el sol me ha quemado (Cant. 1, 5). El sol es la luz de este mundo y significa que incluso lo supremo y lo mejor que ha sido creado y hecho cubre y oscurece la imagen de Dios en nosotros.” [12]

“... la imagen, el Hijo de Dios, en el alma. Y esto es lo que dice Nuestro Señor en toda palabra, cuando dice: ‘un hombre noble marchó’, pues el hombre tiene que salir de toda imagen y de sí mismo y alejarse y hacerse extraño a todo, si ciertamente quiere recibir al Hijo y llegar a ser el Hijo en el seno y en el corazón del Padre.” [13]

Estas apretadas citas no nos eximen de la lectura y atenta meditación del Tratado al cual aludimos y de la consideración de otros textos similares. Nos basta ahora subrayar un par de referencias más.

“Todavía hay otra explicación y enseñanza relativa a lo que Nuestro Señor llama un hombre noble: Hay que saber que aquellos que conocen a Dios desnudo, conocen a las criaturas con él; pues el conocimiento es una luz del alma y todos los hombres desean conocer por naturaleza, pues incluso el conocimiento de las cosas malas es bueno. Ahora bien, los maestros dicen: cuando se conoce a la criatura en sí misma –a lo que se llama un conocimiento vespertino- , allí se ven a las criaturas en imágenes algo distintas; pero cuando se conoce a las criaturas en Dios, entonces es y se llama un conocimiento matutino y, en esa perspectiva, se ven las criaturas sin distinciones y desnudas de todas las imágenes y desvestidas de toda semejanza en el uno, que es Dios mismo. También ese es el hombre noble...”

“... el hombre noble recibe, toma y crea todo su ser, vida y bienaventuranza únicamente de Dios, junto a Dios en Dios; no del conocer a Dios, contemplarlo, amarlo o cosas similares. Por eso dice Nuestro Señor, de todo corazón, que la vida eterna es conocer solamente a Dios, como al Dios uno verdadero (Jn 17, 13), y no conocer que se conoce a Dios...” [14]

Esta nobleza es la más alta condición del hombre que se alcanza por el desasimiento. Es un viaje sin compromisos, pues queda claro que es preciso volver incesantemente al punto de partida, es decir recuperar la fuente y la pureza, para no caer en idolatrías o en mediaciones al fin superfluas. La tentación permanente será la de instalarse en este o en aquel punto, o –simplemente- establecerse en este o en aquel lugar, considerándolo definitivo. No ha de ser así. La vocación del hombre noble es ser uno con Dios y esto es propio de la aurora, cuando el Hijo nace, a cada instante, en el corazón.



DON QUIJOTE DE LA MANCHA


“No se comprende aquí ya ni la locura”. Estas palabras nos dice don Miguel de Unamuno al comenzar el capítulo sobre “El sepulcro de don Quijote” en la primera parte de su Vida de don Quijote y Sancho [15]. Y con ellas iniciamos nosotros esta meditación acerca de la figura del hidalgo manchego y su sentido como el “mejor caballero del mundo” como lo calificara Dostoyevsky.

“Si nuestro señor Don Quijote resucitara y volviese a esta su España –añade más adelante Unamuno- andarían buscándole una segunda intención a sus nobles desvaríos. Si uno denuncia un abuso, persigue la injusticia, fustiga la ramplonería, se preguntan los esclavos: ¿Qué irá buscando en eso? ¿A qué aspira? Unas veces creen y dicen que lo hace para que le tapen la boca con oro; otras que es por ruines sentimientos y bajas pasiones de vengativo o envidioso; otras que lo hacen no más sino por meter ruido y que de él se hable, por vanagloria; otras que lo hace por divertirse y pasar el tiempo (...)

“Fíjate y observa. Ante un acto cualquiera de generosidad, de heroísmo, de locura, a todos estos estúpidos bachilleres, curas y barberos de hoy no se les ocurre sino preguntarse: ¿Por qué lo hará? Y en cuanto creen haber descubierto la razón del acto –sea o no la que ellos suponen- se dicen: ¡Bah!, lo ha hecho por esto o por lo otro. En cuanto una cosa tiene razón de ser y ellos la conocen, perdió todo su valor la cosa.”[16]

En efecto, en Don Quijote no hallamos... “segunda intención”. Todo él está ahí, sin doblez. En su figura se han unido la tragedia y la comedia. No hay engaño en él. Y hay tantos que se empecinan en cavar en la miseria para hallar esas razones que suponen y adjudicar a cualquier infeliz la segunda intención que, quizá, no tiene.

Es –sin duda- un ideal de vida, es condición de nobleza verdadera no obrar por “segundas intenciones”. Es cierto que muchas veces caerá vencido o dará en el suelo, como Don Quijote. Pero el espíritu grande y magnánimo corre siempre ese riesgo.

Pierre Emmanuel ha dicho que Cervantes fue el “evangelista” de Don Quijote, pero no “aquel que penetró más profundamente en su espíritu”. Y alude al juicio del “apóstol Pablo del quijotismo, Miguel de Unamuno”. Don Quijote –dice- supera infinitamente a Cervantes, quien escribe la historia al dictado de “otro que la llevaba en sí, un espíritu que permanecía en lo hondo de su alma” [17]

Se da en tantos la opinión “tan difundida como nefasta” según la cual Don Quijote no es más que una criatura de la fantasía. Don Quijote es más real que Cervantes y que Unamuno. “Muchas veces consideramos un escritor como una persona real e histórica porque lo vemos en carne y hueso, y los personajes que son el fruto de su imaginación los juzgamos ficciones de su fantasía, mientras que ocurre todo lo contrario: son estos personajes los que existen en verdad y se sirven de aquel otro que parece ser de carne y hueso, para lograr una figura ante los hombres.” [18] Así Cervantes es “hijo” de Don Quijote, como todo artista, de algún modo, es hijo de su obra.

Porque el artista tiene la misión de rescatar figuras escondidas o manifestar esos secretos y tesoros que no pueden ser conocidos a primera vista. No todos arriban a las honduras del ser. Por eso hay quienes ven y reciben el don de una expresión que, por fin, los supera.

“La pseudo-realidad no es más que un sueño lógico, un sueño de prisioneros –dice Pierre Emmanuel- el solo medio de escapar del miserable mundo que nos encierra, es la fe, que es locura.”[19]

En el capítulo V de la Primera Parte, Cervantes nos cuenta la desgracia de nuestro caballero, luego de la penosa caída en tierra a causa de los mercaderes toledanos que no quisieron confesar la belleza de Dulcinea del Toboso. “Viendo, pues, que en efecto no podía menearse” comenzó una lamentación según el tenor de sus libros hasta que le halló en ese estado un su vecino, labrador, llamado Pedro Alonso. Aún con el riesgo de recurrir a una cita demasiado larga, nos detendremos en las consideraciones de Unamuno ante este acontecimiento:

“Tendido Don Quijote en tierra se acogió a uno de los pasos de sus libros, como a paso de los nuestros nos acogemos en nuestra derrota (...)

“Y acertó a pasar Pedro Alonso, un labrador vecino suyo, que le levantó del suelo, le reconoció, le recogió y le llevó a su casa. Y no se entendieron en el camino, en la plática que hubieron entre ambos, plática de que sin duda tuvo noticias Cervantes por el mismo Pedro Alonso, varón sencillo y de escasas comprendederas. Y en esta plática es cuando Don Quijote pronunció aquella sentencia tan preñada de sustancia, que dice: ‘¡Yo sé quién soy!’

“Sí, él sabe quién es y no lo saben ni pueden saberlo los piadosos Pedros Alonsos. ‘¡Yo sé quién soy!’ –dice el héroe, porque su heroísmo le hace conocerse a sí propio, su fuerza y su desgracia a la vez. Su fuerza, porque como sabe quién es, no tiene porqué temer a nadie, sino a Dios que le hizo ser quien es; y su desgracia, porque sólo él sabe aquí en la tierra, quién es él, y como los demás no lo saben, cuanto él haga o diga se les aparecerá como hecho o dicho por quien no se conoce, por un loco.

“Cosa tan grande como terrible la de tener una misión de que sólo es sabedor el que la tiene y no puede los demás hacerles creer en ella: la de haber oído en las reconditeces del alma la voz silenciosa de Dios (...)

“Grande y terrible cosa el que sea el héroe el único que vea su heroicidad por dentro, en sus entrañas mismas, y que los demás no la vean sino por fuera, en sus extrañas. Es lo que hace que el héroe viva solo en medio de los hombres y que esta su soledad le sirva de una compañía confortadora (...) No basta exclamar ‘¡yo sé quién soy!’, sino es menester saberlo, y pronto se ve el engaño del que lo dice y no lo sabe y acaso ni lo cree. Y si lo dice y lo cree, soportará resignadamente la adversidad de los prójimos que le juzgan con la ley general, y no con Dios.

(...) “Don Quijote discurría con la voluntad, ya al decir ‘¡yo sé quién soy’!, no dijo sino ‘¡yo sé quién quiero ser!’ Y es el quicio de la vida humana toda: saber el hombre lo que quiere ser. Te debe importar poco lo que eres; lo cardinal para ti es lo que quieras ser. El ser que eres no es más que un ser caduco y perecedero, que come de la tierra y al que la tierra se lo comerá un día; el que quieres ser es tu idea en Dios (...)

“Sólo el héroe puede decir ‘¡yo sé quién soy!’, porque para él ser es querer ser; el héroe sabe quién es, quién quiere ser, y sólo él y Dios lo saben (...) .”[20]

No hemos de seguir toda la historia de don Quijote, ni siquiera detenernos en los pasos más importantes. Solamente hemos de encarar lo que nos parece de hondo significado y que interesa particularmente a esa imagen de la caballería y del hombre noble, que hemos apuntado más arriba.

En realidad todas las apariencias nos llevan a juzgar su figura no sólo como la de un loco, sino como la de un “fracasado”. Y es éste –quizá- un verdadero timbre de gloria. En efecto, don Quijote regresa, o bien prisionero o vencido a su casa. Don Quijote decide, luego, convertirse en pastor. Pero, sin embargo, su escudero y discípulo (y esto merecería una larga meditación) conserva en él su fe... Y es que el “fracaso” puede ser recibido como lo contrario, precisamente como el cumplimiento de una misión que escapa al juicio y a la lógica común.

Don Quijote, desde luego, ha fracasado. Perdió la lectura de sus libros; chocó contra la incomprensión general y padeció todo género de burlas. Pero eso significa esto otro: Don Quijote debió desprenderse y renunciar a todo: a su caballería andante, a su fama, y hasta su misma locura...porque murió cuerdo. Hubo de “abandonar el abandono”, como decía el P. De Caussade. Y en esta renuncia estriba su condición más noble. El verdadero caballero, en cierto sentido, acaba por entregar todo. “Cuanto más se es, más hay que estar dispuesto a dejar de ser”, rezaba un viejo proverbio español. Es el “hombre noble” del Maestro Eckhart que para alcanzar la cima del alma debe dejarlo todo, es decir: desasirse. No en una esfera puramente moral, sino en la misma vida, “en el ser”, diré, para que se manifieste Dios. De tal modo que el verdadero secreto de las cosas aparece cuando nos dicen “adiós”. Entonces la posesión es diferente y verdadera: cuando todo se tiene en Dios.

Don Quijote (II p. Cap. 74) después de haber “dormido de un tirón” exclamó: “¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! En fin sus misericordias no tienen límite, ni las abrevian ni impiden los pecados de los hombres”... Y la sobrina desconcertada (como siempre, los más cercanos son los que ven menos), preguntó: “¿Qué misericordias son éstas, o qué pecados de los hombres? –Las misericordias –respondió don Quijote- sobrina, son las que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis pecados”.[21]

Ante la muerte, el hidalgo, se abandona a Dios y descubre, después de haber dejado todo, la grandeza inefable de su misericordia. Y esto comporta, en efecto, conocer a Dios.


Fr. Alberto E. Justo OP

Tucumán 2006



[1] J.CHEVALIER/ A. GHEERBRANT Diccionario de Símbolos Barcelona Herder 1995

[2] M.-M. DAVY Initiation à Symbolique Romane. Paris. Flammarion 1977. pp. 250 ss. Cfr. E. GILSON La Mystique de la Grace dans la Queste del Saint Graal. En Les Idées et les lettres. Paris Vrin 1932.

[3] Diccionario de los Símbolos Ibid. S.v.

[4] Ibid.

[5] Lettere di certosini a cura di Mario Pomilio. Milano. Rusconi 1983 pp.45 y ss.

[6] N. BEAUFILS Philosophie et Théologie chez Maìtre Eckhart. Memoria presentada en la Universidad de Picardie 2004 .En : http:// www. Eckhart. Dokenstok.com/etudes/1 memoire_dea.html

[7] Ibid.

[8] ECKHART Tratado del Hombre Noble. Citamos la versión de AMADOR VEGA El fruto de la nada Madrid. Siruela 2001.

[9] Ibid. P. 115

[10] Ibid. Pp. 117-118

[11] Ibid. 118-119

[12] Ibid 119

[13] Ibid

[14] Ibid. 121-122

[15] M de UNAMUNO Vida de don Quijote y Sancho decimoquinta edición Madrid Espasa-Calpe 1971. pág. 11

[16] Ibid. Pp 11-12

[17] P. EMMANUEL La Théologie quichottesque d’Unamuno en Le monde est intérieur Le Seuil Paris 1967

[18] Ibid. P. 170

[19] Ibid. P. 171

[20] M de UNAMUNO Obra citada pp 37-39

[21] A. E. JUSTO Hacia una filosofía del Desierto Buenos Aires 2005. P.9

martes, 16 de septiembre de 2008

Milicia Cristiana

Juramento del Militar Cristiano.
Tomo VI Catecismo compendiado Obispo Gaume 1882
LECCIÓN XXXVIII. CONSERVACIÓN Y PROPAGACIÓN DEL CRISTIANISMO. (SIGLOS XI Y XII). Pags 103 y ss
Óigase ahora una parte del ceremonial de su recepción, en el cual resplandece con una vehemencia é ingenuidad la más admirable aquel doble espíritu de fuerza y caridad que distingue a la Religión cristiana y que ella imprime a todas sus instituciones.
El postulante vestido de un largo ropón negro y de un manto acabado en punta, hincábase de rodillas al pié del altar con una antorcha encendida en la mano y una espada desenvainada que daba a bendecir al celebrante; habíase de antemano preparado con una confusión general y la sagrada Comunión.
El sacerdote después de rezar varias oraciones, rociando con agua bendita al caballero y la espada, le entregaba ésta, diciendo: “Recibe esta santa espada, en nombre del Padre y del Hijo, y del Espíritu Santo, amen. Sírvete de ella para tu defensa, para la de la santa Iglesia de Dios, y para confusión de los enemigos de la cruz de Jesucristo y de la fe cristiana, y procura, en cuanto la humana fragilidad permite, nunca herir con ella injustamente.” Dicho esto la envainaba, y ciñéndosela al caballero, añadía: “Cíñete esta espada en nombre de Jesucristo, y acuérdate de que los Santos no tanto conquistaron reinos por las armas, cuanto por su acendrada fe”.
Entonces el caballero la desenvainaba, y el sacerdote seguía diciendo: “Esta espada en su brillo simboliza la fe, en su punta la esperanza, y en su pomo la caridad: empléala en servicio de la fe católica, y de la justicia, y de las viudas y pobres huérfanos. Ella es la verdadera fe y justificación de un caballero, pues la santificación consiste en ofrecer el alma a Dios y el cuerpo a los peligros en servicio suyo”; y mientras el mismo caballero blandía tres veces la espada, añadía:
“Esta triple acción de blandir la espada que tienes en la mano, significa que en nombre de la santísima Trinidad debes desafiar a todos los enemigos de la fe católica con esperanza de triunfo; así Dios te conceda esta gracia, amen”.
Los precedentes avisos y oraciones tienen un sentido tan profundo, que nos permitiremos recalcarlos con ligeras observaciones: el poder de la espada es el más terrible que los hombres conocen; la Religión antes de confiarlo a uno de sus hijos, quiere que sepa bien con qué espíritu, a qué fin y en qué casos debe hacer uso de él: ¿dónde se buscarán ceremonias mas instructivas y lecciones más interesantes?
Después presentaban y calzaban al caballero unas espuelas doradas, diciéndole: ¿Ves estas espuelas? ellas significan que así como las teme el caballo cuando se separa de la recta senda, igualmente tú debes temer desviarte de tu rango y de tus votos, y cometer iniquidad. Te las calzan doradas, porque el oro es el metal más rico y simboliza el honor”.
Venia en pos la recepción del manto de la Orden: el recipiente mostraba al profesante la cruz de ocho puntas impresas en su lado izquierdo, diciendo: Esta cruz la llevamos blanca en señal de pureza, debes llevarla también por dentro y fuera sin mancha ni borrón alguno.
Sus ocho puntas simbolizan las ocho bienaventuranzas que debes tener siempre en, tí, a saber:
1. disfrutar contento espiritual;
2. vivir sin malicia;
3. llorar los pecados;
4. humillarse ante las injurias;
5. amar la justicia;
6. ser misericordioso;
7. ser sincero y limpio de corazón;
8. sufrir las persecuciones.
Estas son otras tantas virtudes que has de grabar en tu corazón para consuelo y conservación de tu alma, a cuyo fin te encargo lleves abiertamente esta cruz cosida al lado izquierdo sobre el corazón sin dejarla jamás”.
Dicho esto le daba a besar la cruz y le echaba el manto sobre los hombros, añadiendo: “Toma esa cruz y este manto en nombre de la santísima Trinidad, para salud y reposo de tu alma, para aumento de la fe católica y defensa de todos los buenos cristianos, y en honra de nuestro Señor Jesucristo. Ponte la cruz al lado izquierdo, hacia la región del corazón, para que la ames perfectamente y la defiendas con tu mano derecha; y cuenta que no la abandones, pues ella es la verdadera enseña de nuestra Religión. Este manto que le echo encima, representa la vestidura de piel de camello que llevaba en el desierto nuestro patrono san Juan Bautista, y tú con recibirlo renuncias a las pompas y vanidades de la tierra. Úsalo en las ocasiones prescritas y procura que tu cuerpo sea amortajado con él.”
Sobre el manto había bordados en lienzo blanco los trofeos de la Pasión, y aludiendo a esto seguía diciendo el celebrante: “a fin de que pongas toda esperanza para la remisión de tus culpas en la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, hela aquí representada en este cordón con el que fue atado por los judíos; he aquí la corona de espinas; el pilar del azotamiento; la lanza con que fue traspasado; la esponja empapada en hiel y vinagre; los azotes; los cestos para dar limosna a los pobres y para recogerla cuando carecieres de bienes propios; la cruz de la crucifixión, cruz que te he puesto al hombro en memoria de la Pasión, y que servirá de regla para tu alma. Este yugo es muy ligero y suave, y en señal de la servitud que aceptaste, te ligo al cuello este cordón.”
El tal cordón era de seda, blanco ó negro. Así, de pies a cabeza, el caballero de la Religión leía a una vez en todos sus vestidos sus deberes, sus promesas y su vocación sublime, no pudiendo dar un paso, ni echar sobre si una mirada sin penetrarse de la elevada santidad y noble valor que debían distinguirle; y ¿qué galardón se le prometía en cambio de tamaños sacrificios?
He aquí las últimas palabras del recipiente: “Te hacemos a tí y a todos tus deudos partícipe de todos los bienes espirituales que se hacen ó se hicieren en nuestra Religión por toda la cristiandad”.
Estos valerosos caballeros, que por tantos siglos formaron con sus pechos unos baluartes vivos alrededor del pueblo cristiano, proporcionaron a la Iglesia el reposo necesario para ocuparse en la santificación de sus hijos y seguir dirigiéndolos hacia el cielo; y en verdad que este tiempo fue aprovechado.
Tomado del blog Cruzamante

sábado, 9 de agosto de 2008

Caballeria

El final cristiano del Caballero


por Sebastián Sánchez

El conquistador español en América es el caballero por antonomasia. En rigor, nada lo diferencia del caballero de la Reconquista que combate para recuperar España para los españoles y la Cristiandad. Por ello nos referiremos en forma indistinta al caballero o al conquistador pues son y representan una misma realidad. Del mismo modo, evitaremos hacer mención de la tan remanida cuestión del antitestimonio que muchos españoles ejercieron en su peregrinar indiano. Y esto no porque neguemos su existencia (algo difícil de hacer toda vez que los enemigos de la gesta hispana, en su atropellada deformación, no nos permitirían olvidarlo) sino porque aquí nos interesa hablar del verdadero caballero. El otro, el del mal ejemplo y peor vida, no es caballero ni conquistador sino mal cristiano y, por tanto, no resulta materia de este sencillo escrito. Una vez aclarado esto hemos de buscar en la fisonomía espiritual del caballero la idea de la muerte que éste tiene.

Dice García Morente que el caballero desprecia la muerte, repulsa ésta que no "procede ni de fatalismo, ni de abatimiento o embotamiento fisiológico, sino de firme convicción religiosa; según la cual el caballero cristiano considera la breve vida del mundo como efímero y deleznable tránsito a la vida eterna. (1)

"La muerte - ha dicho Guardini en su día - no es lo que proclama toda esa macabra charlatanería: el camino pasa a través de ella"(2). Y eso es lo que se enciende en la conciencia cristiana del caballero español al comprender que la vida es el peregrinar hacia la Vida y que la muerte propia (sea ofrendada en la España reconquistada, en la América idolátrica o en el Flandes herético) debe ser acelerada para hacerse acreedor del premio celestial.

No se obsesiona con la muerte el caballero pues sólo lo desvela la vida henchida de honor y lealtad a las veras jerarquías. La muerte en sí misma, la mera finalización de la existencia biológica, le tiene sin cuidado como bellamente nos lo refiere Ercilla:

Bien descuidado duerme cada uno
De la cercana inexorable muerte
Cierta señal que cerca della estamos
Cuando más apartados nos juzgamos. (3)

Pero el sentido caballeresco de la muerte, estrictamente cristiano, no sólo remite a la muerte propia sino también a la que se propicia al enemigo. El problema de la muerte del enemigo, más moderno que medieval, es explicado con rigor diamantino por San Bernardo quien en su célebre De laude novae militiae aclara las dudas acerca de la justicia del que mata y muere por la causa de Cristo. Así, "la muerte que se da o recibe por amor de Jesucristo, muy lejos de ser criminal es digna de mucha gloria. Por una parte se hace una ganancia para Jesucristo, por otra es Jesucristo mismo el que se adquiere; porque este recibe gustoso la muerte de su enemigo en desagravio suyo y se da más gustoso todavía a su fiel soldado para su consuelo. Así el soldado de Jesucristo mata seguro a su enemigo y muere con mayor seguridad. Si muere a sí se hace el bien; si mata lo hace a Jesucristo, porque no lleva en vano a su mano la espada, pues es ministro de Dios para hacer venganza sobre los malos y defender la virtud de los buenos". (4)

Mas el caballero sabe que el quitar la vida del enemigo conlleva siempre el dar la propia en beneficio de aquellos que de él dependen. Por ello es capaz de hacerse matar por una viuda violentada, por un huérfano desvalido o por la prole del propio enemigo en la certeza de que la defensa de los débiles es la insignia primera de su pendón. Así, el caballero mata y muere por el prójimo en peligro. Porque el Nuevo Mundo, en función de conquista, fue, al decir de Jaime Eyzaguirre "campo de choque que permitió el reajuste de todas las jerarquías tradicionales para consagrar, por sobre las viejas y doradas cunas, el mérito de los audaces."(5)

El caballero siente desprecio por la muerte porque se siente ciudadano del cielo, como ha dicho el aguerrido Apóstol que fue San Pablo. Y si no le teme al violento final en la batalla es porque sabe que la celestial ciudadanía sólo se consigue en la plenitud de una vida honrosa, en la dócil aceptación de la voluntad divina y en la sangre vertida por Dios y la Patria. Por ello, el final del conquistador es siempre cristiano porque, luego de la vela y antes del combate, ha recibido a Jesús sacramentado y siente en su alma un pedazo de cielo y lleva en su corazón el germen de la vida eterna. Por eso sabemos, con García Morente, que el caballero español es un "impaciente de la eternidad".

En ese sentido la muerte del caballero es análoga a la del misionero que se sabe conciudadano de la gloria por el mérito del martirio. Y por ello el Obispo Zumárraga exhortaba a sus misionales caballeros con una sencilla súplica: "Id alegre, hermano mío, pues vais por camino tan trillado por donde han ydo cuantos han nacido; ya aún en la compañía hallareys al Hijo de Dios con su sagrada Madre." (6)

Sin duda la cuestión del fin cristiano del conquistador es una de las más importantes para reconocer las manifestaciones de la fe presentes en el Nuevo Mundo. Y es que en el fin terreno del hombre (el gran tema de ayer, de hoy y de siempre), a pesar de las variantes temporales, hay una unidad general de enfoque que hace aquilatar la profundidad de las convicciones y la madurez de la fe.

Conocido es el cristiano fin de Pizarro, quien muere crudelísimamente y tiene tiempo de perdonar a sus asesinos, hacer profesión de fe y lucidez necesaria para realizar todo esto en forma solemne. "Pocas escenas más dramáticas que la agonía del marqués caído, haciendo una gran cruz con su mano derecha, poniendo la boca sobre ella y besándola hasta expirar." He allí la muerte del caballero que comienza por ser santo porque se reconoce pecador y porque él es el hombre a quien, como dice nuestro Anzoátegui, "le interesa demasiado la vida para renunciar a pecar y el hombre a quien le interesa demasiado la muerte para renunciar a salvarse."(7)

No se trata, es menester aclararlo, de jugarse temerariamente la vida o de llegar a la muerte casi mediante el suicidio. Ciertamente se busca la gloria de una buena muerte pero no entregar la vida en una inmolación temeraria rayana con el nihilismo. Se combatía, nos dice Ercilla, con "ánimo feroz y, matando, la muerte se dilataba."(8)

La meta de todos los caballeros - dice Sáenz – debía ser según los viejos poemas francos conquerre lit en paradis. Esos rudos hombres de guerra, que había galopado por tantos caminos, sufrido la inclemencia de tantos climas, dormido tantas veces al raso, y pasado tantos días sin poder casi quitarse las armas, se hacía una idea ingenua de la beatitud eterna: ‘el reposo es una buena cama’. No será muy teológico pero era una imagen esperanzadora." (9)

Esta imagen de la muerte cristiana contrasta con lo que denota la muerte del indígena infiel que, aún por medio de una valiente pelea, termina sus días sin aceptar la verdadera Fe. Por caso vale recordar al cacique araucano Lautaro que, a pesar de afrontar la muerte con hombría y entereza de ánimo, pierde la salvación eterna al negar a Cristo y hace que su "alma, del mortal cuerpo desatada, baje furiosa a la infernal morada."

Pero, si de contrastes se trata, ha de decirse que mucho más se diferencia la muerte del caballero del pavor que ella le ocasiona al hombre contemporáneo. Y es que a la conciencia moderna, negadora de lo trascendente y desacralizada, la muerte le sabe a fin absoluto, a término irrevocable, más que a paso a la vida eterna. Es lo que señalaba aquél hidalgo español respondiendo a los rojos que hacían sangrar a España: "Yo tenía diez hijos. La mayor, que era toda mi ilusión, ha muerto. Pero yo espero verla el día de la Resurrección de la Carne. Yo no hago otra cosa que esperar. Pero cuando veo que vuestra doctrina enseña que, entre los restos de mi hija muerta que aguarda la Resurrección de la Carne y los de la carroña de un buey, no hay ninguna diferencia, yo os digo: mientras haya hijos que mueran y padres que esperan se rebelaran contra vosotros."

Así como el caballero de antaño no le temía a la muerte sino a la vida deshonrosa, manchada por la tristeza de la traición, la cobardía o la pérdida del decoro; el hombre de hoy pierde honra, traiciona y se acobarda con tal de defender una vida que sólo parodia el esforzado peregrinar que el Señor nos señala. Hoy se prefiere, en suma, vivir a toda costa, aún perdiendo las razones de vivir.

Pero el verdadero cristiano, el cristiano del Evangelio como decía el P. Emmanuel, sabe con el justo Job que "milicia es la vida del hombre sobre la tierra" y que de nada vale vivir si se muere en la cobardía a cada paso. Porque el caballero católico de hoy, igual que el de ayer, se niega a ese "frenesí pacifista" que se ha apoderado del cristiano medio al que "ya no se le escuchará mentar siquiera la obligación del Buen Combate" y que, sobreviviendo en "un desordenado afecto por la propia vida (...) ha terminado colocando a la subsistencia como valor supremo. (10)

La vida, si es vivida Dios manda, no puede ser más que tránsito hacia la eternidad. Por eso al caballero cristiano, al de antaño y al de hogaño, le cabe a la perfección aquello del Apóstol de los Gentiles: "Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, morimos para el Señor. En fin, sea que vivamos, sea que muramos, del Señor somos" (Rom. 14,8; Flp. 1,20)

Sebastián Sánchez

Tomado de Revista Arbil nº 81

Notas

(1).- Manuel GARCÍA MORENTE: Idea de la Hispanidad, Madrid, Espasa Calpe, 1961, p.65
(2).- Romano GUARDINI: La aceptación de sí mismo. Las edades de la vida, Buenos Aires, Lumen, 1994, p. 32.
(3).- Alonso de ERCILLA Y ZUÑIGA: La Araucana, México, Porrúa, Libro I , Canto XIV
(4).- Citado por Gabriel GUARDA: Los laicos en la cristianización de América, Santiago, Nueva Universidad, 1973, p. 183.
(5).- Jaime EYZAGUIRRE: Hispanoamérica del dolor y otros estudios, Madrid, ICI, 1979, pp. 49-50.
(6).- Joaquín GARCÍA ICAZBALCETA: Fray Juan de Zumárraga. Primer Obispo y Arzobispo de México, Buenos Aires, Espasa Calpe, 1952, p. 39.
(7).- Ignacio B. ANZOÁTEGUI: "Mendoza o el héroe", en: Tres ensayos españoles, Buenos Aires, Nueva Hispanidad, 2001, p. 9.
(8).- Alonso de ERCILLA Y ZUÑIGA: La Araucana, México, Porrúa, Libro II, Canto XXII.
(9).- Alfredo SÁENZ Sj: La caballería. La fuerza armada al servicio de la verdad desarmada, Buenos Aires, Gladius, 1991, p.175-176.
(10).- Antonio CAPONNETTO: El deber cristiano de la lucha, Buenos Aires, Scholastica, 1992, p.21.

viernes, 1 de agosto de 2008

Debemos recuperar el espiritu militante que es propio del catolicismo.


El libro, "El deber cristiano de la lucha" ( Ed. Scholastica, Bs. As. 1992) es altamente recomendado. Su autor es el Dr. Antonio Caponnetto, uno de los doctrinarios y exponentes mas importantes del nacionalismo catolico argentino. Discipulo del martir de Cristo Rey y de la Patria, el Prof. J.B.Genta. Que este prologo aqui publcado los lleve a leer este gran libro. "combatir es una gracia" decia el P. Julio Meinvielle, y estos tiempos que nos tocan vivir son de mucha gracia, por eso es importante recuperar el sentido de la lucha cristiana. Dios, Patria y Rey!!

Sin mas, atte. en Cristo y en la Patria


Jefe del Tercio San Carlos


El Deber Cristiano De La Lucha.


PRÓLOGO

Dos errores simultáneos -remozados y difundidos con preocupante efectividad- parecen exigir con urgencia alguna palabra aclaratoria.
Consiste, el primero en la negación de la 'naturaleza épica del cristianismo, con su correlato predecible que es el rechazo por el sentido cristiano de las armas.
No son faltas de poca monta, como podría suponer un análisis superficial. Negar la existencia y el sentido de la Iglesia Militante definida en Trento como congregación de todos los fieles que aún viven en la tierra y que tienen guerra continua con los cruelísimos enemigos carnales, endemoniados y mundanos-,- es cerrarse al misterio mismo de la Comunión de los Santos, es dejar de creer en la unidad e indivisibilidad de la Esposa de Cristo, y es, como veremos empequeñecer la virtud teologal de la Caridad.. Negar asimismo, que los soldados de las patrias cristianas han de ser en ellas servidores y defensores decididos de la Verdadera Fe, es confinarlos a un destino de mercenarios o al de meros profesionales de la violencia.
En tanto conglomerado de todas las herejías, incluyendo las más antiguas, puede señalarse sin dificultad al progresismo como el actual responsable del primer extravío. El ha predicado, en efecto, un cristianismo sincrético e irenista, abierto y plural, sin contornos dogmáticos definidos, mimetizado con las demás creencia_ y aliado de toda religiosidad humanista en la construcción de la Nueva Ciudad Secular. El resultado es cierto catolicismo mitigado y atemperado, que jamás se define como Verdad Absoluta, que ha dejado de sostener la necesidad de estar inserto en la Iglesia Romana como vía ordinaria de salvación, y que con muchas actitudes públicas homologa el trigo con la cizaña, para confusión y escándalo de la feligresía fiel. Ejemplos y nombres, dolorosamente abundan.
Es obvio que en esta cosmovisión el combate carece de sentido. No sólo porque ya no hay con quién enfrentarse, ni a quién convertir, aplacar o debelar, sino porque aquellos a quienes hasta ayer cabía ver como pasibles de una conquista apostólica, hoy son otras tantas alternativas válidas del espiritualismo ecumenista. Y aquellos otros a quienes la recta doctrina hacía columbrar como réprobos, han pasado a ser los escogidos cuando no los socios predilectos. Se reservará para ellos toda la comprensión y la condescendencia que se niega a los propios, y un trato tanto más condescendie1lte cuanto más se hallen en las antípodas morales, confesionales o ideológicas. Las reglas pusilánimes de la convivencia pacífica han reemplazado al hablar oportuna o inoportunamente que nos fue enseñado desde antiguo. Y aquí es cuando se opera la parodia del Ordo Amoris, que anticipábamos al comienzo.
Porque la caridad bien entendida empieza por casa, dice el refrán, y más profundamente tiene un Orden, dirá Santo Tomás, (S. Th. 2, 2, 26, 1), en virtud del cual no sólo es lícito sino debido preferir en el amor a los mejores, a los próximos antes que a los extraños, a los virtuosos más que a los malos (S. Th. idem, ant, a. 6-9). Siendo un desorden amar a los enemigos per se, pues sería "perverso y contrario a la caridad amar la maldad ajena" (S. TI1. 2,2, 25, 8). Nada de lo cual contradice las enseñanzas evangélicas que nos 111anda extremar y prolongar la caridad y la misericordia hasta incluir en ella a nuestros propios y personales adversarios. Ejercicio obligado y difícil que nos libra de las semillas siempre mortales del odio y nos diferencia de los paganos, pero que no supone permanecer inánimes ante el avance del Maligno. Por eso el Magisterio distinguió siempre con propiedad entre hostis o enemigo público e inimicus o agresor privado. Frente a la clase de estos últimos hemos de estar movidos a ofrecer nuestra humillación; frente a los primeros hemos de estar prontos a impedirles su triunfo con nuestra pelea, precisamente para no faltar a fa caridad ni traicionar la Verdad.
No es casual que hablando del Ordo Amoris y de sus hondas resonancias, el Aquinate haya sacado a relucir la cuestión de la guerra justa; y que citando a San Agustín haya llegado a la conclusión de que incumbe castigar a los perturbadores y precaverse de "enemigos externos con belicosa espada" (S. Th., 2, 2,40,1). Precisamente porque el cristiano combate por amor y no por iracundia.
Roto el significado y la jerarquía de la caridad sobreviene lo paródico y lo utópico: la fraternidad universal, el amor a la Humanidad, la filantropía, la opción clasista por los pobres, el romanticismo naturalista o –En el caso particular que nos ocupa- el afecto y la reconciliación con el enemigo público por razón de tal y el rechazo expreso a cualquier obligación pugnativa invocando una paz sin sustento ni justicia. No hay, pues, para la mentalidad progresista ni porqué ni con quién batirse. Todo discurrirá por los carriles del eclecticismo nivelador e informe.
Años de esta prédica ruinosa han formado una juventud católica -y aún una adultez- negada al orgullo y al desafío de ser partes actuantes de la Iglesia Verdadera, y de ser, en consecuencia, la línea de avanzada en su custodia y en la contención de quienes osen minarla desde adentro o desde afuera. Han formado, en suma, un tipo de creyente que se siente más cómodo en la Torre de Babel que en las filas del Señor de los Ejércitos. Y más identificado con la "cuerda" prolijidad exterior de los fariseos que con la locura de la Cruz.
Desde otra perspectiva, aparentemente opuesta al progresismo y hasta con pretensiones tradicionales, por lo menos en su configuración formal, una espiritualidad acentuadamente laical viene suscitando simétricos resultados. .
En ella se predica expresamente el amor al mundo, la reconciliación con sus poderes, la contemporización con sus manifestaciones, la alegre inserción en su marcha de éxitos y de negocios temporales. Se desdeña sutilmente la noción de contemptus mundi -Enseñada en el Evangelio e históricamente ligada a los momentos más gloriosos de la Cristiandad- mientras se sobrevalora la realización profesional, el activismo proselitista, las grandes iniciativas empresariales, la autosuficiencia del orden secular.
Espiritualidad entretejida de abdicaciones y de compromisos temporales, que no sólo rechaza el magisterio unívoco de los místicos sobre la incompatibilidad entre la perfección cristiana y los afectos demasiado humanos hacia el mundo, sino que propone un modelo de santidad asociado a la vida ordinaria, común y corriente, sin los sobresaltos extraordinarios de los santos auténticos, sin el heroísmo ni el sacrificio ni las renuncias que nos relatan las hagiografías, y con los defectos y ocupaciones habituales de cualquiera. Para alcanzar tal estado bastaría convertirse en un módico ciudadano más que pasa inadvertido en el trajín de sus ocupaciones laborales.
Se entiende que los promotores de tales desaciertos declaren sus preferencias por el pluralismo político y religioso, omitan y contradigan implícitamente la doctrina de la Realeza Social de Jesucristo, y enseñen de un modo reiterado que no se debe tener enemigos sino amigos a diestra y a siniestra. Y se entiende asimismo que semejante concepción mueva las adhesiones de los hábiles triunfadores de la vida, de aquellos a quienes conviene servir mansamente a dos señores; sembrar y desparramar a la vez: Y acomodarse a los mala bares de todas las posiciones con la tranquilidad de haberse echado encima un poco de agua bendita o algún aforismo piadoso. Más allá de las intenciones que no juzgamos, resultan en la práctica ubicuos y ambivalentes, permeables e intercambiables, católicos sin hipótesis de conflicto, como se los ha llamado en ilustrativa síntesis.
Si el progresismo alimentó la quimera pacifista de un puñado de resentidos y la sola hostilidad hacia la Iglesia, típicamente revolucionaria" su presunto contradictor lleva tranquilidad a las conciencias burguesas, justifica sus alianzas y sus consorcios terrenos, legitima sus heterodoxias y sus opciones públicas, y reserva un exclusivo gesto pugnativo para quienes ponen en evidencia sus falacias. Son dos maneras de desnaturalizar y de negar la materia épica del cristianismo, dos modos de diluir y de desfigurar el sentido cristiano de la lucha, dos vías de abolición del significado mismo de las batallas sagradas. Dos formas convergentes de conspirar contra la Iglesia Militante.
Pero hablábamos al comienzo de un doble error; y nombrábamos al segundo como el rechazo de la acepción cristiana de las instituciones, armadas. Si no hay agonía en la identidad de los hombres de Fe, tampoco tiene por qué haber Fe en la identidad de los hombres de Armas. Los ejércitos han de ser, entonces, nada más que instrumentos internacionales e intercambiables aptos para la consolidación del Nuevo Orden Mundial. Éticamente desmovilizados ayer por el liberalismo y físicamente inmovilizados después por la estrategia marxista, la extinción de las Armas nacionales y de su natural religiosidad es hoy un fin que no se oculta ni se niega. Del mismo modo que la disolución de las soberanías se exhibe impúdicamente como lo más provechoso para el desarrollo material de los pueblos que quieran alistarse en el circuito internacionalista, el fin de sus instituciones castrenses entendidas como comunidad be1ica sostenida en creencias sobrenaturales comunes- se presenta como el cese definitivo de los resabios medievales que estarían impidiendo el ingreso pleno a la modernidad.
En tan inicua cosmovisión, ¿cómo recordar siquiera a los guerreros de la Vendée o a los del Ejército Cristero, a los 'de los pueblos eslavos alzados contra los rojos, a los de la noble Croacia todavía sangrante? ¿Cómo mentar las tropas del Caudillo en la Cruzada Española o a nuestros propios cuadros, que en Tucumán o en Malvinas, morían con escapularios en el pecho y rosarios en los fusiles?
Nada de esto hoy se dice, ni se propone o exalta. Ejércitos dóciles a las necesidades tácticas del Nuevo Orden: ésto es lo que se pretende. Siempre prontos para acudir aquí o allá a resolver sus inconvenientes ya apañar sus intereses; convertidos en apéndices de la ONU o de la Casa Blanca, sin guerras contra los enemigos reales o históricos que atenacen o invadan su suelo, pero listos a encuadrarse como mercenarios en las eufemísticamente llamadas "fuerzas de paz". Ejércitos fiscalizadores del dogma democratista y del culto a los derechos humanos, tan dispuestos a ejercer su papel de policía del Norte, como a permitir los ladrones y saqueadores del' suelo natal.
Lo grave -aunque siéndolo y en grado extremo- no es que así se expidan los ideólogos del mundialismo, sino que éste sea el pensamiento asumido como propio; y dúctilmente acatado por las más altas autoridades castrenses de no pocos ejércitos americanos y del nuestro en particular. Las cuales, no conforme COI1 disolver unidades, desactivar comandos, desmantelar guarniciones, desarmar legz1imos proyectos misilísticos, debilitar la custodia de las fronteras, pelear del bando de nuestros adversarios e invasores, vender predios y eliminar agregadurías, sostienen la urgencia y la conveniencia de una formación filosófica que abandone definitivamente la idea del Ejército Cristiano, so pena de caer en el temido fundamentalismo. Las fuerzas armadas serán, en adelante, una mixtura híbrida e incolora, multívoca y secularizada a disposición de los titulares del omnímodo Orden Planetario. Lejos, muy lejos, de aquella "intrepidez en el dar testimonio de cristianismo", que alguna vez les solicitó el Papa Paulo VI a los militares, para que "en las vivencias del carácter bautismal" se sintieran "soldados del Evangelio dispuestos a sacrificarse dando la vida por los hermanos, a ejemplo de Cristo" (Homilía en Roma, el 23-11-75). Lejos, más lejos aún de los días inaugurales de la Cristiandad y de la Patria, en que sus tropas eran la espada invicta al pie de la Verdad Crucificada. ,
Va de suyo, en consecuencia y como ya quedó dicho, que tales yerros exigen una palabra aclaratoria. .
Es el propósito de las páginas que siguen. Escritas para demostrar la íntima armonía que late entre el agua purificadora del bautismo y la sangre redentora derramada en una contienda justa. Entre el monje y el guerrero, entre el asceta y el cruzado, entre la espada y la Cruz.
Escritas para no olvidar que todavía se nos sigue pidiendo el Buen Combate, que hay obligación de entablarlo sin excusas ni huidas. Y para exaltar a aquellos -que en diversidad de tiempos y de espacios- han caído, librándolo, con la alegría en el alma.
Escritas para reiterar que no se puede ser gris, ni neutro, ni indiferente o tibio. Sólo de un solo Señor.
Escritas, una vez más, para elogiar a los Santos y a los Héroes. A los caballeros y a los mártires, a los patriotas de la tierra ya los patriotas del Cielo, a los que sin fuerzas físicas ninguna se mantuvieron firmes en el supremo testimonio. A los que reconquistan cada día su alma, a los que resisten y embisten, soportan y avasallan, hablan verdades y callan lamentos. Para dar gracias al Dios de los Ejércitos que a todos nos comanda.
Y escritas, al fin, para recordarles a los católicos que hay una batalla pendiente. Será al clarear el alba o al declinar la tarde, al anuncio sonoro del Arcángel o en el silencio mudo de un páramo imprevisto. Será por Cristo y por instaurar definitivamente en El todas las cosas.
Entretanto, cobijados bajo Su Bandera, no podemos dormir sino velar.

Dr. ANTONIO CAPONNETTO