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viernes, 23 de enero de 2009

JURAMIENTO ANTI-MODERNISTA

MOTU PROPRIO:
"SACRORUM ANTISTITUM"

IMPUESTO AL CLERO EN SEPTIEMBRE DE 1910

POR SS. PIO X



«Amici veri Ecclesiæ Traditionalistæ sunt».
Sancte Puis X, "Notre Charge Apostolique".




" Yo...abrazo y recibo firmemente todas y cada una de las verdades que la Iglesia por su magisterio, que no puede errar, ha definido, afirmado y declarado, principalmente los textos de doctrina que van directamente dirigidos contra los errores de estos tiempos.

"En primer lugar, profeso que Dios, principio y fin de todas las cosas puede ser conocido y por tanto también demostrado de una manera cierta por la luz de la razón, por medio de las cosas que han sido hechas, es decir por las obras visibles de la creación, como la causa por su efecto.

"En segundo lugar, admito y reconozco los argumentos externos de la revelación, es decir los hechos divinos, entre los cuales en primer lugar, los milagros y las profecías, como signos muy ciertos del origen divino de la religión cristiana. Y estos mismos argumentos, los tengo por perfectamente proporcionados a la inteligencia de todos los tiempos y de todos los hombres, incluso en el tiempo presente.

"En tercer lugar, creo también con fe firme que la Iglesia, guardiana y maestra de la palabra revelada, ha sido instituida de una manera próxima y directa por Cristo en persona, verdadero e histórico, durante su vida entre nosotros, y creo que esta Iglesia esta edificada sobre Pedro, jefe de la jerarquía y sobre sus sucesores hasta el fin de los tiempos.

"En cuarto lugar, recibo sinceramente la doctrina de la fe que los Padres ortodoxos nos han transmitido de los Apóstoles, SIEMPRE CON EL MISMO SENTIDO Y LA MISMA INTERPRETACIÓN. POR ESTO RECHAZO ABSOLUTAMENTE LA SUPOSICION HERETICA DE LA EVOLUCION DE LOS DOGMAS, según la cual estos dogmas cambiarían de sentido para recibir uno diferente del que les ha dado la Iglesia en un principio. Igualmente, repruebo todo error que consista en sustituir el deposito divino confiado a la esposa de Cristo y a su vigilante custodia, por una ficción filosófica o una creación de la conciencia humana, la cual, formada poco a poco por el esfuerzo de los hombres, sería susceptible en el futuro de un progreso indefinido.

"Consecuentemente: mantengo con toda certeza y profeso sinceramente que la fe no es un sentido religioso ciego que surge de las profundidades tenebrosas del "subconsciente", moralmente informado bajo la presión del corazón y el impulso de la voluntad, sino que un verdadero asentamiento de la inteligencia a la verdad adquirida extrínsecamente por la enseñanza recibida EX CATEDRA, asentamiento por el cual creemos verdadero, a causa de la autoridad de Dios cuya veracidad es absoluta, todo lo que ha sido dicho, atestiguado y revelado por el Dios personal, nuestro creador y nuestro Maestro".

"En fin, de manera general, profeso estar completamente indemne de este error de los modernistas, que pretenden no hay nada divino en la tradición sagrada, o lo que es mucho peor, que admiten lo que hay de divino en el sentido panteísta, de tal manera que no queda nada más que el hecho puro y simple de la historia, a saber: El hecho de que los hombres, por su trabajo, su habilidad, su talento continúa a través de las edades posteriores, la escuela inaugurada por Cristo y sus Apóstoles. Para concluir, sostengo con la mayor firmeza y sostendré hasta mi ultimo suspiro, la fe de los Padres sobre el criterio cierto de la verdad que está, ha estado y estará siempre en el episcopado transmitido por la sucesión de los Apóstoles; no de tal manera que esto sea sostenido para que pueda parecer mejor adaptado al grado de cultura que conlleva la edad de cada uno, sino de tal manera que LA VERDAD ABSOLUTA E INMUTABLE, predicada desde los orígenes por los Apóstoles, NO SEA JAMAS NI CREIDA NI ENTENDIDA EN OTRO SENTIDO.

"Todas estas cosas me comprometo a observarlas fiel, sincera e INTEGRAMENTE, a guardarlas inviolablemente y a no apartarme jamás de ellas sea enseñando, sea de cualquier manera, por mis palabras y mis escritos...".

jueves, 23 de octubre de 2008

Los niños y la Eucariatía.


DECRETO “QUAM SINGULARI”


Sobre la edad de los niños para hacer su Primera Comunión


PP. San Pío X


El amor de Cristo a los niños

A través de las páginas del Evangelio se ve con toda claridad el amor muy singular que Cristo, durante su vida en la tierra, sentía por los niños. Estar entre ellos era su delicia; acostumbraba a imponer sobre ellos las manos; los abrazaba, los bendecía. Tomó a mal que los discípulos intentaran apartarlos de El, y les reprendió duramente diciéndoles: Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo prohibáis; de ellos es el reino de Dios (1). Hasta qué punto apreciaba su inocencia y el candor de sus almas, quedó bien expresado cuando, llamando a un niño, dijo a los discípulos: En verdad os digo, que si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Quienquiera que se hace pequeño como este niño, ése es mayor en el reino de los cielos. El que recibiera a un niño así en mi nombre, a mí me recibe (2).

Los niños y la Comunión eucarística

Recordando esto, la Iglesia Católica, ya desde sus mismos comienzos, puso buen cuidado en acercar los niños a Cristo en la Comunión eucarística, incluso era costumbre administrar la comunión a los lactantes. Esto se llevaba a cabo, como se manda en casi todos los rituales anteriores al siglo XIII, en el momento del bautismo, y esta costumbre siguió vigente hasta tiempos posteriores en algunos lugares; entre los Griegos y los Orientales todavía subsiste. Para evitar el riesgo de que los lactantes devolviesen el Pan consagrado, se hizo habitual la costumbre de administrarles la Eucaristía sólo bajo la especie de vino.
Pero no sólo en el bautismo se alimentaba a los niños con el alimento divino, sino también después y con frecuencia. En algunas Iglesias hubo la costumbre de dar la Eucaristía a los niños inmediatamente después de comulgar el clero; y en otros lugares, después de la Comunión de los adultos, se daba a los niños los fragmentos sobrantes.

El uso de razón y la Comunión

Más tarde, esta costumbre desapareció en la Iglesia latina y los niños no eran admitidos a la Sagrada Mesa, si no poseían un comienzo de uso de razón y podían tener un cierto conocimiento del Santísimo Sacramento. Esta nueva disciplina, ya admitida por algunos Sínodos particulares, fue solemnemente confirmada por el Concilio IV de Letrán, del año 1215, en el célebre canon 21, que prescribe la Confesión y la Sagrada Comunión a los fieles que hayan llegado al uso de la razón: “Todos los fieles de uno y otro sexo, una vez llegados a la edad de la razón, deben por sí mismos confesar fielmente sus pecados al sacerdote, al menos una vez al año, y deben hacer todo lo posible por cumplir la penitencia que se les imponga y recibir con reverencia el Sacramento de la Eucaristía, al menos por Pascua, a no ser que el sacerdote, por alguna causa razonable, crea conveniente aplazar por algún tiempo la recepción del Sacramento.”
El Concilio de Trento (3), sin reprobar la antigua costumbre de administrar la Eucaristía a los niños antes del uso de razón, confirmó el Decreto del Concilio de Letrán y condenó a quienes opinasen en contra: “Si alguien negase que todos y cada uno de los fieles, al
llegar a la edad de la razón, están obligados a comulgar cada año, al menos por Pascua, según mandato de la Madre Iglesia, sea anatema” (4).
Por consiguiente, en virtud del citado y todavía vigente decreto del Laterano, los cristianos, en cuanto llegan a la edad de la discreción, están obligados a acercarse, al menos una vez al año, a los Sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía.

Errores y abusos

Pero, con el transcurso del tiempo, se han introducido no pocos errores y abusos deplorables al determinar cuál es la edad de la razón o de la discreción. Ha habido quienes han señalado una edad de la discreción para recibir el Sacramento de la Penitencia y otra diferente para el de la Eucaristía. Para la Penitencia creían que la edad de la discreción es aquella en la que puede distinguirse el bien del mal, y por tanto, en la que se puede pecar; para la Eucaristía, sin embargo, exigían una edad mas avanzada, en la que se puede tener un más pleno conocimiento de la fe y una preparación espiritual más madura. Así, según las diversas costumbres y las distintas opiniones, para recibir la Primera Comunión, en unos lugares se establece la edad de diez o de doce años, en otras la de catorce años o más, excluyendo de la Comunión Eucarística a los niños o los adolescentes menores de esa edad.
Esta costumbre, con la que se pretende velar por el respeto del Santísimo Sacramento, apartando de él a los fieles, es origen de muchos males. Así, ha sucedido que la inocencia de los años infantiles, privada de poder abrazarse a Cristo, se ha visto ayuna de toda sustancia de vida interior; como consecuencia de ello, se ha dado lugar a que la juventud, sin esta ayuda eficaz y rodeada de tantas cosas malas, con el candor ya perdido, se encuentre de frente con los vicios antes de haber podido saborear los sagrados misterios. Y aunque de esta manera la Primera Comunión vaya precedida de una preparación atenta y de una cuidadosa Confesión -cosa que, de todos modos, no
en todas partes se hace-, siempre es lamentable la pérdida de la primera inocencia que, con la recepción más temprana de la Eucaristía, quizá se hubiera podido evitar.
Pero no es menos reprobable la costumbre que hay en algunos sitios, de impedir la Confesión sacramental, o negar la absolución, a los niños que todavía no están admitidos a la mesa eucarística. Esto conduce a que permanezcan entre los lazos del pecado, quizá grave, por largo tiempo y con gran peligro.
Y lo que es el colmo: en determinados lugares, a los niños a quienes no se ha permitido hacer la Primera Comunión, ni siquiera en el momento de la muerte se les administra el Santo Viático; así, enterrados como párvulos, no se les ayuda con los sufragios de la Iglesia.

Son restos de jansenismo

Estos son los daños que ocasionan quienes se empeñan en que la Primera Comunión vaya precedida de una preparación fuera de lo ordinario, quizá sin darse cuenta de que precauciones tan exageradas están cerca de los errores jansenistas, los cuales afirman que la Sagrada Eucaristía es un premio y no una ayuda para la fragilidad humana. La opinión del Concilio de Trento es totalmente opuesta, cuando enseña que la Eucaristía es “un antídoto por el que nos vemos libres de nuestras culpas diarias y que nos preserva de los pecados mortales” (5); la Sagrada Congregación del Concilio ha insistido recientemente en esta doctrina, con un Decreto del 26 de diciembre de 1905, por el cual se estimula a la Comunión diaria a todos, mayores y pequeños, con sólo dos condiciones: el estado de gracia y la rectitud de intención.
No se ve justificación alguna para que, si antiguamente se daba a los niños, incluso a los niños de pecho, los fragmentos que sobraban de las sagradas especies, hoy se deba exigir una preparación extraordinaria a los niños que todavía están en el primer candor y en el felicísimo estado de inocencia, y que, por causa de tantos peligros como hay en esta vida, necesitan mucho de ese místico alimento.

Edad adecuada para la Comunión

Estos abusos que reprendemos traen su origen en que no determinaron razonablemente y con acierto la edad de la discreción quienes señalaron una para la Penitencia y otra para la Eucaristía. El Concilio de Letrán exigió una misma edad para ambos Sacramentos, ya que impone la obligación conjunta de Confesar y Comulgar. Por lo tanto, puesto que para la Confesión se estima que la edad de la discreción es aquella en la que ya se distingue el bien del mal, es decir, la edad en la que ya se ha llegado a un cierto uso de la razón, también para la Comunión se ha de decir que la edad apropiada es aquella en la que se puede distinguir el Pan Eucarístico del pan ordinario, y que es la misma edad en la que el niño ya tiene uso de razón.
Y no de otro modo lo entendieron los principales Concilios, interpretando al de Letrán. Consta por la historia de la Iglesia que, ya desde el siglo XII, poco después del Concilio de Letrán, muchos concilios y decretos episcopales permitían la Primera Comunión a los niños de siete años. Tenemos además como testimonio de suma autoridad a Santo Tomás de Aquino, que dice: “Cuando los niños empiezan a tener un cierto uso de razón, de manera que pueden sentir devoción hacia este Sacramento (de la Eucaristía), ya se les puede dar” (6). Ledesma desarrolla esto así: “Digo, fundándome en un consenso unánime, que la Eucaristía se ha de dar a todos los que tienen uso de razón, aunque lleguen a ese uso de la razón precozmente; incluso en el caso de que un niño se dé cuenta de lo que hace sólo de modo confuso” (7). Esto mismo explica Vázquez con estas palabras: “Una vez que el niño ha llegado al uso de razón, queda ya obligado por derecho divino, y la Iglesia no puede en absoluto dispensarlo (8).

Lo mismo enseña San Antonino: “Cuando (el niño) es capaz de malicia, es decir, cuando puede pecar mortalmente, entonces le obliga el precepto de Confesión y, por consiguiente, de la Comunión” (9). El Concilio de Trento nos hace llegar a esta conclusión, cuando en la sesión XXI, cap. 4, recuerda: “los pequeños que no tienen uso de razón no están obligados a la Comunión Sacramental”, y señala como único motivo que no pueden pecar: “pues a esa edad no pueden perder la gracia de hijos de Dios que han recibido”. De ello, se deduce que la mente del Concilio es que los niños tienen necesidad y obligación de Comulgar cuando pueden perder la gracia por el pecado. Concuerdan con esto las palabras del Concilio Romano, celebrado bajo Benedicto XIII, indicando que la obligación de recibir la Eucaristía comienza “después que los niños y niñas llegan a la edad de la discreción, a la edad en que ya están en condiciones de distinguir este alimento sacramental, que no es otro que el cuerpo verdadero de Jesucristo, del pan común y profano, y saber acercarse a recibirlo con la debida piedad y devoción” (10). Y el Catecismo Romano dice: “nadie puede determinar mejor la edad en la que se puede dar a los niños los sagrados misterios, que sus padres y el sacerdote con quien confiesan sus pecados. A ellos, pues, corresponde examinar y averiguar por los mismos niños, si han alcanzado ya un cierto conocimiento de este admirable Sacramento y si saben ya gustarlo” (11).
De todo lo expuesto, se deduce que la edad de la discreción, para recibir la comunión, es aquella en la que el niño sabe distinguir el pan eucarístico del pan común y material, de manera que pueda acercarse al altar con devoción. Por consiguiente, no se requiere un perfecto conocimiento de las cosas de la Fe, pues bastan unos ciertos rudimentos, o sea, un cierto conocimiento; y tampoco se necesita un pleno uso de razón, pues es suficiente que ese uso esté en sus comienzos, es decir, un cierto uso de razón. Por todo ello, aplazar la Comunión y establecer una edad más madura para recibirla es absolutamente reprobable, y la Sede Apostólica lo ha condenado repetidas veces. Así el Papa Pío IX, de feliz memoria, en la carta del Cardenal Antonelli a los Obispos de Francia, de fecha 12 de marzo de 1866, reprobó duramente la costumbre incipiente en algunas diócesis de retrasar la Primera Comunión hasta una edad más madura y fija. Y la Sagrada Congregación del Concilio, con fecha 15 de marzo de 1851, rectificó un capítulo del Concilio de Ruán, por el que se prohibía la Comunión a los niños menores de doce años. El mismo criterio siguió la Sagrada Congregación para la disciplina de los Sacramentos, el 25 de marzo de 1910, en la causa de Estrasburgo, en la que se trataba de si se podía dar la Sagrada Comunión a los niños de doce o a los de catorce años: “los niños y las niñas, una vez que han llegado a la edad de la discreción o del uso de razón, pueden acercarse a la sagrada mesa.”

Normas que se han de aplicar

Ponderado serenamente todo lo expuesto, esta Sagrada Congregación para la disciplina de los Sacramentos, en la Congregación General habida el día 15 de julio de 1910, ha considerado oportuno determinar, para que se observen en todas partes, las siguientes normas acerca de la Primera Comunión de los niños, con el fin de evitar los mencionados abusos, y para que los niños se acerquen a Jesucristo, vivan de Su vida y tengan defensa contra los peligros de la corrupción.
I. La edad de la discreción, tanto para la Confesión como para la Sagrada Comunión, es aquella en la que el niño empieza a razonar, o sea, hacia los siete años más o menos. En esa edad comienza la obligación de cumplir con los preceptos de la Confesión y de la Comunión.
II. No se necesita un pleno y perfecto conocimiento de la doctrina cristiana para la Primera Confesión y para la Primera Comunión. Más adelante el niño deberá ir aprendiendo gradualmente el Catecismo, en la medida de su inteligencia.
III. El conocimiento de la religión que se requiere, en el
niño, para que se prepare adecuadamente a la Primera Comunión, es el que le permita, según su capacidad, percibir los misterios de la fe necesarios con necesidad de medio, y que pueda distinguir entre el pan eucarístico y el pan común y corporal, de manera que se acerque a la Sagrada Eucaristía con la devoción que su edad le permita.
IV. La obligación del precepto de Confesar y Comulgar que grava a los niños, pesa de modo principal sobre quienes los tienen a su cuidado, es decir, los padres, el confesor, los maestros y el párroco. Corresponde al padre -o a quienes hacen sus veces- y al confesor según indica el Catecismo Romano, determinar cuándo el niño puede hacer la Primera Comunión.
V. Una o más veces al año, deben procurar los Párrocos que se celebre una Comunión general para los niños; se han de reunir para ella, no sólo a los que comulgan por primera vez, sino también a otros que a juicio de sus padres o del confesor, como se ha dicho, ya hicieron la Primera Comunión. Para unos y otros conviene que haya previamente algunos días de instrucción y preparación.
VI. Quienes tienen a su cargo a los niños deben procurar con todo empeño, que, después de la Primera Comunión, se acerquen con frecuencia a la Sagrada mesa y, si fuera posible, incluso, diariamente, como es el deseo de Jesucristo y de la Santa Madre Iglesia, y que lo hagan con la devoción que a esa edad se tiene. Recuerden también quienes tienen esa responsabilidad el gravísimo deber que pesa sobre ellos de procurar que los niños asistan a la catequesis, o por lo menos de proporcionarles de otro modo la instrucción religiosa.
VII. Es absolutamente reprobable la costumbre de no recibir en confesión a los niños, o de no darles la absolución, cuando ya han llegado al uso de razón. Por consiguiente, los Ordinarios, además de los medios que el derecho les confiere, deben procurar que esa costumbre desaparezca totalmente.
VIII. Es absolutamente detestable el abuso de no administrar el Viático y la Extremaunción a los niños que tienen uso de razón, y de enterrarlos con el rito de los párvulos. Los Ordinarios deberán amonestar severamente a quienes no abandonen esa costumbre.


Nuestro Santísimo Padre, el Papa Pío X, aprobó, en la
audiencia concedida el día 7 del mes corriente, estas propuestas de los Cardenales de esta Congregación, y ordenó que se promulgara y publicara este Decreto. Mandó a todos los Ordinarios que lo diesen a conocer no sólo a los párrocos y al clero, sino también a todo el pueblo, a quien le será leído en lengua vernácula cada año, durante el tiempo del precepto pascual. Y también deberán los Ordinarios, puntualmente cada cinco años, entre los demás asuntos de la diócesis, dar cuenta a la Santa Sede del cumplimiento de este Decreto.

Queda derogada cualquier disposición contraria.

Dado en Roma, en el Palacio de la misma Sagrada Congregación, el 8 de agosto de 1910.

D. CARD FERRATA, Praefectus

Ph. Giustini, a secretis

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NOTAS

(1) Mc 10, 13.14.16.
(2) Mt 18, 3.4.5.

(3) Sesión XXI, de Communione, c. 4.

(4) Sesión XIII, de Eucharistia, c. 8, can. 9.

(5) Sesión XIII, de Eucharistia, c. 2

.(6) Summa Theologiae, III, q. 80, a. 9, ad. 3.
(7) In S. Thoma, III, q. 80, a. 9, dub. 6.
(8) In S. Thoma, III, disp. 214, c. 4, n. 43.

(9) P. III, tit. 14, c. 2, 5.
(10) Istruzione per quei che debbono la prima volta ammettersi alla S. Comunione. Append. XXX, p. 11.
(11) P., II, De Sacr. Euchar., n. 63.

miércoles, 13 de agosto de 2008

EL SIGNIFICADO DE LA CANONIZACIÓN DE PÍO X

A los cuarenta años de su muerte, Pío X acaba de ser canonizado. Todavía están presentes en el escenario del mundo, muchos que fueran testigos del fuego ardiente de su fe y de su caridad. Pío X fue un santo. Y el secreto de su santidad fue la Fe. "Nada había más natural a sus ojos que lo sobrenatural. Creía como respiraba, porque de tal suerte Dios le era sensible. El mundo de la Fe le era familiar, y se movía en él con comodidad, mientras que el mundo, así solo, donde iba a vivir y actuar debía permanecerle extraño, o al menos le parecía tal, porque la fealdad de sus pensamientos y de sus costumbres horribles le repugnaban. No se mezclará en él sino forzado a la lucha contra los enemigos declarados de la Iglesia y contra los adversarios emboscados del Dogma, en que las antenas sobre-naturales de su Fe intrépida captarán las inspira dones divinas para dictarle decisiones humanamente sorprendentes, imprevistas, pero poderosamente fecundas". (1)

Porque Pío X se movía en el mundo de la Fe, podía estimar en su justo valor el estado del mun do y medir la gravedad de los errores que le ame­nazaban. De aquí el significado de sus reprobaciones contra desvaríos espirituales que han determinado el estado calamitoso en que se encuentra hoy el mundo.

Tres son estos desvaríos. El primero lo constituye la guerra contra los derechos imprescriptibles de la Iglesia, llevada a cabo particularmente en Francia por el gobierno masónico de Combes. Frente a un gobierno, empeñado en crear una Iglesia y un episcopado " nacional " , Pío X se yergue como un gigante en toda la majestad de su soberana autoridad y pro­nuncia el non possumus. El gobierno rompe relaciones con la Iglesia, se incauta de sus bienes, prohíbe todo acto de culto en las escuelas, en el ejército y en todos los establecimientos públicos y niega en absoluto el derecho de enseñar a las congregaciones religiosas. Pío X, en su encíclica VEHEMENTER del 11 de febrero de 1907 reprueba y condena la ley votada en Francia de separación de la Iglesia y del Estado. "En consecuencia, dice allí, Nos protestamos solemnemente con todas nuestras fuerzas contra la proposición, contra el voto y contra la promulgación de esta ley, declarando que nunca podrá ser ella alegada contra los derechos imprescriptibles de la Iglesia para debilitarlos."

Más peligrosa que la acción de los enemigos de fuera lo es siempre la de los enemigos de dentro. Pío X va a proceder con toda energía para conjurar el mal, tan frecuente entonces como ahora en los medios católicos, de acomodar la doctrina y la ac­ción social-política a los requerimientos del siglo.

Las corrientes subjetivistas, inmanentistas y evo­lucionistas que inficionaban la mentalidad moderna se infiltraban en los ambientes intelectuales católicos determinando en exégesis, historia de los dog-mas y de la Iglesia, filosofía y teología una nueva interpretación del cristianismo que, en la realidad de los hechos, lo alteraba fundamentalmente, y, con ello, lo destruía. Contra ese segundo desvarío espi­ritual, conocido con el nombre de modernismo, Pío X pronuncia sentencia de condenación en el decreto "Lamentabili" del 17 de julio de 1907, y más particularmente en la encíclica PASCENDI, del 7 de setiembre del mismo año, en la que lo califica como "colección de todas las herejías".

La adaptación al espíritu moderno determinaba en el plano social-político errores no menos peligro­sos que podríamos denominar demoliberales. Ha­ciendo del pueblo la fuente de la autoridad pública, Marc Sangnier y su equipo del 'Sillon buscaba un ordenamiento social-político fundado en la nivela­ción de clases, soñando así cambiar las bases natu­rales y tradicionales de la sociedad para edificar la sociedad del futuro sobre otros principios que serían más fecundos y bienhechores que aquellos sobre los que reposa la sociedad cristiana actual. Contra este tercer desvarío espiritual, mezcla de liberalismo y socialismo, Pío X enseña de manera categórica " No, Venerables Hermanos —preciso es recordarlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores—, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la ciudad nueva por edificar en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos natu­rales y divinos contra los ataques, siempre renova­dos, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: omnia instaurare in Christo". (2)

Pero Pío X comprendió que de nada valían estas condenaciones de los documentos públicos si la conducción diaria de los asuntos de la Iglesia no estaba en manos de hombres verdaderamente de Dios. Por esto llamó junto a sí, para que compartiera el gobierno de la Iglesia en la secretaría de Estado, al Cardenal Merry del Val. Pero no es esto todo. Un prelado romano, muy discutido y atacado, Mons. Benigni, fundó con la aprobación expresa de Pío X el Sodalitium Pianum, o Sapiniére, en abreviatura S.P., para descubrir las infiltraciones moder­nistas y demoliberales dentro de la Iglesia y, con ello, mantener la pureza e integridad de la verdad católica en el plano del pensamiento y de la acción.

Pío X ha sido violentamente atacado por la firmeza de sus directivas espirituales. Y cuando, en razón de la santidad notoria de su vida, no se han atrevido a atacarlo a él directamente, lo han con­siderado "un santo cura de campaña" y se han en­sañado, en cambio, con el Cardenal Merry del Val y con Mons. Benigni. Una de las objeciones, en apariencia más sólidas, que se ha levantado con­tra la santidad del Pontífice en el proceso de su canonización, la han constituido precisamente las actividades del ilustre Cardenal y de Mons. Benigni.

Pero, en vano, como lo manifestó Pío XII, en el discurso que pronunció el 3 de junio de 1951 en la Plaza de San Pedro, en ocasión de la beatificación del gran Pontífice. " Ahora, dijo entonces, que el examen más minucioso ha descubierto a fondo to­dos los actos y las vicisitudes de su pontificado, ahora que se conocen las consecuencias de aquellas vicisitudes, ninguna duda, ninguna reserva es ya po­sible, y se debe reconocer que, aun en los períodos más difíciles, más ásperos, más graves y de más res­ponsabilidad, Pío X, asistido por la gran alma de su fidelísimo secretario de Estado, el Cardenal Merry del Val, dio prueba de aquella iluminada prudencia que nunca falta en los santos, aunque en sus apli­caciones se encuentre en contraste doloroso, pero inevitable, con los engañosos postulados de la pru­dencia humana y puramente terrestre". (3)

Pero hay todavía más. Pío XII no se ha contentado con defender a Pío X y a sus ilustres colaboradores. Ha hecho el elogio positivo de sus cualidades extraordinarias. "Con su mirada de águila, más pers­picaz y más segura que la corta vista de miopes razonadores, veía el mundo tal como era, veía la misión de la Iglesia en el mundo, veía con ojos de santo Pastor cuál era su deber en el seno de una sociedad descristianizada, de una cristiandad con­taminada, o, al menos, acechada por los errores de la época y por la perversión del siglo."

"La mirada de águila" de Pío X vio claro asimismo en el asunto de l'Action Française y de Charles Mau­rras. Cierto que la incredulidad religiosa de Mau­rras, que había perdido la fe en su juventud, ha alcanzado un grado de sacrílega impiedad y de blasfemia en obras como Anthinea y Le chemin de Pa­radis. Pero el programa de acción política contra el demoliberalismo de la Revolución, forjado por Maurras, ofrecía garantías para una firme restauración social-política en la línea católica. Su Action Française era, en el plano político, una defensa de la Iglesia contra la Revolución. A Camille Bellaigue, que pedía una bendición para Maurras, le respondió Pío X: "¡Nuestra bendición! ¡Pero todas nuestras bendiciones! Y decidle que es buen defensor de la Fe". (4)

Creemos conveniente recordar estos hechos para descubrir el significado completo de la canonización de Pío X, en este año de 1954. Los errores que él condenó y anatematizó con energía desusada se en­cuentran hoy, para mal de Francia y del mundo, en pleno apogeo. Laicismo de Estado, debilitamiento de la doctrina católica, infiltración del marxismo. De modo particular estos errores han hecho presa de Francia y aun de Italia. Los acontecimientos últimos producidos en el sector católico de estos dos países los ponen en evidencia.

Pero, felizmente, estos errores al desarrollarse y mostrar sus perversas virtualidades han puesto en guardia a muchos hombres todavía responsables y ello ha de determinar que los pueblos busquen la solución de sus problemas en el caminó señalado por el gran Pontífice. Santidad de vida e integridad de doctrina, recta concepción del ordenamiento econó­mico-político de la ciudad, prudentes pero progre­sivas y efectivas reformas que eliminen las injusti­cias sociales, son tres condiciones inseparables para restaurar la ciudad católica. Desgraciadamente en nuestro tiempo se ha confundido, de manera inex­tricable, reforma de las injusticias con izquierdismo económico-político y se ha querido bautizar esa confusión con un sentimentalismo evangélico, sucedáneo de la caridad. El mérito excepcional de San Pío X consiste precisamente en que, siendo él un luminar ardiente de auténtica caridad, ha estable­cido las condiciones para que, sin confusión, se ad­judicasen las justas partes que se deben a la verdad y a la justicia.

Finalmente, la canonización del Papa que conde­nó el modernismo y el demoliberalismo en el mismo año en que su sucesor Pío XII toma enérgicas me­didas contra el modernismo de teólogos franceses y contra el socialismo de los prêtres-ouvriers, es signo de feliz presagio para la noble nación fran­cesa. Los que amamos a Francia, a la Francia de San Luis y de Juana de Arco, creemos que han de encontrar cumplimiento las palabras que Pío X pronunció en el Consistorio del 29 de noviembre de 1911.

Dijo el Santo Pontífice: "Hijos de Francia que gemís bajo la persecución, sabedlo, el pueblo que ha hecho alianza con Clodoveo en las fuentes bau­tismales de Reims, se arrepentirá y volverá a su primera vocación. Un día vendrá, y Nos esperamos que no sea lejano, en que Francia, como Saulo sobre el camino de Damasco, será envuelta con una luz celeste y oirá una voz que le repetirá: «Hija mía, ¿por qué me persigues?». Y sobre su respuesta: «¿quién eres tú, señor?» la voz replicará: «Yo soy Jesús a quien tú persigues... Duro te es dar coces contra el aguijón, porque en tu obstinación tú te reniegas a ti misma». Ella, temblando, sorprendida, dirá: «Señor, ¿qué queréis que haga?» y Él: «Levántate, lávate de las manchas que te han desfigu­rado, despierta en tu seno los sentimientos dormidos y el pacto de nuestra alianza, y anda, Hija muy amada de la Iglesia, Nación predestinada, Vaso de elección, anda a llevar, como en el pasado, mi Nombre delante de los pueblos y de todos los reyes de la tierra»".

R. P. Julio Meinvielle, “ DIÁLOGO ” Nº 1, Primavera 1954.
Notas:

(1)
T. R. P. Gillet, Appel au bon sens.
(2) Notre chame apostolique, del 25 de agosto de 1910.
(3) Ecclesia de Madrid, 9 de junio de 1951.
(4) HARY MITCHELL, Pie X et La France, Les Editions du Cèdre, Paris , 1954.