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martes, 23 de diciembre de 2008



LOS LOCOS DE CHESTERTON

Por Jorge Norberto Ferro

Difícilmente abramos un libro de Chesterton sin que nos topemos con algún loco de veras, o con alguien que pase por serlo, si es que estamos frente a una novela o un cuento. Y en sus ensayos o artículos, la cuestión de la demencia y la cordura asomará tarde o temprano. Bien lo ha señalado, entre nosotros, Carlos Velasco Suárez:

"Chesterton se ocupó, en reiterados y siempre centrales momentos de su obra, de la locura. De la locura ínsita en los entresijos vivientes, palpables y cotidianos de su cultura, de nuestra cultura" (1).

Precisamente el gran paladín de la sensatez y del sentido común es quien ha pintado con insistencia "una perspectiva de su época con el manicomio como su telón de fondo" (2).

Constantemente juega Chesterton con los dos valores posibles que pueden asignarse a la locura: la espantosa tragedia de la locura real, enseñoreada en el mundo que le tocó vivir -y agravada en el nuestro, podríamos agregar-, y aquello que es "locura para el mundo", según los criterios mundanos, cuando en verdad es sabiduría según Dios. Sus personajes principales siempre están expuestos a ser tomados por locos por quienes aparecen sólidamente instalados en "el mundo", por los "triunfadores", por los -la paradoja es inevitable en Chesterton- supersticiosos racionalistas que dan el tono a la sociedad contemporánea. Así por ejemplo el capitán Dalroy de La Hostería Volante, o el Mc Ian de La Esfera y la Cruz, o el Inocencio Smith de Hombrevida, se verán como orates a los torpes ojos miopes de sus materialistas perseguidores. El mismo Padre Brown hará muchas veces una figura extravagante, recortado sobre el fondo del mundo moderno. Pero Chesterton no vacila en afirmar y mostrar de mil maneras que es este mundo moderno el que, en su apostasía, ha desembocado en la más patética de las locuras.

Y por eso persigue al cuerdo, sin darle tregua. El manicomio es, muchas veces, el lugar destinado por el mundo al hombre cabal. La tiranía de los poderes mundanos se vale de la herramienta psiquiátrica como instancia inapelable para neutralizar a los díscolos, a quienes no entran en sus esquemas. Hay una sola nota de angustia en aquellos pasajes chestertonianos que muestran al hombre común a merced de los "expertos" que pueden reducirlo, de hecho, a la situación de recluso, tal como vemos en El Regreso de Don Quijote, por poner sólo un ejemplo. Las "clínicas psiquiátricas" no son, para Chesterton, patrimonio exclusivo de la Rusia soviética. Su sombra se proyecta amenazante en la opulenta sociedad capitalista, con recursos más sutiles en todo caso. Pero la esencia es la misma.

Estamos en un "mundo al revés", donde los términos se han invertido. Y Chesterton se empeña en colaborar para que todo vuelva a su sitio.

El poeta y los lunáticos

En esta serie de cuentos la cuestión aparece ya en el título mismo. Gabriel Gale, el protagonista, es un artista (pintor y poeta) cuya vida se ha visto providencialmente entretejida con el universo de los locos. Y ya desde el primer momento se nos ofrece la paradoja de que es él quien es tomado por loco, cuando en realidad es el guardián de un típico exponente de la "cordura" moderna: un eficiente y práctico "hombre de negocios".

Gabriel Gale conoce bien el tema. Porque así como el Padre Brown había capturado a un peligroso criminal guardándolo bajo su propio sombrero, Gale entiende por connaturalidad los senderos de la locura. Pero también conoce los remedios. Así es que le dice a un amigo, hablando de un científico cuya demencia es el único en advertir:

"Quizá piense usted que estoy tan loco como él, pero ya le he dicho que yo soy a la vez como él y diferente de él. Soy como él porque también yo puedo comprender el recorrido de estos alocados pensamientos y simpatizo con su amor a la libertad. Soy diferente de él porque puedo en general, gracias a Dios, encontrar el camino de regreso a casa. El loco es el que pierde el camino y no sabe regresar" (3).

El regreso: otro tema típicamente chestertoniano. Toda su vida fue caminar de vuelta a la casa del Padre. Y a esta casa es adonde su personaje trata de hacer volver a sus tan queridos extraviados, a través de riesgos que no minimiza. Pero para eso debe conservar el tesoro de la cordura:

"¿De qué utilidad sería yo para todos mis dementes hermanos una vez hubiese perdido el equilibrio en la cuerda floja del abismo?" (4).

La cordura es un don precioso, que debe devolver a los que la perdieron. Lo que implica riesgos:

"De nuevo se dijo, como una advertencia, que la misión de su vida parecía ser pasearse constantemente por la cuerda floja, sobre aquel abismo que tantos hombres imaginativos se había tragado" (5).

La moderna incapacidad de aceptar verdades objetivas, la indiferencia frente a la verdad, está en el corazón de nuestra época, y se manifiesta en su arte dislocado, como advierte Gale en ocasión de su encuentro con un escultor que acaba en asesino:

"La teoría que el artista había valorizado sólo como ardiente inspiración; pero permaneciendo indiferente a la cuestión más apacible de si era verdad" (6).

Gale advierte la raíz de la locura en la actitud soberbia del hombre que desprecia su creaturidad, y sus consiguientes límites. Algo que en el mundo moderno ha alcanzado niveles más allá de los cuales no parece fácil llegar. Ese odio a todo límite que caracteriza nuestra "cultura" actual no puede llevar sino a la demencia:

"Entonces comencé a pensar que el ser uno mismo, que es sinónimo de libertad, es limitación de uno mismo. Estamos limitados por nuestros cuerpos y nuestros cerebros, y si nos evadimos, dejamos de ser nosotros mismos, e incluso, quizá de ser algo" (7).

La hipertrofia del yo, el omnívoro subjetivismo de nuestros días, que ha endiosado al hombre, necesita desesperadamente chocar con los límites sólidos de lo real para recuperar el sentido de las cosas. Ese choque tiene, para Chesterton, alto valor terapéutico, como lo dice por boca de Gale al referirse a un personaje que se tambalea al borde de la insania:

"Tenía la certeza de que si no se daba cuenta de sus humanas limitaciones, de una forma brutal e instantáneamente, algo ilimitado e inhumano se apoderaría de él de un momento a otro. [...] Tenía que ser algo rápido, decisivo, que le revelase los límites del mundo de la realidad; [...] Nadie más que yo sabía hasta qué punto se había alejado por aquel camino; como sabía que no había para él más salvación que el descubrimiento brusco, agudo, doloroso, de que no podía controlar la materia ni los elementos; [...]" (8).

El sentido del dolor

La soberbia humana no despierta de su error sino por el sufrimiento. La Providencia, que escribe derecho con rayas torcidas y saca bien de los males, permite entonces que suframos en un misterio de la misericordia divina cuyo sentido último no siempre advertimos. Chesterton nos hace esta consoladora reflexión:

"No hay más cura para esta pesadilla de la omnipotencia que el dolor; porque es lo que el hombre sabe que no toleraría si tuviese realmente la facultad de dominarlo" (9).

El hombre moderno quiere controlarlo todo, y no acepta que algo no dependa de él. Se niega obstinadamente a recibir, y se resiste a lo que no puede dominar. "¿Por qué le haría una tempestad creer a un hombre que es Dios? Si tiene un poco de sentido común le hará más bien sentir que no lo es" (10), afirma Gale. Pero es más fácil negar la tormenta, refugiándose en el confort.

Aquí está la locura definitiva: querer anteponerse a Dios, autoerigirse en Dios. Y el remedio está en la actitud contraria:

"[...] la peor y más miserable especie de idiota es aquel que cree haberlo creado y contenerlo todo. El hombre es un ser viviente; toda su felicidad consiste en esto; o, como la Voz Suprema nos manda, en convertirnos en un chiquillo. Todo su goce consiste en recibir un regalo o presente que él, chiquillo, valora con profunda comprensión porque es una "sorpresa". Pero sorpresa impropia, algo que procede de fuera de nosotros; y gratitud, lo que viene de alguien ajeno a nosotros mismos" (11).

Ser como niños, aceptar el regalo de la existencia, maravillarse, dar gracias: allí está la clave para mantenernos cuerdos. En eso Chesterton es maestro incomparable. Y cuando rechazamos esa actitud, el dolor es lo que puede indicarnos el camino de vuelta. Se insiste demasiado tal vez en el "optimismo" de Chesterton, en su alegría, en su gozo. Pero cuando habla del dolor, habla de lo que conoce. Fue un hombre que sufrió. Claro que no hizo ostentación de sus dolores, sino que con un recato viril supo velarlos y destilar con ellos consuelo para los demás. Hacia el final de su vida, nos dice Maisie Ward:

"Revisando su vida a la luz de la acción de gracias que había sido su clave, la consideraba "inexcusablemente feliz", y era en verdad una existencia humana rica y plena. Sin embargo, el padre Vincent, que le conocía íntimamente, habla de él en estos años como agobiado por los acontecimientos públicos, como sufriendo con los dolores de la creación. "Estaba crucificado en su pensamiento" (12).

El humor y los "intelectuales"

Pero nunca se empañó su buen humor, otro de los puntales de su salud mental. Sabía que es malo tomarse demasiado en serio, con esa seriedad terrible y hueca con que solemos tomarnos a nosotros mismos. Para él, ese envaramiento concluye en soberbia y, por tanto, en locura. Por eso es bueno saber reírse, sobre todo de uno mismo. El hombre mundano no entiende este tipo de humor. "El bromear no trae dignidad alguna; y por eso es por lo que hace tanto bien al alma" (13).

Un magnífico almácigo de locos eran para él los cenáculos de "intelectuales", donde este tipo de sano humor brilla por su ausencia, y que resultan verdaderas usinas de demencia. Los llama "tontos". Son verdaderamente "necios", locos en el sentido escriturario más duro. Vale la pena detenerse en un página severa, cuyo tono fuerte nos da una idea de la gravedad que le asignaba al asunto:

"Lo que llamamos el mundo intelectual está dividido en dos clases de personas: las que veneran la inteligencia y las que la usan. Hay excepciones; pero, generalmente hablando, no son nunca la misma gente. Los que usan la inteligencia nunca la veneran; saben demasiado sobre ella. Los que veneran la inteligencia nunca la usan; como se ve por las cosas que dicen sobre ella. De aquí ha salido una confusión entre la inteligencia y el intelectualismo; y como la suprema expresión de esta confusión, algo que se llama en algunos países la Intelligentsia, y en Francia especialmente, los Intelectuales. En la práctica eso consiste en círculos o reuniones de gente que habla principalmente de libros y cuadros, pero sobre todo de libros nuevos y cuadros nuevos; y sobre música, siempre que sea muy moderna, o como algunos dirían, muy inmusical. El primer hecho que debemos recordar es que lo que Carlyle dijo del mundo es muy especialmente verdadero del mundo intelectual: que la mayor parte son tontos. Realmente, despierta una curiosa atracción en los tontos completos, como el fuego en los gatos. Yo he visitado frecuentemente tales sociedades, en condición de tonto común o normal, y casi siempre he encontrado allí unos pocos tontos que eran más tontos de lo que yo habría creído posible en un hijo de mujer; gente que apenas tenía cerebro para ser considerado como idiotas. Pero les comunicaba un resplandor interno encontrarse en lo que ellos consideraban la atmósfera del intelecto; porque lo veneraban como a un dios desconocido" (14).

Chesterton frecuentó estos ámbitos, sobre todo en su juventud, y hasta -como tantos ingleses de su época- se asomó a los abismos ocultistas. El capítulo de su Autobiografía en que nos relata esto lleva precisamente por título "De cómo se convierte uno en loco". Nos habla allí del "estado de melancolía enfermiza y ociosa por la que atravesé en aquella época" (15). El ambiente frívolo y decadente del mundillo del arte de entonces -huelga decir que ahora estamos peor- amenazaba convertirlo en un pesimista más al uso, hasta que cayó en la cuenta de que esto le ocurría al artista porque:

"[...] no ha meditado realmente la magnitud de su deuda hacia lo que le ha creado y le ha permitido ser algo. En el fondo de nuestro pensamiento, existía una llamarada o estallido de sorpresa ante nuestra propia existencia. El objeto de la vida artística y espiritual era sacar a la superficie esta sumergida aurora maravillosa, de modo que un hombre sentado en una silla pudiera comprender que estaba vivo y era feliz" (16).

Y este será el programa que acompañará toda su vida y que constituye el eje de su obra. Y de allí que siempre, por más cabriolas que haga y por más revueltas que tengan sus senderos, podrá encontrar "el camino de vuelta".

La clave para ser cuerdo

En esta actitud de siempre renovado asombro, de ser "como niño", de sentirse creatura, de saberse en deuda, de perpetua gratitud, está la clave de su sentido común, de la rectitud de su pensamiento, de su sensatez. Y de toda su obra. En su "Libro de notas" encontramos algunos poemas breves que nos dan en cifra todo lo que encontramos constantemente en sus novelas, cuentos y ensayos. Por ejemplo, el que lleva por título "Anochecer":

"Aquí muere otro día,

durante el cual tuve ojos, oídos, manos

y el vasto mundo en torno mío;

y mañana empieza otro.

¿Por qué se me conceden dos?" (17).

Chesterton se sabe en manos de la Providencia, y se abandona "como un niño en brazos de su madre". Tiene el don de recordarse creatura, intrínseca e íntimamente dependiente de su Creador. Así lo expresa en los versos que tienen el divertido título de "Situación social":

"Sin duda, estamos en una novela;

lo que me gusta de este novelista es que

se preocupe tanto de sus personajes secundarios (18).

Se siente "personaje secundario". Sabe que debe dirigirse "al último lugar". Pero ya entonces, esta confianza y abandono no radican en cósmicas fuerzas ciegas e impersonales. La raíz de su cordura está en el amor a una Persona concreta. Citémoslo por última vez en otro de sus poemas, "Parábolas":

"Había un hombre que habitaba en Oriente hace siglos, y ahora no puedo mirar un gorrión o una oveja, un lirio o un campo de mieses, un cuervo, una puesta de sol, un viñedo o un monte, sin pensar en él. ¿Si esto no es ser divino, qué lo es?" (19).

Enamorado de Cristo, y de la "locura" de la Cruz, a la que cantó bellamente. Y eso lo preservó de la locura del mundo.



NOTAS

  1. VELASCO SUÁREZ, Carlos A., Chesterton y la locura, en Psicología médica. 1, II (1975), p. 112.

  2. KIRK, Russell, Chesterton, Madmen, and Madhouses, en VV.AA., Myth, Allegory and Gospel, John W. Montgomery & Chad Walsh, Minneapolis, Bethany Fellowship, 1974, p. 33.

  3. El poeta y los lunáticos. Trad. de Manuel Bosch Barrett, en Obras Completas, II, Barcelona, Plaza & Janés, 2a. ed., 1961, p. 1410.

  4. Ib., p. 1425.

  5. Ib., p. 1426.

  6. Ib., p. 1480.

  7. Ib., p. 1409.

  8. Ib., pp. 1450-1451.

  9. Ib., p. 1454.

  10. Ib., p. 1450.

  11. Ib., pp. 1453-1454.

  12. WARD, Maisie, Gilbert Keith Chesterton, Bs. As., Poseidón, 1947, p. 495.

  13. La fantasía evaporada, en Alarmas y digresiones, Obras Completas, I, Barcelona, Plaza & Janés, 1961, p. 1055.

  14. Obstinada ortodoxia, en Lo que es, trad. Ernesto Palacio, Bs.As., La Espiga de Oro, 1944, pp. 61-62.

  15. Autobiografía, en Obras Completas, I, p. 72.

  16. Ib., p.82.

  17. En WARD, M., op. cit., p. 63.

  18. Ibíd.

  19. Ib., p. 66.

domingo, 14 de septiembre de 2008

EDUCACIÓN Y CONTEMPLACIÓN:

BREVE ANTOLOGÍA APENAS ANOTADA

Prof. Jorge N. Ferro

Toda la tradición nos dice que sin contemplación no hay educación. La segunda es una comunicación de la primera. Pero contra esto hoy se nos propone otra cosa: el saber desinteresado no tiene sentido, porque no hay nada que contemplar, puesto que lo único que tenemos son cosas sin sentido en sí o bien "constructos" -fea palabra- socioculturales, erigidos a partir del hombre mismo, que de esa manera se constituye en Dios. Esto es lo que está en la raíz de la recurrente e interminable crisis en que se debate la educación en nuestro tiempo, y lo que provoca como subproducto la rebelión del "cómo" frente al "qué", conformando una maraña cada vez más enredada. Siempre se pensó más bien que el orden en la educación era: primero la cosa contemplada por el maestro (I), lo que provoca un gozo que desborda (II) y entonces se comunica (III). Todo lo demás está en función de esto. Por ejemplo, la tan socorrida "evaluación" es algo necesario de hecho, pero no ocupa el centro de la escena. Aquel que se deleita tomando examen muchas veces despierta la sospecha de que está canalizando su voluntad de poder: una patología no poco frecuente en la docencia -y en actividades asistenciales- consiste en cierto gusto por ejercer poder frente a uno más débil. Esto no niega la necesidad de la exigencia académica ni significa aceptar el "facilismo" -otra palabreja fácil, valga la paradoja. Pero ninguna severidad a la hora de evaluar sustituye la previa contemplación gozosa de lo que se intente enseñar.

En nuestro tiempo se han alzado voces claras que han reiterado de muchos modos estas verdades de siempre. Queremos simplemente proponer algunos textos que se vinculan a este tema, de modo más o menos directo. Y nos gustaría comenzar con alguien que no se ubica precisamente entre los pensadores o autores cristianos, pero que describe con lucidez los males que nos afligen. Oigamos a Mario Bunge:

"De todos los enemigos de la educación, uno de los peores es el pedagogo que asegura que el modo de enseñar es más importante que lo que se enseña. Este personaje no es invento mío. Es común en los Estados Unidos y en los países donde se cree que todo lo importado de ese país es de alta calidad.

En estos sitios, la preparación de un futuro profesor de matemática, o alguna otra disciplina, dura cuatro años. Pero sólo uno de éstos se dedica al aprendizaje de la materia. Las tres cuartas partes del tiempo se invierten en pedagogía y didáctica.

En los países europeos y europeizantes sucede al revés. Allí, el futuro profesor secundario se licencia primero en alguna asignatura y luego dedica un semestre a la pedagogía, la didáctica y la enseñanza supervisada.

¿Por qué se estima que el contenido de la enseñanza importa más que su forma? Obviamente, porque quien desconoce algo no puede enseñarlo, y quien lo sabe a medias sólo puede enseñarlo mal. [...] Hay un segundo motivo, de orden afectivo: no se puede enseñar bien un asunto que no se ama, y no se puede amar un tema si no se lo domina. [...] El especialista en pedagogía que carece de conocimientos sustantivos suficientes no puede motivar a aprender: es incapaz de transmitir un entusiasmo que no tiene. En el mejor de los casos aburre, y en el peor hace temer el asunto o aun odiarlo. [...] En resumen, primum cognoscere, deinde docere." (1)

Por cierto que, como en tantas otras cosas, el Padre Castellani vio tempranamente lo que pasaba, y nos decía ya en los ’30:

"En el estado concreto de la instrucción pública argentina el problema de la enseñanza está volviéndose un problema de estricta conciencia. Para padres y madres es sencillamente el problema de "sus hijos". Para los católicos es el problema de "su fe". Para los dirigentes es el problema de la inteligencia nacional, no digo de ese lujo denominado "cultura" [...] sino de esa necesidad que es el Saber: técnicos buenos en todas las disciplinas superiores; y además, el núcleo de saber desinteresado sin el cual el saber utilitario ni siquiera es posible.

Perfecta scientia est communicabilis (Aristóteles). El segundo teorema de Derecho Natural que rige el problema de la enseñanza es que la prosperidad de toda docencia, la cual es esencialmente "transmisión de conocimientos", exige que ella sea dirigida últimamente por aquellos que poseen los conocimientos y no por aquellos que no los poseen. La comunicabilidad es propiedad de la ciencia en estado perfecto [Aristóteles, Santo Tomás]. Quiere decir que una señal de saber bien algo es poderlo enseñar. La recíproca es rigurosa: debe poder enseñar algo (poder jurídico) aquel que lo sabe bien.

Existe un craso dicho vulgar que dice: "Los que saben mucho, no saben enseñar". Es falso aún empíricamente [...] Los que saben mucho podrán no querer enseñar (consciente o inconscientemente) a quienes saben demasiado poco; pero decir que el hecho de poseer el Saber por entero pueda de suyo obstar a su transmisión, es crasamente absurdo. El saber es luz, y cuanto más perfecto tanto es de suyo más difusivo, lo mismo que el Bien, la Virtud, la Belleza y todo lo que sea Espíritu.

[Pero...] los constructores de cauces para acequias se han sublevado contra la fuente del agua, y la han empezado a mirar con desprecio.

[...] el "normalisticismo" sí que es una peste. Consiste esencialmente en pretender poner aquello que pertenece a la "transmisión" sobre aquello que pertenece al "conocimiento".(2)

Pieper, hablando de Santo Tomás de Aquino, nos deja una página verdaderamente magistral en su sencillez y profundidad:

"La enseñanza, dice Tomás, es una de las formas más elevadas de la vida espiritual en general, precisamente porque en la enseñanza se unen la vita contemplativa y la vita activa, no al modo de una yuxtaposición externa, no simplemente de una manera "fáctica", sino en una unión natural y necesaria. El verdadero maestro participa una verdad, que primeramente ha comprendido como tal en una mirada puramente receptiva, a otros hombres que igualmente quieren y deben apropiarse de esa verdad. El docente mira, pues, a la verdad de las cosas; éste es el aspecto contemplativo de la enseñanza. Es también el aspecto del silencio, sin el cual la palabra del maestro no tendría ascendencia y sería aspaviento, charlatanería, cuando no engaño. Pero el maestro mira al mismo tiempo a la cara de hombres vivientes y se somete al trabajo metódicamente disciplinado y fatigoso de explicar, mostrar y transmitir. Donde no tiene lugar esa mediación, no existe la enseñanza. Uno es tanto más maestro cuanto más intensivamente y apasionadamente viva estos dos rasgos: por una parte, la relación con la verdad, la facultad de la silenciosa aprehensión de la realidad; por otra parte, el asentimiento de los oyentes y discípulos.(3)

C. S. Lewis, a su vez, se ocupa de la "alabanza", en un texto que se relaciona íntimamente con muestro tema. La enseñanza no es sino desborde del gozo ínsito a la contemplación:

"Nunca me había dado cuenta de que todo gozo desborda espontáneamente en alabanza a menos que (y a veces aun cuando) la timidez o el miedo de aburrir a otros no lo impiden. El mundo resuena con alabanzas -los amantes alaban a sus amadas, los lectores a su poeta favorito, los caminantes el paisaje, los jugadores su deporte predilecto- alabanza del tiempo, vinos, platos, actores, motores, caballos, colegios, países, personajes históricos, chicos, flores, montañas, estampillas raras, insectos raros, hasta algunas veces políticos o scholars. No me había dado cuenta de que las mentes más humildes, y al mismo tiempo más equilibradas y capaces, alaban más, mientras que los caprichosos, inadaptados y malcontentos alaban menos. Los buenos críticos encontraron algo que alabar en muchas obras imperfectas; los malos continuamente recortaron la lista de libros que se nos permitía leer. El hombre saludable y sin afectación, incluso si fue criado en el lujo y es experto en la buena cocina, puede alabar una comida muy modesta; el dispéptico y snob encuentra defectos en todas. Excepto cuando interfieren circunstancias intolerablemente adversas, la alabanza casi parece ser salud interior vuelta audible [...] Tampoco me había dado cuenta de que en cuanto los hombres alaban espontáneamente cualquier cosa que valoran, de modo igualmente espontáneo nos urgen a unirnos a ellos en la alabanza: "¿No es ella encantadora? ¿No resultó glorioso? ¿No lo cree magnífico?" Cuando el salmista nos invita a alabar a Dios hace lo mismo que todos los hombres cuando hablan de lo que les importa.

[...] Pienso que nos deleita alabar aquello que gozamos porque la alabanza no expresa meramente el gozo, sino que lo completa; constituye su consumación.

No es por un cumplido que los enamorados insisten en decirse uno al otro lo bellos que son; el deleite resulta incompleto hasta que es expresado. Es frustrante haber descubierto un nuevo autor y no poder decirle a alguien lo bueno que es; llegar súbitamente, en el recodo del camino de montaña, a ver un valle de inesperada grandeza y tener que callarse porque la gente que nos acompaña no lo valora más que a una lata en la cuneta; oír un buen chiste y no encontrar con quien compartirlo (el oyente perfecto murió hace un año). Esto es así aun cuando nuestras expresiones son inadecuadas, como por supuesto lo son usualmente. Pero ¿qué si uno pudiera alabar real y plenamente tales cosas a la perfección -"poner afuera" acabadamente en poesía o música o pintura ese manantial de apreciación que casi nos hace estallar? Entonces realmente el objeto sería plenamente apreciado y nuestro deleite habría alcanzado su perfecto desarrollo. Cuanto más digno el objeto, más intenso sería el deleite. Si fuera posible para un alma creada [...] "apreciar" plenamente, esto es amar y deleitarse en el objeto más digno de todos, y dar simultáneamente en cada momento a este deleite perfecta expresión, esta alma estaría entonces en la suprema beatitud. Es en esta línea que encuentro más fácil comprender la doctrina cristiana de que el "Cielo" es un estado en el cual los ángeles ahora, y los hombres después, están perpetuamente abocados a la alabanza de Dios. Esto no significa, como débilmente lo puede sugerir, que es como "estar en la iglesia". Porque nuestros "servicios" [...] son meramente intentos de adorar; nunca plenamente exitosos, a menudo con un 99,9% de fracasos, a veces fracasos totales. No somos jinetes, sino alumnos en la escuela de equitación; para la mayoría de nosotros las caídas y raspones, (p. 81) los músculos doloridos y la severidad del ejercicio, superan por mucho aquellos pocos momentos en los que nos encontramos, para nuestro propio asombro, galopando de verdad sin terror y sin desastres. Para ver lo que esta doctrina en verdad significa debemos suponernos en perfecto amor con Dios, embriagados en ese deleite [...] que lejos de permanecer encerrado dentro de nosotros como incomunicable [...] fluye de nosotros incesantemente en perfecta expresión sin esfuerzo, no más separable nuestro gozo de la alabanza en la cual se libera y profiere a sí mismo que el brillo que recibe un espejo resulta separable del brillo que refleja. [...] Gozar plenamente es glorificar. Al mandarnos que lo glorifiquemos, Dios nos invita a gozar de El.

Mientras tanto estamos meramente, como dice Donne, afinando nuestros instrumentos. El afinar de la orquesta puede ser en sí mismo deleitable, pero sólo para aquellos que pueden en alguna medida, lo pequeña que se quiera, anticipar la sinfonía. [En nuestros ritos], como en la afinación, hay mucho de trabajo y poco deleite; o ninguno. Pero el trabajo existe para el deleite. Cuando cumplimos con nuestros "deberes religiosos" somos como gente que cava canales en una tierra reseca, para que, cuando finalmente venga el agua, los encuentre dispuestos. Quiero decir, por lo general. Hay momentos dichosos, aun ahora, en que un hilo de agua se arrastra a lo largo de los cauces secos; y felices almas a las que les ocurre a menudo.(4)

Así como Lewis nos puede ayudar a valorar la contemplación si descubrimos el lazo que une ‘enseñar’ con ‘alabar’, podemos establecer una analogía semejante entre el maestro y el poeta. Para escribir, como para enseñar, primero hay que contemplar, nos dice el autor de El Principito. Ya en sus cartas juveniles (5) se nos muestra como un espíritu abierto al gozo contemplativo, atento a lo real, alerta frente a los peligros del subjetivismo y la frivolidad.

"No es preciso aprender a escribir sino a ver. Escribir es una consecuencia." (1923?; p. 1256)

"Una estanquera es algo encantador. El mostrador es hermoso como un trono. Uno se siente muy lejos y muy pequeño. Uno se oye decir con embriaguez: "Cuarenta céntimos..." (1926; p. 1277).

"[...] acabo de dar tres cigarrillos a un mendigo porque tenía un aspecto tan feliz que he querido hacer durar ese rostro." (1927; p. 1288)

Habla ahora a propósito del teatro de Pirandello, posiblemente en 1925:

"La primera cualidad de un hombre inteligente es comprender el lenguaje de los demás y hablarles en él " (pp. 1267-1268)

"Al parecer juzgas un hermoso rasgo el de llevar a la escena un problema metafísico en lugar de historias de mujerzuelas. No estoy de acuerdo. Las mujerzuelas, cuando menos, tienen algo que ver con la sociedad. Si la gente de la sociedad quiere hacer metafísica, que se compren libros y trabajen. Pero lo que ellos desean no es en absoluto comprender la metafísica. Ello exige un esfuerzo y sólo proporciona en compensación un placer intelectual. Les importa un comino. Lo que quieren precisamente es no entender nada, sentir que todas sus nociones se trastornan. Entonces dicen: "Qué curioso" y sienten un poco de frío en el espinazo.

¿Comprendes por qué juzgo importante la cuestión de Pirandello? ¿Por qué considero que el asunto rebasa el alcance de la simple crítica de una obra? Es una especie de problema moral.

Hace unos años, la gente bien se apoderó por las mismas razones del pobre Einstein. Tampoco querían comprender nada; sólo querían sentir una gran confusión, sentir "el ala de lo desconocido". Einstein era para ellos una especie de faquir." (p.1268)

"[...] sólo por medio de una disciplina perpetua puede uno educar la justeza de sus pensamientos, lo cual es lo más precioso que tenemos los seres humanos.

[...] Muchos errores de juicio se deben a esta necesidad. La necesidad de acaparar las ideas no para comprenderlas, sino para emocionarse con ellas.

[...] La primera cualidad para comprender es una especie de desinterés, de olvido de uno mismo." (p. 1269).

"Es cierto que no soy tolerante, [...] pero ello no es por vanidad u orgullo, sino porque es precisamente esta tolerancia lo que me desagrada. Hay que amar las cosas y las ideas en sí mismas, y no por mero juego." (pp. 1270-1271)

Finalmente, podemos asomarnos al mundo de la novela de la mano de Evelyn Waugh, para observar, como en un negativo fotográfico, los resultados de una educación donde lo contemplativo no existe. Hasta podemos jugar con la idea de que tal supuesta educación es la que corresponde a la "cultura de la muerte" denunciada por Juan Pablo II. Una muerte vaciada de toda referencia trascendente, para la que no hay respuesta sino evasión, ocultamiento. En los temas del sexo y de la muerte se ceba el furor desacralizante. Waugh pintó esto maravillosamente a fines de la década del cuarenta en Los seres queridos, donde satiriza los usos fúnebres de la costa oeste norteamericana. En un momento, el protagonista le pregunta a la maquilladora del cementerio:

"-¿Cómo se dedicó a eso? ¿Dónde aprendió? [...]

-Siempre he sido Artística -contestó ella-. En la Universidad me matriculé en Arte como segunda materia en un semestre. [...]

-¿Qué más estudió en la universidad?

-Psicología y chino, nada más. En chino no progresé tanto. Claro está que era una materia secundaria, para formarme una base cultural.

-Sí. ¿Y cuáles eran sus principales cursos?

-Embellecimiento

-¡Oh!

-Ya sabe... permanentes, masajes faciales, ceras, todo lo que hacen en un Salón de Belleza. Sólo que también estudiamos historia y teoría. Yo hice mi tesis sobre "Estilos orientales de peinado". Por eso estudié chino. Creí que me ayudaría, pero no me ayudó. Pero el diploma me lo dieron con mención especial en Psicología y Arte."(6)

La relación viciada entre muerte y educación que alcanzó a ver Waugh por entonces que no ha hecho sino agravarse. La falta de un sentido de la vida -y por tanto de la muerte- es consecuencia de una cultura donde no hay verdad que contemplar. De allí se siguen disparates como éste, por ejemplo, que pudimos leer en La Nación, 27 de mayo de 1994, p. 2, ilustrado con una foto:

"A la tumba con su automóvil". George Swanson, muerto a los 71 años, consiguió su última voluntad: ser sepultado en su automóvil Corvette blanco. Sus cenizas fueron colocadas en el asiento del conductor y el auto descendió a la tumba en presencia de medio centenar de dolientes. Los funcionarios del cementerio vacilaron ante su petición de ser sepultado en su coche, para lo cual había comprado doce lotes de terreno, pero finalmente accedieron a la inusual inhumación."

Y no es porque no se estudie el tema de la muerte, incluso en el medio universitario. Pero es un estudio pragmático, como se desprende de la lectura, por ejemplo, de una guía universitaria reciente, la de la Lynn University, Boca Raton, Florida. Si hojeamos el 1994-1995 Catalog, encontraremos ofertas de Funeral Service; Introduction to Funeral Service, Embalming, Funeral Home Management, Computer Applications for Funeral Service, etc. Por supuesto que hay una materia que se mete en honduras, "Thanatology: Un análisis de la naturaleza y sentidos de la muerte. Se consideran los aspectos filosófico, cultural, biológico, psicológico, social, económico y legal de la muerte y el morir". Pero podemos imaginar dónde se pone el acento. Creemos que más bien interesa "Restorative Art: un estudio de las técnicas de escultura anatómica y cosmetología relativas a la restauración del cuerpo en su forma y color naturales. El trabajo de laboratorio pondrá énfasis en el empleo de técnicas y materiales especializados."

Y casi es preferible que se dediquen al decorado fúnebre, porque cuando se aborda el tema con más pretensiones es solamente para trivializarlo, como podemos leer en un informe de Human Life donde se describen actividades pedagógicas tendientes precisamente a despojar a la muerte de todo su sentido último. Así por ejemplo:

"Se les muestra a los niños una película donde los gusanos devoran la carne de un ratón muerto hasta que sólo quedan los huesos. Los niños examinan un ataúd abierto y el fluido de embalsamar y el maquillaje usado en cadáveres humanos. Estudiantes de High-school son llevados a una morgue por un sacerdote jesuita para tocar el cadáver de un donante de órganos. Se lleva una clase a un crematorio y se la invita a manipular las cenizas. Alumnos de primer grado en Florida tienen como deber fabricar ataúdes con cajas de zapatos. En Massachusetts, se les hace redactar a alumnos de octavo grado una nota de suicidio." (7)

Este es el punto de llegada del "proceso educativo". No se puede descubrir el sentido de la realidad sino se la contempla. Para Waugh, este es el drama de nuestro tiempo, un tiempo anómalo que propone un tipo de hombre adiestrado para el éxito brutal y ciego para todo lo que no sea esto. En otra novela, una sensitiva mujer retrata uno de estos "productos finales" de nuestra "cultura":

"Llegué a pensar que Rex era un salvaje primitivo, pero me equivocaba; es algo absolutamente moderno que sólo esta horrible época podía producir. Un trozo de hombre pretendiendo que es el todo." (8)

Pero Waugh nos convoca a resistir. No será adaptándonos a las modas en boga como plantearemos una auténtica educación, digna de tal nombre. En el final de La nueva Neutralia, su protagonista, un profesor de Griego, recibe por parte del rector una propuesta de abandonar su disciplina en pos de algo más rentable, acorde a la altura de los tiempos. No quiere formar en la verdad, sino entrenar para el éxito. La respuesta de Scott-King, el viejo profesor, es rotunda y serena. Transcribimos lo fundamental del diálogo, como final de esta pequeña recorrida por textos polémicos, para cobrar ánimo en caso que nos enfrentemos a situaciones semejantes:

"- Los padres ya no se interesan más en conseguir "hombres completos", como antes. Quieren que sus hijos sepan desempeñarse en este mundo moderno. Uno no puede reprochárselo, ¿no?

- ¡Oh, sí! -dijo Scott-King-. Yo puedo, y lo hago. [...]

- Si me permite, señor rector, seguiré dando mi materia como hasta ahora, mientras haya un solo alumno que quiera estudiar lenguas clásicas. Me parece que sería realmente una perversidad hacer algo para preparar a un muchacho para el mundo moderno.

- Es un punto de vista un poco estrecho, Scott-King.

- En ese sentido, señor rector, con todo el respecto que usted me merece, disiento profundamente. Me parece que es el punto de vista más amplio que puede pedirse." (9)

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NOTAS

(1) BUNGE, Mario, Primero aprender, luego enseñar. Revista de La Nación, Domingo 10 de agosto de 1997, pp. 78-79.

(2) P. CASTELLANI, Leonardo, La Reforma de la Enseñanza. Buenos Aires, Vórtice, 1993, pp. 46 y 52-53.

(3) PIEPER, Josef, Introducción a Tomás de Aquino. Doce lecciones, en Filosofía medieval y mundo moderno. Madrid, Rialp. 1973, p. 313.

(4) LEWIS, C. S., Reflections on the Psalms. Glasgow, Collins, 1978, pp. 80 y 82.

(5) Saint-Exupéry, Antoine de, Cartas de juventud. En Obras Completas, Barcelona, Plaza & Janés, 1974. Indicamos en cada caso el año cierto o probable y el número de pág.

(6) Waugh, Evelyn, Los seres queridos, Buenos Aires, Sudamericana, 1964, pp. 108-109.

(7) Appleby, Earl, Jr. Vital Signs Talked to Death, Human Life International Reports, IX, 1 (January 1991), p. 6.

(8) Waugh, Evelyn, Retorno a Brideshead, Trad. de Clara Diament. Buenos Aires, Sudamericana, 1948, p. 290.

(9) Waugh, Evelyn, La nueva Neutralia, Buenos Aires, Criterio, 1953, pp. 127- 129.

jueves, 4 de septiembre de 2008



Entrevista a Jorge
Norberto Ferro


San agustín pregunta, en su libro El maestro, ¿Qué te parece que nos proponemos al hablar? A lo que su hijo, Adeodato, responde: “Por ahora, pienso que lo que buscamos al hablar es o enseñar o aprender”.

Con ese precepto, con la idea de hablar un poco de todo y, de ese modo, aprender un poco más, arreglé un encuentro con el Prof. Dr. Jorge Norberto Ferro.

El Dr. Ferro es doctor en letras, profesor universitario y tiene treinta años como investigador del CONICET. Es autor de libros como Aproximación a Lewis (EDUCA, Bs. As., 1997) o Leyendo a Tolkien (Glaudius/Vértice, Bs As., 1996). También ha publicado trabajos sobre G. K. Chesterton, L. Castellani, L. Marechal, I. B. Anzoatégui y sobre textos medievales españoles. Además, en ciertos círculos, se lo conoce como uno de los mejores traductores del idioma inglés.

El punto de encuentro fue uno de los aposentos del Seminario de edición y critica textual “Germán Orduna”, donde se desempeña como investigador, ubicado en el Ministerio de Educación de la Nación.

Muebles de estilo, bien decorado y con libros de piso a techo convertían esa oficina en el lugar ideal para hablar de literatura.

Nos sentamos. Luego de ciertas bromas y chistes acerca de cual es la mejor manera de perderse en ese ministerio, Jorge tomó su típica pipa con la mano derecha y la encendió con la izquierda. Una, dos bocanadas de humo. Esa era la señal. Jorge estaba listo, comienza la entrevista:


A muchos escritores (Borges, Tolkien) a pesar de que tuvieron una vida académica, se los recuerda más cerca del arte que de la ciencia ¿Por qué? ¿Se puede ser un artista y un científico al mismo tiempo en lo que es la literatura? ¿O está condenado a que si se hace arte no podrá ser académico y si se hace algo académico no será considerado artístico?

—No, de hecho es perfectamente posible. No es muy frecuente porque el que se dedica primordialmente a crear termina por postergar la vida académica. En el caso de Borges, por ejemplo, su actividad académica fue poca. Tal vez Tolkien y Lewis sean casos raros de “científicos”, digamos así, que a su vez tenían una actividad de creación propia. Y es perfectamente compatible, como vemos en estos dos.

—¿Qué hace un científico en letras?

—Claro, un científico dicho en sentido amplio. Quiero decir que en el mundo universitario, académico, de las clases y la investigación son los que, digamos, tienen lo que se podría llamar “scholarship”, como se dice, una serie de hábitos de la inteligencia y forma de trabajo dentro de ciertas pautas muy claras, rigurosas, con conocimiento de lenguas, sobre todo antiguas, clásicas… Estudia algo que ya está. Como el botánico estudia las plantas, éste estudia los textos desde todo punto de vista. Mejor o peor. Con más aciertos o con menos aciertos. A veces cumple un gran servicio iluminando el texto. Es muy humilde la función del crítico, digamos.

—Iluminando el texto… ¿Qué es iluminar el texto?

—Mostrar, mostrar el texto a un lector al cual a veces las cosas se le pasan. Así, un gran profesor de literatura sería aquel que hace gustar un texto aun cuando, a primera vista, el alumno no se haya dado cuenta de eso. A mí me ha pasado con muchos profesores, que me han hecho gustar cosas que yo no pensaba, me hacían ver en el texto cosas que yo no había visto.

—Una nueva dimensión en el texto.

—Claro. Cuando era muy chico había unos libritos de dibujos con las líneas, a los que simplemente se le pasaba agua con un pincel y aparecían colores. Bueno, esa era la impresión que me daban estos profesores, estos grandes maestros. Hacían vivir el texto. Ahora, ellos no ponían nada que no estuviera. Trabajaban sobre el texto. Lo iluminan, lo comentan, y eso es lo que se hizo siempre, en occidente por lo menos, que era el volver, el rumiar sobre el texto y aclararlo, en el sentido de mostrarlo bien con todas esas virtualidades que por ahí, a uno, se le pueden pasar y que el buen profesor o el buen crítico, digamos así, las muestra, las hace patentes.

—¿Tiene que ser un filólogo entonces?

—Más bien sí. Hay un acercamiento con mucho cuidado a los textos que estudian. Eso no necesariamente tiene que desembocar en una creación literaria propia, que va por otro carril. Ahora, cuando uno de ellos se pone a crear, evidentemente, tiene una cantidad de elementos que puede utilizar. Lo que no necesariamente quiere decir que sean mejores escritores, ni mucho menos. Son cuerdas separadas; pero en el caso de ellos lo aprovechan bien. Un caso típico, digamos, contemporáneo, de eso sería Umberto Eco. En el cual, sin embargo, me parece que se nota más el profesor universitario que maneja muchas fuentes y que, en el caso de Tolkien y Lewis, en Tolkien sobre todo, están muy fundidas esas fuentes, están como re—digeridas en la obra. En Tolkien más, ciertamente. En Lewis, por ahí, es más fácil ver la referencia académica, que no molesta para nada, ¿no?

—¿Te animás a citar un autor inglés que, en cierto sentido, parezca argentino y a un autor argentino que, en cierto sentido, parezca inglés?

—En último caso uno siempre piensa en Borges. Es un hombre que ha entendido y le han gustado los ingleses, y escribe a su manera. Ahora, especialmente en los humoristas, uno descubre cosas que podían haber sido escritas acá, como P.G. Wodehouse o Evelyn Waugh, digamos. Ese tipo de humor acá gusta, y se lo sigue leyendo.

—O sea que pasa el tiempo y siguen perdurando, si bien de culto y no de masa …

—No, pero en una época sí tuvieron una difusión grande acá. Es el caso de P.G.Wodehouse, un humorista, en los ´40/50… Ojo, es verdad que se editaba mucho en España, sobre todo en Barcelona (Plaza & Janés), pero acá se leía muchísimo. Y de hecho en librerías de viejo uno encuentra colecciones enteras de P.G. Wodehouse. Lo mismo pasó con Evelyn Waugh, que se editó muy bien acá, en Sudamericana y Emecé, allá por la década del ´50. Por ejemplo, hay una novela de Waugh que se llama Retorno a Brideshead, que es la más famosa. Ahora está por salir una película. Uno de los personajes, patéticos, de esa novela, se llama Sebastián. La novela se escribió en el ´45. Yo conozco dos tipos nacidos a principios de la década del 50 que se llaman “Sebastián” porque sus padres se lo pusieron por el personaje. Una cosa curiosa.

—Y hablando de editado en España, ¿cómo vienen las traducciones? Sé que es un tema que a vos te mueve las entrañas de manera visceral (risas).

—Es que es muy lindo traducir. Yo confieso que a mí me gusta. El otro día encontré una cita de Ronald Knox… Converso… escritor, etc, etc, tuvo mucho que ver con la conversión de Chesterton. Fue el que pronunció la homilía fúnebre de Chesterton. Un gran tipo. Entre otras cosas tradujo la Biblia al inglés. Su creación fue muy discreta. Más bien hizo novelas policiales. Pero su obra importante es una obra así de estilo académico. Y dice por ahí que cuando uno está leyendo algo y encuentra un texto en otra lengua, el texto lo provoca, y entonces uno establece una especie de apuesta consigo mismo: “A ver si yo lo traduzco”… ¡si lo traduzco bien!, porque claro, en toda traducción…

— ¿Se puede ser artista en las traducciones también?

—De alguna manera. Él ya tiene el texto y lo tiene que volcar en otra lengua. “Versión” se decía también. Es como pasar una cosa de un recipiente a otro. Y adquiere la forma del nuevo recipiente. Yo tengo una jarra y una botella, ¿no?, paso el agua, con la lengua es igual. Es como cuando me dicen de las películas… Es lo mismo, es una traducción. La película de un libro es una traducción. El Señor de los Anillos, Las Crónicas de Narnia. Pueden ser mejor o peor, pero necesariamente es otro lenguaje. El lenguaje cinematográfico es otro, es un lenguaje de imagen. El texto no es toda la película.

—¿Y recordás grandes traductores?

—Y sí, como no. Borges, por ejemplo, era un gran traductor, sin duda. La Divina Comedia traducida por Batistessa, un profesor argentino, es una cosa importante. O Chesterton traducido por Alfonso Reyes. Hay una novela italiana, famosa, de Manzoni, Los Novios: Castellani decía que la traducción de Gabino Tejada, un español, era casi superior al original. Pero siempre una traducción implica que, cuanto más elaborado el texto, más difícil. Por ejemplo, imaginate traducir el Martín Fierro. No debe ser fácil. ¡Y se pierde algo! Ahora, bueno, tampoco hay que volverse loco y pensar que uno tendría que saber todas las lenguas del mundo. Pero es muy interesante el problema de la traducción y cotejar distintas traducciones y el original…

—¿Cuál es “El” problema de la traducción?

—Es que cada lengua tiene su genio propio y sus recursos propios. Digamos en una lengua, supuestamente, neutra, donde únicamente hay un mensaje de pura información racional. Si yo digo: “el agua hierve a cien grados”, y paso eso de una lengua a otra, todo el texto pasa, sin duda alguna. Una obra científica es relativamente sencilla, siempre, es mucho más fácil de traducir. Una vez que uno hace pasar toda la información no queda, prácticamente, nada. Pero en una obra literaria, no. Porque no se apunta simplemente a un contenido racional, sino que despierta ecos afectivos, se juega con el valor musical de las palabras, hay asociaciones…

—¿Se juega con el valor musical de las palabras?

—Claro, sin duda. Imaginate en Tolkien. El poeta en verso más todavía. El ritmo del verso, la música de las palabras, los juegos de sonidos. Todo eso, en la traducción… ¿entonces qué hace el traductor? Ahí viene el problema. Para conservar algo tiene que entregar algo. Nunca pasa todo. Por ejemplo, en Argentina hubo un gran traductor, muy poco conocido, que se llamaba Carlos Sáenz. Era un abogado, de La Plata , y ha traducido cosas espléndidas, textos latinos, inclusive poesía latina tardía, cristiana. O textos ingleses. Francis Thompson, tiene un poema muy lindo titulado “El lebrel del cielo”. O a Newman. Y este hombre, uno ve que era un poeta. Uno compara con otras traducciones…

—¿Un poeta que traducía?…En cierto sentido, ¿no es todo artista un traductor?

—Claro, respecto a lo que vio. Él lo pone en palabras, pero lo pone en su lengua. Entonces, cuando lo pone en su lengua, con distinto grado de consciencia, las palabras le suenan de determinada manera. El poeta, más que transmitir una información, evoca cosas, oblicuamente, sugiere. Hay un clima que se crea. En El Señor de los Anillos, por ejemplo, el clima dominante es la nostalgia. Si un traductor no consigue eso, fracasa. Y también hay otro problema con el traductor: uno piensa que un traductor tiene que conocer bien la lengua de la que traduce, ciertamente. Pero tiene que conocer igualmente bien la propia. Aquella a la que traduce, la lengua de destino, en nuestro caso el español. Conocer bien quiere decir aprovechar todas sus posibilidades… sin duda, es fascinante.

—Ahora, el tema es que, tal vez, hay más autores que traductores de nivel, o más gente interesada en la parte creativa que…

—Y sí, porque en la creación uno expresa algo que ha visto, es más personal. En cambio en la traducción es una cosa más bien humilde. Pero el buen lector en general se fija, sobre todo cuando se busca un clásico. ¿A ver quién tradujo eso? Traducir el Quijote, por ejemplo, ¡imaginate vos! Lo mismo cuando uno busca Homero, las traducciones de Homero y… Lugones era un muy buen traductor…

—Pero perdón, vos citás a Borges, a Lugones. Claro, me estás dando ejemplos de gente que podía hacerlo porque estaba en las dos veredas, por así decir…

—Y, algo así. Un buen traductor tiene que o ser un poeta o ser un tipo que ame la lengua. Lo que pasa es que muchas veces hay cuestiones de apuro. O que, bueno se traduce porque uno se gana la vida honestamente. Por ejemplo, en este libro (En ese momento me señaló El milagro del padre Malaquias, de Bruce Marshall) se está hablando del “Canonic Law”, que es el derecho canónico. Entonces se dice: “El canónigo Law”, como si fuera “canónigo” (un clérigo) y “Law” el apellido. Eso es muy gracioso porque uno adivina la metida de pata detrás. En el caso de Tolkien, por ejemplo, las traducciones de El Señor de los Anillos y de El Silmarillon son, a mi modo de ver, excelentes. Ahora, en otros casos ha habido problemas. ¡Las cartas, por ejemplo! En las cartas hay problemas, yo pienso que por apuro. Hay varios problemas concretos que, esos sí, complican el texto. Por ejemplo las traducciones de las citas bíblicas. En las citas, el traductor podría haber ido a consultar cualquier Biblia en castellano y copiar los versículos. Lo mismo pasa con el poema “Mithopoeia”, en la traducción hay dos o tres metidas de pata FUERTES. Y es una lástima, porque es un texto muy importante. Decí que por suerte publica el poema en inglés también.

—¿Qué te quedó a vos de los Inklings? ¿Qué es lo que más te impresionó de ellos?

—Evidentemente, el clima, ese ambiente humano de tanta calidad ¿no? Tipos fantásticos que, me parece, se juntaban para una vida verdaderamente universitaria. Criticados por ahí por el resto de la Universidad , porque el mundo académico está lleno, como todas las profesiones y actividades, de miserias propias de los hombres, que somos un poquito todos así. Pero en ellos se notaba un entusiasmo y un gozo por lo que hacían. Entonces se juntaban a charlar, se leían las cosas, se discutían temas en un clima de gran distensión, libertad, amistad. Que eso hoy en día en la universidad, se ha perdido un poco por la presión competitiva. Hay una carrera por publicar, hay una pulsión, como dicen los yanquis: “publicar o perecer” Ahora yo digo: eso que se publica ¿alguien lo leerá? Eso ha sido señalado por Steiner, por ejemplo, que dice el discurso secundario, toda esa literatura sobre literatura llega a ser abrumadora y, muchas veces, innecesaria. Por que lo que busca ahí el crítico es brillar él. ¿No? En cambio el verdadero crítico tiene que desaparecer, tiene que mostrar el texto: la genialidad está en el texto. Él lo que hace, es limpiar, digamos. Es como si yo limpio un espejo para ver, pero nada más, después yo desaparezco. Lewis y Tolkien como introductores a otros textos son admirables porque, en primer lugar, ellos gozan enormemente, entonces, comunican ese gozo. El gran profesor de estas cosas … supongo que pasa lo mismo con todas las disciplinas. Uno ha visto a veces en plástica algunos tipos explicando cuadros. Realmente uno ve el cuadro como por primera vez. El cuadro esta ahí, yo ya lo había visto, pero, si a uno le explican bien…. ahora claro, el tipo que lo explica no ha pintado el cuadro, y a lo mejor pinta otras cosas o no pinta. Bueno, la función del artista es eso, darnos a nosotros los canales de expresión. No es que tenga más sensibilidad un artista que nosotros. No es que yo viendo un atardecer en un paisaje me emocione menos que el artista, no. Lo que tiene el artista a diferencia del común de nosotros es que el tipo lo puede plasmar eso en una obra exterior a él. Lo puede plasmar. Lo puede poner ahí. En un cuadro con líneas y colores o en un volumen si es escultor o en sonidos si es músico o con palabras si es poeta. La diferencia está ahí. Tiene ese don. Y esa sería su principal “función social”, digamos así, sería darnos a nosotros las palabras que nosotros no encontramos. Entonces, yo me reconozco en lo que el tipo dice: “Ah, esto es lo que yo siempre quise decir y no sabía cómo”. ¿Nunca te pasó a vos?

—¿Y qué artista de la literatura argentina, de los últimos tiempos, más o menos te va gustando?

—En la Argentina del S. XIX yo creo que sin duda, para mí, es Hernández. El Martín Fierro es una cosa definitiva y está muy lejos de todo lo demás. Ahora, en el S. XX hubo muy buenos escritores, hubo grandes tipos. Por ejemplo uno que me gusta es Leopoldo Marechal, como poeta, como escritor. Y están aquellos que son poetas netamente superiores, poetas hubo muy buenos. Vemos a Lugones, a Enrique Banchs, a Conrado Nalé Roxlo...

—¿Conrado Nalé Roxlo? ¡No sabía que era poeta!

—Sí, excelente. Aparte de los cuentos y los cuentos humorísticos, “Los Cuentos de Chamico”. La poesía de Roxlo no es mucha producción, pero es de gran calidad. Enrique Banchs lo mismo, o qué sé yo, el mismo Borges es un poeta que vale la pena, mas allá que uno pueda discutir una cantidad de cosas, y un gran mostrador de textos ajenos también. Yo una vez fui a una clase de Borges sobre Macbeth. Los alumnos, cómo somos los chicos ¿no?, como él no veía y no pasaba lista, no iban a clase, se rateaban. Y yo, que no tenía que hacer esa materia, me colé en la clase. Y Borges habló como si estuviera en la Sorbona delante de 500 personas. Una maravilla. Me hizo ver cosas en Macbeth que yo, que había leído la obra, y había visto la película de Polanski, que es muy buena… no hubiera visto. Castellani me gusta mucho, como prosista sobre todo, también un autor poco conocido, postergado. De los actuales, actuales, claro, uno no conoce tanto.

—Que hay que esperar, a que uno se muera como para ser famoso y…

—Bueno, el tiempo es la piedra de toque ¿no? Pero a mí de los que hoy escriben, vos te vas a reír, el que me gusta… es Dolina (risas). Me gusta porque me parece un tipo que tiene un toque de genialidad.

—Pero claro, hasta ahora, estamos hablando de los mismos que están en la vidriera desde hace mucho tiempo. Pero ¿cómo los reemplazás? ¿Cómo reemplazás un Borges?

—Lo que pasa es que no hay un reemplazo así, uno a uno. Como si uno tomara la posta automáticamente. Uno ve a lo largo de la historia de la literatura y, los grandes tipos en realidad son irremplazables. Aparecen otros con otras características, pero ¿quién reemplaza a Cervantes? No es que se muere Cervantes y aparece uno, se muere Virgilio y aparece otro ¿no? Los movimientos son distintos. Por ahí hay un tipo que está escribiendo ahora que es un genio y…

—Y el tiempo es la piedra…

—Claro, y no lo conocemos, y capaz que ni ha publicado. Yo conozco cosas inéditas de tipos que son grandes poetas, por ejemplo. Y bueno, ya después eso se va viendo y va apareciendo. Pero el S. XX argentino creo que ha sido literariamente notable. Hubo mucha también hojarasca, mucho tipo inventado, ¡pero eso cae, desaparece! Si uno ve así, en el plano de la ficción, por ejemplo una de las pruebas del valor de Tolkien es la permanencia en el tiempo, sin haber tenido, hasta hace muy poco tiempo, digamos… un márketing importante. Sino que era un boca a boca. Acá en Argentina ¿como se conoció Tolkien? Del boca a boca y, realmente, aparecía un genuino interés. Mas allá de que, después sí, cuando vino la película, pero eso es otra historia. Pero durante muchos años, se iba pasando de mano en mano. No se lo conocía, y hubo grandes escritores que no lo conocieron. Borges no lo conocía, por ejemplo, curiosamente, que le hubiera encantado toda la cuestión sajona antigua… Creo que una vez alguien dijo que María Kodama dijo que sí, una vez le había leído algo, no sé. Castellani no lo conoció. Si conoció a Lewis, por ejemplo, muy bien.

—¿Y este regreso de los mitos? Viste que ahora apareció la película de Beowulf. Están todos insistiendo con ese tema... no sé si es que la literatura ha vuelto con eso o es que la gente está pidiendo eso…

—La gente pide eso porque los mitos antiguos son permanentes. Hablan de los problemas, de los temas de siempre. Los temas no son muchos, digamos, están siempre, se reelaboran, se entrecruzan, y dicen algo. El mito siempre me dice algo, me conmueve, me interesa porque tiene que ver conmigo…

—¿Cuáles son los típicos temas?

—Yo diría el sentido de la vida, el amor, la muerte, la amistad, el heroísmo, el sacrificio, el problema del sufrimiento. Son las cosas que nos pasan a todos en la vida. Las preguntas que todos nos hacemos. Entonces, la reelaboración de esos mitos: como han sido bien dichos se vuelven a decir, de otras maneras, pero todo el mundo trabaja de algún modo, en algún momento, sobre los mitos tradicionales, porque ya está todo dicho. Ese prurito de la originalidad es una cosa muy reciente, no había existido, por lo menos en la cultura de occidente, hasta hace muy poco. Más bien al contrario...

—En cierto sentido, la palabra mito era mal vista.

—Mito se entendía como mentira… Como cosa infantil. Pero ahora se ha revalorizado, sobre todo con el quiebre del iluminismo, del racionalismo iluminista que fue muy fuerte en el S. XVIII, pero ya en el XIX entró en crisis, y en el XX ni hablemos Hasta irse al otro extremo, digamos el vitalismo, la pura oscuridad, que sé yo, todo eso. Porque siempre pasa que cuando uno abusa de una realidad, la destruye ¿no? La mejor manera, se dice, de destruir una utopía es establecerla, o algo así. La mejor manera de destruir algo es abusar. Pedirle cosas que no puede dar. Entonces como no me puede dar eso que yo le pido, porque no está en su posibilidad, como no me puede dar eso entonces no sirve para nada. No. Sirve para algunas cosas. La razón es una gran cosa. Ahora, si yo le pido que me responda todos mis interrogantes, y algunos no puede, porque hay misterios, entonces ¿no sirve para nada? Algo se obtiene. Pedirle a las cosas más de lo que pueden dar es destruirlas; eso pasa con el dinero, o con el sexo. Pedirle cosas que no pueden dar.

—¿Y el arte? ¿Cuál es el límite del arte? ¿Puede dar todo en la literatura?

—No, todo no. También el endiosamiento del arte, por ejemplo, fue una reacción, digamos frente a un esquema cientifisista, racionalista. Es curioso, cuando se habla del futuro, ahora no tanto, pero antes sí, cuando se hablaba en un tono, supuestamente, académico, siempre el futuro era venturoso, una maravilla, porque estaba el esquema del progreso indefinido, cada vez íbamos a estar mejor, íbamos a superar todas las rémoras. Eso en ese plano. Ahora en el mundo artístico, incluso en el más popular, el comic como se dice ahora, el futuro siempre está visto como una pesadilla, terrorífico más bien! En el cine, no hay futuro maravillosos sino más bien pesadillescos...

—Volvemos al mito griego, por así decir, o al mito escandinavo, pesimista, en donde siempre el héroe termina sacrificándose al divino botón porque ya estaba el destino, generalmente nefasto, marcado por los dioses, y por más que se luchara en contra de… es decir, avanzamos 1000 años para retroceder 1000 años.

—No, pero nos damos cuenta que hay límites, que la situación del hombre es una situación que tiene sus límites, y que existe el misterio y que nosotros no vemos el misterio. El misterio ilumina, es como el sol, no es que sea oscuro; es demasiado luminoso y por eso no lo podemos ver, como decían los griegos ¿no? No lo vemos no porque sea oscuro sino porque nuestros ojos son débiles. Al hombre su sola razón no le alcanza para explicar un montón de cosas, entonces en el arte puede alcanzar otro tipo de experiencias o de respuestas. Ahora, si también de algún modo se diviniza, hipertróficamente, al artista, también es una locura. Toda cosa que se lleva más allá de sus límites naturales termina en un disparate, como dice Tolkien: la fantasía tiene sus límites.

—¿Tiene límites la imaginación, entonces?

—Límites en este sentido, que parte siempre, como dice Tolkien, de una realidad pre-existente a mi imaginación. Yo en realidad puedo recombinar. Si yo me imagino un caballo con alas, bueno, existen las alas, existen los caballos. Ahora, lo que no puedo es tener una fantasía absolutamente arbitraria porque sería incomprensible, lo absurdo; el absurdo, por ejemplo, es un límite, me parece a mí. El absurdo tiene un valor en el arte, por supuesto, pero es para mostrar otras cosas. Es para mostrar el punto de llegada de un disparate, o las aparentes contradicciones insolubles que se pueden plantear, es una clave humorística o de denuncia. Pero el puro absurdo absoluto no daría nada.

—Con la informática, Internet y compañía, supuestamente, estaría la posibilidad que autores desconocidos, pasen a ser conocidos de manera más rápida. Capaz si Borges estuviera viviendo en este momento se hubiera hecho famoso mucho más rápido que en otra época, y a la inversa puede ser que ciertos escritores que no tengan la calidad, tengan gran cantidad de lectores, porque como decís vos, ahora no hace falta gastar grandes fortunas para una campaña publicitaria. Simplemente se pasa una propaganda chiquitita por Google y ya está, todo el mundo sabe que se escribió ese libro. ¿Cómo ves vos, al lector, parado frente a todo eso?

—Yo creo que la informática, una cosa ridícula voy a decir, y vulgar, es una herramienta que también tiene sus límites y hay que saber manejar. Con cuidado, porque, la lectura, en cuanto tal todavía, sin entrar a canonizarla, pero todavía frente a nuestra generación, todavía, la lectura gozosa, íntima, requiere del soporte de papel. Ahora, la cantidad de información a la que se puede acceder por Internet es valiosísima. Pero claro, el problema está también en el exceso, el exceso me puede abrumar. Si yo tengo 5000 entradas, 10000 entradas ¿cómo elijo? ¿Cuánto tiempo me lleva elegir? Y también es verdad que hoy de algún modo el sistema de Internet permite una mejor comunicación y superar los monopolios…

—O sea ¿a vos te parece que el boca en boca de hoy va a ser vía blogs?…

—Y, en buena medida sí. Yo mismo que soy una bestia informática, sin embargo reconozco que entro a blogs, los miro con sumo interés. Generalmente no opino.

—Pero ves qué recomendaciones hay para leer, qué nuevo autor, qué nuevo libro…

—Eso, claro. Por ejemplo, el otro día me prestaron, yo no lo conocía, una vergüenza, un poeta español actual, para mí, desconocido. Se llama Miguel D’Ors, nieto de Eugenio D’Ors que era un escritor famoso. Me prestaron un libro y me encantó el tipo. Entonces busqué en Internet y claro, ahí inmediatamente estaba la vida de él, la foto, qué sé yo, todas las obras; puedo bajar cosas de allí. Me permite más datos, porque me permite bajar algunos versos de él, mandárselos a algunos amigos: ¿che, conocen este tipo? Y a mí mismo me llegan cosas de las cuales no tendría noticia. Reconozco que he encontrado cosas muy interesantes.

—Todo en el nuevo boca en boca gigante…

—Claro, es un dedo en dedo, qué sé yo (risas). Pero es verdad y es bueno. Me parece que puede haber, como en todo, como puede haber en los libros, un exceso de información, un exceso de adicción. Hay que intentar tomar las riendas…

—Sí, sí, sí. Pero entonces para vos funciona el nuevo de boca en boca…

—Me parece que sí. Muchísimo; yo mismo me he sorprendido porque al principio, al no tener la destreza... y he encontrado cosas buenísimas e incluso me he comunicado con tipos con los cuales no me podría comunicar.

—En ese sentido te parece que es una ayuda para mejorar que se lea, no sé si los mejores, pero lo que más enganche, lo mejor escrito.

—Creo que sí. Porque uno en seguida tiene acceso a opiniones… Es decir uno siempre se remite a opiniones que considera valiosas y las toma en cuenta. Entonces fulanito, que es un tipo muy inteligente, me recomienda este o dice que es bueno, vale la pena probarlo. Después yo veré... Siempre hay cuestiones de gusto muy personales.

—Y del gusto argentino ¿te animás a dar una descripción del gusto argentino? Yo sé que los argentinos somos precisamente algo indefinible (risas).

—Hay, hay buenos lectores en Argentina, y hay cosas inteligentes. Igualmente, uno a primera vista diría se está leyendo menos ¿Cómo sacamos eso? Diría, por ejemplo, la gente en el tren lee menos que antes, es mi parámetro. O también por lo que te dicen las editoriales, la baja de las ventas. Por otro lado, yo creo que se está leyendo mejor en muchos casos ¿No? ¿Por qué? Por que se siguen autores que valen la pena, como digo, hay más filtro ¡En el buen sentido! ¿No? ¡Más referencias! Y muchas veces vienen por esta cuestión del blog, de la página; y ese mundo de los Inklings que yo decía, de estos tipos charlando entre ellos, muchas veces ¡ahora se da en los blogs! Yo me doy cuenta de eso: hay verdaderos…

—Eso no lo había pensado, pero hay verdadero Inklings. Si bien, los originales eran todos de Oxford y en cambio acá te permite tener un grupo de Inklings internacional.

—Y de hecho, este… los hay. Yo me escribo con algunos tipos. Más que nada leo lo que dicen.

—Entonces en esto sos positivo. No sé si más, pero se va a leer mejor...

—Y los chicos, cuando aparece alguna cosa nueva que valga la pena, lo leen. Por ejemplo, más allá del valor literario que pueda tener, el fenómeno de Harry Potter ¡es interesante! Cuando sale una cosa interesante la gente la lee ¿no? Porque está bien contado, porque es una historia, porque tiene un mundo secundario consistente, como decía Tolkien, entonces la gente lo lee y los chicos leen un libro de 300, 500 páginas. Eso es auspicioso, me parece. Yo, las primeras veces que veía gente en el tren leyendo a Tolkien, me ponía contentísimo, porque, en el año 1979/80, era una curiosidad, y después se expandió terriblemente. Y en general uno ve algunos leyendo cosas buenas, interesantes. Ahora, antes cuando uno tomaba el tren, en los `60 por ejemplo, todo el mundo leía, o había más gente que leía. Es verdad, que se leía, muchas revistas, el diario. Los diarios estaban mejor escritos. Los suplementos literarios eran mejores, me parece.

—Yo una vez recuerdo haber visto una chica en el tren, y estaba leyendo cierto autor que no voy a nombrarlo para no quemarlo. Premio Nobel de literatura que empieza con “S”

—Solyenitsin

—Noo. Más bien tirando para portugués, esa onda, no lo vamos a quemar más (risas). Estaba leyendo un libro enorme y, me llamó muchísimo la atención que, estaba leyendo, el desenlace del libro, con la cabeza apoyada en una mano. Yo pensaba, si soy el autor de ese libro y veo que el desenlace de mi libro lo leen con semejante interés, agarro y lo quemo (risas), porque, no sirve, no funciona, ¡a la hoguera! Qué ocurre: claro, es un premio Nobel ¡Cómo no lo vas a leer!

—Claro, también hay mucha gente que lee, digamos, para estar al día, o para tener tema de conversación, o porque piensa que hay que leerlo porque si no sos una bestia, y ese tipo de cosas así, más de consideración social. Pero, bueno, ahora soy más bien, como vos decís, positivo. Me parece que está bien la cosa.

Afuera es de noche y llueve. Nos miramos y nos damos cuenta que podríamos estar días enteros hablando de estos temas. Jorge me acompaña hasta la salida y me despide diciendo: “cuando vuelvas ya sabes por donde entrar”. Es decir, esta conversación no terminó.

© Juan Pablo Lionetti de Zorzi

Notas:
[1] Es importante resaltar que San Agustín, antes de entrar al sacerdocio, se había desposado (no casado). De la unión de los esponsales nació su hijo Adeoato. Al nacer el niño, su esposa los abandona. Adeoato muere muy joven, de una enfermedad, aproximadamente a los diez años de edad. San Agustín siempre describió a su hijo como su más importante influencia.
[2] Ver SAN AGUSTÍN, El maestro, Ed. A. Mi.Co., Bs. As., 2005, pág. 19.
[3] Inklings es un término del inglés antiguo que significa “amigos de la tinta”. Con ese nombre se autodenominaban un grupo de escritores que, al no encontrar autores que escribieran lo que a ellos les gustaba, decidieron hacerlo ellos mismos conformando, de ese modo, un auténtico movimiento. Se reunían todos los jueves para intercambiar opiniones y leer en voz alta sus creaciones. Owen Barfield, Hugh Dyson, Eric R. Eddison, C.S. Lewis, J.R.R. Tolkien, Charles Williams, fueron solo algunos de sus miembros.
[4] Por cualquier inquietud, recomendación o comentario que quieran hacerle al Dr. Jorge Ferro pueden dirigirse a jorgenferro @ yahoo . com .

Fuente: Para acceder a esta nota y otros articulos dirijase a: http://revistaaxolotl.com.ar/esp27-1.htm