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jueves, 1 de enero de 2009

MARÍA, MADRE DE DIOS.



Y dijo María al ángel: ¿cómo puede ser esto, sino conozco varón? Y respondiendo el ángel le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo y por eso lo santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios. Y he aquí que Isabel, tu parienta, también ha concebido un hijo en su vejez, porque no hay cosa alguna imposible para Dios. Y dijo María: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra."

"Y dijo María al ángel: ¿cómo puede ser esto, si no conozco varón?" Primero, sin duda, María calló como prudente, cuando todavía dudosa pensaba entre sí, qué salutación sería ésta, queriendo más por su humildad no responder que temerariamente hablar lo que no. sabía. Pero ya confortada, y habiéndolo premeditado bien, hablándole en lo exterior el ángel, pero persuadiéndola interiormente Dios -que estaba con ella según lo que dice el ángel: "El Señor es contigo"-, expeliendo sin duda la fe al temor, la alegría al empacho, dijo al ángel: "¿cómo puede ser esto, si no conozco varón?"

No duda del hecho, sino que pregunta acerca del modo y del orden, no pregunta si se hará esto, sino cómo se hará. Al modo que si dijera: sabiendo mi Señor que su esclava tiene hecho voto de virginidad, ¿con qué disposición, con qué orden le agradará que se haga esto? Si Su Majestad ordena otra cosa, si dispensa este voto para tener tal Hijo, alégrome del Hijo que me da, pero me duele la dispensa del voto; sin embargo, hágase su voluntad en todo; pero si he de concebir virgen y virgen también he de alumbrar, lo cual ciertamente no es imposible, entonces ciertamente conoceré que miró la humildad de su esclava.

"¿Cómo pues se hará esto, ángel del Señor, si no conozco varón?" Y respondiendo el ángel le dijo: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo". Había dicho antes que estaba llena de gracia; pues ¿cómo dice ahora "el Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo?" ¿Por ventura podría estar llena de gracia y no tener todavía al Espíritu Santo, siendo Él el dador de todas las gracias? Y si el Espíritu Santo estaba en ella, ¿cómo se le vuelve a prometer que vendrá sobre ella nuevamente? Por esto sin duda no se dijo vendrá "a ti", sino que vendrá "sobre ti", porque aunque a la verdad primero estuvo con María por su copiosa gracia, ahora se le anuncia que vendrá sobre ella por la más abundante plenitud de la gracia que en ella ha de derramar.

Pero estando ya llena, ¿cómo podria caber en ella algo más? Y si todavía puede caber más en ella, ¿cómo se ha de entender que antes estaba ya llena de gracia? La primera gracia había llenado solamente su alma y la siguiente había de llenar también su seno a fin de que la plenitud de la Divinidad, que ya habitaba en ella antes espiritualmente como en muchos de los Santos, comenzase también a habitar corporalmente corno en ninguno de los mismos.

Dice "el Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo"-. Y ¿qué quiere decir "y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo?" El que pueda entender, que entienda. Porque exceptuada acaso la que sola mereció experimentar en sí esto felicísimamente, ¿quién podrá percibir con el entendimiento y discernir con la razón de qué modo aquel esplendor inaccesible del Verbo eterno se infundió en las virginales entrañas, y para que pudiese sostener que el inaccesible se acercase a ella, de la partecia del mismo cuerpo a la cual se unió Él mismo, hiciera sombra a todo lo demás? Quizá por esto principalmente se dijo: "Te cubrirá con su sombra", pues sin duda este hecho era un misterio, y lo que la Trinidad sola por sí misma en sola y con sola la Virgen quiso obrar, sólo se concedió saberlo a quien sólo se concedió experimentarlo. Dígase "el Espíritu Santo vendrá sobre ti", el cual con su poder te hará fecunda, "y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo", esto es, aquel modo con que concebirás del Espíritu Santo a Cristo, virtud y sabiduría de Dios, lo encubrirá y ocultará en su secretísimo consejo haciendo sombra, de suerte que sólo será conocido de Él y de ti.
Como si el ángel respondiera a la Virgen: ¿por qué me preguntas a mí lo que experimentarás en ti dentro de poco? Lo sabrás, lo sabrás y felicísimamente lo sabrás, siendo tu Doctor el mismo que es el Autor. Yo he sido enviado a anunciar la concepción virginal, no a crearla. Ni puede ser enseñada sino por quien la da, ni puede ser aprendida sino por quien la recibe. "Y por eso también lo santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios", esto es, no sólo el que viniendo del seno del Padre a ti te cubrirá con su sombra, sino también lo que de tu sustancia unirá en sí, desde aquel instante, se llamará Hijo de Dios, y el que es engendrado por el Padre antes de todos los siglos, se reputará desde ahora Hijo tuyo. De tal suerte lo que nació del mismo Padre será tuyo y lo que nacerá de ti será suyo, que no serán dos hijos, sino uno solo. Y aunque ciertamente una cosa es de ti y otra cosa es de Él, sin embargo, ya no será de cada uno lo suyo, sino que un solo Hijo será de los dos.

"Por eso también lo santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios". Atiende, oh hombre, con cuánta reverencia dijo el ángel: "lo santo que nacerá de ti". Dice lo santo absolutamente sin añadir otra cosa, y esto sin duda porque no encontraba palabras con que nombrar propia y dignamente aquello tan singular, aquello tan magnífico, aquello tan venerable, que formado de la purísima carne de la Virgen, se había de unir con su alma al único del Padre. Si dijera carne santa u hombre santo, o cualquiera cosa semejante, le parecería poco. Por eso dijo "santo" indefinidamente, porque cualquiera cosa que sea lo que la Virgen engendró, es santo sin duda y singularmente santo, así por la santificación del Espíritu como por la asunción del Verbo.

"Y he aquí que Isabel, tu parienta, ha concebido un hijo en su vejez". ¿Qué necesidad había de anunciar a la Virgen la concepción de esta estéril? ¿Por ventura por estar dudosa todavía e incrédula la quiso asegurar el ángel con este prodigio? Nada de eso. Leemos que la incredulidad de Zacarías fue castigada por este mismo ángel, pero no leemos que María fuese reprendida en cosa alguna, antes bien, reconocemos alabada su fe en lo profetizado por Isabel: "Bienaventurada eres por haber creído, porque todo lo que te ha sido dicho de parte del Señor será cumplido en ti." Se participa a la Virgen la concepción de su prima para que añadiéndose un milagro a otro milagro se aumente su gozo con otro gozo. Ciertamente era preciso fuese inflamada anticipadamente con un no pequeño incendio de amor y. alegría, la que había de concebir luego al Hijo del amor paterno en el gozo del Espíritu Santo. Ni podía caber si en un devotísimo y alegrísimo corazón tanta afluencia de dulzura y de gozo.

O tal vez se notifica esto a María porque era razón que un prodigio que se debía divulgar después por todas partes, lo supiera la Virgen por el ángel antes que lo oyese de los hombres, para que no pareciese que la Madre de Dios estaba apartada de los consejos de su Hijo, si permanecía ignorante en las cosas que tanto le interesaban.

0 bien para que siendo instruida, así de la venida del Salvador corno de la venida del Precursor, y fijando en la memoria el tiempo y el orden de las cosas, refiera después mejor la verdad a los Escritores y Predicadores del Evangelio, como quien ha sido informada desde el principio por noticias que el cielo le ha comunicado de todos los misterios.

0 quizá para que oyendo hablar de una parienta suya anciana y estado avanzado, piense ella que es joven en obsequiarla, y dándose prisa a visitarla, se dé de este modo lugar y ocasión al niño Profeta de ofrecer las primicias de su servicio a su Señor, y fomentándose mutuamente la devoción de ambas madres, excitada por uno y otro infante, se haga más admirable un milagro con otro milagro.

Pero mira cristiano, estas cosas tan magníficas que escuchas anunciadas por el ángel, no las esperes cumplidas por él. Y si preguntas por quién, oye al mismo tiempo que te dice: "para Dios nada es imposible". Como si dijera: Esto que tan firmemente prometo, lo presumo en el poder de quien me envió, no en el mío, "porque para Dios nada es imposible." ¿Qué será imposible para aquel Señor que hizo todas las cosas con el poder de su palabra? Y fíjate que llaman la atención las palabras, el no decir expresamente "porque no será imposible para Dios" todo hecho sino "toda palabra" ["quia non est impossibile apud Deum omne verbum" = "para Dios nada es imposible"]. Tal vez se dijo "toda palabra" porque así como pueden hablar los hombres tan fácilmente lo que quieren, aún aquello que de ningún modo pueden hacer, así también y aún sin comparación con mayor facilidad puede Dios cumplir con la obra todo lo que ellos pueden explicar con las palabras. Lo diré más claramente: si fuera tan fácil a los hombres hacer como decir lo que quieren, tampoco para ellos sería imposible toda palabra. Más porque como dice el proverbio, del dicho al hecho hay un gran trecho, no respecto de Dios sino respecto de los hombres, para solo Dios, en quien es lo mismo hacer que hablar y lo mismo hablar que querer, no será imposible toda palabra.

Pudieron prever y predecir los Profetas que la Virgen o la estéril habían de concebir y alumbrar, ¿pero pudieron hacer por ventura que concibiese y alumbrase? Mas Dios les dio a ellos el poder de predecirlo, con la facilidad con que entonces pudo predecirlo por medio de ellos, pudo ahora, cuando quiso, cumplir por sí mismo lo que había prometido. Porque en Dios ni la palabra se diferencia de la intención porque es Verdad, ni el hecho de la palabra, porque es Poder, ni el modo del hecho, porque es Sabiduría, y por eso no será imposible para Dios toda palabra.

Oísteis, oh Virgen, el hecho, oísteis también el modo. Lo uno y lo otro es cosa maravillosa, lo uno y lo otro es cosa agradable. Gozáos, pues, hija de Sión, alegraos, hija de Jerusalén. Ya que ha dado el Señor a vuestros oídos gozo y alegría, oigamos de vuestra boca la respuesta que deseamos, para que con ella entre la alegría y gozo en nuestros huesos afligidos y humillados. Oísteis, vuelvo a decir, el hecho y lo creísteis: creed lo que oísteis también acerca del modo. Oísteis que concebiréis y daréis a luz un hijo; oísteis que no será por obra de varón sino por obra del Espíritu Santo. Mirad que el ángel aguarda vuestra respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que lo envió.

Esperamos también nosotros, Señora, esta palabra de misericordia, a los cuales tiene condenado a muerte la divina sentencia, de la que seremos librados por vuestra palabra. Ved que se pone en vuestras manos el precio de nuestra salud, al punto seremos librados si consentís. Por la palabra eterna de Dios fuimos todos creados y con todo eso morimos, pero por vuestra breve respuesta seremos ahora restablecidos para no volver a morir. Os suplica esto, oh piadosa Virgen, el triste Adán desterrado del paraíso con toda su miserable posteridad. Abraham y David con todos los otros Santos Padres, los cuales están detenidos en la región de la sombra de la muerte. Esto mismo os pide el mundo todo postrado a vuestros pies.

SAN BERNARDO (Tomado de su libro "Las grandezas de María ")


Tomado de www.statveritas.com.ar

sábado, 27 de diciembre de 2008


En la fiesta de San Juan, Apóstol y Evangelista


Sermón pronunciado de San Vicente Ferrer

"Era un gran varón ante su señor y gozaba de su favor"(2 Chr 5,1)


1. Para declarar este texto, y como introducción a la materia que voy a predicar, recuerdo cierta historia, narrada en el libro de Ester, capítulo VI, la cual será la base del sermón. Aquel gran rey y emperador que se llamaba Asuero preguntó una vez a un consejero suyo muy sutil: «¿Qué ha de hacerse con aquel a quien el rey quiere honrar?» Después de reflexionar un poco, respondió el consejero: «Para honrar a quien el rey desea honrar, debe vestirlo con las vestiduras reales y montarlo sobre un caballo de la caballeriza real, y ceñir su frente con la regia corona, y que el primero de los príncipes del rey lleve la brida de su caballo y, paseándole por la plaza de la ciudad, vaya pregonando ante él: Así se hace con aquel a quien el rey quiere honrar» (Est 6,6-9). Estas cinco cosas deben hacerse con el hombre a quien el rey quiere honrar.

El Señor Jesús, rey potentísimo, hizo estas cinco cosas con magnificencia en la persona de San Juan Evangelista. Por esta causa escogí el tema que dice: Era un gran varón ante su Señor y gozaba de su favor. Dividimos el tema en las cinco partes susodichas. Digamos algo de cada una de ellas.

2. Referente a lo primero, se dice que el hombre a quien el rey quiere honrar ha de ser vestido con la vestidura del rey. Yo os digo que San Juan vistió la indumentaria regia, de la misma calidad que la de Cristo. Veamos cómo.

La humanidad que Cristo tomó en el seno de la Virgen se llama vestidura. Porque así como el vestido cubre el cuerpo para ocultar la carne, así dice la Escritura de Cristo: «Existiendo en forma de Dios, se anonadó tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a las hombres, y hallado en la condición de hombre» (Phil 2,6-7). Del mismo paño, es decir, de la misma carne fue revestido San Juan. Imaginaos que de una misma pieza de tela preciosa, por ejemplo, de escarlata, se viste el rey y el soldado: la vestidura del rey se hace de un extremo, y la del soldado del otro. Así aconteció con el Rey (Cristo) y con el soldado (Juan). La pieza de tela preciosa era Santa Ana, la cual, como una pieza de tela, tenía dos extremos, es decir, dos hijas. La primera, cabeza principal, fue la Virgen María; la última, María Salomé. Del primer extremo, es decir. de la Virgen María, se vistió Cristo. Del último fue vestido Juan. He aquí cómo gozó del primer favor del Rey, pues fue hermano de Jesucristo por especial parentesco con la Virgen María. Cuando Cristo Rey, el día de viernes santo, llegó a la batalla, cabalgando sobre la cruz, dijo a la Virgen su Madre, señalando a Juan: «Mujer, he ahí a tu hijo; no sólo sobrino, sino hijo. Y a Juan dijo: He ahí a tu madre, y no sólo a tu pariente. Desde aquella hora la recibió el discípulo como suya, es decir, como a madre (Io 19,21).

3. Esta singularidad de nadie se lee. Pues la Virgen María le llamaba hijo, como si hubiera sido vestido del mismo paño que Cristo. Y Juan la llamaba madre. Viendo el apóstol su honor, cantaba gozosamente esta copla: «Gozoso me gozaré en el Señor, y mi alma saltará de júbilo en mi Dios, porque me vistió de vestiduras de salud y me envolvió en manto de justicia» (Is 61,10). Distingamos en esta frase cuatro cláusulas, dando a cada una su valor.

La primera, gozoso. Gozoso de la consanguinidad con Cristo: porque fue vestido de la misma pieza de tela.

Segunda: Me gozaré de ser hijo de la Virgen María.

Tercera: Saltará mi alma en mi Dios, porque me vistió con vestidura de salud, es decir, de Jesús, que en hebreo quiere decir salud. Vestiduras, de consanguinidad y fraternidad con Jesús.

Cuarta: En manto de justicia, es decir, de penitencia, por la que se gozaba San Juan más que por su vestidura, aun siendo el primer primo de Cristo. La penitencia se llama justicia, pues en ella se hace justicia: con el corazón, teniendo contrición de los pecados, y por la boca, mortificándose; con los oídos, escuchando a los predicadores; contra la gula, absteniéndose de las cenas, de la comida y de la bebida; con las manos, restituyendo lo robado y elevándolas en la oración; con los ojos, derramando lágrimas y gimiendo en la oración; con el cuerpo, disciplinándose y afligiendo la carne. Por eso dice el salmo: «He hecho justicia y derecho; no me dejes en manos de los que me calumnian» (Ps 118,121).

5. Respecto al segundo grado de honor, dice el tema: El varón a quien el rey quiere honrar debe cabalgar sobre el caballo de la caballeriza real. Juan recibió este honor de parte de Cristo. Montó el caballo de Cristo, con su montura, freno y espuelas. Si alguien objeta que Cristo no montó a caballo, sino en un asno, y sólo cuando tuvo necesidad, le responderé que en la Escritura, cuando se compara el cuerpo con el espíritu, se le llama caballo. Razón: porque así como el soldado rige el caballo, así nuestro cuerpo debe regirse por el espíritu que sobre él cabalga, caminando de frente hacia las buenas obras, o frenando por la templanza, a derecha e izquierda.

En este caballo cabalgó San Juan. Supo regir su cuerpo con el freno de la abstinencia y con las espuelas, pues nunca cayó de la montura de la virginidad. De este caballo real puede entenderse lo que el mismo Juan escribe: «He aquí un caballo blanco (el cuerpo de San Juan), y el que lo montaba se llamaba fiel, verídico» (Apc 19,11). La fidelidad corresponde al corazón, pues nunca deseó la deshonestidad en su corazón: y fue veraz, porque nunca perdió su virginidad de obra.

8. Si alguien dice que este privilegio no fue exclusivo de Juan, pues otros muchos fueron vírgenes, le diré que en el paraíso y en este mundo hay muchos que son vírgenes. Pero creo que no lo son en el mismo grado que Juan, ya que nadie guardó la virginidad como él. Siendo de veintisiete años se desposó, e hizo el convite nupcial, al cual asistió Cristo con su Madre, la Virgen María, y, según San Jerónimo, fue cuando Cristo convirtió el agua en vino. Terminado el convite, por la tarde la esposa quizá estuviese ya en su habitación, tal vez en el lecho. ¿Qué pensáis vosotros, esposos? Vosotros, que pasáis por carnales, de pies a cabeza. Entonces Cristo lo llamó y le dijo: Ven conmigo; quiero que seas religioso (pues, según Santo Tomás, 2-2, q.88, los apóstoles hacían los tres votos de castidad, pobreza y obediencia). E inmediatamente, alcanzado el permiso de su esposa, Juan siguió a Cristo. Su esposa pudo casarse con otro varón. De donde se sigue que los desposados pueden separarse para entrar en religión. El Señor esperó este momento para llamarlo: ni antes del desposorio, ni antes del convite, sino cuando el lobo quería devorar la oveja. Por eso dice San Jerónimo en el prólogo al evangelio de Juan: "Este es Juan evangelista, uno singular entre los discípulos del Señor. Siendo virgen, fue elegido por Dios; al cual llamó el Señor en las nupcias, cuando iba a consumarlas".

9. Aplicación moral: Juan el pescador tenía veintisiete años y llegó virgen al matrimonio. Si hoy hubiera uno como él no encontraría esposa. Obedeció al instante a Cristo y abandonó a la esposa. El Señor no manda abandonar a las esposas, sino preservarse de las inmundicias, y que os conforméis con vuestras esposas, blanca o negra, joven o vieja, sana o enferma; es una carga del matrimonio. Los que no están casados, vivan castamente, según el consejo de Tobías: «Guárdate, hijo mio, de toda fornicación y no cometas el crimen de apartarte de tu esposa» (Tob 4,12).

10. Respecto al tercer grado de honor, se dice: El varón al que el rey quiere honrar, debe ceñir su cabeza con la corona real. La corona que ciñó Cristo hombre el día de su concepción fue la sabiduría perfecta, porque la sabiduría reside en la cabeza, como la corona. Decimos vulgarmente que el sabio tiene buena cabeza. La corona de Cristo tuvo cuatro puntas, cuatro flores, como las coronas reales: delante, la ciencia de la Trinidad, habida en su concepción, ya que no sólo en cuanto Dios. sino también en cuanto hombre contemplaba la Trinidad, como los bienaventurados en el cielo. Veía al Padre, engendrador, y, al Hijo, engendrado, y la espiración de ambos, el Espíritu Santo.

Detrás, tuvo la ciencia y conocimiento de todas las criaturas y de todas las cosas pretéritas y futuras, de todos los pensamientos de los corazones. A la derecha, tuvo el conocimiento de la gloria del paraíso, porque en el instante de su concepción vio abierto el libro de la predestinación, y supo quiénes se salvarían y la causa de su salvación. A la izquierda, tuvo conocimiento de las penas del infierno, de todos los condenados y, de las causas de su condenación, porque tenía delante el libro de la presciencia.

11. Cristo fue coronado con esta corona en el momento de su concepción, cuando la Virgen, asintiendo a las palabras del ángel, dijo: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Al decir esta última palabra quedó formado el cuerpo de Cristo y se le infundió el alma, dotada de estos cuatro grados de ciencia. Sobre esta corona dice la Escritura: «Salid, hijas de Sión, a ver al rey Salomón con la diadema de que le coronó su madre el día de sus bodas, el día de la alegría de su corazón» (Cant 3,11). Notemos la expresión "Hijas de Sión", por la que se refiere a las almas contemplativas. Salid y ved al rey Salomón, a Cristo. Es norma, entre los judíos y entre nuestros doctores, que en el Cantar de los Cantares, cuando se habla de Salomón, del amado o del esposo, se ha de interpretar que se habla de Cristo. Con la diadema de que le coronó su madre. Por parte de su madre le pertenecía, por derecho, el reino de David; no por parte de su padre, pues en cuanto hombre no tuvo padre. En el día de su desposorio, es decir, en el día en que asumió la humanidad en la unidad de supuesto. Pues así como el varón y la mujer no son dos, sino una carne (por tanto: lo que Dios unió no lo separe el hombre, Mt. 19,6). del mismo modo la humanidad y la divinidad en Cristo subsisten en una misma persona. Y en el día de la alegría de su corazón, es decir, de la ciencia que tuvo desde el primer instante de su concepción.

12. San Juan evangelista fue coronado con esta corona de sabiduría en la noche de la pasión, más que los demás apóstoles. San Juan, sentado, dormía durante la última cena. Viéndolo Cristo, le dijo: «Juan, ¿duermes? Reclina tu cabeza aquí. Y entonces reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús, lo cual no lo hubiera hecho el Maestro si no lo quisiera coronar en la cena sobre su pecho. Entonces recibió la corona de sabiduría. Por eso dice la Iglesia en su oficio: «Bebió el agua pura del evangelio de la fuente sagrada del pecho del Señor». En aquel instante le fue impuesta la corona real, con sus cuatro flores. Por delante, el conocimiento de Dios: por ella compuso Juan el evangelio. Detrás, el conocimiento de todas las criatura. A la derecha, el conocimiento de la gloria y, de los predestinados: por eso escribió su primera epístola canónica. A la izquierda, el conocimiento de los condenados: por ello escribió la segunda y tercera epístolas canónicas. Por tanto, podemos decir de él: «Corona de oro sobre su cabeza, grabada con el signo de la santidad» (Eccli 45,14).

13. Corona de oro. Yo encuentro que hay cuatro coronas: de plomo, de hierro, de plata y de oro. La corona de plomo es la doctrina y escritos de los poetas, pues son negros como el plomo. De ellos dice Cato en Los Morales: "Aunque canten cosas admirables, no hay que dar crédito a los poetas". Por tanto, dad de lado a esa corona de plomo, aunque raramente podéis serviros de ella, como hizo san Pablo.

La corona de hierro es la ciencia filosófica. Pues así como el hierro es fuerte, del mismo modo la filosofía construye fuertes razones y argumentos. Por tanto, aunque podamos servirnos de ella como de esclava de la teología en muchas ocasiones, sin embargo, no lo hemos de hacer para fundamentar la fe, ya que nos induciría a error y nos condenaríamos. Por eso nos previene san Pablo: "Mirad que nadie os engañe con filosofías vanas y falaces" (Col 2,8).

La corona de plata es la retórica. Pues así como la plata hace buen sonido, del mismo modo la retórica tiene buen sonido, grato al oído: "Tantarantan, tantarantan, titirintin..." De esta corona dice el Apóstol: "Me envió Cristo a evangelizar no con artificiosas palabras, para que no se desvirtúe la cruz de Cristo" (1 Cor 1,17).

La corona de oro es la sagrada teología, la Biblia y los escritos de los doctores aprobados por la Iglesia. A ésta se refiere la escritura cuando dice: "Corona de oro sobre su cabeza".

14. Grabada con el signo de la santidad. Porque la corona de sabiduría que es la teología no tiene fuerza si no está sellada con la señal de la santidad, de la buena vida. Por ejemplo, si se recibe en esta villa una carta muy bien escrita, ordenada y pulcra en su decir, pero no está en ella el sello, ¿qué diríais de tal carta? Evidentemente, la contemplaríais y os deleitaríais leyéndola por su forma pulcra; mas no tendríais fe en ella, porque falta el sello por el que le dais fe. Lo mismo ocurre con la predicación, pues aunque esté muy bien ordenada y avalada con muchas autoridades, si no está sellada con el sello de la buena vida, no le dais fe; más bien diréis: ¡Oh, que locuaz!, ¡qué bien predica!

Como san Juan llevaba buena vida, se dice de él: "Sellada con el signo de santidad". Por eso mereció esta corona de sabiduría, cumpliéndose en él la profecía del salmo: "Lo has coronado de gloria y de honor; le diste el señorío sobre las obras de tus manos" (Ps 8,6-7). Porque poseyendo en su alma la corona de sabiduría, la manifestaba al exterior por el signo de santidad y buena vida.

15. Muchos llevan hoy la corona de la sabiduría, pero no está sellada con el signo de santidad, sino con el signo de vanidad. Tienen gran ciencia, pero mala conciencia. Llevan la corona de la sabiduría en la cabeza, adornada con cuatro flores: delante, la ciencia que tienen sobre Dios: leen: disputan acerca de sus atributos, relaciones y sobre los nombres divinos. Mas no tienen el sello de santidad, porque no tienen sabor de devoción. Detrás, la ciencia de las criaturas: disputan de las influencias de las constelaciones y cuerpos celestes; pero les falta el sello de santidad, que es el desprecio de las criaturas corruptibles, con las que mancillan su saber. A la derecha por la ciencia de la gloria celestial, de los que se salvan y las obras por las que se salvan: predican y disputan, arguyen sobre los órdenes de los ángeles y los grados de gloria; pero su sabiduría no tiene el sello de santidad, porque no se preparan con una vida buena para llegar a la gloria, ni la desean ardientemente. A la izquierda, la ciencia que tienen del infierno, por la que disputan sobre las penas de los condenados; mas su sabiduría no está sellada con el signo de santidad, y así, no evitan los pecados para no descender al infierno.

16. Por lo que al cuarto grado de honor se refiere, dice el texto: Al varón a quien el rey quiere honrar ha de tenerle el caballo el primer príncipe real. Cristo concedió este honor a san Juan. Entre los ángeles el príncipe mayor en la curia de Cristo, en todo lo referente a los hombres, es Miguel: He aquí a Miguel, uno de los príncipes supremos (Dan 10,13). Este príncipe sujetó el caballo a Juan, es decir, sujetó su cuerpo, para que no fuera presa de tormentos en la hora de la muerte, siendo así que los demás apóstoles murieron en tormentos. Pero Juan ni siquiera murió en el tormento del aceite hirviendo, en el que lo sumergió el emperador Domiciano, porque predicaba el nombre de Cristo; y eso que era ya anciano. Tampoco murió en el destierro, cautivo en el desierto. Ni le dañó el veneno que le procuró Aristodemo, príncipe de los ídolos. Razón: porque el príncipe mayor de la curia de Cristo sujetó y condujo su caballo. De él se cumplió la profecía que dice: Tú eres mi siervo; si atraviesas las aguas [cuando eras conducido al destierro de Patmos], yo seré contigo y no te sumergirán las olas: si pasas por el fuego [el tormento del aceite], no te quemarás y las llamas no te consumirán (Is 43,2).

En cuanto al quinto grado dice. Y caminando por las plazas de la ciudad [con la corona en su cabeza y llevando el príncipe su caballo], clamará el pregonero: De este modo será honrado aquel a quien el rey quiere honrar.

Dios concedió este honor a san Juan. La ciudad es el paraíso, del cual dice David: Cosas muy gloriosas se han dicho de ti, ciudad de Dios (Ps 86,3). Las anchas plazas son las órdenes de los ángeles: La plaza de la ciudad era de oro puro, como vidrio transparente (Apc 21,21). Veamos como el gran príncipe san Miguel clamó por las plazas de esta ciudad. Cuando san Juan tenía cien años, se le apareció Cristo invitándolo a la gloria. El apóstol, antes de su muerte hizo construir una fosa cuadrada en la iglesia, y la tierra que de allí extrajo la sacó fuera del sagrado recinto. Habiendo convocado al pueblo, predicó un gran sermón sobre el amor, diciendo: Hijitos, amaos mutuamente. Como no dijera otra cosa, el pueblo le preguntó: Padre, ¿te has olvidado de tus hermosas pláticas? Entonces respondió el apóstol que, habiendo de ausentarse, les decía estas última palabras para que las recordaran siempre. Porque si os amáis mutuamente no habrá entre vosotros riñas, discordias, malas voluntades, ni envidia de los honores, riquezas, oficios, etc. Y terminando el sermón, en presencia del pueblo, entró en la fosa. Imaginaos el llanto de aquel pueblo por la ausencia de tal padre, que marchaba diciendo: "Invitado a tu convite, Señor Jesucristo, he aquí que vengo". Al instante descendió Cristo con los Apóstoles y santos ángeles, circundados de tanta claridad que el pueblo no podía abrir sus ojos. Y Juan entregó su alma, sin el menor dolor, en las manos de Cristo. A este propósito dice san Jerónimo: «Tan libre estuvo de los dolores de la muerte, cuan ajeno a la corrupción de la carne» (Adversus Aviene., 1,1).

18. Cuando se disipó la claridad, llegóse el pueblo a la fosa y no encontró en ella sino un maná que brotaba de la tumba. ¡Oh!, dijeron algunos. Este era Dios, pues he ahí lo que hace su exhalación. Estaban en un error, porque este bullir de maná significaba que su doctrina evangélica corrió por el mundo entero. Otros pensaron que estaba en el paraíso terrestre para predicar contra el anticristo, a fin de que haya contra él tres testigos: uno de la ley natural, Enoc; otro de la ley escrita. Elías, y un tercero, Juan, de la ley de gracia. Mas esto es falso. ya que él mismo dice en el Apocalipsis (11,3) que habrá sólo dos testigos que predicarán contra el anticristo: Elías y Enoc. ¿Dónde está San Juan? Aceptemos la doctrina y opinión de Santo Tomás, de la Orden de los frailes predicadores, el cual, en una apostilla sobre el evangelio de San Juan (c. 21, lect. 5), dice que, después que el apóstol murió y fue puesto en la tumba, resucitó y subió en cuerpo y alma al paraíso. Entró en el cielo pasando por las plazas, por en medio de los órdenes de los ángeles, caminando en cuerpo y alma. El príncipe Miguel clamaba: De este modo será honrado aquel que el rey quiere honrar. Y con tal honor subió hasta el orden de los serafines, a los pies de nuestro Señor Jesucristo y de la Virgen María, donde tenía reservada su silla. Por ello puede decir: Cuando caminaba a las puertas de la ciudad, se alzaba mi silla en la plaza (Iob 29,7), en la plaza superior. Esta es la razón por la cual dice el tema: Era un gran varón ante su Señor y gozaba de su favor.

lunes, 10 de noviembre de 2008

10 de noviembre: Fiesta de San Leon Magno, Papa.


Publicamos la intervención de Benedicto XVI en la audiencia general dedicada a presentar la figura del Papa san León Magno, doctor de la Iglesia.


San Leon Magno, Papa y Doctor


Queridos hermanos y hermanas:

Continuando nuestro camino entre los padres de la Iglesia, auténticos astros que brillan a lo lejos, en el encuentro de hoy nos acercamos a la figura de un Papa que, en 1754 fue proclamado por Benedicto XIV doctor de la Iglesia: se trata de san León Magno. Como indica el apelativo que pronto le atribuyó la tradición, fue verdaderamente uno de los más grandes pontífices que han honrado la Sede de Roma, ofreciendo una gran contribución a reforzar su autoridad y prestigio. Primer obispo de Roma en llevar el nombre de León, adoptado después por otros doce sumos pontífices, es también el primer Papa del que nos ha llegado su predicación, dirigida al pueblo que le rodeaba durante las celebraciones. Viene a la mente espontáneamente su recuerdo en el contexto de las actuales audiencias generales del miércoles, citas que se han convertido para el obispo de Roma en una acostumbrada forma de encuentro con los fieles y con los visitantes procedentes de todas las partes del mundo.

León había nacido en Tuscia. Fue diácono de la Iglesia de Roma en torno al año 430, y con el tiempo alcanzó en ella una posición de gran importancia. Este papel destacado llevó en el año 440 a Gala Placidia, que en ese momento regía el Imperio de Occidente, a enviarle a Galia para subsanar la difícil situación. Pero en el verano de aquel año, el Papa Sixto III, cuyo nombre está ligado a los magníficos mosaicos de la Basílica de Santa María la Mayor, falleció y fue elegido como su sucesor León, quien recibió la noticia mientras desempeñaba su misión de paz en Galia.

Tras regresar a Roma, el nuevo Papa fue consagrado el 29 de septiembre del año 440. Iniciaba de este modo su pontificado, que duró más de 21 años y que ha sido sin duda uno de los más importantes en la historia de la Iglesia. Al morir, el 10 de noviembre del año 461, el Papa fue sepultado junto a la tumba de san Pedro. Sus reliquias siguen custodiadas en uno de los altares de la Basílica vaticana.

El Papa León vivió en tiempos sumamente difíciles: las repetidas invasiones bárbaras, el progresivo debilitamiento en Occidente de la autoridad imperial, y una larga crisis social habían obligado al obispo de Roma --como sucedería con más claridad todavía un siglo y medio después, durante el pontificado de Gregorio Magno-- a asumir un papel destacado incluso en las vicisitudes civiles y políticas. Esto no impidió que aumentara la importancia y el prestigio de la Sede romana. Es famoso un episodio de la vida de León. Se remonta al año 452, cuando el Papa en Mantua, junto a una delegación romana, salió al paso de Atila, el jefe de los hunos, para convencerle de que no continuara la guerra de invasión con la que había devastado las regiones del nordeste de Italia. De este modo salvó al resto de la península.

Este importante acontecimiento pronto se hizo memorable y permanece como un signo emblemático de la acción de paz desempeñada por el pontífice. No fue tan positivo, por desgracia, tres años después, el resultado de otra iniciativa del Papa, que de todos modos manifestó una valentía que todavía hoy sorprende: en la primavera del año 455, León no logró impedir que los vándalos de Genserico, al llegar a las puertas de Roma, invadieran la ciudad indefensa, que fue saqueada durante dos semanas. Sin embargo, el gesto del Papa que, inerme y rodeado de su clero, salió al paso del invasor para pedirle que se detuviera, impidió al menos que Roma fuera incendiada y logró que no fueran saqueadas las basílicas de San Pedro, de San Pablo y de San Juan, en las que se refugió parte de la población aterrorizada.

Conocemos bien la acción del Papa León gracias a sus hermosísimos sermones --se han conservado casi cien en un latín espléndido y claro-- y gracias a sus cartas, unas ciento cincuenta. En estos textos, el pontífice se presenta en toda su grandeza, dedicado al servicio de la verdad en la caridad, a través de un ejercicio asiduo de la palabra, como teólogo y pastor. León Magno, constantemente requerido por sus fieles y por el pueblo de Roma, así como por la comunión entre las diferentes Iglesias y por sus necesidades, apoyó y promovió incansablemente el primado romano, presentándose como un auténtico heredero del apóstol Pedro: los numerosos obispos, en buena parte orientales, reunidos en el Concilio de Calcedonia, demostraron que eran sumamente conscientes de esto.

Celebrado en el año 451, con 350 obispos participantes, este Concilio se convirtió en la asamblea más importante celebrada hasta entonces en la historia de la Iglesia. Calcedonia representa la meta segura de la cristología de los tres concilios ecuménicos precedentes: el de Nicea del año 325, el de Constantinopla del año 381 y el de Éfeso del año 431. Ya en el siglo VI estos cuatro concilios, que resumen la fe de la Iglesia antigua, fueron comparados a los cuatro Evangelios: lo afirma Gregorio Magno en una famosa carta (I, 24), en la que declara que hay que «acoger y venerar, como los cuatro libros del santo Evangelio, los cuatro concilios», porque, como sigue explicando Gregorio, sobre ellos «se edifica la estructura de la santa fe, como sobre una piedra cuadrada». El Concilio de Calcedonia, al rechazar la herejía de Eutiques, que negaba la auténtica naturaleza humana del Hijo de Dios, afirmó la unión en su única Persona, sin confusión ni separación, de las dos naturalezas humana y divina.

Esta fe en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, era afirmada por el Papa en un importante texto doctrinal dirigido al obispo de Constantinopla, el así llamado «Tomo a Flaviano», que al ser leído en Calcedonia, fue acogido por los obispos presentes con una aclamación elocuente, registrada en las actas del Concilio: «Pedro ha hablado por la boca de León», exclamaron unidos los padres conciliares. A partir de aquella intervención y de otras pronunciadas durante la controversia cristológica de aquellos años, se hace evidente que el Papa experimentaba con particular urgencia las responsabilidades del sucesor de Pedro, cuyo papel es único en la Iglesia, pues «a un solo apostolado se le confía lo que a todos los apóstoles se comunica», como afirma León en uno de sus sermones con motivo de la fiesta de los santos Pedro y Pablo (83,2). Y el pontífice supo ejercer estas responsabilidades, tanto en Occidente como en Oriente, interviniendo en diferentes circunstancias con prudencia, firmeza y lucidez, a través de sus escritos y de sus legados. Mostraba de este modo cómo el ejercicio del primado romano era necesario entonces, como lo es hoy, para servir eficazmente a la comunión, característica de la única Iglesia de Cristo.

Consciente del momento histórico en el que vivía y de la transición que tenía lugar, en un período de profunda crisis, de la Roma pagana a la cristiana, León Magno supo estar cerca del pueblo y de los fieles con la acción pastoral y la predicación. Alentó la caridad en una Roma afectada por las carestías, por la llegada de refugiados, por las injusticias y la pobreza. Afrontó las supersticiones paganas y la acción de los grupos maniqueos. Enlazó la liturgia a la vida cotidiana de los cristianos: por ejemplo, uniendo la práctica del ayuno con la caridad y con la limosna, sobre todo con motivo de las Quattro tempora, que caracterizan en el transcurso del año el cambio de las estaciones. En particular, León Magno enseñó a sus fieles --y sus palabras siguen siendo válidas para nosotros-- que la liturgia cristiana no es el recuerdo de acontecimientos pasados, sino la actualización de realidades invisibles que actúan en la vida de cada quien. Lo subraya en un sermón (64,1-2) hablando de la Pascua, que debe celebrarse en todo tiempo del año, «no como algo del pasado, sino más bien como un acontecimiento del presente». Todo esto se enmarca en un proyecto preciso, insiste el pontífice: así como el Creador animó con el soplo de la vida racional al hombre plasmado en el barro de la tierra, del mismo modo, tras el pecado original, envió a su Hijo al mundo para restituir al hombre la dignidad perdida y destruir el dominio del diablo a través de la nueva vida de la gracia.

Este es el misterio cristológico al que san León Magno, con su carta al Concilio de Éfeso, ofreció una contribución eficaz y esencial, confirmando para todos los tiempos, a través de ese Concilio, lo que dijo san Pedro en Cesarea de Filipo. Con Pedro y como Pedro confesó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Por este motivo, al ser Dios y Hombre al mismo tiempo, «no es ajeno al género humano, pero es ajeno al pecado» (Cf. Sermón 64). En la fuerza de esta fe cristológica, fue un gran mensajero de paz y de amor. De esta manera nos muestra el camino: en la fe aprendemos la caridad. Aprendamos, por tanto, con san León Magno a creer en Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, y a vivir esta fe cada día en la acción por la paz y en el amor al prójimo.

[Al final de la audiencia, el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo: ]

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy nos centramos en la figura de San León Magno, Doctor de la Iglesia y el primer Papa del que nos han llegado sus predicaciones al pueblo de Roma durante las celebraciones, lo que nos hace pensar en encuentros como éste de hoy. Su Pontificado duró veinte años, en los que se vio obligado a intervenir primero ante Atila, para detener la invasión de Italia, y, después, ante Genserico, para evitar el incendio de Roma y la destrucción de sus Basílicas.

San León se mostró siempre solícito pastor, vinculando la liturgia a la vida cotidiana de los cristianos, a los que enseñaba que las celebraciones no son meros recuerdos del pasado, sino actualización de los misterios de Cristo, que entran en la vida de cada uno. Fue también gran promotor del primado romano, fomentando, como auténtico Sucesor de Pedro, la comunión con las diversas Iglesias e interviniendo decisivamente en el Concilio de Calcedonia, donde se afirmó la unicidad de la Persona de Cristo, sin confusión y sin separación de la naturaleza humana y divina.

Saludo a los peregrinos venidos España y Latinoamérica, en particular a los seminaristas de Santiago de Compostela. Invito a todos a profundizar en el misterio de la Encarnación, que, como decía San León Magno, significa que el Señor no es extraño al género humano, sino al pecado"; ha venido en ayuda de nuestra debilidad y en el encuentro con Él está la mayor alegría de nuestra vida.

Muchas gracias.

domingo, 9 de noviembre de 2008

San Francisco de Borja: Meditación para recibir el Santísimo Sacramento.



Primer punto: Considerar quién es el que he de recibir, y cómo en cuanto a la divinidad es igual al Eterno Padre, y cómo en cuanto hombre es el más ilustre de todos los hombres.

Segundo punto: Considerar de dónde viene: del Cielo. Consideraré que me hace mayor don que a los Apóstoles el Jueves de la Cena. Y he de confundirme trayendo a la memoria lo que haría si esperase a un amigo o hermano que me viniese a ver de tierras lejanas, o si el Papa o el Emperador hubiese de venir a verme, y lo poco que hago con la venida de Jesucristo, de los Cielos a mi ánima.

Tercer punto: Ver cómo viene. Consideraré cómo habiéndome dado todas las criaturas, Él mismo disfrazado se me da en una de ellas, haciéndose pequeñito, conforme a mi pequeñez.

Cuatro punto: Ver adónde viene. A este mundo donde tantas ofensas y pecados se cometen contra su divina Majestad.

Quinto punto: Considerar quién soy yo que le he de recibir, y mostrarle mis llagas, pidiéndole con el leproso del Evangelio que me sane. Así miraré de dónde viene, adónde viene y a qué viene.

Alabado sea Dios.



San Francisco de Borja.

martes, 4 de noviembre de 2008

Fiesta de nuestro santo patrono.

4 de noviembre

SAN CARLOS BORROMEO
Obispo

San Carlos BorromeoSan Carlos cuyo nombre significa "hombre prudente" ha sido uno de los santos extraordinariamente activos a favor de la Iglesia y del pueblo que sobresale admirablemente. San Carlos Borromeo, un santo que tomó muy en serio aquella frase de Jesús: "Quien ahorra su vida, la pierde, pero el que gasta su vida por Mí, la ganará", murió relativamente joven porque desgastó totalmente su vida y sus energías por hacer progresar la religión y por ayudar a los más necesitados. Decía que un obispo demasiado cuidadoso de su salud no consigue llegar a ser santo y que a todo sacerdote y a todo apóstol deben sobrarle trabajos para hacer, en vez de tener tiempo de sobra para perder.

Nació en Arjona (Italia) en 1538. Desde joven dio señales de ser muy consagrado a los estudios y exacto cumplidor de sus deberes de cada día. A los 21 años obtuvo el doctorado en derecho en la Universidad de Milán. Un hermano de su madre, el Cardenal Médicis, fue nombrado Papa con el nombre de Pío IV, y éste admirado de sus cualidades nombró a Carlos como secretario de Estado. Más tarde, renunció a sus riquezas, se ordenó de sacerdote, y luego de obispo y se dedicó por completo a la labor de salvar almas.

San Carlos fundó 740 escuelas de catecismo con 3,000 catequistas y 40,000 alumnos.

Fundó además 6 seminarios para formar sacerdotes bien preparados, y redactó para esos institutos unos reglamentos tan sabios, que muchos obispos los copiaron para organizar según ellos sus propios seminarios. Fue amigo de San Pío V, San Francisco de Borja, San Felipe Neri, San Félix de Cantalicio y San Andrés Avelino y de varios santos más.

Murió cuando tenía apenas 46 años, el 4 de noviembre de 1584. En Arona, su pueblo natal, le fue levantada una inmensa estatua que todavía existe.

martes, 21 de octubre de 2008

Espiritualidad: San Bernardo


Sobre los grados de la contemplación.

Vigilemos en pie, apoyándonos con todas nuestras fuerzas en la roca firmísima que es Cristo, como está escrito: Afianzó mis pies sobre roca, y aseguró mis pasos. Apoyados y afianzados en esta forma, veamos qué nos dice y qué decimos a quien nos pone objeciones.

Amadísimos hermanos, éste es el primer grado de la contemplación: pensar constantemente qué es lo que quiere el Señor, qué es lo que le agrada, qué es lo que resulta aceptable en su presencia. Y, pues todos faltamos a menudo, y nuestro orgullo choca contra la rectitud de la voluntad del Señor, y no puede aceptarla ni ponerse de acuerdo con ella, humillémonos bajo la poderosa mano del Dios altísimo y esforcémonos en poner nuestra miseria a la vista de su misericordia, con estas palabras: Sáname ,Señor , y quedaré sano; sálvame y quedaré a salvo. Y también aquellas otras: Señor, ten misericordia, sáname, porque he pecado contra ti.

Una vez que se ha purificado la mirada de nuestra alma con esas consideraciones, ya no nos ocupamos con amargura en nuestro propio espíritu, sino en el espíritu divino, y ello con gran deleite. Y ya no andamos pensando cuál sea la voluntad de Dios respecto a nosotros, sino cuál sea en sí misma.

Y, ya que la vida está en la voluntad del Señor, indudablemente lo más provechoso y útil para nosotros será lo que está en conformidad con la voluntad del Señor. Por eso, si nos proponemos de verdad conservar la vida de nuestra alma, hemos de poner también verdadero empeño en no apartarnos lo más mínimo de la voluntad divina.

Conforme vayamos avanzando en la vida espiritual, siguiendo los impulsos del Espíritu, que ahonda en lo más íntimo de Dios, pensemos en la dulzura del Señor, qué bueno es en sí mismo. Pidamos también, con el salmista, gozar de la dulzura del Señor, contemplando, no nuestro propio corazón, sino su templo, diciendo con el mismo salmista: Cuando mi alma se acongoja, te recuerdo.

En estos dos grados está todo el resumen de nuestra vida espiritual: Que la propia consideración ponga inquietud y tristeza en nuestra alma, para conducirnos a la salvación, y que nos hallemos como en nuestro elemento en la consideración divina, para lograr el verdadero consuelo en el gozo del Espíritu Santo. Por el primero, nos fundaremos en el santo temor y en la verdadera humildad; por el segundo, nos abriremos a la esperanza y al amor.

(Sermón 5 sobre diversas materias, 4-5: San Bernardo,Opera omnia, edición cisterciense, 6, 1 (1970), 103-1041)

lunes, 29 de septiembre de 2008

San Miguel Arcangel

29 de Septiembre, Festividad de San Miguel Arcángel




























-Cristo, óyenos.
-Cristo, escúchanos.
-Señor, ten piedad de nosotros.
-Cristo, ten piedad de nosotros.
-Señor, ten piedad de nosotros.

-San Miguel,... Ruega por nosotros (se repite a cada invocación)
-Tú, cuyo nombre es un relámpago,...
-Tú, cuyo nombre es un himno a Dios,...
-Serafín del incensario de oro,...
-Elevada llama de amor divino,...
-Perfecto adorador de Dios,...
-Modelo de sumisión amoros...
-Modelo de pronta obediencia,....
-Leal servidor de Dios,...
-Primer heraldo de la verdad,....
-Primer defensor de la fe,...
-Primer testigo de Dios,...
-Instigador de la lucha contra Satanás,...
-Ángel apóstol de los ángeles,...
-Celador del Reino de Dios,...
-Primer defensor de la justicia,...
-Primer vengador del buen derecho,..
-Abogado nuestro,...
-Portador de las llaves del abismo,...
-Tú que encadenas a Satanás,...
-Justiciero de Dios,...
-Portaestandarte de la Trinidad,...
-Guerrero de armas de luz,...
-Espada de Dios,...
-Terror de los traidores y de los perjuros,...
-Terror de los orgullosos demonios,...
-Centella de Dios,...
-Tú que llevas las siete estrellas,...
-Vencedor de la primera guerra,...
-Virrey de los ejércitos de Dios,...
-Inspirador de valentía,...
-Tú que guerreas por el mundo,...
-Defensor de los hijos de Dios,...
-Ángel que vale por mil ejércitos,...

-Esperanza de los combatientes,...
-Intrépido soldado de Dios,...
-Refuerzo dado a las justas causas,...
-Liberador de los oprimidos,...
-Caballero de Dios,...
-Angel de los pastores de Navidad,...
-Angel de Cristo en agonía,...
-Ángel de la aurora pascual,...
-Consejero de Constantino,...
-Guerrero del castillo del Santo Ángel,...
-Protector de la unidad católica de España y de las Naciones Hispanoamericanas,..
-Cantor de los gozos marianos,...
-Espejo del Altísimo,...
-Ángel vicario del Verbo,...
-Protector de la Iglesia militante,...
-Consolador de la Iglesia purgante,...
-Honor de la Iglesia triunfante,...
-Tú, que recibes la confesión de nuestros pecados,...
-Tú, a quien la Iglesia implora en nuestra última hora,...
-Tú, cuya potente voz despertará a los muertos,...
-Introductor de las almas al cielo,...
-Asistente de Cristo en el Gran Día,...
-Heraldo de las sentencias eternas,...
-Precantor de las alabanzas divinas,...
-El más elevado de los serafines,...
-Príncipe de los nueve coros de Angeles,...

Oremos
San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes. Y tú, Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder , a Satanás, y a los demás espíritus malignos que vagan por el mundo para la perdición de las almas. Amén.





Tomado del Blog de Cruzamante

domingo, 14 de septiembre de 2008




«QUE CARGUE CON SU CRUZ»
San Luis Mª Grignion de Monfort


Que cargue con su cruz. ¡La suya propia! Que ese tal, ese hombre, esa mujer excepcional que toda la tierra no alcanzaría a pagar, cargue con alegría, abrace con entusiasmo y lleve con valentía sobre sus hombros la propia cruz y no la de otro:

—la cruz, que mi Sabiduría le fabricó con número, peso y medidas;

—la cruz cuyas dimensiones: espesor, longitud, anchura y profundidad, tracé por mi propia mano con extraordinaria perfección;

—la cruz que le he fabricado con un trozo de la que llevé al Calvario, como fruto del amor infinito que le tengo;

—la cruz, que es el mayor regalo que puedo hacer a mis elegidos en este mundo;

—la cruz, constituida, en cuanto a su espesor, por la pérdida de bienes, las humillaciones, menosprecios, dolores, enfermedades y penalidades espirituales que, por permisión mía, le sobrevendrán día a día hasta la muerte;

—la cruz, constituida, en cuanto a su longitud, por una serie de meses o días en que se verá abrumado de calamidades, postrado en el lecho, reducido a mendicidad, víctima de tentaciones, sequedades, abandonos y otras congojas espirituales;

—la cruz, constituida, en cuanto a su anchura, por las circunstancias más duras y amargas de parte de sus amigos, servidores o familiares;

—la cruz, constituida, por último, en cuanto a su profundidad, por las aflicciones más ocultas con que le atormentaré, sin que pueda hallar consuelo en las creaturas. Estas, por orden mía, le volverán las espaldas y se unirán a mí para hacerle sufrir.



Que cargue.

Que la cargue: que no la arrastre, ni la rechace, ni la recorte, ni la oculte. En otras palabras, que la lleve con la mano en alto, sin impaciencia ni repugnancia, sin quejas ni críticas voluntarias, sin medias tintas ni componendas, sin rubor ni respeto humano.

Que la cargue. Que la lleve estampada en la frente, diciendo como San Pablo: Lo que es a mí, Dios me libre de gloriarme más que de la cruz de nuestro Señor Jesucristo, mi Maestro.

Que la lleve a cuestas, a ejemplo de Jesucristo, para que la cruz sea el arma de sus conquistas y el cetro de su imperio.

Por último, que la plante en su corazón por el amor, para transformarla en zarza ardiente, que día y noche se abrase en el puro amor de Dios, sin que llegue a consumirse.

La cruz. Que cargue con la cruz, puesto que nada hay tan necesario, tan útil, tan dulce ni tan glorioso como padecer algo por Jesucristo.

«NADA TAN NECESARIO»

En realidad, queridos Amigos de la Cruz, todos sois pecadores. No hay nadie entre vosotros que no merezca el infierno — y yo más que ninguno—. Nuestros pecados tienen que ser castigados en este mundo o en el otro. Si no lo son en éste, lo serán en el otro.

Si Dios los castiga en este mundo, de acuerdo con nosotros, el castigo será amoroso. En efecto, nos castigará su misericordia, que reina en este mundo, y no su rigurosa justicia; será un castigo ligero y pasajero, acompañado de dulzuras y méritos y seguido de recompensas en el tiempo y en la eternidad.

Pero, si el castigo que merecen los pecados cometidos queda reservado para el otro mundo, la justicia inexorable de Dios —que todo lo lleva a sangre y fuego— ejecutará la condena.

Castigo espantoso, indecible, inconcebible: ¿Quién conoce la vehemencia de tu ira? Castigo sin misericordia, piedad, alivio, mérito, límite ni fin. ¡Sí! ¡Castigo sin fin! Ese pecado mortal que en un instante cometisteis; ese mal pensamiento voluntario que escapó a vuestro conocimiento; esa palabra que se llevó el viento; esa diminuta acción contra la ley de Dios y que duró tan corto tiempo, serán castigados por toda una eternidad —mientras Dios sea Dios— con los demonios en el infierno, sin que ese Dios de las venganzas tenga piedad de vuestros espantosos tormentos, de vuestros sollozos y lágrimas, capaces de hendir las rocas. ¡Padecer eternamente sin mérito, sin misericordia y sin término!

Queridos hermanos y hermanas: ¿pensamos en esto cuando padecemos alguna pena en este mundo? ¡Qué suerte la que tenemos! Pues, al llevar esta cruz con paciencia, cambiamos una pena eterna e infructuosa por una pena pasajera y meritoria. Cuántas deudas nos quedan por pagar! ¡Cuántos pecados cometidos! Para expiar por ellos, aun después de una amarga contrición y una confesión sincera, tendremos que padecer en el purgatorio durante siglos y siglos por habernos conformado con unas penitencias bien ligeras durante esta vida. ¡Ah! Cancelemos, pues, amistosamente nuestras deudas en esta vida llevando bien nuestra cruz. En la otra vida, todo se paga hasta el último céntimo, hasta la menor palabra ociosa''. Si lográramos arrancar de manos del demonio el libro de muerte, en el que lleva anotados todos nuestros pecados y el castigo que merecen, ¡que debe tan enorme hallaríamos! ¡Y qué encantados quedaríamos de padecer durante años enteros en esta vida antes que sufrir un solo día en la otra!

Amigos de la Cruz: ¿no os preciáis de ser amigos de Dios o de querer llegar a serlo? Decidíos, pues, a beber el cáliz que es preciso apurar para ser amigos de Dios: Bebieron el cáliz del Señor, y llegaron a ser amigos de Dios. Benjamín —el mimado— halló la copa, mientras que sus hermanos sólo hallaron trigo. El discípulo predilecto de Jesús poseyó su corazón, subió al Calvario y bebió el cáliz: ¿Podéis beber el cáliz? Excelente cosa es desear la gloria de Dios. Pero desearla y pedirla sin decidirse a padecerlo todo es una locura y una petición extravagante: No sabéis lo que pedís. Tenemos que pasar mucho... Si, es una necesidad, algo indispensable. Tenemos que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios.

Con razón os gloriáis de ser hijos de Dios. Gloriaos asimismo de los azotes que este Padre bondadoso os ha dado y dará, pues da azotes a todos sus hijos. Si no sois del número de sus hijos predilectos, ¡qué desgracia, qué maldición! Pues pertenecéis al número de los réprobos, como dice San Agustín. «Quien no gime en este mundo como peregrino y extranjero, no puede alegrarse en el otro como ciudadano del cielo» —añade el mismo Santo. Si Dios Padre no os envía, de vez en cuando, alguna cruz importante, es señal de que ya no se preocupa de vosotros. Está enfadado y os considera como extraños y ajenos a su casa y protección. O como hijos bastardos, que no merecen tener parte en la herencia de su padre ni tampoco son dignos de sus cuidados y correcciones.

Hay que sufrir como los santos...

Mirad, Amigos de la Cruz; mirad delante de vosotros una inmensa nube de testigos. Sin decir palabra, prueban cuanto os tengo dicho. Ved desfilar ante vosotros un Abel justo y muerto por su hermano; un Abrahán justo y extranjero en la tierra; un Lot justo y arrojado de su país; un Jacob justo y perseguido por su hermano; un Tobías justo y afligido de ceguera; un Job justo y empobrecido, humillado y hecho una llaga de pies a cabeza.

Mirad a tantos apóstoles y mártires teñidos con su propia sangre; a tantas vírgenes y confesores empobrecidos, humillados, arrojados, despreciados. Todos ellos exclaman con San Pablo: Mirad a nuestro bondadoso Jesús, el autor y consumador de la fe que tenemos en él y en su cruz. Tuvo que padecer para entrar, por la cruz, en su gloria.

Mirad, al lado de Jesús, una espada afilada, que penetra hasta el fondo en el tierno e inocente corazón de María, que nunca tuvo pecado alguno, ni original ni actual. ¡Lástima que no pueda extenderme aquí sobre los padecimientos de Jesús y de María, para hacer ver que lo que sufrimos no es nada en comparación con lo que ellos sufrieron!

Después de esto, ¿quién de nosotros podrá eximirse de llevar su cruz? ¿Quién no volará con presteza a los parajes donde sabe que le espera la cruz? ¿Quién no exclamará con San Ignacio Mártir: «¡Que el fuego, la horca, las bestias y los tormentos todos del demonio vengan sobre mí para que yo pueda gozar de Jesucristo!?».

«NADA TAN UTIL TAN DULCE»

Por el contrario, si sufrís como conviene, la cruz se os hará yugo muy suave, que Jesucristo llevará con vosotros. La cruz vendrá a ser como las dos alas del alma que se eleva al cielo; vendrá a ser el mástil de la nave que os llevará al puerto de la salvación feliz y fácilmente.

Llevad vuestra cruz con paciencia; esta cruz, bien llevada, os alumbrará en vuestras tinieblas espirituales, pues quien no ha sido probado por la tentación, sabe bien poco.

Llevad vuestra cruz con alegría, y os veréis abrasados en el amor divino, pues

sin cruces ni dolor
no se vive en el amor.

Las rosas se recogen entre espinas. Sólo la cruz alimenta el amor de Dios, como la leña el fuego. Recordad esta hermosa sentencia de la Imitación de Cristo: «Cuanta violencia os hagáis sufriendo con paciencia, tanto progresaréis en el amor divino».

Nada importante se puede esperar de esos cristianos indolentes y perezosos que rehúsan la cruz cuando les llega y que jamás se buscan prudentemente alguna por su cuenta. Son tierra inculta, que no producirá sino espinas, por no haber sido roturada, desmenuzada y removida por un experto labrador. Son como aguas encharcadas, que no sirven para lavar ni para beber.

Llevad vuestra cruz con alegría. Encontraréis en ella una fuerza victoriosa, a la cual ningún enemigo vuestro podrá resistir; una dulzura encantadora, con la cual nada se puede comparar. Si, hermanos, sabed que el verdadero paraíso terrenal consiste en sufrir algo por Jesucristo. Preguntad a todos los santos. Os contestarán que jamás gozaron tanto ni sintieron mayores delicias en el alma como en medio de sus mayores tormentos. «Vengan sobre mí todos los tormentos del demonio», decía San Ignacio Mártir. «O padecer o morir», decía Santa Teresa. «No morir, sino padecer», decía Santa Magdalena de Pazzis. «Padecer y ser despreciado por ti», decía San Juan de la Cruz. Y tantos otros hablaron el mismo lenguaje, como leemos en sus biografías.

Confiad en Dios, carísimos hermanos. Cuando padecemos con alegría y por Dios, la cruz se convierte en objeto de toda clase de alegrías para toda clase de personas, dice el Espíritu Santo. La alegría de la cruz es mayor que la del pobre que se ve colmado de toda clase de riquezas. Es mayor que la del campesino que es elevado al trono. Mayor que la del mercader que gana millones. Mayor que la del general que lleva su ejército a la victoria. Mayor que la de los prisioneros que se ven liberados de sus cadenas. En fin, imaginad las mayores alegrías de esta tierra: todas quedan superadas por la alegría de una persona crucificada que sepa sufrir bien.



Fuente:
San Luis María Grignion de Montfort, Obras, Carta Circular a los Amigos de la Cruz,

B. A. C., Madrid 1984, pp. 18-25.30-32.34

Patrono de la Hispanidad

El apóstol Santiago y el mundo hispano
Principales fragmentos del estudio publicado en Buenos Aires por Don Zacarías de Vizcarra, honra de nuestro sacerdocio, para animar, durante las presentes tribulaciones, a los católicos españoles, con la visión de las pasadas misiones y de los destinos futuros de España y de la Hispanidad.

Las angustias presentes nos obligan a levantar nuestros ojos y nuestros corazones hacia la gran figura de Santiago el Mayor, Padre, Fundador y Patrono celestial de la Iglesia Española, en busca de aliento, consuelo, protección y esperanzas.

Nuestro Apóstol, en el breve espacio de los nueve años que transcurrieron entre la muerte de Jesucristo (año 33) y su martirio en Jerusalén (año 42), supo hacer honor al sobrenombre que le había puesto su Divino Maestro, cuando le denominó «Hijo del Trueno».

Caballero andante de Cristo, se alejó de la Palestina y de las regiones colindantes, mucho antes que ningún otro Apóstol, y, en una correría evangélica tan rápida como arrolladora, llegó hasta el confín del mundo entonces conocido, recorrió a lo largo y a lo ancho la Península Ibérica, y fundó en ella la Iglesia Española, que había de ser a su vez, con el tiempo, Madre fecunda de otras veinte Iglesias, en mundos desconocidos de América y Oceanía.

Terminada esta gran obra, retornó a la Palestina, cuando aún no se habían alejado de ella los demás Apóstoles, y comenzó a [386] predicar públicamente, en Jerusalén, la doctrina de su Maestro, con tal brío y elocuencia, que mereció ser sacrificado por Herodes Agripa, como se narra en el sagrado libro de los Hechos de los Apóstoles (XII, 2), por haberse concentrado en su persona el odio de los judíos contra los discípulos de Cristo.

Fue el primer Apóstol que selló con su sangre el Evangelio, entregando su cuello a la espada. Es también el que ha dado a la Iglesia Romana mayor número de hijos espirituales, en las veinte naciones por las que se extendió y consolidó la Iglesia española, fundada por él.

La paternidad espiritual de Santiago nos impone deberes que fácilmente descuidamos y olvidamos, tanto en España como en América, porque: 1.º, cada Iglesia debe amar y venerar especialmente al Apóstol que la fundó, reconociendo en él a su Padre en Cristo; 2.º, los fieles de cada Iglesia deben imitar especialmente el carácter y virtudes de su propio Apóstol.

La razón de este segundo deber está en que Jesucristo, con la sabiduría infinita de que estaba dotado, preveía las necesidades especiales de cada uno de los pueblos adonde se había de dirigir cada uno de sus Apóstoles, y destinó para ellos al Padre espiritual que más les convenía, sobre todo tratándose de pueblos como el español, que tenían reservadas altas misiones en su Providencia.

Desde hace poco más de un siglo, las Iglesias de América han constituido Provincias desligadas de su antigua Metrópoli; pero, en los tres primeros siglos de su nacimiento, constitución y crecimiento, han sido mero desarrollo extensivo y parte integrante de la Iglesia española, que es la Iglesia de Santiago.

Por consiguiente, su Padre en la fe, lo mismo que el de las restantes diócesis españolas, es Santiago el Mayor, y siguen siendo moralmente una parte integrante de la gran Iglesia Jacobea, extendida por todo el hemisferio occidental.

Santiago, uno de los tres Apóstoles predilectos de Cristo

Consta por los Santos Evangelios que Jesucristo distinguió con un amor especial a tres de sus Apóstoles: a Simón Pedro, a Santiago el Mayor y a su hermano Juan Evangelista.

Sólo a estos tres distinguió Jesucristo con sobrenombres nuevos, [387] impuestos por El. A Simón le llamó Pedro (es decir, «Cefas», que significa «Piedra»), porque había de ser el Jefe Supremo y «Piedra fundamental» de su Iglesia futura. A Santiago y a Juan los llamó «Boanerges», que quiere decir «Hijos del trueno».

Sólo a estos tres Apóstoles separó de los demás, en las ocasiones más solemnes, para darles muestra de su especial aprecio. Ellos sólo fueron elegidos para verle transfigurado en el Tabor; ellos solos presenciaron la resurrección de la hija de Jairo, porque Jesucristo, como dice San Marcos «no permitió que le siguiese ninguno, fuera de Pedro y Santiago y Juan el hermano de Santiago» (V, 37); ellos solos fueron testigos de su agonía en el Huerto de las Olivas.

¿Qué representaban estos tres Apóstoles? San Pedro representaba la cabeza del futuro cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia; Santiago y San Juan Evangelista representaban el brazo derecho y el brazo izquierdo de Jesucristo y de su representante San Pedro.

La Iglesia Romana es indiscutiblemente el centro de la Iglesia de Cristo. A los dos lados de la Iglesia Romana se levantan la Iglesia Occidental fundada por Santiago, y la Iglesia Oriental que reconoce como su principal Apóstol a su hermano San Juan, el más joven de todos los Apóstoles.

La Iglesia Oriental tuvo una brillantísima juventud; pero luego decayó lamentablemente, con tenaces herejías y con el funestísimo Cisma Oriental, que todavía dura. La Iglesia del joven San Juan, después de su juventud, fue más bien carga que apoyo para Pedro, y el mismo San Juan abandonó su sepultura del Oriente Cismático y se refugió en Roma, junto al sepulcro de Pedro. La Iglesia de Juan es desde hace siglos la izquierda de Pedro. Hasta en el mapa mundi físico, la Iglesia Oriental queda a la izquierda de Roma. Porque la orientación normal es la del Sol. Y mirando a éste desde Roma, en su curso medio, la Iglesia Oriental queda a la izquierda de la Iglesia Romana.

En cambio, la Iglesia de Santiago, aun físicamente considerada, queda a la derecha de la Iglesia Romana, tanto en el Viejo como en el Nuevo Mundo. Y mucho más si consideramos la derecha en su sentido moral. La Iglesia de Santiago es la que ha dado mayor número de fieles y de naciones enteras a la Iglesia Romana. Es la que ha mantenido siempre, en conjunto, mejores relaciones [388] y más leal adhesión a la Cátedra de Pedro. Es la que ha defendido a la Iglesia Católica más denodadamente, en las grandes crisis de la historia. Es la primera nación que reconoció prácticamente, desde el año 254, la suprema potestad judicial del Romano Pontífice, apelando a ella contra la sentencia pronunciada por un concilio nacional de la misma Península. (Marx, Historia de la Iglesia, pág. 99.)

Vemos, pues, que se cumplió literalmente lo que había pedido para los dos primos de Jesucristo su madre Santa María Salomé, cuando ésta, postrada a los pies del divino Maestro, le dijo: «Manda que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda.» (Evangelio de San Mateo, XX, 20.)

Derrota del Arrianismo.– El arrianismo fue la primera herejía que desgarró a la Iglesia, después de su libertad, en el siglo IV, y también la más peligrosa de todas las que ha sufrido la Iglesia, hasta la rebelión protestante. Negaba solapadamente la divinidad de Cristo, y arrastró hacia el error a gran número de Obispos e Iglesias particulares, hasta llegar a dar la impresión de que todo el orbe se estaba convirtiendo en arriano.

El brazo fuerte que tuvo a raya esta gran rebelión contra la Iglesia, fue el de Osio el Grande, secundado por el infatigable doctor alejandrino San Atanasio.

Osio aconsejó la convocación del primer Concilio Universal de la Iglesia; Osio lo organizó en Nicea, con la ayuda de Constantino, enviando carros y viáticos a todos los Obispos del mundo, para trasladarse a aquella primera augusta asamblea; Osio la presidió en nombre del Romano Pontífice; Osio dictó solemnemente al secretario del Concilio el Símbolo de la Fe Ortodoxa, que fue aclamado y suscrito por la augusta asamblea y sigue rezándose y cantándose por toda la Iglesia, en las misas de los domingos y días solemnes, para proclamar a Jesucristo: «Dios verdadero procedente de Dios verdadero, engendrado y no hecho, consubstancial con el Padre, &c.»).

De tal manera se convirtió Osio en campeón de la fe católica, que llegó a ser presidente obligado de los concilios subsiguientes, como el de Milán y el de Sárdica, recibió el título de «Príncipe de los Concilios», y mereció que los arrianos, después de haber arrastrado a su bando al sucesor de Constantino, escribieran así al emperador arriano: «Todo es inútil mientras Osio de Córdoba esté [389] en pie... Basta la autoridad de su palabra para arrastrar a todo el mundo contra nosotros. El símbolo de Nicea es obra suya, y somos herejes porque él lo pregona.»

Fue tal el odio de los arrianos contra Osio, que la tempestad de calumnias y libelos desatada contra él, en vida y después de muerto, llegó a impedir que fuera venerado en los altares por las Iglesias del Occidente, aunque recibe culto en las del Oriente, donde vindicó su memoria San Atanasio el Grande.

Notemos finalmente que el triunfo decisivo contra el arrianismo tuvo también lugar en España, el año 589, cuando el Rey visigodo Recaredo, con todo el ejército y pueblo germánico arriano que había invadido a España, abjuró sus errores en el famoso Concilio III de Toledo, y abrazó la fe católica de los españoles.

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Derrota del Mahometismo.– Nadie ignora que España fue el muro en que se estrelló la expansión arrolladora del imperio mahometano, que, desde el Africa, había invadido a Europa, a través del estrecho de Gibraltar.

Siete siglos y medio luchó España sin tregua contra los feroces muslimes, cuya religión prometía el paraíso a todos los que muriesen guerreando con la espada contra los que no abrazasen la doctrina del Corán.

Esta lucha titánica se terminó el mismo año 1492, en que las naves españolas descubrieron un nuevo mundo infiel, que había de ser convertido a la fe de Cristo.

Tampoco es preciso recordar que el predominio creciente del imperio turco mahometano, en el Oriente de Europa, tuvo su tumba en las aguas de Lepanto, bajo el mando del príncipe español don Juan de Austria y por el valor de los marinos españoles, acompañados solamente por los soldados pontificios y venecianos.

* * *

Victoria del Universalismo Católico.– Dos tumbas, en los dos puntos extremos del mundo cristiano, fueron, como dice Guéranger {(1) L'anné liturgique, XXV juillet.}, en la Edad Media, los dos polos predestinados por Dios [390] para un movimiento absolutamente incomparable en la historia de las naciones.

La tumba de Jesucristo en Jerusalén, y la tumba del Hijo del Trueno en Compostela fueron las que arrastraron hacia sí el corazón de la Europa medioeval, enviando a la primera ejércitos de guerreros y peregrinos, y a la otra ejércitos mucho mayores de solos peregrinos, en que iban confundidos en un solo ideal hombres de todas las razas y naciones, cantando en todas las lenguas las alabanzas de Jesucristo y de Santiago.

Estas dos peregrinaciones dieron origen a las Ordenes caballerescas, destinadas primitivamente a proteger a los peregrinos.

Cuentan los viejos cronistas de Carlomagno, que el emperador de la barba florida, en el atardecer de un día de recia labor guerrera, en los bordes del mar de Frisia, se quedó contemplando, en el cielo claro, la Vía Láctea, cuajada de innumerables estrellas; y, recordando con nostalgia, en aquellas lejanas riberas, a los peregrinos de Santiago, dijo a sus guerreros que aquella faja brillante que atravesaba el cielo azul de oriente a occidente, era la línea que señalaba a los peregrinos de todo el mundo la dirección que habían de seguir para encontrar la Casa del Señor Santiago.

La tumba de Compostela fue cátedra sagrada de toda Europa.

* * *

Derrota de la Idolatría en el Nuevo Mundo.– El vasto hemisferio de América y Oceanía, esclavo de la idolatría, de la antropofagia y de la corrupción moral más degradante, fue puesto por la Providencia en manos de España, para que desterrase de él la idolatría y la barbarie.

España cumplió con su misión de una manera tan rápida y asombrosa que, cincuenta años después del descubrimiento, apenas había sin bautizar más indios que los dispersos en los lugares más inaccesibles. Se cubrió toda América de parroquias, conventos, residencias misioneras, obispados, y arzobispados. Las listas de embarque de pasajeros para América, conservadas en el Archivo de Indias, demuestran que el diez por ciento de todos los que se embarcaban eran misioneros y sacerdotes. En 1649, había en América 840 conventos. Sólo en Méjico, llegaron a contarse, en el momento de la mayor actividad misionera, hasta 15.000 sacerdotes. [391]

En presencia de estos datos, no es de extrañar lo que afirmaba un sacerdote francés especializado en cuestiones misioneras, el cual decía que España, durante solo el siglo XVI, había dado a la Iglesia mayor número de misioneros de infieles que todo el resto del mundo en todos los siglos de existencia del Cristianismo.

Así logró España la victoria más grande que se ha conseguido sobre la idolatría, y agregó a la Iglesia Romana diez y ocho naciones soberanas, engendradas por ella con indecibles trabajos y heroísmo que hacen exclamar al protestante norteamericano Charles Lummis: «Ninguna otro nación madre dio jamás a luz cien Stanleys y cuatro Julios Césares en un siglo; pero eso es una parte de lo que hizo España para el Nuevo Mundo.» (Los exploradores españoles, pág. 51. Ed. Araluce, Barcelona.)

* * *

Derrota del protestantismo.– Nunca perdonarán los protestantes a España el celo con que se opuso a la difusión del Protestantismo, durante los reinados de Carlos V y Felipe II.

La única fuerza humana que impidió el triunfo completo de los protestantes en toda Europa, ante los esfuerzos combinados de los luteranos de Alemania y Holanda, de los anglicanos y puritanos de Inglaterra, de los hugonotes de Francia, de los valdenses de Italia, &c., &c., fue la tenacidad con que España hizo frente simultáneamente a casi toda Europa, en los más distantes campos de batalla, desde Flandes hasta Sicilia, y desde Varsovia hasta París, que fue ocupada por las tropas españolas, hasta que Enrique IV abjuró el protestantismo en Saint Denis. Hubo momentos en que los únicos grandes Estados oficialmente católicos del mundo fueron España, Portugal y Roma, es decir, San Pedro y Santiago.

Las regiones de Europa en que sobrevivió el catolicismo, después de la rebelión protestante, deben eterna gratitud a España, que se sacrificó, desangró y empobreció, por su tesón en conservar este tesoro para sí y para todas las demás naciones del continente,

Tenían, pues, razón los Pontífices que, en documentos solemnes, llamaban entonces a España y a sus católicos monarcas «Brazo derecho de la Cristiandad». [392]

España no hacía más que cumplir la misión de su Apóstol Santiago, brazo derecho de Jesucristo y de su Vicario en la tierra. El envió al caballero Iñigo de Loyola, para fundar la guardia de corps del Pontífice Romano y luchar sin tregua contra el protestantismo. El envió a Teresa de Jesús, a Juan de la Cruz y a la pléyade de santos y sabios españoles que apuntalaron a la Iglesia en aquella terrible crisis.

Misiones que están reservadas a España para los tiempos venideros.
Nuevos días de gloria para los hijos de Santiago

Sin pecar de crédulos, podemos prestar piadoso asentimiento a lo que anunció Santa Brígida, en el siglo XIV, sobre las futuras misiones de España, tanto porque se cumplió ya la primera parte de aquellas predicciones, desde siglo y medio después que fueron escritas, como porque la Iglesia, en el Breviario, las mira con extraordinario respeto, al asegurar que «le fueron revelados por Dios muchos arcanos». (Breviario Romano, 8 de octubre.)

La santa princesa sueca escribió en la primera mitad del siglo XIV sus famosas revelaciones, entre las cuales hay una, en que anuncia los sucesos principales que han de ocurrir antes de la venida del Anticristo y del fin del mundo. Comienza por anunciar que se convertirán al cristianismo algunas naciones desconocidas, lo cual se verificó siglo y medio más tarde con el descubrimiento y conversión del nuevo mundo:

«...Antes que venga el Anticristo –dice– se abrirán las puertas de la fe a algunas naciones, en las cuales se cumplirán las palabras de la Escritura: 'Un pueblo que no sabe me glorificará, y los desiertos serán edificados para mí.'»

La época que ha de seguir a la del descubrimiento del Nuevo Mundo, la describe de este modo:

«Después serán muchos los cristianos amadores de herejías y los inicuos perseguidores del clero, y los enemigos de la justicia.»

Tenemos aquí tres rasgos que retratan la historia religiosa del mundo, desde el descubrimiento de América hasta hoy: l.º, la aparición de numerosas herejías entre los cristianos; lo cual se verificó veinticinco años después del descubrimiento de América, cuando en 1517 se rebeló contra el Papa el monje alemán [393] Fray Martín Lutero, y, tras él, fueron apareciendo innumerables sectas de calvinistas, zuinglianos, anabaptistas, anglicanos, puritanos, socinianos, &c.; 2.º, el anticlericalismo, que sobre todo desde el siglo XVIII prevaleció en los gobiernos de las naciones católicas, multiplicándose en ellas las expulsiones de religiosos, desamortizaciones, despojos y atropellos de todas clases, llevados a cabo por los inicuos perseguidores del clero, y principalmente por los masones; 3.º, la lucha de clases, exacerbada por los enemigos de la justicia social, abusando los unos de su capital y los otros de su trabajo y su número. Este tercer período lo estamos recorriendo actualmente en casi todas las naciones del mundo, aunque en ninguna de ellas reviste un carácter más injusto y trágico que en Rusia, donde clases enteras de la sociedad han sido esclavizadas y despojadas de sus derechos más elementales.

A continuación describe la Santa lo que sucederá después de la época de la injusticia, y dice:

«Finalmente, vendrá el más criminal de los hombres, el cual, unido con los judíos, combatirá contra todo el mundo, y hará todo esfuerzo para borrar el nombre de los cristianos. Muchísimos serán muertos.»

Una pequeña muestra de lo que ha de ser esta persecución la tenemos en lo que están haciendo los judíos en Rusia, con su guerra nunca vista contra el cristianismo y sus ocho millones de socios activos para la propaganda del ateísmo, primera etapa destructiva, según sus dirigentes, para construir en la segunda etapa, sobre las ruinas de todas las religiones, el monopolio del judaísmo.

Pero, en esta terrible crisis, aparecerá, como en las demás grandes crisis de la Iglesia, el brazo de Santiago y de su pueblo, para defender a la Cristiandad, según lo dice a continuación la Vidente sueca:

«Tendrá fin aquella funestísima guerra, cuando sea proclamado Emperador un hombre engendrado de la estirpe de España. Este vencerá maravillosamente, con el signo de la Cruz, y será el que ha de destruir la secta de Mahoma y restituirá el templo de Santa Sofía.» (Véanse las palabras de Santa Brígida, en la obra L'odierna guerra, de Ciuffa, págs. 181 y 184, ed. Roma. Tipografía Pontificia, nell'Istituto Pío IX, 1916.)

Según esta predicción, abonada por el cumplimiento de lo [394] sucedido hasta hoy, y por la respetable autoridad de su origen, tenemos que España y su estirpe, es decir, toda la Hispanidad, debe cumplir todavía dos brillantes misiones en la Cristiandad, para salvar a la Humanidad en su más terrible crisis:

1.º Debe derrotar al Anticristo y a toda su corte de judíos, con el signo de la Cruz.

(Bien podría ser la Cruz Roja flordelisada de Santiago, que ha sido suprimida por la actual República Española, juntamente con la Orden Militar que la ostentaba, cargada de glorias y recuerdos, y que nosotros, en desagravio, hemos colocado al frente de esté opúsculo, asociada con la Cruz Blanca de Covadonga, llamada también de la Victoria y de la Reconquista, porque lo que ahora esperamos de Santiago es especialmente «reconquista» y «victoria» contra los opresores de la Iglesia Española.)

2.º Debe España completar la obra iniciada en Covadonga, Las Navas, Granada y Lepanto, destruyendo completamente la secta de Mahoma y restituyendo al culto católico la catedral de Santa Sofía, en Constantinopla.

¡Qué hermoso ideal para enardecer el entusiasmo de las juventudes españolas e hispánicas, fraternalmente unidas bajo el signo de Santiago!

Confirmación de las grandiosas
misiones futuras de España y de la Hispanidad

Coincide con lo que predijo en el siglo XIV la Vidente de Suecia, lo que escribió en su libro de Memorias, el año 1606 otro vidente y taumaturgo, residente entonces en Mallorca, San Alonso Rodríguez.

Escribe este gran Santo, en el lugar citado, que uno de los días de aquel año caminaba muy triste por las costas de Mallorca, pensando en las dolorosas noticias que había recibido de Africa, sobre los sufrimientos de unos religiosos que habían sido cautivados por los moros, y de repente «sin darse cato de tal cosa –dice, según su costumbre, en tercera persona– vio a deshora una gran armada en los mares de Mallorca. Iba Jesús en la vanguardia, María en la retaguardia, muchos Angeles entre los soldados. La mandaba el Rey en su propia persona, con una gran ejército que había de conquistar toda la Morisma, y sujetarla, y ella [395] se convertiría con gran facilidad a la fe de Cristo Nuestro Señor.»

Y añade: «La victoria será tan grande cual, por ventura, rey cristiano haya tenido jamás, y resultará gran gloria de Dios y bien de las almas.» (Memorias de San Alonso Rodríguez, año 1606.)

Si queremos apresurar la hora del triunfo de España
y de la Hispanidad, imitemos las virtudes de Santiago

Todos los Apóstoles murieron de muerte violenta, excepto San Juan. Pero el primero que regó con su sangre el Evangelio que predicaba, y el único cuyo martirio se narra en la Sagrada Escritura, fue el Apóstol Santiago.

Consta también, por la misma Sagrada Escritura, el género de muerte que le dieron: le degollaron «con espada».

Es la muerte más apropiada para un carácter tan caballeresco como el de Santiago.

En recuerdo de esta muerte, la Cruz de Santiago termina en una espada.

Y no sólo por esto, sino también porque, en varias batallas contra los invasores infieles, apareció Santiago confortando a los guerreros cristianos y hasta peleando a su lado, con su caballo y su espada.

Así lo dice el himno del Breviario Romano, en el oficio propio de España: «Cuando por todas partes nos apretaban las guerras, fuiste visto Tú, en medio de la batalla, abatiendo brioso a los desaforados moros, con tu corcel y con tu espada.» (Oficio del 25 de julio.)

Santiago fue el patrón y modelo de los esforzados caballeros de la Cruz, en los heroicos siglos de la Edad Media. El rey caballero San Luis, al morir lejos de Francia, en su tienda de campaña, bajo los muros enemigos de Túnez, en la octava Cruzada, balbuceaba agonizante la oración de la misa de Santiago: «Sed, Señor, para vuestro pueblo, santificador y custodio; a fin de que fortificado con el auxilio de vuestro Apóstol Santiago, os agrade con su conducta y os sirva con tranquilo corazón.» (Guéranger, L'année, liturgique, XXV, juillet.)

Y en efecto, los rasgos morales del carácter de Santiago son [396] los de un caballero andante de Cristo. Por eso la Cruz de Santiago, además de la espada en que termina, tiene tres flores de lis, que son los símbolos heráldicos del honor sin mancha que profesaban los caballeros.

Y hasta, si creemos a Alfonso el Sabio, en su Primera Crónica General, el mismo Santiago se mostró defensor de su título de caballero de Cristo.

Cuenta el Rey Sabio que, en el siglo XI, reinando Fernando el Magno, fue en peregrinación a Santiago de Compostela el Obispo griego Estiano, y que, al oír que Santiago «parescíe como cavallero en las lides a los cristianos», les dijo con enojo y porfía: «Amigos, non le llamedes cavallero, mas pescador».

Pero el Santo se encargó de desengañarle; porque aquella misma noche se le apareció Santiago «a guisa de cavallero muy bien garnido de todas armas claras et fermosas» y le dijo: «Estiano, tú tienes por escarnio, porque los romeros me llaman cavallero, et dizes que non lo so; ...nunqua iamás dubdes que yo non so cavallero de Cristo et ayudador de los cristianos contra los moros».

En confirmación de ello, le dijo que al día siguiente a las nueve de la mañana, entregaría la ciudad de Coimbra al rey Fernando, que la tenía cercada hacía mucho tiempo. A la mañana siguiente comunicó el Obispo al pueblo, en la Catedral, que Santiago le había anunciado para aquel día la toma de Coimbra; y, en efecto, días más tarde llegó a la ciudad del Apóstol la noticia de la victoria, que tuvo lugar el mismo día y hora que había anunciado el Obispo. (Primera Crónica General, cap. 807.)

Santiago, ferviente devoto de la Virgen María

Los dos hijos del Zebedeo y de María Salomé se distinguieron por su amor a su augusta tía la Virgen Santísima, que había sido encomendada por Jesucristo, desde la Cruz, a los cuidados filiales del hermano menor de Santiago, en cuya casa tuvo desde entonces su residencia la Madre de Dios.

Antes de que partiera Santiago para su audaz y remota expedición a España, refiere la tradición que se despidió de la Santísima Virgen (si es que no fue ella la inspiradora del viaje), y le [397] prometió visitarle en aquella ciudad de España en que iluminase a mayor número de fieles con la luz del Evangelio.

En efecto, la Santísima Virgen vino un día maravillosamente en carne mortal a Zaragoza, visitó al Apóstol, le entregó una columna de mármol, que simbolizaba la firmeza de la fe sembrada por él en la Península Ibérica, le pidió que levantará allí una capilla donde ella fuese invocada (la primera que se erigió en el mundo, en honor de la que había dicho de sí misma en el «Magnificat»: Me llamarán bienaventurada todas las generaciones), y le avisó que volviera después a Jerusalén, donde había de tener término su misión.

La Iglesia de España, fundada por el caballeresco sobrino de María Santísima, y honrada por ella, antes de su muerte, con su visita corporal y con el regalo de su Pilar, no podía menos de ser devotísima de la celestial Señora, como en efecto lo ha sido, a través de todos los siglos.

Santiago, amigo fidelísimo de San Pedro

Santiago fue llamado por Jesucristo al Apostolado el mismo día y en el mismo sitio que San Pedro.

Jesucristo quiso anudar una amistad especialísima entre San Pedro y Santiago, separándolos de los demás Apóstoles, y llevándolos en su más íntima compañía, junto con San Juan, en las ocasiones más solemnes.

Santiago correspondió a esta amistad recibiendo en su cabeza la cuchillada que iba dirigida al jefe de la Iglesia cristiana, en la intención de Herodes y de los judíos.

San Pedro correspondió a la amistad de Santiago, ordenando de Obispos a los Siete Varones Apostólicos, discípulos de Santiago, y enviándolos a fundar otras tantas Sedes en el Sur de España, donde Santiago no había dejado Obispos.

La Iglesia española, a semejanza de su fundador, ha sido siempre muy adicta a la autoridad del Romano Pontífice, y seguirá siéndolo, por merecer el honor de desempeñar en los momentos críticos el oficio jacobeo de brazo derecho de San Pedro. [398]

Santiago sabe cambiar su armamento según las necesidades de la época

Nota muy bien Dom Guéranger, en el lugar antes citado, que Santiago, después de su temprana muerte, continuó su Apostolado en el mundo, por medio de la Iglesia española, y que, en cada época, adoptó las armas y los medios que reclamaban las circunstancias.

Hubo una época en que no se podía defender a la Iglesia eficazmente con predicaciones, ni libros, ni discusiones; porque los mahometanos, por mandato de su ley, rechazaban toda discusión. Y entonces Santiago apoyaba a los guerreros de la Cruz, apareciendo entre ellos, como un rayo, tremolando con una mano su estandarte blanco adornado con la Cruz Roja, y blandiendo con la otra su espada reluciente.

Pero, «cuando los Reyes Católicos arrojaron al otro lado de los mares a la turba infiel que nunca debió pasarlos –añade Guéranguer– el valiente jefe de los ejércitos de España, se despojó de su brillante armadura, y el terror de los moros se convirtió en mensajero de la fe.

»Subiendo a su barca de pescador de hombres y rodeándose de las flotas de Cristóbal Colón, de Vasco de Gama o de Albuquerque, los guiará por mares desconocidos, en busca de playas a donde hasta entonces no había sido llevado el nombre del Señor.

»Para traer su contribución a los trabajos de los Doce, Santiago acarreará del Occidente, del Oriente, del Mediodía, mundos nuevos que renovarán el estupor de Pedro, a la vista de tales presas.»

Y aquél, cuyo apostolado, en tiempo del tercer Herodes, pudo creerse tronchado en flor, antes de haber dado sus frutos, podrá repetir aquellas palabras (de San Pablo): «No me creo inferior a los más grandes Apóstoles; porque por la gracia de Dios, he trabajado más que todos ellos.» (L'année liturgique, XXV juillet, págs. 226, 227).

Las armas actuales de Santiago y de sus caballeros

Hoy día, los hijos de Santiago, esparcidos por Europa, América, Oceanía y algunos también por las colonias españolas y [399] portuguesas de Africa y Asia, deben imitar a su Apóstol, con las armas que les impone la imperiosa necesidad del momento crítico en que nos encontramos.

Las armas jacobeas de hoy son cuatro: enseñanza catequística; prensa, sobre todo diaria y periódica; cátedra, sobre todo la oficial; y organización obrera.

Los modernos «caballeros de Santiago», deben adiestrarse y ejercitarse en el manejo de estas armas, sin descuidar, por supuesto, los demás medios de santificación y defensa que son eternos, y no necesitan cambios, sino reparaciones.

Súplica de Dom Guéranguer por España

El sabio escritor francés a quien acabamos de citar, conocía y penetraba, mejor que muchos españoles, el sentido de la Historia de España y su misión providencial en el mundo.

España ha sido destinada por Dios para proseguir la misión del Hijo del Trueno, proclamando y defendiendo, en gran estilo, como lo hizo en Nicea, en Toledo y en Trento, las verdades católicas fundamentales; y su mayor desgracia sería la de inutilizarse para esa misión, por el debilitamiento, o como dice gráficamente el mismo escritor, por el achicamiento de esas grandes verdades en su espíritu público.

Por eso dirige él a Santiago esta súplica, que gustosos reproducimos y repetimos:

«¡Oh Patrón de las Españas! No os olvidéis del ilustre pueblo que os debe a Vos su nobleza espiritual y su prosperidad temporal. Protegedle contra el achicamiento de las verdades que hicieron de él, en sus días de gloria, la sal de la tierra. Haced que piense en la terrible sentencia de Jesucristo, en que se advierte que 'si la sal se vuelve insípida, no vale va para nada sino para ser arrojada y pisada por las gentes'.» (San Mateo, V, 13.)

¡No! ¡El espíritu de España no ha de tolerar mucho tiempo este achicamiento!

¡El espíritu de España se erguirá caballeresco y altivo contra el masonismo, laicismo y judaísmo que lo pisotea! [400]

¡El espíritu de España defenderá el tesoro de Santiago contra los moros modernos que han invadido su herencia sagrada!

Porque Santiago y España tienen que cumplir todavía dos misiones a cual más gloriosas:

Santiago y España tienen que defender un día a la Iglesia de San Pedro, combatiendo y derrotando al Anticristo y a su corte de judíos;

Santiago y España tienen que cantar un día el Credo de Nicea en la mezquita de Santa Sofía, después de haber rasgado en su pórtico, entre los aplausos de la Morisma bautizada, los falsos mandamientos de Mahoma.

Así sea.

P. Zacarías de Vizcarra




Fuente: Acción Española, T III, nº 16, paginas 385 - 400, Madrid, 1 de agosto de 1932.

Versión digital: http://filosofia.org/hem/193/acc/e16385.htm