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lunes, 3 de agosto de 2009



Ideología y política: Poder Político


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A partir de Maquiavelo la política abandona su situación epistemológica en las ciencias prácticas -en el sentido propuesto por el pensamiento clásico y tradicional- y se convierte en una suerte de técnica cuyo propósito fundamental es lograr, conservar y explicar el poder en el sentido político del término. Por poco que hayamos meditado en la naturaleza de la ideología habremos comprendido que la orientación del espíritu moderno tiende inevitablemente a una construcción intelectual de esa especie en cuanto se dedica a pensar seriamente sobre el Estado.


¿Tuvo Maquiavelo una idea más o menos clara de lo que podía llegar a ser la ideología? Si buscamos en sus escritos la palabra o el desarrollo elaborado de una propuesta ideológica, no descubriremos nada; pero si observamos con alguna atención la idea del hombre propuesta por el sagaz secretario de la República de Florencia notaremos dos cosas que, a su debido tiempo, ingresarán como elementos necesarios en la realización de un plan ideológico. En primer lugar, una reducción de la naturaleza humana a sus motivaciones más simples y genéricas; en segundo lugar, un empleo sistemático del terror como recurso indispensable para que esa reducción se produzca de manera efectiva.


No podemos olvidar que Maquiavelo escribía para un príncipe, o para quien se sentía en condiciones de llegar a serlo, como probablemente le sucedía a él mismo. Hobbes, a su debido tiempo, construyó una explicación del universo con todos los atractivos de una ideología, porque a través de ella buscaba un adecuado modelo de gobierno que, trabajando sobre el temor y la inseguridad, fuera capaz de producir en los miembros de la nación inglesa la cohesión necesaria para evitar las duras contingencias de la guerra civil.


Tanto el florentino como el inglés ignoraban la necesidad de presentar esas ideas a las masas para que ellas participaran activamente en su realización. Vivían en sendos pueblos tradicionales, donde el poder era ejercido por los notables, y sólo en situaciones muy particulares intervenía el común de los ciudadanos libres. En verdad, la primera expresión relativamente extensa de la ideología -el liberalismo- más que a las masas tuvo por destinatario al librepensador, al burgués liberado, al hombre de cabeza fuerte capaz de labrar su destino fuera de los marcos comunitarios de la sociedad tradicional.


Si admitimos la connivencia y, aun más, la concurrencia sinérgica del poder y la ideología, descubriremos que el primer paso de su colaboración vital está dirigido a la destrucción de esos cuadros orgánicos tradicionales, para poder trabajar a sus anchas con un hombre totalmente liberado de las defensas creadas en una sociedad por una larga convivencia histórica: familias, corporaciones, regiones, nobleza, monarquía e Iglesia. En ese primer encuentro de la revolución ideológica contra el Antiguo Régimen, los hombres que se sentían liberados de todas esas presiones sociales buscaron con denuedo liberar también a los otros, con el deseo aparente de hacerles gozar los beneficios de esa libertad tan duramente conquistada. En el fondo del corazón sabían perfectamente que de este modo los entregaban desarmados en manos de aquellos que, para explotarlos, sabrían aprovechar sin escrúpulos la ausencia de organizaciones protectoras.


Se ha dicho hasta la saciedad, pero nunca es totalmente superfluo volver a repetirlo, que los esquemas explicativos suelen ser enemigos acérrimos de una buena comprensión de la realidad en su vasta complejidad fenoménica. Terminan por imponerse a la atención del estudioso, y desde ese preciso momento este último busca en la realidad lo que confirma su esquema, desdeñando todo cuanto puede oponérsele. Es una forma cómoda de entender, que acaricia la veta racionalista de nuestro entendimiento y nos ahorra el fatigoso camino de las dudas. De cualquier manera explicar es siempre usar un esquema, y por mucho que advirtamos las dificultades de los problemas históricos, no podremos evitar una cierta simplificación en cuanto emprendemos la faena de interpretarlos. Tantas veces como hemos tratado de dar cuenta y razón de la formación de la mentalidad moderna ha salido a nuestro encuentro algo que se nos impone con la fuerza de una causa principal. Esto es, la imposición de una preferencia valorativa en la conducción de los asuntos humanos debida a la acción predominante de ese hombre al que, por comodidad y para seguir la corriente de la tipificación, hemos llamado el burgués, cargando el acento en su índole economicista.


Sin entrar en las dificultades -largamente debatidas- con respecto al origen del espíritu capitalista y conociendo, sin pretensiones de especialista, que en materia de finanzas y contabilidad los florentinos dieron sus primeras lecciones a todo el mundo occidental, sabemos también que la reforma protestante vino como anillo al dedo para provocar la existencia de estos hombres fuertes, individualistas y desligados de toda imposición o atadura social. Estas sólidas cabezas, que solamente hanno perduto il ben dell’intelletto, confirmaron sus condiciones en el ejercicio solitario de la dura faena de hacer fortuna. En estos menesteres descubrieron también los inconvenientes de esos poderes personales constituidos por la nobleza y las monarquías, que mantenían al frente de los reinos una política de tradiciones, pactos familiares y liberalidad cortesana, en oposición a los principios de la economía lucrativa, mucho más interesada en producir riquezas que honores. Este nuevo hombre, en cuanto vio la posibilidad de alcanzar el poder político, tuvo que verla en términos liberales. Es decir, en términos que excluyeran como deficiencias obsoletas el sistema de los pactos personales fundados en la fidelidad y la lealtad, cambiándolo por otro basado en el equilibrio de los intereses económicos.


El burgués liberal es un individualista, y todo aquello que tiende -por naturaleza- a controlar y limitar su libertad de expansión económica es visto como una cortapisa y un impedimento para el desarrollo de los bienes materiales. Aspira a un dominio de la naturaleza que junto con el enriquecimiento traiga prosperidad y bienestar para todos. Aunque esta segunda parte del plan quedara un poco postergada por las deficiencias inherentes al poco ánimo de la gente en general, se debía luchar contra la inercia de costumbres anacrónicas pensadas en el contexto de otra sociedad: había que terminar con la ética del Calvario, propuesta para una finalidad salvífica de la vida humana que no tenía nada que ver con la conquista de la tierra.


La ideología -en este primer momento de su formación- responde inevitablemente a las exigencias temperamentales de un burgués individualista y fuerte, que reclama el plato del león en el banquete de la vida. Desgraciadamente cuando se vio en la necesidad de lanzar las masa contra las murallas y casamatas del Antiguo Régimen tuvo que prometerles, en términos de bienestar y “confort” individuales, posibilidades que no era fácil conseguir para todos. Por esa razón, al final de sus operaciones revolucionarias nace en las masas proletarias la sensación de no haber sido satisfechas en sus aspiraciones y de haber quedado definitivamente postergadas en las dulces francachelas prometidas. Mirabeau, que conocía muy bien el tenor de las promesas hechas a las “patotas”, reconoció que se había prometido más de lo que se podía dar.


Conviene reflexionar también que las llamadas masas proletarias son, efectivamente, masas, porque fueron previamente despojadas de sus cuadros y protecciones tradicionales y quedaron reducidas al ejercicio de una libertad que resultó, más que difícil, ilusoria.


La noción tradicional de pueblo, en el caso de nuestra civilización es imposible entenderla sin el adjetivo cristiano, que señala precisamente el vínculo sagrado que da fundamento espiritual y valor al orden social. El término pueblo adquiere, en el sistema interpretativo del liberalismo burgués, un nuevo contenido significativo. Ya no se tratadel pueblo cristiano sino de aquel grupo de personas que contribuyen a la organización política de un país mediante el pago de impuestos.


Si se trata de usar a los no contribuyentes para que colaboren en el ataque a las torres, se puede ejercer un cierto control sobre ellos manejando con prudencia a los agitadores profesionales y apelando, en circunstancias más difíciles, al soborno y al garrote. Este último medio de persuasión resulta peligroso por dos razones: porque crea un resentimiento, que puede llegar al estallido, o porque forja la posibilidad de una nueva clase dirigente que comienza a medir sus aptitudes de acuerdo a un nuevo patrón, distinto al de la sociedad burguesa. Cuando el estallido es contenido por los convencionales medios policiales y represivos, la burguesía puede seguir su camino con toda felicidad, pero si nace una generación que se siente convocada a organizar la vida del Estado por encima de los intereses del dinero, nos encontramos frente a la tentación que las costumbres semánticas de nuestro tiempo han llamado fascista.


Medido con la vara del sistema burgués el socialismo marxista constituye una variedad particularmente poco exitosa de su propia concepción del mundo, mientras el fascismo -con sus marcadas diferencias nacionales- es el enemigo por antonomasia, aquel que contraría en su raíz el hedonismo fundamental de la burguesía y sueña con devolver al hombre algunas de aquellas solidaridades naturales que la revolución destruyó.


El papel de la ideología es formar al hombre masa, dotándolo con una explicación del universo que favorezca el desborde de sus apetencias genéricas: hambre, sexo, poder, ostentación y, al mismo tiempo, búsqueda de la seguridad. Todo esto tiene que crecer en un ámbito de apariencia libre, pero efectivamente controlado por aquellos medios técnicos que sirven para condicionar las mentes y movilizar los impulsos.


Los que observan las desventuras del pueblo ruso sometido al manejo discrecional del Partido Comunista ven su marcado contraste con la sociedad que ellos denominan libre. Sería absurdo negar la existencia de una contradicción fundamental entre una y otra forma de gobierno, pero si se examina el fondo de la espiritualidad que ha dado nacimiento a ambas sociedades, se advertirá la presencia de principios ideológicos comunes y de una intención de dominio por parte de la minoría dirigente, que es mucho más parecida de lo que uno quiere creer.


Cuando Bertrand de Jouvenel escribió sobre la dialéctica del poder vio a este como una suerte de entelequia que crecía en detrimento de las asociaciones intermedias, pero como si estuviera movido por una fuerza autónoma, propia, muy difícil de señalar ante los ojos del observador, y que se comportaba, en todo instante, como un ente de razón al margen de cualquier control o influencia con nombre y apellido determinado. Acepto muchas de las conclusiones de este agudo observador de los hechos históricos, pero considero que para comprender el ejercicio del poder político y su crecimiento desmesurado a partir de la edad moderna, se debe buscar la explicación en los criterios espirituales de los hombres que han prefijado su crecimiento hipertrófico. ¿La dialéctica del poder? Magnífico, pero ¿a quien favoreció esa dialéctica y quienes estuvieron interesados en hacerla funcionar a expensas de toda esa delicada red de comunidades?


Es probable que el propósito consciente de la burguesía, en la medida en que asumió la dirección del orden público, no fue cargar sobre sus hombros un poder que con el correr del tiempo terminaría pesando sobre sus propios negocios. Pero como debilitó la Iglesia, destruyó la monarquía, convirtió a la nobleza en un lujo insoportable y absurdo, destruyó los organismos defensivos de las clases populares, no tuvo más remedio que aumentar las prerrogativas del Estado para conservar en la sociedad un orden que favoreciera los negocios y diera al comercio internacional el apoyo de sus fuerzas militares y financieras.


Este poder es siempre una amenaza por la fuerza, la coherencia y la extensión de sus intromisiones. La ideología, tanto en su faz liberal y democrática como en su faz socialista y totalitaria, enseña su condición instrumental y procura usarlo para sus fines propios y evitar que ciertas formas jerárquicas de esa organización -como el ejército- impongan al resto de la sociedad un orden noble. Las democracias libres mantienen sus ejércitos, pero al mismo tiempo sostienen una propaganda anti-militar para desacreditar sus fuerzas y reducirlo a los límites de una suerte de policía internacional. Es fácil advertir el rasgo casi suicida de esta política. EE.UU., luego de algunos fracasos sonoros en los campos de batalla, ha vuelto sobre la necesidad de cultivar virtudes heroicas a pesar de los peligros que esto puede entrañar para la sobrevivencia del régimen democrático. Es un mundo lleno de contradicciones en donde la ideología y el poder se prestan mutuo apoyo y al mismo tiempo se niegan recíprocamente, por lo que hay en uno y otro de contradictorio.


La sociedad norteamericana procura que las fuerzas sociales se distribuyan en distintas asociaciones de influencia, para formar con ellas otros tantos puntos de presión para ejercer control social fuera del Estado, pero en concurso con él. En Rusia la concentración estatal fue tan absoluta que las promesas ilusorias de la ideología se hacían cada día más lejanas y utópicas.


Esquema ideológico y visión de la historia


Muchas de las nociones que usa el hombre de la calle para exponer sus ideas sobre el tiempo histórico pertenecen al arsenal de las consignas ideológicas. Con eso queremos afirmar que no son ni religiosas, ni filosóficas, ni científicas, porque si bien la ideología incurre en estos tres campos del espíritu, difiere esencialmente de ellos por su naturaleza y por su finalidad.


La religión -institución creada por Dios para que el hombre lo conozca, lo ame y lo goce en la beatitud eterna- admite que el tiempo histórico tiene una ambivalencia fundamental: es tiempo para salvarse y tiempo para perderse. Fuera de esta opción religiosa carece de valor, porque en buena ley teológica el tiempo de los papanatas, imbéciles y distraídos es tiempo perdido. De manera que la carga negativa o positiva del tiempo depende de las respuestas que dé el hombre a la solicitud del Espíritu Santo, cualquiera sea la condición en que se encontrare. Los indiferentes, los necios y los incrédulos quizá se encuentren en el Limbo, pero así como no pesan en la historia, muy poco significan en la economía de la salvación.


La filosofía poco puede decir del acontecer histórico, y resultan bastante vanos los esfuerzos hechos por la razón para encontrar un sentido a ese diagrama que dibuja el hombre en el tiempo. Puede, no obstante, detenerse ante el ente histórico y señalar a la indagación las causas que lo constituyen: eficiencia, materia y formalidad, porque tanto el fin de la historia como su origen escapan a un conocimiento puramente racional.


La historia, como ente, es una cualidad de los actos humanos, y como tal carece de realidad sustantiva como para ser sujeto de una finalidad distinta a la del acto que califica. En otras palabras: hablar de un fin de la historia atribuyéndole propósitos y objetivos independientes de las inteligencias y voluntades particulares, es un abuso de lenguaje cuando no un modo que tiene la ideología de eludir la responsabilidad de ciertos actos, dejándola sobre los hombros de esa entelequia mística que recibe el nombre de Historia. La mayúscula es un recurso tipográfico que sirve a los ideólogos para señalar su inflación.


La ciencia histórica tiene su campo propio en los hechos del pasado y tal vez en algunos vaticinios prospectivos que se suponen fundados en tales hechos. No obstante, conviene recordar que la buena observación de los acontecimientos pretéritos no autoriza al historiador a tales incursiones en el futuro, y si lo hace, se sale de los límites de una verificación científica. La posibilidad de un porvenir mejor o peor se diluye en una opción temperamental, pero no es una conclusión científica.


Podemos admitir que en el curso del tiempo ciertas actividades humanas progresan como una consecuencia lógica de la acumulación de esfuerzos y experiencias entre una generación y otra, pero no se puede negar que existen también retrocesos, y éstos son tan evidentes como aquéllos, aunque no entren como ingredientes explicativos en la idea de un progreso indefinido.


Bien examinada la idea del progreso -en el sentido en que la usó el iluminismo- puede ser una idea de origen religioso, pero el alimento que sustenta y mantiene su vigencia es extraído de la biología o por lo menos de aquellas especulaciones que los prejuicios ideológicos han sugerido a los biólogos. No es una novedad para nadie que las experiencias realizadas en el terreno de las alteraciones de una especie son, en la mayoría de los casos, degenerativas. Pero los ideólogos, como los revolucionarios, no aceptan jamás la lección de los hechos, y pareciera que sus utopías se robustecen en la misma medida en que la realidad se empeña en negarlas. La voz de orden de la ideología es mantener la ficción de un movimiento biológico progresivo, que explique el paso del animal al hombre y luego del hombre antiguo al moderno, por una serie sucesiva de saltos cualitativos capaces de confirmar nuestro orgullo en el valor perfectivo de nuestras organizaciones sociales.


Con la idea de progreso como centro, la ideología ha presentado un esquema de la evolución histórica que favorece sus planes de dominación mundial y presenta sus triunfos como los momentos de un proceso ascensional que, partiendo de los abismos de la animalidad, culmina en los paraísos socialistas o en la sociedad organizada para el consumo masivo. De cualquier manera se trata de un esquema sin fundamento religioso, ni filosófico, ni científico, pero que sirve para que el hombre forjado en su sistema eluda el encuentro con Dios, con la realidad del verdadero mundo y consigo mismo, y reduzca así su ámbito existencial a un manojo de exigencias hábilmente motivadas por la propaganda.


En esta perspectiva las diferentes formas políticas conocidas por la historia son presentadas como las fases de un movimiento de liberación en el que las masas, cada día más conscientes de sus derechos, son convocadas a participar progresivamente en el gobierno. Como la ideología dispone de los medios de comunicación masiva, los verdaderos conocimientos históricos no llegan al público, que se forma bajo la influencia de esta sistemática deformación del pasado.


A partir de la Revolución Francesa el esquema progresista toma el impulso de una incontenible fuerza espiritual, cuya consecuencia más inmediata e importante es apartar al hombre de aquellos fines para los que fue hecho por su Creador. Por su acción cada día más dominante en los programas educativos de los gobiernos revolucionarios, forja la mente del ciudadano común con tanta violencia, que se requiere algo más que la posesión de una mente común para poder romper los grilletes del sistema y respirar el aire de la verdad, tan hábil y tenazmente camuflada. Felizmente esas inteligencias todavía existen, y llega un momento en que descubren con asombro el carácter deformador de una visión histórica elaborada para engañar y reducir. Pensamos en Augusto Comte, en Taine y en Renan, para no designar nada más que a tres representantes del positivismo científico que un día descubrieron que todo cuanto había sido dicho del antiguo régimen francés reposaba en un mito y en una falsa noción de libertad que no podía ocultar, ante los ojos de quien quisiera verlo, sus propósitos tiránicos.


Los hombres formados en la tradición religiosa, y capaces de pensar los hechos históricos a la luz de la verdad revelada, nunca se engañaron sobre el carácter satánico de la revolución ni sobre la falacia de sus postulados. Las obras de De Maistre, de De Bonald, de Donoso Cortés o de Vázquez de Mella señalan con meridiana claridad esta trayectoria de decadencia que abre, ante sus ojos, ese reinado de la mentira y la negación que la visión profética de San Juan llama el reino del Anti-Cristo.


Proveniente de un mundo y de una formación intelectual muy distinta a la nuestra, René Guénon no era menos formal ni terminante en su diagnóstico del tiempo moderno cuando en un libro destinado a destacar su crisis escribía:


“Parece que un detenimiento a la mitad del camino no es posible y que, de acuerdo con todas las indicaciones provistas por las doctrinas tradicionales, hemos entrado efectivamente en la fase final del «Kali Yuga», en el período más sombrío de esta época oscura, de este estado de disolución del que no es posible salir sino por un cataclismo” (Guénon, R. “La Crise du Monde Moderne”; Gallimard, París 1946, p. 32).


Es curioso observar de qué manera los grandes ingenios coinciden en sus juicios sobre nuestro tiempo, aunque partan de diferentes puntos de mira y aprecien la situación de un modo diametralmente opuesto. A nadie se le ocurriría pensar que una aproximación entre Augusto Comte y Guénon fuera intelectualmente fructífera. No obstante, si observamos el esquema histórico que propone Comte para apreciar la evolución de las ciencias, veremos que es exactamente el mismo de Guénon, pero con una valoración contraria. Donde Comte ve un progreso: el paso del estado teológico al positivo por la mediación de una fase metafísica, Guénon observa un decidido retroceso, como si el abandono de los principios tradicionales en la constitución de la ciencia fuera una caída fatal en la observación de detalles sin ninguna importancia sapiencial a pesar de su interés práctico.


Cuando Comte se propuso valorar la evolución histórica de las ciencias y se detuvo en eso que llamó “el estado teológico del saber”, estaba tan poseído por el esquema progresista que no tuvo ninguna vacilación en calificarlo como un período infantil de la conciencia humana. Guénon diría que Augusto Comte estaba totalmente dominado por el punto de mira profano “que no es otra cosa que el punto de mira de la ignorancia” (Ibid., p. 87).


Sin la pretensión de terciar en este diálogo imposible diré, para ubicar mi propio punto de mira, que Comte hizo un esquema del conocimiento científico que coincidía exactamente con el de los prejuicios ideológicos de su tiempo, y si su sistema no fue apreciado con el mismo calor con que lo fueron otros de menor valor, es porque sentía por las ciencias positivas y sus respectivos métodos una estima demasiado grande y pretendía extraer de ellas enseñanzas y conclusiones que contrariaban el principio democrático de la ideología. Sus verdaderos continuadores son hoy los que militan en los laboratorios de la biosociología y fundan en la herencia genética los presupuestos de las desigualdades sociales.


Abandonemos por el momento a estos dos pensadores y observemos un instante ese problema de la “liberación” que emerge como un desideratum del esquema ideológico y que, sin lugar a dudas, fue considerado por la sabiduría tradicional bajo la luz teológica del misterio de la salvación. En buena teología la salvación es un asunto que afecta personalmente al hombre en su relación con Dios. Será siempre el resultado de una respuesta fecunda que da cada hombre a las instigaciones de la gracia santificante. La tradición nunca lo pensó en términos colectivos ni enseñó que los hombres podían salvarse por diócesis o colegios parroquiales, lo cual no quería decir que, en su última instancia, la salvación fuera una cuestión a resolver por la conciencia aislada.


No. Esa fue la conclusión protestante de inspiración individualista y burguesa. El misterio de la salvación estaba ligado a la Iglesia Católica y a la transmisión de una doctrina teórico-práctica que pasaba, necesariamente, por la aceptación de un magisterio espiritual y de una experiencia sacramental necesariamente comunitaria. Al romper el carácter social del sistema religioso el protestantismo, bajo el pretexto de salvar la libertad del individuo, la desligó de sus raíces sobrenaturales y la redujo a un aislamiento religioso infecundo que traería, como necesaria consecuencia, una laicización cada día más fuerte y decidida de su vocación existencial.


Es indudable que una auténtica liberación se da en pocas personas, y en un mundo sojuzgado por la propaganda se hace cada día más difícil escapar a las solicitudes publicitarias y crear las bases de una personalidad intelectual autónoma. Cuando se examina con cierto cuidado el problema de la relación entre ideología, historia y sociedad de masas, aparecen dos aspectos de la cuestión, claramente discernibles: la existencia de una minoría subrepticia, oculta, que dirige el proceso entre las bambalinas de gobiernos anónimos, y la multitud formada por la propaganda y los medios masivos de comunicación social. Esta muchedumbre ha dejado de ser pueblo en el sentido tradicional del término y se ha convertido en una masa con todas las estratificaciones inherentes a la mayor o menor posesión de medios para consumir.


Algo hemos dicho de la diferencia entre pueblo y masa, pero nunca resulta excesivo un análisis cuando permite ver los numerosos matices de diversificación que entran en la apreciación de una y otra entidad. El pueblo, a diferencia del público de masas, es un todo orgánico formado en un proceso histórico natural en el que se constituyen sus minorías dirigentes en las distintas actividades del espíritu. Estas minorías son reconocidas en sus funciones por las mayorías, que reciben de ellas directivas y orientaciones para participar, jerárquicamente, en los beneficios de la cultura.


En este sentido, el más alto de los saberes -como es la teología- puede ser al mismo tiempo divinamente axiomático y popular. El contenido de sus principios es el mismo en el teólogo egregio como en el simple creyente, aunque la hondura reflexiva entre uno y otro sea muy distinta. Por supuesto que las exigencias religiosas también son las mismas e idénticas las obligaciones morales fundamentales.


El público masivo no tiene jerarquías, y por esta razón el conocimiento elaborado para su consumo no pasa por los coladores de una recepción inteligente. Aderezados para el alimento común, entran directamente al torrente circulatorio del público, que asume la responsabilidad de esa pseudo ciencia sin conocer la existencia de mejores intérpretes. Junto con su formación ha recibido de sus dirigentes anónimos la seguridad absoluta de que es él, el hombre masa, el único destinatario del conocimiento y el llamado a una promoción, cada día más luminosa, de la conciencia humana.


Observemos nuevamente este fenómeno y tratemos de comprenderlo sin los prejuicios que una visión deformada de la realidad puedan arrojar sobre él. En un pueblo histórico la gente común tiene su sabiduría: puede hallarse en los refranes, en las sentencias y hasta en los modismos del habla popular. Esta sabiduría tiene su origen en cabales experiencias de la vida, y ha llegado hasta los más modestos en las sucesivas decantaciones que suponen el sacerdote, el vate o el simple cantor de romerías. El campesino corriente, por mucho que confíe en su propia sagacidad, sabe que existen en la sociedad hombres que conocen ciertos asuntos mejor que él, y que pueden ser sus mentores y sus guías en todos los casos que precisan un asesoramiento superior. En una palabra: aunque no puede decirlo de un modo muy preciso, tiene la impresión que el progreso de la conciencia es una cuestión de capacidad, de cultivo personal, de virtud egregia, y no algo que es dado al común como resultado de una premonición colectiva.


No soy partidario de usar a troche y moche ciertos términos que pertenecen al vocabulario teológico, y que la gente suele interpretar sin grandes miramientos. Decir que la ideología es satánica puede parecer una frase de sermón dominical y no un juicio deliberadamente escogido para señalar con toda precisión una catadura. Pero si algo significa esa disonancia fundamental que la Tradición atribuye al Príncipe de este Mundo, es su indudable ingenio para la deformación, la caricatura y el pastiche grotesco. Si estas características no estuvieran escritas con todas sus letras en la naturaleza misma de esa mentira que es la ideología, la frase sería simplemente una locución homilética. El carácter satánico de la ideología reside en esa doble falsedad que supone una deformación sapiencial, dirigida a un hombre previamente desnaturalizado por la publicidad. La ideología es el opio de las masas, de ese hombre convencido de que no hay nada por encima de él, de su tremenda insignificancia. Por lo tanto, el saber que se puede tener sobre la realidad y la realidad misma tendrán que ajustarse al modelo ideológico y abandonar todo cuanto no entre en los límites de sus fronteras artificiales.


Publicidad y política


Sería un poco necio suponer que, tanto el fenómeno de las masas como el de los medios para promover su ascenso, son invenciones que han surgido totalmente armadas de la cabeza de los agentes comerciales y sin ningún antecedente en épocas anteriores. Lo que es nuevo es el carácter insidioso, constante y deformador de estas preferencias. Las antiguas prioridades tenían su boato, su ostentación, para mantener prestigios y aparecer ante la gente rodeados de una majestad que no siempre respondía a las condiciones personales del representante de la autoridad. Pero estas manifestaciones eran reclamadas por el pueblo y nadie se engañaba con respecto al efectivo valor de tales apariencias. El pueblo gustaba ver a sus reyes en trajes espléndidos, sin creer por ello que estaban sustraídos al destino común o eximidos de las consecuencias del pecado original. La corona, el cetro y otros símbolos con que la tradición investía a la realeza daban a la persona del monarca un carácter sagrado y esto, ante la mente del hombre moderno, puede parecer una exageración inaudita de la potestad regia por dos razones fundamentales: porque ha perdido el sentido de lo sagrado, y porque no tiene la menor idea de las estupideces que ha inventado para reemplazarlo.


Es verdad que si el monarca recibía de la Iglesia una unción sacramental, su persona participaba de un carisma sacerdotal. Era -de acuerdo con la expresión atribuida a Constantino el Grande- un obispo de afuera, y esta investidura sagrada, que lo ponía por encima de los creyentes comunes, lo llenaba de obligaciones en el ejercicio de una función por la que debía responder ante la Iglesia de Dios.


La Iglesia era el pueblo creyente, y cuando esta Asamblea de fieles fue reemplazada por la noción de pueblo soberano, al laicizarla no se la devolvió a una dimensión de quicios naturales y comunes, como hubiera podido ser la sociedad civil con sus autoridades históricas: se la convirtió en una nebulosa mítica que disponía de la soberanía nominal, para entregarla a quien quisiera, erigiéndolo en su representante absoluto. Se le atribuía una voluntad como si fuera una persona, y sus delegados participaban del sesgo omnipotente de esa voluntad ficticia.


El gobierno monárquico, con sus defectos y limitaciones demasiado humanas, era un gobierno sagrado sin estridencias ni falsedades -exactamente como lo es un obispo o un sacerdote- pero era al mismo tiempo una forma natural de gobierno, que obedecía en su organización a la estructura de la vida familiar.


Los gobiernos fundados sobre la ideología no nacen de las condiciones espontáneas y orgánicas del crecimiento histórico: se imponen por el sufragio o por la violencia revolucionaria y tienen, desde su nacimiento, el propósito de transformar el orden social de acuerdo con un modelo que responde a la finalidad perseguida por sus programadores.


Para que ese modelo se convierta en una suerte de ideal colectivo se pone en movimiento la propaganda y se lo presenta, ante los ojos del público, como una situación que colmará los apetitos más comunes de una masa. Si se trata de una mayoría individualista, apegada a sus libertades personales y a su pequeña comodidad familiar, los ofrecimientos políticos acariciarán esta veta sensible de la disposición habitual e insistirán en las prerrogativas que hacen a la paz y a la seguridad de su público.


Si se trata de un vulgo sometido a una indiscreta expoliación por parte de una minoría ávida y aprovechadora, la publicidad insistirá con preferencia en un modelo social que suponga un cambio significativo y favorable a las instigaciones del resentimiento y la envidia.


Los pensadores clásicos insisten en que el propósito natural del orden político es el bien común. Si se examina esta noción con el ojo de un moderno promotor de publicidad política se advertirá que la noción tradicional de bien común encierra un aspecto sacrificial que resulta inaceptable en una propaganda masiva. No es posible entusiasmar a las masas, congregadas por consignas publicitarias, para que acepten un sacrificio heroico. Si se les exige el enfrentamiento de una situación en la que haya peligro de muerte, conviene previamente asustarlas y poner en movimiento los instintos más primarios del animal hombre, para que sigan dócilmente las exigencias de la lucha.


El bien común -en la enseñanza tradicional- está impregnado de sacralidad y no se lo puede laicizar sin destruir el valor religioso de sus efectos. Siempre ha supuesto un ordenamiento social de hombres distintos y desiguales y, por supuesto, la aceptación de principios que fundan suficientemente la jerarquía de esas prioridades. No puede nunca ser igualitario, porque la misma naturaleza exige la concurrencia fecunda de todas esas distinciones -que hacen a los diferentes talantes individuales y familiares- en su desarrollo histórico.


La masa no aspira al bien común, en el sentido egregio y fundamental del término. Constituida por individuos atomizados y desprovistos de sus solidaridades orgánicas, buscan la satisfacción del bienestar de cada uno, o en su defecto la participación en una ilusión colectiva que remedie las frustraciones particulares con el espejismo de un futuro desquite a su nivel de masa.


La naturaleza no puede ser totalmente burlada, y por mucho que los ingenieros sociales sueñen con un cambio radical de la condición humana, permanece un resto de realidad que resiste la coacción del ideólogo y permite, si el daño no es muy grande, la recomposición del orden burlado. Admito que, por muy de masas que sea una política y por mucho que abuse de las consignas ideológicas, no puede evitar una cierta promoción de auténtico bien común. Las negaciones, como las privaciones, se nutren de realidad, y para poder instalar su precaria presencia, necesitan apoyarse en un ser que existe y resiste. No habría ninguna clase de sociedad si algo de bien común no perdurara en ella y no pudiéramos percibir en sus deformaciones algo de la perfección negada. Cuando digo que el objetivo de la acción política ideológica no es el bien común quiero decir, con mayor precisión, que realiza una modalidad deformada y trunca del bien común, como es deformada y trunca la visión ideológica del hombre.


La faena política no es ni puede ser un fin en sí misma, como no es el fin del hombre la mera constitución de una buena convivencia. Todavía lo es mucho menos cuando la política aparece subordinada a los intereses de grupos económicos que tienden a convertirla en gestionadora de consumo o en un servicio de gendarmería a la orden de los beati possidentis. Estas conclusiones nos inducen a pensar que, tanto la ideología como su hija bastarda la política masiva, no son propiamente política: constituyen una suerte de acción tautológica que refluye en la faena de pacificación como propósito y al mismo tiempo sujeto de su propio acto. Si bien se observa, es una especie de ídolo grotesco que se alimenta, como el Catoblepas, de su substancia.


En un orden de relaciones normales, el hombre es causa eficiente del orden social y al mismo tiempo, materia para su ordenamiento. Pero la eficiencia social es un fenómeno de autoridad, profundamente anti-igualitario y diversificado, porque la autoridad propiamente dicha supone un conocimiento egregio, que viene de la divinidad, y su acción modeladora tiene a Dios como meta y paradigma.


Una autoridad que no sustenta su saber en Dios ¿en qué otro venero superior al hombre se alimenta? Si sabemos distinguir la autoridad del capricho, del antojo o de la voluntad particular, tendremos la vía expedita para comprender su origen divino, así se exprese como un mandato de Dios o como una exigencia inscrita en ese sacramento natural que es el orden del mundo.


La masa no conoce ya la autoridad, y por esa razón su causa eficiente no es ya el hombre como portavoz de sus movimientos específicos sino el agente publicitario como gestionador abusivo de las motivaciones genéricas. Cuando se pierde el sonido de la voz de Dios en el mundo, se oye apenas el eco que resuena en las cavernas de su animalidad.


La acción política cumple una faena arquitectónica, y su propósito esencial es la proyección de las virtudes morales a un ámbito de relaciones que supone la congregación de los grupos familiares, profesionales y comunitarios en el espacio de la sociedad civil.


La masa tiene reflejos, no virtudes. Posee condicionamientos que responden a incentivos capaces de despertar un deseo, un apetito sensible. La educación masiva tiende a provocar ese deseo, a gestionarlo y luego satisfacerlo mediante una oferta adecuada.

El orden social se logra formalmente cuando la conducta de cada uno de sus miembros se integra, con prudente coherencia, al bien común del grupo. En este sentido muy preciso la participación activa de cada uno supone la libre asunción de sus deberes cívicos y de sus obligaciones morales. En la sociedad de masas el orden es, ante todo, una cuestión policial y no moral. Se alcanza por la doble coacción de un perfecto sistema represivo y los inconvenientes que surgen como consecuencia de no responder a las exigencias del modelo ideológico.


La sociedad propiamente política o pueblo -en el sentido orgánico del término- es el resultado histórico de una acción inteligente y voluntaria, llevada a buen término por los mejores representantes de una nación: sus caudillos, sus héroes, sus santos, sus poetas, sus imagineros. No hay pueblo sin aristocracia del espíritu y, por supuesto, no hay una verdadera aristocracia que no lo sea por el carácter egregio y ejemplar de su autoridad.


La masa es consecuencia de una conmoción del bajo psiquismo e instintivamente odia todo aquello que, por su distinción innata y adquirida, se separa de ella y se distingue. Mientras un pueblo no está echado a perder por la convocación masiva e indisciplinada de sus instintos, reconoce con absoluta naturalidad a todos sus notables y, lo que es mejor, sus hijos más excelentes se sienten ligados a su pueblo como el árbol a su terruño. La masa es aristofóbica, y como sus malos pastores se dedican a adular sus pasiones, sienten un inmenso fastidio por todos aquellos que cuestionan su fácil abandono y pretenden hacerle remontar la pendiente de su naturaleza caída. Por eso busca al igualitarismo democrático, donde se alimentan todas las excusas, se reconcilian las torpezas y se nivelan las ambiciones. Un movimiento de masas no tendrá nunca como dirigentes a un plantel de hombres superiores o presentados como tales: al hombre de la masa le gusta percibir en sus conductores su propia inconsistencia espiritual.


La sociedad de masas es, en definitiva, una antisociedad, una disociación, un desorden en el sentido pleno y cabal del término. He creído advertir la causa principal de esta disonancia en el ascenso al poder del hombre económico, desprovisto de toda cualificación distinguida y que tiene su inteligencia y su voluntad puesta en la promoción de bienes materiales.


Ideología y revolución


En algunas oportunidades he dicho -y en tal afirmación me sentía respaldado por las opiniones de Comte y de Marx- que la revolución fue hecha por la burguesía y consistió, desde un punto de mira espiritual, en el cambio de perspectiva axiológica que supone una disposición preferencial economicista. Esta visión, que comienza a imponerse a fines de la Edad Media, no sólo modificó la posición del hombre frente a la realidad cósmica, sino también el sentido de todas las actividades del espíritu. Las empobreció, las redujo a sus formas más menguadas y utilitarias, y para explicar, justificar y consolidar esta faena mutiladora, creó la ideología.


Como la ideología nació en un ambiente espiritual saturado de verdades teológicas y filosóficas, el proceso de su configuración fue relativamente lento y complicado. Supuso una larga decantación para desprenderse de todos los elementos residuales que provenían de las antiguas querellas teológicas y filosóficas y alcanzar la simplicidad de un plan adecuado a las exigencias estratégicas de la acción revolucionaria. De Descartes a Marx, sin hablar de la escolástica decadente, se desarrolla el sistema de pensamiento que viene a sustituir los principios de la tradición espiritual que vivían en la doctrina católica.


Convirtió la sabiduría en astucia calculadora, redujo las ciencias de la naturaleza a un grupo de saberes sometidos a la voluntad de dominio, pudrió las raíces religiosas del arte separándolo de Dios, hizo del poder político un mero poder policial al servicio de la clase dominante y convirtió la economía en un agresivo despilfarro de riquezas, cuando no en una actividad al servicio de la presión y el sometimiento. Este hombre separado de la fuente divina forjó su espíritu a la altura de sus deseos, y su inteligencia se hizo ciega para todo cuanto trascendiera el nivel de los intereses materiales. Hubo un primer momento en que la relación del hombre con la materia tenía todavía un carácter señorial: fue la época del capitalismo dominador, de las fuertes empresas que tenían a su cabeza una persona con nombre y apellido. Poco a poco el capitalismo cambiará su fisonomía y tenderá a diluir las responsabilidades en organizaciones oligopólicas que confunden sus fuerzas con aquellas de un Estado.


Era perfectamente lógico que con la destrucción de las aristocracias naturales se disolvieran las formas de la sociabilidad orgánica: las familias, las órdenes del servicio y del honor, las corporaciones de oficios, la nobleza, los notables, el sacerdocio y la servidumbre. Todas estas realidades sociales, que diversifican y jerarquizan los entre cambios y las comunicaciones, son disueltas. En su lugar sólo se reconoce a las desigualdades cuantitativas: la posesión del dinero o de las funciones que dan poder, éxito o prestigio. Esta sustitución, que apenas oculta su miseria, debía ser presentada como una conquista o como un proceso de liberación. Los cuadros tradicionales del orden social fueron vistos como sendas prerrogativas de tipo cuantitativo y se ocultó, o no se vio, el valor de las obligaciones sociales que implicaban.


Disueltas las comunidades orgánicas, la libertad individual aparecía reforzada y consolidada en su autonomía, pero como ésta no puede sostenerse sin el apoyo social que supla sus deficiencias esenciales, a las agrupaciones naturales provistas por la historia se las reemplazó con artificios seudocomunitarios provistos por las exigencias de la organización revolucionaria, hasta que el nuevo Estado -convertido en Iglesia, juez, familia y providencia- sustituya con sus artilugios administrativos y publicitarios el natural pluralismo de la vida social.


La visión ideológica del mundo supone una reducción de la realidad para ser acogida por un hombre que ha perdido el ámbito sobrenatural de su experiencia religiosa, el horizonte natural de sus conocimientos y el ordenamiento metafísico de su conducta. Sin lugar a dudas estas pérdidas fueron paulatinas, y se pueden apreciar las etapas del movimiento con sólo echar una ojeada a la historia de eso que se ha dado en llamar filosofía moderna. Cualquiera que haya tenido un contacto no demasiado trivial con el desarrollo del pensamiento clásico podrá apreciar el vigor de la decadencia comparando lo que va de Hegel a Marx. Ambos son ideólogos de la burguesía, pero mientras el primero se mueve en una atmósfera saturada de helenismo y teología cristiana, el segundo ha tirado por la borda las inútiles cuestiones metafísicas y se ha dedicado exclusivamente a forjar un arma para uso de la inteligencia revolucionaria.


La existencia de Dios -limitada por Lutero al mundo de la fe subjetiva- fue reducida por Hegel a un ente de razón que resumía con necesidad puramente lógica el proceso dialéctico de la historia, para concluir con Marx en el basural del tiempo superado. Los ideólogos de la sociedad de consumo, mucho más alertas a las exigencias del apetito humano, lo han convertido en un producto de la oferta masiva, que puede o no adquirirse, pero que de ninguna manera cuenta en la organización de la vida política ni en la ordenación de la conducta económica. Como un modesto barbitúrico, puede ser administrado en pequeñas dosis dominicales y considerado un gasto más en el presupuesto del hombre común. También puede ser eliminado de la existencia diaria sin que su presencia o su ausencia comprometan ninguno de los movimientos fundamentales de la vida.


Un mundo sin Dios o con un Dios reducido a un discreto consumo individual no es el mundo del hombre: falta el fundamento de la realidad, el bien de nuestra inteligencia, lo que da sentido al dolor, al sacrificio y al amor humano. Sin Dios, la esperanza se disuelve en la expectativa ilusoria de un porvenir que se aleja, como un espejismo, en la medida que nos acercamos a él.


Lo grave con Dios es que efectivamente existe, y que a través de Cristo Nuestro Señor y de la Una, Santa, Católica y Apostólica Iglesia ha hecho conocer su voluntad y las condiciones sacramentales de un contrato para que el hombre obre según la voluntad divina y se salve. El Dios que otorga la sociedad de consumo tiene la precaria consistencia de una ilusión personal que no obliga a casi nada y se diluye en el vacío de los sermones dominicales, que ni siquiera hablan de Dios sino del amor humano, del sexo, de la necesidad de ayudar al prójimo y de la justicia distributiva.


Desaparecido el tribunal de Dios y las verdades por Él reveladas, desaparece nuestra sabiduría y con ella nuestra orientación en el universo. No sabemos más quiénes somos, de dónde venimos ni hacia adónde vamos. La oscuridad nos rodea por todas partes, y cuando perdemos el impulso de nuestros deseos y se apagan los fuegos fatuos de una juventud precaria y pasajera, permanecemos como una frustración que nadie sabe dónde meter y que los programas televisivos, reforzados con aquéllos sugeridos por las cajas jubilatorias, se encargan inútilmente de entretener.


La ideología puede, lo que dura el tiempo de las ilusiones revolucionarias, mantener en sus creyentes la violencia de sus ideales subversivos. Asentada en el gobierno, estancada en el conformismo de la sociedad establecida, languidece en la hartura de los felices poseedores o se consume en la pacotilla de los que no lograron su “boom”.


La Iglesia Católica fue una roca en medio del mar revolucionario. El testigo desdeñado pero siempre presente de las verdades eternas, de los principios inmutables que sostenían su magisterio y su culto. La revolución parecía haber pasado sobre ella sin perturbar la solidez de su recinto. El modernismo y el americanismo fueron los intentos más peligrosos para penetrar en su enseñanza, pero la tenaz resistencia opuesta por el más santo de los papas modernos, Pío X, logró detener, por unos cuantos años todavía, el avance de esta doctrina.


Rubén Calderón Bouchet





lunes, 23 de marzo de 2009

Antigua cancion carlista...

Foto del "Tercio Oriamendi" marchando al frente de batalla

Una canción de Guerra Carlista que mi abuelo (EL CAPITÁN BUSTINDUI) nos enseñó desde chicos, y que cantaron marchando por la calle a la hora de irse al frente. Mi bisabuela en el
balcón con un pañuelo blanco despedía, con lagrimas en los ojos, a mi
Capitán, desde la calle Miramar. Dicha canción dice así:





MADRE, MADRE NO LLORES

PORQUE TUS HIJOS

A LA GUERRA VAN

A LA GUERRA VAN


NO IMPORTA,

QUE EL CUERPO MUERA

SI EL ALMA ENTERA

HA DE GOZAR

LA ETERNIDAD

LA ETERNIDAD


Y ADELANTE VOLUNTARIOS

ADELANTE Y A LUCHAR

POR NUESTRA FE

MORIREMOS DEFENDIENDO LA BANDERA

DE LA SANTA TRADICIÓN


MADRE, MADRE NO LLORES

PORQUE TUS HIJOS

A LA GUERRA VAN

A LA GUERRA VAN


NO IMPORTA,

QUE EL CUERPO MUERA

SI EL ALMA ENTERA HA DE GOZAR

LA ETERNIDAD

LA ETERNIDAD


Y ADELANTE BOINAS ROJAS

ADELANTE Y A LUCHAR

POR NUESTRA FEMORIREMOS

DEFENDIENDO LA BANDERA

DE DIOS, FUEROS, PATRIA Y REY.

martes, 27 de enero de 2009

Buenas noticias para la Tradición.








En el levantamiento de las excomuniones de los obispos de la Hermandad de San Pío X


Es sabido que las excomuniones recaídas en 1988 sobre el Arzobispo Marcel Lefèbvre, el Obispo Antonio de Castro-Mayer y los cuatro obispos de la Hermandad de San Pío X por ellos consagrados en el acto que determinó aquéllas, presentaron abundantes dudas desde el ángulo del derecho canónico, hasta el punto de que por muchos fueran reputadas siempre nulas. Sin embargo, los afectados han querido pedir a la autoridad su levantamiento y la Santa Sede lo ha concedido. Esto es lo importante. Lo demás pertenece a la interpretación jurídica de los canonistas y a la futura historia de la Iglesia.

La Comunión Tradicionalista no puede sino alegrarse, pues son bien conocidas las estrechas relaciones que siempre ha sostenido con la Hermandad de San Pío X en la lucha común contra la Revolución liberal, de la que la crisis modernista es un largo, penoso y grave capítulo. Los ataques modernistas contra la Iglesia no han quedado en el orden teológico y la vida interna de la Iglesia misma, sino que han afectado también al orden social y a la doctrina política católica. El Carlismo, inquebrantablemente fiel a la Iglesia de Roma, a la que ha servido abnegadamente, ha sufrido sin embargo en ocasiones la incomprensión de la política y la diplomacia vaticanas, que desde muy pronto reconocieron a los antirreyes de la dinastía liberal e incluso invitaron a los españoles a darles sostén. Sin embargo, ante la crisis de la segunda mitad del siglo XX, que históricamente se vincula con el II Concilio Vaticano, había de sufrir aún más si cabe los desmayos doctrinales y prácticos procedentes de las altas jerarquías de la Iglesia.

Así pues, los carlistas se mezclaron con los promotores del apostolado de la Hermandad de San Pío X, tanto en las Españas peninsulares como en las americanas. Baste recordar, con referencia exclusiva ahora a las primeras, cómo los capellanes de los campamentos que precedieron a Cruz de Borgoña fueron de la Hermandad y cómo a la misma pertenecen los sacerdotes que celebraban --y en muchos lugares siguen celebrando-- el Santo Sacrificio de la Misa en las conmemoraciones y reuniones carlistas. El mismo Abanderado de la Tradición, S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón, amigo como sus padres los Reyes Don Javier y Doña Magdalena del Arzobispo Lefèbvre, acompañado por un grupo de dirigentes carlistas, presenció en lugar de honor las consagraciones de Ecône de 1988.

Algunos grupos en la práctica democristianos han lanzado la especie de que el Carlismo auténtico pretende ser el "brazo político" de la Hermandad San Pío X, lo que sólo sería comprensible en un partido "vaticanista" o, en el mejor de los casos, "integrista" en el sentido de nocedalino. Pero que supone un grave error de perspectiva, pues el Carlismo es la continuidad de la tradición política católica española corporeizada en torno al Rey, y no una congregación o cofradía. Interesa resaltar, sin embargo, más allá de malintencionados enredos, la importancia de la convergencia del combate espiritual de la Tradición católica con el del combate político por la misma Tradición. Lo que ha sido siempre una constante del Carlismo, que si en otro tiempo buscó principalmente amparo en la Compañía de Jesús, por ser la vanguardia de la lucha por la integridad católica, de forma natural fue apoyando a la Hermandad de San Pío X y al resto del clero tradicional que resistió frente a la devastación modernista. Y es una constante que se repite en otros grupos tradicionalistas del resto de la antigua Cristiandad. Porque sólo la Tradición salvará a la Iglesia y sólo la Tradición salvará a España.




Víctor Ibáñez Mancebo.

Madrid, 26 enero 2009.

Enviado por "Agencia FARO"






FARO permite la reproducción de sus contenidos, citando la procedencia.

"Agencia FARO"

http://carlismo.es/agenciafaro



lunes, 26 de enero de 2009


Juan Vazquez de Mella

Nombres de oro para una cultura disidente

Cada madrugada de miércoles a jueves, nuestro pequeño espacio en la radio española ofrece la biografía de un gran personaje de nuestra historia y su aportación a la cultura de nuestro siglo: Ramiro de Maeztu, Chesterton, C.S. Lewis, Tolkien, Mishima, Charles Peguy, D'Ors, Menéndez Pelayo... El útlimo en vestir nuestro programa fue Vázquez de Mella, icono del tradicionalismo renovador.

Un oyente de La Estrella Polar nos ha pedido que hablemos aquí del pensador y político español Juan Vázquez de Mella. A la mayoría de los españoles de hoy, el nombre de Vázquez de Mella les dirá más bien poco. Alguno lo identificará con una de las plazas de Madrid que sirven de escenario a la fiesta del orgullo gay, pero poco más. Y sin embargo, este hombre ejerció una gran influencia en el pensamiento conservador del siglo XX español. Contemporáneo de los regeneracionistas y de la generación del noventa y ocho, a Vázquez de Mella podemos definirlo como el gran renovador del tradicionalismo hispano. Aunque hoy está prácticamente olvidado –al margen de algunos círculos de devotos-, sin sus ideas no puede entenderse buena parte de nuestro siglo XX.

Vamos a situarnos en Cangas de Onís, en Asturias, cerca de Covadonga, hacia 1861. Es ahí donde nace Juan Vázquez de Mella. Su padre es un teniente coronel retirado, patriota convencido y hondamente religioso. Juan estudia en el seminario asturiano de Valdediós y, después, en la facultad de Derecho de Santiago de Compostela. Ha heredado de su padre el patriotismo y la religiosidad, desde una perspectiva tradicional. En la España de aquellos años, década de los 70 del siglo XIX, eso no podía empujarle más que en una dirección: el carlismo, es decir, la monarquía tradicional, frente a la monarquía liberal.

Recordemos algunas fechas de aquel periodo tan convulso. En 1868, la monarquía de Isabel II ha sido derrocada por una revolución de carácter liberal. Los golpistas organizan unas elecciones, proclaman una Constitución y eligen rey a Amadeo de Saboya. La monarquía de Amadeo durará sólo dos años: sumergida en una permanente crisis, conocerá tres elecciones, seis gobiernos y continuos enfrentamientos, incluidas las insurrecciones de republicanos y carlistas. Amadeo finalmente abdica, las Cortes se reúnen y, contra la Constitución, proclaman la I República. Es 1873 y las cosas no van a hacer más que empeorar: la República carece de apoyo popular, se suceden cuatro presidentes en menos de un año, hay levantamientos cantonalistas, la guerra carlista se recrudece, hay insurrecciones en Cuba… Finalmente, en enero de 1874 el general Pavía da un golpe de Estado y pone el poder en manos del general Serrano. En diciembre de ese año se restaura la monarquía en la persona de Alfonso XII de Borbón, el hijo de Isabel II. Comienza el periodo de la Restauración, basado en la “alternancia controlada” de dos partidos: el conservador de Cánovas y el liberal de Sagasta.

En ese ambiente crece Vázquez de Mella, tanto en lo personal como en lo intelectual. Ha visto cómo una monarquía se descompone sobre sí misma, cómo pequeños grupos (por ejemplo, la masonería) son capaces de imponer su voluntad por encima de las instituciones, cómo un país entero puede entregarse al caos y cómo, por otro lado, las soluciones de tipo republicano y liberal no han conseguido sino que el caos aumente. Y Vázquez de Mella, entonces todavía un jovencito, empieza a pensar.

Nuestro protagonista, que era un hombre de orden, no se echa al monte con los furores de la adolescencia. Al contrario, se aplica en los estudios. Es un tipo brillante, trabajador, con una memoria prodigiosa. Culmina sus estudios con buena nota. Y acto seguido se lanza a la vida pública, que es lo que ha venido rumiando desde tantos años atrás. En Santiago se afilia al tradicionalismo y pronto se convierte en una de sus cabezas más notables. Pronuncia conferencias, se da a conocer. En 1887 comienza a dirigir El pensamiento galaico, uno de los periódicos más señeros de la región. Tres años después salta a Madrid, donde se ha fundado El correo español. Enseguida lo tendremos sentado en las Cortes como diputado carlista por Navarra. Apenas tiene treinta años. Mantendrá su escaño desde 1893 hasta 1916.

La posición de Vázquez de Mella es inequívoca: contra el integrismo, por el tradicionalismo. ¿Y qué quiere decir eso? Vamos a explicarlo. Después de la derrota carlista en la tercera guerra de ese nombre, el tradicionalismo español vive una escisión profunda: unos consideran que es posible unirse a los conservadores en la defensa del catolicismo; otros aspiran ante todo a formar un partido católico radical y otros, en fin, mantienen la bandera tradicional de los pretendientes, el carlismo original. Los primeros se aliarán con Cánovas del Castillo en el ala derecha del sistema de la Restauración, y serán los “unionistas”; los segundos serán los integristas del Partido Católico Nacional, y los terceros serán los tradicionalistas, es decir, los carlistas propiamente dichos. Vázquez de Mella estará entre ellos.

¿Qué significaba cada una de esas opciones? ¿Qué había detrás de una u otra adscripción? Por decirlo en dos palabras: los unionistas pensaban que era posible defender al catolicismo desde las instituciones liberales; en el polo opuesto, los integristas sostenían una visión hipertradicional del orden político, de carácter prácticamente medieval, para defender la fe; y la tercera familia, la de los tradicionalistas, la rama principal del carlismo, que se oponía al sistema liberal de la Restauración, sin embargo trataba de actualizar los principios fundamentales de su doctrina política para hacerlos más acordes con la realidad social. Esta última será la posición de Vázquez de Mella: no se trata de volver a un pasado que se fue, sino de mantener todas aquellas cosas –usos, instituciones, costumbres, leyes- que daban y dan vida a la comunidad.

Hoy, un siglo después, todas estas cosas nos suenan lejanísimas, pero en la España de finales del XIX y principios del XX era un asunto de actualidad palpitante. El carlismo, bajo la batuta de esa corriente tradicionalista, se había convertido en un auténtico partido de masas moderno. Mucho más popular que las escisiones unionista e integrista, el tradicionalismo se había organizado sobre la base de cientos de asambleas locales en toda España (los “círculos”) que llegaron a superar los 30.000 afiliados. Constituido políticamente como Comunión Tradicionalista, mantuvo representación parlamentaria desde 1891 en adelante. El líder parlamentario de esta fuerza nada desdeñable sería precisamente Vázquez de Mella. Y su liderazgo no sería sólo parlamentario, sino también intelectual.

Vamos a centrarnos en ese aspecto intelectual del trabajo de Vázquez de Mella. La tarea era importante: recoger una herencia como la del carlismo, basada en la monarquía tradicional previa a la Revolución Francesa, y convertirla en un cuerpo teórico apto para ser propuesto a los hombres del siglo XX. Nuestro protagonista no fue el único en poner manos a la obra, pero sí el más señalado. Así que sobre la base del pensamiento tradicional español, especialmente Balmes y Donoso Cortés, Vázquez de Mella añadió las posiciones, estrictamente actuales, del francés Albert de Mun, un fervoroso católico que estaba construyendo una suerte de socialismo cristiano, y por supuesto, las aportaciones de la encíclica Rerum Novarum, de León XIII. Recordemos que, en esa encíclica, el Papa mostraba su apoyo a la formación de uniones y sindicatos obreros, al mismo tiempo que reafirmaba su apoyo al derecho a la propiedad privada. Había nacido una tercera vía cristiana entre el socialismo y el capitalismo. Y tan importante como aquello era esto otro: en la visión del Papa, las relaciones sociales y políticas debían encauzarse de manera corporativa entre el gobierno, las empresas, los trabajadores, la Iglesia, etc. Eso es lo que más tarde se llamaría corporativismo. Y esta era exactamente la visión de las cosas que defendía el tradicionalismo.

A la España de la Restauración, que es una España pesimista y resignada, Vázquez de Mella le propone un sentimiento nacional de inspiración religiosa, única fuente posible de una verdadera moralidad pública. La democracia de la Restauración es una democracia falsa, porque se sustenta sobre un reparto de poder caciquil entre los partidos. Frente a eso, nuestro autor propone un sistema de democracia representativa sobre la base de las instituciones naturales: asociaciones, gremios, municipios, familias, universidades… El liberalismo moderno ha sido un error, porque, lejos de liberar a las personas y a las instituciones del peso del Estado, las ha convertido en prolongación del propio Estado; es un Estado en cuyo interior todos los grupos pasan a pelear entre sí, en vez de trabajar para el bien común, y por eso ha surgido el problema obrero, el problema social. Como alternativa, nuestro autor defiende el papel de los poderes intermedios, que son emanación directa de la vida social. Al Estado le corresponde la soberanía política, pero ésta deriva de la soberanía social, es decir, de las entidades intermedias en las que realmente viven inmersos los individuos. Como estas sociedades intermedias son producto de la historia, su soberanía es la de la tradición.

Vázquez de Mella podía haber hecho carrera en el sistema de la Restauración, pero era de una integridad intelectual inquebrantable. Le ofrecieron dos veces ser ministro, y las dos veces rehusó. Tampoco dejó de criticar con dureza la corrupción de la burocracia. Ingresó en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, primero, y en la Real Academia Española después, pero nunca dejó de ser un crítico, un disidente. Él sabía que su puesto estaba en otro lado: en la reivindicación de un orden radicalmente distinto al establecido.

La estrella política de nuestro amigo empieza a apagarse en 1916. Primero, no sale diputado en las elecciones: se había presentado por Oviedo con un programa definido por el regionalismo, el catolicismo y la solución pacífica de los problemas sociales, pero una coalición de socialistas y reformistas le privó del acta. Después, Vázquez de Mella entra en conflicto con el propio jefe de la casa carlista, don Jaime, a cuenta de la primera guerra mundial. El pretendiente carlista era partidario de los aliados (de hecho, los austriacos le habían confinado en su castillo); por el contrario, Vázquez de Mella, era partidario de los alemanes, porque creía que su victoria era más conveniente para España. Don Jaime publica un manifiesto en 1918 en el que reafirma sus convicciones aliadófilas y, más aún, desautoriza públicamente a quienes hayan expresado la posición contraria.

Frustrado, Vázquez de Mella abandona las filas carlistas, pero no deja la vida pública. Inmediatamente crea un nuevo grupo, el Partido Tradicionalista, que recogerá su pensamiento. Su proyección política va a ser limitada, pero, por el contrario, su influencia intelectual en la derecha española se va a consolidar. Sus últimos años son, en realidad, los de un retirado. Cuando el general Primo de Rivera da –con apoyo del Rey- el golpe de Estado que inaugura la dictadura de 1923, Vázquez de Mella se quitará de en medio: no se declara hostil al sistema, pero esa dictadura no es la solución que él busca. Por otra parte, la enfermedad empieza a minarle. En 1925 le amputan una pierna: tiene 64 años y todo va ya cuesta abajo. Su último libro es Filosofía de la Eucaristía, escrito para el Congreso Eucarístico de Chicago. Muere en 1928. Pero sus ideas se siguen moviendo: monarquía tradicional, orden social corporativo, democracia orgánica o de base, Estado confesional (católico), crítica simultánea del socialismo y el liberalismo, política exterior orientada hacia Hispanoamérica… No pasará mucho tiempo antes de que encontremos de nuevo todas esas ideas, recuperadas por el grupo de Acción Española y, después, en el acervo doctrinal del régimen de Franco.

¿Por qué hablar de Vázquez de Mella hoy, tanto tiempo después, cuando la mayoría de sus textos y de sus tomas de posición parecen unidas a un tiempo definitivamente dejado atrás? Pues porque, en realidad, esos textos no han quedado tan atrás como parece. Por una parte, los defectos del orden moderno que Vázquez de Mella denunció en su momento siguen de algún modo vigentes. Y por otro lado, con nuestro autor pasa lo mismo que con otros de su misma época: sus pensamientos, vistos con la luz de hoy, adquieren un sabor completamente singular. Una actualización de los planteamientos de Vázquez de Mella nos llevaría a una revisión a fondo de cosas como la democracia de partidos, en beneficio de una democracia más participativa, o del egoísmo social, en provecho de una vida comunitaria más integrada. Por eso no falta quien conecta a este pensador español con las teorías de Chesterton y Beloc, por ejemplo, que trataron de buscar una alternativa cristiana al capitalismo y al socialismo. Son razones suficientes para seguir leyendo a Vázquez de Mella.






Tomado de Carlismo Argentino

jueves, 8 de enero de 2009

Juan Donoso Cortés

Discurso academico sobre la Biblia.


Señores:

Llamado por vuestra elección a llenar el vacío que ha dejado en esta Academia un varón ilustre por su doctrina, célebre por la agudeza y la fecundidad de su ingenio y por su literatura y su ciencia merecedor de eterna y esclarecida memoria, ¿qué podrá decir que sea digno de escritor tan eminente y de esta nobilísima asamblea quien como yo es pobre de fama y escaso de ingenio? Puesto en caso tan grave, me ha parecido conveniente escoger para tema de mi discurso un asunto subidísimo, que, cautivando vuestra atención, os fuerce a apartar de mí vuestros ojos, para ponerlos en su grande majestad y en su sublime alteza.

Hay un libro, tesoro de un pueblo que es hoy fábula y ludibrio de la tierra, y que fue en tiempos pasados estrella del Oriente, adonde han ido a beber su divina inspiración todos los grandes poetas de las regiones occidentales del mundo y en el cual han aprendido el secreto de levantar los corazones y de arrebatar las almas con sobrehumanas y misteriosas armonías. Ese libro es la Biblia, el libro por excelencia.

En él aprendió Petrarca a modular sus gemidos; en él vio Dante sus terríficas visiones; de aquella fragua encendida sacó el poeta de Sorrento los espléndidos resplandores de sus cantos. Sin él, Milton no hubiera sorprendido a la mujer en su primera flaqueza, al hombre en su primera culpa, a Luzbel en su primera conquista, a Dios en su primer ceño; ni hubiera podido decir a las gentes la tragedia del paraíso, ni cantar con canto de dolor la mala ventura y triste hado del humano linaje. Y para hablar de nuestra España, ¿quién enseñó al maestro fray Luis de León a ser sencillamente sublime? ¿De quién aprendió Herrera su entonación alta, imperiosa y robusta? ¿Quién inspiraba a Rioja aquellas lúgubres lamentaciones, llenas de pompa y majestad y henchidas de tristeza, que dejaba caer sobre los campos marchitos, y sobre los mustios collados, y sobre las ruinas de los imperios, como un paño de luto? ¿En cuál escuela aprendió Calderón a remontarse a las eternas moradas sobre las plumas de los vientos? ¿Quién puso delante de los ojos de nuestros grandes escritores místicos los oscuros abismos del corazón humano? ¿Quién puso en sus labios aquellas santas armonías, y aquella vigorosa elocuencia, y aquellas tremendas imprecaciones, y aquellas fatídicas amenazas, y aquellos arranques sublimes, y aquellos suavísimos acentos de encendida caridad y de castísimo amor, con que unas veces ponían espanto en la conciencia de los pecadores y otras levantaban hasta el arrobamiento las limpias almas de los justos? Suprimid la Biblia con la imaginación, y habréis suprimido la bella, la grande literatura española, o la habréis despojado al menos de sus destellos más sublimes, de sus más espléndidos atavíos, de sus soberbias pompas y de sus santas magnificencias.

¿Y qué mucho, señores, que las literaturas se deslustren, si con la supresión de la Biblia quedarían todos los pueblos asentados en tinieblas y en sombras de muerte? Porque en la Biblia están escritos los anales del cielo, de la tierra y del género humano; en ella, como en la divinidad misma, se contiene lo que fue, lo que es y lo que será; en su primera página se cuenta el principio de los tiempos y el de las cosas, y en su última página el fin de las cosas y de los tiempos. Comienza con el Génesis, que es un idilio, y acaba con el Apocalipsis de San Juan, que es un himno fúnebre. El Génesis es bello como la primera brisa que refrescó a los mundos, como la primera aurora que se levantó en el cielo, como la primera flor que brotó en los campos, como la primera palabra amorosa que pronunciaron los hombres, como el primer sol que apareció en el Oriente. El Apocalipsis de San Juan es triste como la última palpitación de la naturaleza, como el último rayo de luz, como la última mirada de un moribundo. Y entre este himno fúnebre y aquel idilio vense pasar unas en pos de otras a la vista de Dios todas las generaciones y unos en pos de otros todos los pueblos: las tribus van con sus patriarcas; las repúblicas, con sus magistrados; las monarquías, con sus reyes, y los imperios, con sus emperadores. Babilonia pasa con su abominación, Nínive con su pompa, Menfis con su sacerdocio, Jerusalén con sus profetas y su templo, Atenas con sus artes y con sus héroes, Roma con su diadema y con los despojos del mundo. Nada está firme sino Dios; todo lo demás pasa y muere, como pasa y muere la espuma que va deshaciendo la ola.

Allí se cuentan o se predicen todas las catástrofes, y por eso están allí los modelos inmortales de todas las tragedias; allí se hace el recuento de todos los dolores humanos; por eso las arpas bíblicas resuenan lúgubremente, dando los tonos de todas las lamentaciones y de todas las elegías. ¿Quién volverá a gemir como Job cuando, derribado en el suelo por una mano excelsa que le oprime, hinche con sus gemidos y humedece con sus lágrimas los valles de Idumea? ¿Quién volverá a lamentarse como se lamentaba Jeremías en torno de Jerusalén, abandonada de Dios y de las gentes? ¿Quién será lúgubre y sombrío como era sombrío y lúgubre Ezequiel, el poeta de los grandes infortunios y de los tremendos castigos, cuando daba a los vientos su arrebatada inspiración, espanto de Babilonia? Cuéntanse allí las batallas del Señor, en cuya presencia son vanos simulacros las batallas de los hombres; por eso la Biblia, que contiene los modelos de todas las tragedias, de todas las elegías y de todas las lamentaciones, contiene también el modelo inimitable de todos los cantos de victoria. ¿Quién cantará como Moisés del otro lado del mar Rojo, cuando cantaba la victoria de Jehová, el vencimiento de Faraón y la libertad de su pueblo? ¿Quién volverá a cantar un himno de victoria como el que cantaba Débora, la sibila de Israel, la amazona de los hebreos, la mujer fuerte de la Biblia? Y si de los himnos de victoria pasamos a los himnos de alabanza, ¿en cuál templo resonaron jamás como en el de Israel, cuando subían al cielo aquellas voces suaves, armoniosas, concertadas, con el delicado perfume de las rosas de Jericó y con el aroma del incienso del Oriente? Si buscáis modelos de la poesía lírica, ¿qué lira habrá comparable con el arpa de David, el amigo de Dios, el que ponía el oído a las suavísimas consonancias y a los dulcísimos cantos de las arpas angélicas; o con el arpa de Salomón, el rey sabio y felicísimo, que puso la sabiduría en sentencias y en proverbios y acabó por llamar vanidad a la sabiduría; que cantó el amor y sus regalados dejos, y su dulcísima embriaguez, y sus sabrosos transportes, y sus elocuentes delirios? Si buscáis modelos de la poesía bucólica, ¿en dónde los hallaréis tan frescos y tan puros como en la época bíblica del patriarcado, cuando la mujer, la fuente y la flor eran amigas, porque todas juntas y cada una de por sí eran el símbolo de la primitiva sencillez y de la cándida inocencia? ¿Dónde hallaréis sino allí los sentimientos limpios y castos, y el encendido pudor de los esposos, y la misteriosa fragancia de, las familias patriarcales?

Y ved, señores, por qué todos los grandes poetas, todos los que han sentido sus pechos devorados por la llama inspiradora de un Dios, han corrido a aplacar su sed en las fuentes bíblicas de aguas inextinguibles, que ahora forman impetuosos torrentes, ahora ríos anchurosos y hondables, ya estrepitosas cascadas y bulliciosos arroyos, o tranquilos estanques y apacibles remansos.

Libro prodigioso aquél, señores, en que el género humano comenzó a leer treinta y tres siglos ha, y con leer en él todos los días, todas las noches y todas las horas, aún no ha acabado su lectura. Libro prodigioso aquél, en que se calcula todo antes de haberse inventado la ciencia de los cálculos; en que sin estudios lingüísticos se da noticia del origen de las lenguas; en que sin estudios astronómicos se computan las revoluciones de los astros; en que sin documentos históricos se cuenta la Historia; en que sin estudios físicos se revelan las leyes del mundo. Libro prodigioso aquél, que lo ve todo y que lo sabe todo; que sabe los pensamientos que se levantan en el corazón del hombre y los que están presentes en la mente de Dios; que ve lo que pasa en los abismos del mar y lo que sucede en los abismos de la tierra; que cuenta o predice todas las catástrofes de las gentes, y en donde se encierran y atesoran todos los tesoros de la misericordia, todos los tesoros de la justicia y todos los tesoros de la venganza. Libro en fin, señores, que, cuando los cielos se replieguen sobre sí mismos como un abanico gigantesco, y cuando la tierra padezca desmayos, y el sol recoja su luz y se apaguen las estrellas, permanecerá él solo con Dios, porque es su eterna palabra resonando eternamente en las alturas.

Ya veis, señores, cuán libre y extendido campo se abre aquí a las investigaciones de los hombres. Obligado, empero, por la índole exclusivamente literaria de esta ilustre asamblea, a considerar a la Biblia solamente como un libro que contiene la poesía de una nación digna de perdurable memoria, me limitaré a indicar algo de lo mucho que podría indicarse y decirse acerca de las causas que sirven para explicar su poderoso atractivo y su resplandeciente hermosura.

Tres sentimientos hay en el hombre poéticos por excelencia: el amor a Dios, el amor a la mujer y el amor a la patria; el sentimiento religioso, el humano y el político; por eso, allí donde es oscura la noticia de Dios, donde se cubre con un velo el rostro de la mujer y donde son cautivas o siervas las naciones, la poesía es a manera de llama que, falta de alimentos, se consume y desfallece. Por el contrario, allí donde Dios brilla en su trono con toda la majestad de su gloria, allí donde impera la mujer con el irresistible poder de sus encantos, allí donde el pueblo es libre, la poesía tiene púdicas rosas para la mujer, gloriosas palmas para las naciones, alas espléndidas para encumbrarse a las regiones altísimas del cielo.

De todos los pueblos que caen al otro lado de la Cruz, el hebreo es el único que tuvo una noticia cierta de Dios; el solo que adivinó la dignidad de la mujer y el único que puso siempre a salvo su libertad en los grandes azares de su existencia borrascosa. Y si no, volved los ojos al Oriente, al Occidente, al Septentrión y al Mediodía, y no encontraréis ni a la mujer, ni a Dios, ni al pueblo, en cuanto baña el sol, y en cuanto se extiende el mar, y en cuanto se dilatan los términos de la tierra. Desde el punto de vista religioso, todas las naciones eran idólatras, maniqueas o panteístas. La noticia de un Dios consustancial con el mundo, esparcida entre todas las gentes en las primitivas edades, tuvo su origen en las regiones indostánicas. La existencia de un Dios, principio de todo bien, y de otro, principio de todo mal, haciéndole oposición y contraste, fue invención de los sacerdotes persas; y las repúblicas griegas fueron el ejemplar de las naciones idólatras. El Dios del Indostán estaba condenado a un eterno reposo; el de los persas, a una impotencia absoluta, y los dioses griegos eran hombres.

Por lo que hace a la mujer, estaba condenada en todas las zonas del mundo al ostracismo político y civil y a la servidumbre doméstica. ¿Quién reconocería en esa esclava, con la frente inclinada bajo el peso de una maldición tremenda y misteriosa, a la más bella, a la más suave, a la más delicada criatura de la creación, en cuyo divino rostro se retrata Dios, se reflejan los cielos y se miran los ángeles?

Por último, señores, si buscáis un pueblo libre, un pueblo que tenga noticia de la dignidad humana, no encontraréis ninguno en todos los ámbitos de la tierra que se eleve a tan grande majestad y que se levante a tanta altura. En vano le buscaréis en aquellos imperios portentosos del Asia, que, cayendo con estrépito unos sobre otros, vinieron todos al suelo con espantosa ruina. En vano le buscaréis en la tierra de los Faraones, donde se levantan aquellos gigantescos sepulcros, cuyos cimientos se amasaron con el sudor y con la sangre de naciones vencidas y sujetas, y que publican con elocuencia muda y aterradora que aquellas vastas soledades fueron asiento un día de generaciones esclavas. Y si, apartando los ojos de las regiones orientales, los volvéis a las partes de Occidente, ¿qué veis en las repúblicas griegas sino aristocracias orgullosas y tiránicas oligarquías? ¿Qué otra cosa viene a ser Esparta, silla del Imperio de la raza dórica, sino una ciudad oriental, dominada por sus conquistadores? ¿Y qué viene a ser Atenas, la heroica, la democrática, la culta, patria de los dioses y de los héroes, sino una ciudad habitada por un pueblo esclavo y por una aristocracia fiera, y desvanecida, que no se llamó a sí propia pueblo sino porque el pueblo no era nada?

Vengamos ahora a la nación hebrea, y antes de todo hablemos de su Dios, porque su nombre está escrito con caracteres imperecederos en todas las páginas de su historia. Su nombre es Jehová; su naturaleza, espiritual; su inteligencia, infinita; su libertad, completa; su independencia, absoluta; su voluntad, omnipotente. La creación fue un acto de esa voluntad independiente y soberana. Cuanto creó con su poder se mantiene con su providencia. Jehová mantiene a los astros en sus órbitas, a la tierra en su eje, al mar en su cauce. Las gentes se olvidaron de su nombre, y él retiró su mano de las gentes, y la inteligencia humana se vio envuelta de súbito en una eterna noche; y entonces eligió un pueblo entre todos y le llamó hacia sí, y le abrió el entendimiento para que entendiera; y entendió, y le adoró puesto de hinojos, y caminó por sus vías, y obedeció sus mandamientos, y se puso debajo de su mano, llena de venganzas y de misericordias, y ejecutó el encargo de ser el instrumento de sus inescrutables designios, y fue la luz de la tierra.

Único entre todos los pueblos, escogido y gobernado por Dios, el pueblo hebreo es también el único cuya historia es un himno sin fin en alabanza del Dios que le conduce y le gobierna. Apartado de todas las sociedades humanas, está solo, solo con Jehová, que le habla con la voz de sus profetas y con la de sus sacerdotes, y a quien responde con cánticos de adoración, que están resonando siempre en las cuerdas de su lira.

Los cánticos hebreos recibieron de la unidad majestuosa de su Dios su limpia sencillez, su noble majestad y su incomparable belleza. ¿Qué viene a ser la sencillez de los griegos, milagro del artificio, cuando se ponen los ojos en la sencillez hebraica, en la sencillez del pueblo predestinado, que vio en el cielo un solo Dios, en la humanidad un solo hombre y en la tierra un solo templo? ¿Cómo no había de ser maravillosamente sencillo un pueblo para quien toda la sabiduría estaba en una sola palabra, que la tierra pronunciaba con la voz de sus huracanes, el mar con la ronca voz de sus magníficos estruendos, las aves con la voz de su canto, los vientos con la voz de sus gemidos?

Lo que caracteriza al pueblo hebreo, lo que le distingue de todos los pueblos de la tierra, es la negación de sí mismo, su aniquilamiento delante de su Dios. Para el pueblo hebreo, todo lo que tiene movimiento y vida es rastro y huella de su majestad omnipotente, que resplandece así en el cedro de las montañas como en el lirio de los valles. Cada una de las palabras de Jehová constituye una época de su historia. Dios, le señala con el dedo la tierra de promisión y le promete que de su raza vendría aquel que anunció en el paraíso en los tiempos adámicos por Redentor del mundo y por Rey y Señor natural de las naciones. Ésta es la época de la promesa, que corresponde a la de los patriarcas. Apartado de los caminos del Señor, levanta ídolos en el desierto, cae en horrendas supersticiones e idolatrías, y el Señor le anuncia disturbios, guerras, cautiverios, torbellinos grandes y tempestuosos, la ruina del templo, el allanamiento de los muros de la ciudad santa y su propia dispersión por todos los ámbitos de la tierra. Ésta es la época de la amenaza. Por último, llega la hora en la plenitud de los tiempos, y aparece en el horizonte la estrella de Jacob, y se consuma el sacrificio cruento del Calvario, y el templo cae, y Jerusalén se desploma, y el pueblo judío se dispersa por el mundo. Ésta es la época del castigo.

Ya lo veis, señores; la historia del pueblo hebreo no es otra cosa, si bien se mira, sino un drama religioso, compuesto de una promesa, de una amenaza y de una catástrofe. La promesa la oyó Abrahán, y la oyeron todos los patriarcas; la amenaza la oyó Moisés, y la oyeron los profetas; la catástrofe todos la presenciamos. Vivos están los autores de esta tragedia aterradora. Vivo está el Dios de Israel, que tan grandes cosas obró para enseñanza perpetua de las gentes; vivo está el pueblo desventurado que puso una mano airada y ciega en el rostro de su Dios, y que, peregrino en el mundo, va contando a las naciones sus pasadas glorias y sus presentes desventuras.

Si es una cosa puesta fuera de toda duda que la explicación de su historia está en la palabra divina, no es menos evidente que hay una correspondencia admirable entre las vicisitudes de su poesía y las evoluciones de su historia. La primera palabra de su Dios es una promesa: su primer período histórico, el patriarcado; y los primeros cantos de su musa dicen al pueblo la promesa de su Dios y a Jehová las esperanzas de su pueblo. El encargo religioso y social de la poesía hebraica, en aquellos tiempos primitivos, era ajustar paces y alianzas entre la Divinidad y el hombre, siendo los mensajeros de estas paces, por parte del hombre, su profunda adoración; por parte de la Divinidad, su infinita misericordia. Nada es comparable al encanto de la poesía bíblica que corresponde a este período.

El patriarca es el tipo de la sencillez y de la inocencia. Más bien que el varón incorruptible y justo, es el niño sin mancilla de pecado; por eso oye a menudo aquella habla suavísima y deleitosa con que Dios le llama hacia sí; por eso recibe visitas de los ángeles. Más bien que el hombre recto, que anda gozoso por las vías del Señor, es el habitante del cielo que anda triste por el mundo, porque ha perdido su camino y se acuerda de su patria. Su único padre es su Dios, los ángeles son sus hermanos. Los patriarcas eran entonces, como los apóstoles han sido después, la sal de la tierra. En vano buscaréis por el mundo, en aquellos remotísimos tiempos, al hombre pobre de espíritu, rico de fe, manso y sencillo de corazón, modesto en las prosperidades, resignado en las tribulaciones, de vida inocente y de honestas y pacíficas costumbres. El tesoro de esas virtudes apacibles resplandeció solamente en las solitarias tiendas de los patriarcas bíblicos.

Huésped en la tierra de Faraón, el pueblo hebreo se olvidó de su Dios en los tiempos adelante y amancilló sus santas costumbres con las abominaciones egipcíacas; diose entonces a supersticiones y agüeros en aquella tierra agorera y supersticiosa, y trocó a un tiempo mismo su Dios por los ídolos y su libertad por la servidumbre. Arrancole de ella violentamente la mano de un hombre gobernado por una fuerza sobrehumana, el más grande de los profetas de Israel y el más grande entre los hijos de los hombres.

Cuéntase de muchos que han ganado el señorío de las gentes y asentado su dominación en las naciones por la fuerza del hierro; de ninguno se cuenta, sino de Moisés, que haya fundado un señorío incontrastable con sólo la fuerza de la palabra. Ciro, Alejandro, Mahoma, llevaron por el mundo la desolación y la muerte, y no fueron grandes sino porque fueron homicidas. Moisés aparta su rostro lleno de horror de las batallas sangrientas, y entra en el seno de Abrahán, vestido de blancas vestiduras y bañado de pacíficos resplandores. Los fundadores de imperios y principados, de que están llenas las historias, abrieron las zanjas y echaron los cimientos de su poder ayudados de fuertísimos ejércitos y de fantásticas muchedumbres. Moisés está solo en los desiertos de la Arabia, rodeado de un gigantesco motín por seiscientos mil rebeldes, y con esos seiscientos mil rebeldes, derribados en tierra por su voluntad soberana, se compone un grande imperio y un vastísimo principado. Todos los filósofos y todos los legisladores han sido hijos, por su inteligencia, de otros legisladores y de más antiguos filósofos. Licurgo es el representante de la civilización dórica; Solón, el representante de la cultura intelectual de los pueblos jonios; Numa Pompilio representa la civilización etrusca; Platón desciende de Pitágoras; Pitágoras, de los sacerdotes del Oriente. Sólo Moisés está sin antecesores.

Los babilonios, los asirios, los egipcios y los griegos estaban oprimidos por reyes, y él funda una república. Los templos levantados en la tierra estaban llenos de ídolos; él da la traza de un magnífico santuario, que es el palacio silencioso y desierto de un Dios tremendo e invisible. Los hombres estaban sujetos unos a otros; Moisés declara que su pueblo sólo está sujeto a su Dios. Su Dios gobierna las familias por el ministerio de la paternidad; las tribus, por el ministerio de los ancianos; las cosas sagradas, por el ministerio de los sacerdotes; los ejércitos, por el ministerio de sus capitanes, y la república toda, por su omnipotente palabra, que los ángeles del cielo ponen en el oído de Moisés en las humeantes cimas de los montes, que, turbándose con la presencia del que los puso allí, tiemblan en sus anchísimos fundamentos y se coronan de rayos.

Con los patriarcas tuvo fin la época de la promesa, y en Moisés tiene principio la época de la amenaza. Con la palabra de Dios cambia de súbito el semblante de su pueblo, y la poesía hebrea se conforma de suyo a ese nuevo semblante y a aquella nueva palabra. Dios se ha convertido, de Padre que era, en Señor; el pueblo, de hijo que era, en esclavo; Dios le quita la libertad en castigo de sus prevaricaciones y en premio de su rescate. «Yo soy vuestro Dios, y vosotros sois mi pueblo», había dicho Jehová a los santos patriarcas. «Yo soy tu Señor y tu propietario, el que te libró de la servidumbre de los Faraones»; esto dice Jehová, por la boca de Moisés a su pueblo prevaricador y rebelde; Dios deja de hablar dulce y secretamente a los hombres; los ángeles no visitan ya sus tiendas hospitalarias; la blanca y pura flor de la inocencia no abre su casto cáliz en los campos de Israel, que resuenan lúgubremente con amenazas fatídicas y con sordas imprecaciones. Todo es allí sombrío: el desierto con su inmensa soledad, el monte con sus pavorosos misterios, el cielo con sus aterradores prodigios. La musa de Israel amenaza como Dios y gime como el pueblo. Su pecho, que hierve como un volcán, está henchido hoy de bendiciones, mañana de anatemas; sus cantos imitan hoy la apacible serenidad de un cielo sin nubes, mañana el sordo estruendo de un mar en tumulto; hoy compone su rostro con la majestad épica, mañana se descomponen sus facciones con el terror dramático; poco después parece una bacante en su desorden lírico; ya se ciñe de palmas y canta la victoria, ya se inunda de llanto y deja que se escapen de su pecho tristes y dolorosas elegías.

Moisés, que es el más grande de todos los filósofos, el más grande de todos los fundadores de imperios, es también el más grande de todos los poetas. Homero canta las genealogías griegas, Moisés las genealogías del género humano; Homero cuenta las peregrinaciones de un hombre, Moisés las peregrinaciones de un pueblo; Homero nos hace asistir al choque violento de la Europa y del Asia, Moisés nos pone delante las maravillas de la creación; Homero canta a Aquiles, Moisés a Jehová; Homero desfigura a los hombres y a los dioses, sus hombres son divinos y sus dioses humanos; Moisés nos muestra sin velo el rostro de Dios y el rostro del hombre. El águila homérica no subió, más alta que las cumbres del Olimpo ni voló más allá de los griegos horizontes. El águila del Sinaí subió hasta el trono resplandeciente de Dios y tuvo debajo de sus alas todo el orbe de la tierra. En la epopeya homérica, todo es griego: griego es el poeta, griegos son los dioses, griegos los héroes. En la epopeya bíblica, todo es local y general a un tiempo mismo. El Dios de Israel es el Dios de todas las gentes; el pueblo de Israel es sombra y figura de todos los pueblos, y el poeta de Israel es sombra y figura de todos los hombres. Entre la epopeya homérica y la bíblica, entre Homero y Moisés, hay la misma distancia que entre Júpiter y Jehová, entre el Olimpo y el cielo, entre la Grecia y el mundo.

Ya lo veis, señores; para los que como nosotros comprenden la inconmensurable distancia que hay entre la divinidad gentílica y la hebrea y entre el sentimiento religioso del pueblo de Dios y el de los pueblos gentiles, la causa de la índole diversa de sus grandes monumentos poéticos no puede ser una cosa recóndita y oculta, éralo en tiempos pasados, cuando todas las gentes andaban en tinieblas y cuando la naturaleza del hombre y la de Dios eran secretos escondidos a todos los sabios. Pero como quiera que no podéis tener por ocioso y por fuera de sazón que mayores torrentes de luz esparzan la claridad de sus rayos sobre tan ardua y tan importante materia, bueno será que haya una estación aquí para llamar vuestra atención hacia la distancia que hay entre la mujer hebrea y la gentílica y hacia los diversos encargos que las dieron esas gentes en los domésticos hogares.

Y no extrañéis, señores, que inmediatamente después de haberos hablado de Dios os hable de la mujer. Cuando Dios, enamorado del hombre, su más perfecta criatura, determinó hacerle el primer don, le dio en su amor infinito a la mujer, para que esparciera flores por sus sendas y luz por sus horizontes. El hombre fue el Señor, y la mujer el ángel del paraíso.

Cuando la mujer cometió la primera de sus flaquezas, Dios permitió que el hombre cometiera el primero de sus pecados, para que vivieran juntos; juntos salieron de aquellas moradas espléndidas, con el pie lleno de temblor, el corazón de tristeza, y con los ojos oscurecidos con lágrimas. Juntos han ido atravesando las edades, su mano puesta en su mano, ahora resistiendo grandes torbellinos y tempestades procelosas, ahora dejándose llevar mansa y regaladamente por pacíficos temporales, surcando el mar de la vida con grande bonanza y con sosegada fortuna. Al herir Dios con la vara de su justicia al hombre prevaricador, cerrándole las puertas del delicioso jardín que para él había dispuesto con sus propias manos, tocado de misericordia quiso dejarle algo que le recordara el suave perfume de aquellas moradas angélicas; y le dejó a la mujer, para que al poner en ella sus ojos, pensara en el paraíso.

Antes que saliera del edén, Dios prometió a la mujer que de sus entrañas nacería, andando el tiempo, el que había de quebrantar la cabeza de la serpiente: De esta manera, el Padre de todas las justicias y de todas las misericordias juntó el castigo con la promesa y el dolor con la esperanza. Conservose completa esta tradición primitiva, según la cual la mujer era dos veces santa, con la santidad de la promesa y con la santidad del infortunio, entre los descendientes de Set, que merecieron ser llamados hijos de Dios; alterose, empero, notablemente entre los descendientes de Caín, que, por su mala vida y estragadas costumbres, fueron llamados hijos de los hombres; los primeros respetaron a la mujer, uniéndose con ella en la tierra con el vínculo santo, uno e indisoluble que el mismo Dios había formado en el cielo; los segundos la envilecieron y degradaron, instituyendo la poligamia, mancha del lecho nupcial; siendo Lamec, el primero de quien se cuenta que tomó por suyas dos mujeres. Con estos malos principios fueron los hombres a dar en grandes estragos, hasta que, generalizada la corrupción, se hizo necesaria la intervención divina y la subsiguiente desaparición de los hombres de sobre la faz de la tierra, cubierta toda con las aguas purificadoras del diluvio.

Aplacado el rostro de Dios, volvió a poblarse la tierra, conservando, empero, para perpetua enseñanza de los hombres, claros testimonios de sus iras; dispersáronse los hombres por todas sus zonas, y se levantaron por todas partes grandes imperios, compuestos de diversas gentes y naciones. Hubo entonces, como en los tiempos antediluvianos, quienes fueron llamados hijos de Dios, y otros, que se llamaron hijos, de los hombres; fueron los primeros los descendientes de Abrahán, de Isaac y de Jacob, que llevan en la Historia el nombre de hebreos; fueron los segundos los otros pueblos de la tierra, que llevan en la Historia el nombre de gentiles.

Desfigurada entre los últimos la tradición de la mujer, no llegó hasta ellos sino una vaga noticia de su primera culpa, y no vieron en ella otra cosa sino la causa de todos los males que afligen al género humano; borrada, por otra parte, casi de todo punto la tradición del matrimonio instituido en el cielo, los pueblos gentiles ignoraban que la mujer había nacido para ser la compañera del hombre, y la convirtieron en instrumento vil de sus placeres y en víctima inocente de sus furores. Por eso instituyeron, como sus ascendientes antediluvianos, la poligamia, que es el sepulcro del amor; y por eso la dieron, cuando así cumplía a sus antojos livianos, libelo de repudio, instituyendo el divorcio, que es la disolución de la sociedad doméstica, fundamento perpetuo de todas las asociaciones humanas. Por eso la hicieron esclava de su esposo, para que estuviera sin derechos y para que permaneciera perpetuamente en su poder, como una víctima a quien la sociedad pone en manos del sacrificador o debajo de la mano de su verdugo.

Esto sirve para explicar por qué el amor, que es para nosotros el más delicioso de todos los placeres y el más puro de todos los consuelos, era considerado por los gentiles como un castigo de los dioses. El amor entre el hombre y la mujer tenía algo de contrario a la naturaleza de las cosas, que repugna como un sacrilegio toda especie de unión entre seres entregados por la cólera divina a enemistades perpetuas. Cuando en los poemas griegos aparece el amor, luego al punto pasa por delante de nuestros ojos un fatídico nublado, síntoma cierto de que están cerca los crímenes y las catástrofes. El amor de Elena la adúltera pierde a Troya y al Asia; el amor de una esclava, siendo causa del odio insolente y desdeñoso de Aquiles, pone a punto de sucumbir a los griegos y a la Europa. Hasta la virtud en la mujer era presagio de tremendas desventuras: la honestidad de las mujeres latinas puso el hierro en las manos romanas y por dos veces produjo la completa perturbación del Estado. Las catástrofes domésticas iban juntas con las catástrofes políticas. El amor toca con su envenenada flecha el corazón de Dido, y arde en llamas impuras, y se consume en los incendios de una combustión espontánea. Fedra es visitada por el dios, y se siente desfallecer, como si hubiera sido herida por el rayo, y discurre por sus venas una llama torpe y un corrosivo vitriolo. Vosotros los que os agradáis en las emociones de los trágicos griegos, no os dejéis llevar de sus peligrosos encantos, que son encantos de sirenas. Esos amantes que allí veis, están en manos de las Euménides; huid de ellos, que están señalados con la señal de la cólera de los dioses y están tocados de la peste.

La mujer hebrea era, por el contrario, una criatura benéfica y nobilísima. Poseedores los hebreos de la tradición bíblica y sabedores del fin para que la mujer fue criada, la levantaron hasta sí, amándola como a compañera suya, y aun la pusieron a mayor altura que el hombre, por ser la mujer el templo en donde había de habitar el Redentor de todo el género humano. No fue, a la verdad, el matrimonio entre la gente hebrea un sacramento, como lo había sido antes en el paraíso, y como había de serlo en adelante, cuando el anunciado al mundo viniese en la plenitud de los tiempos; fue, sin embargo, una institución grandemente religiosa y sagrada, al revés de lo que era en las naciones gentílicas. Las bodas se celebraban al compás de las oraciones que pronunciaban los deudos de los esposos para atraer sobre la nueva familia las bendiciones del cielo; con estas solemnidades y estos ritos se celebraron las bodas de Rebeca con Isaac, de Rut con Booz y de Sara con Tobías. El gran legislador del pueblo hebreo había permitido la poligamia y el divorcio, desórdenes difíciles de ser arrancados de cuajo, cuando tan hondas raíces habían echado en el mundo, y sobre todo en sus zonas orientales. Esto no obstante, ni el divorcio ni la poligamia fueron tan comunes entre la gente hebrea como entre los pueblos gentiles, ni produjeron allí la disolución de la sociedad doméstica, neutralizadas como estaban aquellas instituciones con saludables y santas doctrinas; por lo que hace a la esclavitud de la mujer, fue cosa desconocida en el pueblo de Dios, como quiera que la esclavitud no se compadece con aquella alta prerrogativa de ser Madre del Redentor, otorgada a la mujer desde los tiempos adámicos.

Las tradiciones bíblicas, que fueron causa de la libertad de la mujer, fueron al mismo tiempo ocasión de la libertad de los hijos; los de los gentiles caían en el poder de sus padres, los cuales tenían sobre ellos el mismo derecho que sobre sus cosas; los de los hebreos eran hijos de Dios, y uno de ellos había de ser el Salvador de los hombres. De aquí el santo respeto y ternísimo amor de los hebreos a sus hijos, igual al que tenían a sus mujeres; de aquí el exquisito cuidado de las matronas en amamantar a sus propios pechos a los que habían llevado en sus entrañas, siendo tan universal esta costumbre, que sólo se sabe de Joás, rey de Judá; de Mifiboset y de Rebeca que no hayan sido amamantados a los pechos de sus madres. De aquí las bendiciones que descendían de lo alto sobre los progenitores de una numerosa familia y sobre las madres fecundas. Sus nietos son la corona de los ancianos, dice la Sagrada Escritura. Dios había prometido a Abrahán una posteridad numerosa, y esa promesa era considerada por los hebreos como una de las más insignes mercedes; de aquí la esmerada solicitud de sus legisladores por los crecimientos de la población, cosa advertida ya por Tácito, que, hablando del pueblo hebreo, observa lo siguiente: Augendae tamen multitudini consulitur: nam et necare quemquam ex agnatis nefas.

Si ponéis ahora la consideración en la distancia que hay entre la familia gentílica y la hebrea, echaréis luego de ver que están separadas entre sí por un abismo profundo: la familia gentílica se compone de un señor y de sus esclavos; la hebrea, del padre, de la mujer y de sus hijos; entran como elementos constitutivos de la primera deberes y derechos absolutos; entran a construir la segunda deberes y derechos limitados. La familia gentílica descansa en la servidumbre; la hebrea se funda en la libertad. La primera es el resultado de un olvido; la segunda, de un recuerdo; el olvido y el recuerdo de las divinas tradiciones, prueba clara de que el hombre no ignora sino porque olvida, y no sabe sino porque aprende.

Ahora se comprenderá fácilmente por qué la mujer hebrea pierde en los poemas bíblicos todo lo que tuvo entre los gentiles de sombrío y de siniestro, y por qué el amor hebreo, a diferencia del gentil, que fue incendio de los corazones, es bálsamo de las almas. Abrid los libros de los profetas bíblicos, y en todos aquellos cuadros, o risueños o pavorosos, con que daban a entender a las sobresaltadas muchedumbres o que iba deshaciéndose el nublado o que la ira de Dios estaba cerca, hallaréis siempre en primer término a las vírgenes de Israel siempre bellas y vestidas de resplandores apacibles, ahora levanten sus corazones al Señor en melodiosos himnos y en angélicos cantares, ahora inclinen bajo el peso del dolor las cándidas azucenas de sus frentes.

Si reunidas en coros en las plazas públicas o en el templo del Señor cantaban o se movían en concertadas cadencias al compás de sonoros instrumentos, las castas y nobles hijas de Sión parecían bajadas del cielo para consuelo de la tierra o enviadas por Dios para regalo de los hombres. Cuando los míseros hebreos, atados al carro del vencedor, pisaron la tierra de su servidumbre, pesoles más de la pérdida de su vista que de la de su libertad; sin ellas érales el sol odioso, el día oscuro, el canto triste; y luego que por falta de lágrimas suspendieron su llanto y por falta de fuerzas sus gemidos, cerraron sus ojos a la luz y colgaron sus inútiles arpas en los sauces tristes de Babilonia.

Ni se contentaron los hebreos con fiar a la mujer el blando cetro de los hogares, sino que pusieron muchas veces en su mano fortísima y victoriosa el pendón de las batallas y el gobierno del Estado. La ilustre Débora gobernó la república en calidad de juez supremo de la nación; como general de los ejércitos, peleó y ganó batallas sangrientas; como poeta, celebró los triunfos de Israel y entonó himnos de victoria, manejando a un tiempo mismo con igual soltura y maestría la lira, el cetro y la espada.

En tiempo de los reyes, la viuda de Alejandro Janneo tuvo el cetro diez años; la madre del rey Asa le gobernó en nombre de su hijo, y la mujer de Hircano Macabeo fue designada por este príncipe para gobernar el Estado después de sus días. Hasta el espíritu de Dios, que se comunicaba a pocos, descendió también sobre la mujer, abriéndola los ojos y el entendimiento para que pudiese ver y entender las cosas futuras. Hulda fue alumbrada con espíritu de profecía, y los reyes se acercaban a ella sobresaltados de un gran temor, contritos y recelosos, para saber de sus labios lo que en el libro de la Providencia estaba escrito de su imperio. La mujer, entre los hebreos, ahora gobernase la familia, ahora dirigiera el Estado, ahora hablara en nombre de Dios, ahora, por último, avasallara los corazones, cautivos de sus encantos, era un ser benéfico, que ya participaba tanto de la naturaleza angélica como de la naturaleza humana. Leed si no el Cantar de los Cantares, y decidme si aquel amor suavísimo y delicado, si aquella esposa vestida de olorosas y cándidas azucenas, si aquella música acordada, si aquellos deliquios inocentes, y aquellos subidos arrobamientos, y aquellos deleitosos jardines no son, más bien que cosas vistas, oídas y sentidas en la tierra, cosas que se nos han representado como en sueños en una visión del paraíso.

Y, sin embargo, señores, para conocer a la mujer por excelencia, para tener noticia del encargo que ha recibido de Dios, para considerarla en toda su belleza inmaculada y altísima, para formarse alguna idea de su influencia santificadora, no basta poner la vista en aquellos bellísimos tipos de la poesía hebraica, que hasta ahora han deslumbrado nuestros ojos y han embargado nuestros sentidos dulcemente. El verdadero tipo, el ejemplar verdadero de la mujer no es Rebeca, ni Débora, ni la Esposa del Cantar de los Cantares llena de fragancias como una taza de perfumes. Es necesario ir más allá y subir más alto; es necesario llegar a la plenitud de los tiempos, al cumplimiento de la primitiva promesa; para sorprender a Dios formando el tipo perfecto de la mujer, es necesario subir hasta el trono resplandeciente de María. María es una criatura aparte, más bella por sí sola que toda la creación; el hombre no es digno de tocar sus blancas vestiduras; la tierra no es digna de servirla de peana, ni de alfombra los paños de brocado; su blancura excede a la nieve que se cuaja en las montañas, su rosicler al rosicler de los cielos, su esplendor al esplendor de las estrellas. María es amada de Dios, adorada de los hombres, servida de los ángeles. El hombre es una criatura nobilisíma, porque es señor de la tierra, ciudadano del cielo, hijo de Dios; pero la mujer se le adelanta, y le deslustra, y le vence, porque María tiene nombres más dulces y atributos más altos. El Padre la llama Hija, y la envía embajadores; el Espíritu Santo la llama Esposa, y la hace sombra con sus alas; el Hijo la llama Madre, y hace su morada de su sacratísimo vientre; los serafines componen su corte, los cielos la llaman Reina, los hombres la llaman Señora; nació sin mancha, salvó al mundo, murió sin dolor, vivió sin pecado.

Ved ahí la mujer, señores, ved ahí la mujer; porque Dios en María las ha santificado a todas: a las vírgenes, porque ella fue virgen; a las esposas, porque ella fue esposa; a las viudas, porque ella fue viuda; a las hijas, porque ella fue hija; a las madres, porque ella fue madre. Grandes y portentosas maravillas ha obrado el cristianismo en el mundo; él ha hecho paces entre el cielo y la tierra, ha destruido la esclavitud; ha proclamado la libertad humana y la fraternidad de los hombres; pero, con todo eso, la más portentosa de todas sus maravillas, la que más hondamente ha influido en la constitución de la sociedad doméstica y de la civil, es la santificación de la mujer, proclamada desde las alturas evangélicas. Y cuenta, señores, que desde que Jesucristo habitó entre nosotros, ni sobre las pecadoras es lícito arrojar los baldones y el insulto, porque hasta sus pecados pueden ser borrados por sus lágrimas. El Salvador de los hombres puso a la Magdalena debajo de su amparo, y cuando hubo llegado el día tremendo en que se anubló el sol y se estremecieron y dislocaron dolorosamente los huesos de la tierra, al pie de su cruz estaban juntas su inocentísima Madre y la arrepentida pecadora, para darnos así a entender que sus amorosos brazos estaban abiertos igualmente a la inocencia y al arrepentimiento.

Ya hemos visto de qué manera el sentimiento religioso y el del amor y la noticia completa o desfigurada de la Divinidad y de la mujer sirven hasta cierto punto para ponernos de manifiesto las diferencias esenciales que se advierten entre la poesía bíblica y la de los pueblos gentiles. Sólo nos falta ahora, para dar fin a este discurso, que va creciendo demasiado, poner a vuestra vista, como de relieve, la inconmensurable distancia que hay entre las constituciones políticas de los pueblos más cultos entre los antiguos y la del pueblo hebreo, depositario de la palabra revelada, y el diverso influjo que esas distintas constituciones ejercieron en la diferente índole de la poesía gentílica y de la hebraica.

Ya he manifestado antes, y confirmo ahora mi primera manifestación, que las fuentes de toda poesía grande y elevada son el amor a Dios, el amor a la mujer y el amor al pueblo, de tal manera que la poesía pierde las alas con que vuela allí donde los poetas no pueden beber la inspiración en esos manantiales fecundos, en esas clarísimas fuentes. Para que existan esos fecundísimos amores, una cosa es necesaria: que sea conocida la Divinidad con toda su pompa, la mujer con todos sus encantos, el pueblo con todas sus libertades y todas sus magnificencias; por esta razón, allí donde se da el nombre de Dios a la criatura, de mujer a una esclava, de pueblo a una aristocracia opresora, puede afirmarse, sin temor de ser desmentido por los hechos, que la poesía, con toda su pompa y majestad, no existe, porque no existen esos fecundísimos amores.

Ahora bien: la noción del pueblo es el resultado de estas dos nociones: la de la asociación y la de la fraternidad. ¿Sabéis lo que es el pueblo? El pueblo es una asociación de hermanos, y ved por qué la noción del pueblo no puede coexistir en el entendimiento con la de la esclavitud. De donde se sigue que el pueblo no ha podido existir ni ha existido sino en las sociedades depositarias de la idea de la fraternidad, revelada por Dios a la gente hebrea, por Jesucristo a todas las gentes. Lo que en las repúblicas griegas se llamó pueblo no fue ni pudo ser un verdadero pueblo, es decir, una asociación de hermanos, sino una verdadera aristocracia, o, lo que es lo mismo, una asociación de señores.

Esto explica por qué entre los griegos la poesía es eminentemente aristocrática. Homero canta a los reyes y a los dioses, nos dice sus genealogías, nos cuenta sus aventuras, nos describe sus guerras, celebra su nacimiento y llora su muerte. Los poetas trágicos presentan a nuestra vista el espectáculo, soberbiamente grandioso de sus amores, de sus crímenes y de sus remordimientos. Los humanos infortunios y las pasiones humanas, para ser elevadas a la dignidad y a la altura de sentimientos trágicos, debían caer sobre las frentes y conturbar los corazones de hombres de regia estirpe y de nobilísima cuna. El fratricidio no era un asunto trágico si los fratricidas no se llamaban Eteocles y Polinice y si la sangre no manchaba los mármoles del trono. El incesto no era digno del coturno si la mujer incestuosa no se llamaba Fedra o Yocasta y si el horrendo crimen no manchaba el tálamo de los reyes. Por donde se ve que entre los griegos no había asuntos trágicos, sino personas trágicas, y que la tragedia no era aquella voz de terror, aquel acerbo gemido que la humanidad deja escaparse de sus labios cuando la turban las pasiones, sino aquella otra voz fatídica y tremenda que resonaba lúgubremente en los regios alcázares cuando los dioses querían dar en espectáculo al mundo las flaquezas de las dinastías y la fragilidad de los imperios.

Si volvemos ahora los ojos al pueblo de Dios, nos causará maravilla la grandeza y la novedad del espectáculo. El pueblo de Dios no trae su origen ni de semidioses ni de reyes; desciende de pastores. Hijos todos los hebreos de Abrahán, de Isaac y de Jacob, todos son hermanos. Rescatados todos de la servidumbre de Egipto, todos son libres; sujetos todos a un solo Dios y a una sola ley, todos son iguales. El pueblo de Dios es el único de la tierra, entre los antiguos, que conservó en toda su pureza la noción de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad de los hombres. Cuando Moisés les dio leyes, no instituyó el gobierno aristocrático, sino el popular, y les concedió derecho de elegir sus propios magistrados, que, en calidad de guardadores de su divino estatuto, tenían el encargo y el deber de mantenerlos a todos, así en la paz como en la guerra, bajo el imperio igual de la justicia. Desconocíanse entre los hebreos los privilegios aristocráticos y las clases nobiliarias, y temeroso su gran legislador de que la desigual distribución de las riquezas no alterase con el tiempo aquella prudente armonía de todas las fuerzas sociales, puestas como en equilibrio y balanza, instituyó el jubileo, que venía a restablecer periódicamente esa justa balanza y ese sabio equilibrio. Dieron a sus magistrados supremos el nombre de jueces, sin duda para significar que su oficio era guardar y hacer guardar la ley que les había dado Dios por su Profeta, sin la legítima intervención de su voluntad particular y de sus livianos antojos. En este estado se mantuvo la república largo tiempo, hasta que el pueblo, amigo siempre de mudanzas y novedades, cambió su propio gobierno, instituyendo la monarquía por un acto solemne de su voluntad soberana. Este cambio, sin embargo, tuvo menos de real que de aparente, como quiera que el rey no fue sino el heredero de la autoridad del juez, limitada por la voluntad de Dios y por la voluntad del pueblo.

Por eso, el pueblo es la persona trágica por excelencia en las tragedias bíblicas. Al pueblo se dirige la promesa y la amenaza; el pueblo es el que acepta y sanciona la ley; el pueblo es el que rompe en tumultos y rebeliones, el que levanta ídolos y los adora, el que quita jueces y pone reyes, el que se entrega a supersticiones y agüeros, el que bendice y maldice a un tiempo mismo a sus profetas, el que ya los levanta sobre todas las magistraturas, ya los destroza con atrocísimos tormentos; el que magnifica al Dios de Israel y recibe con himnos de alabanza a los dioses egipcios y babilonios; el que, puesto en el trance de escoger las iras del Señor y sus misericordias, en el ejercicio de su voluntad soberana renuncia a sus misericordias y va delante de sus iras. En Israel no hay más que el pueblo: el pueblo lo llena todo, al pueblo habla Dios, al pueblo habla Moisés, del pueblo hablan los profetas, al pueblo sirven los sacerdotes, al pueblo sirven los reyes, hasta los salmos de David, cuando no son los gemidos de su alma, son cantos populares.

Las pompas de la monarquía duraron poco, y se desvanecieron como la espuma. Fueron David y Salomón príncipes temerosos de Dios, amigos del pueblo, en la paz magnánimos y en la guerra felicísimos; gobernaron a Israel con imperio templado y justo, y su prosperidad pasaba delante de sus deseos; el último fue visitado por los reyes del Oriente, levantó el templo del Señor sobre piedras preciosas y le enriqueció con maderamientos dorados; la fama de sus magnificencias y de su sabiduría más que humana se extendió por todas las gentes. Pero cuando estos príncipes dichosos bajaron al sepulcro, luego al punto comenzó a despeñarse la majestad del imperio, sin que nunca más tornara a volver en sí; dividiéronse las tribus, y, rota la santa unidad del pueblo de Dios, se formaron de sus fragmentos dos imperios enemigos, dados ambos a torpezas y deleites. Siguiéronse de aquí grandes discordias y guerras, furiosos temporales y horrendas desventuras. Los reyes se hicieron idólatras y adoraron los ídolos; los sacerdotes se entregaron al ocio y al descanso. El pueblo se había olvidado de su Dios, y las muchedumbres tumultuaban en las calles.

En medio de tan procelosas tempestades, y corriendo tiempos tan turbios y aciagos, despertó Dios a sus grandes profetas, para que hicieran resonar en Judá el eco de su palabra y sacaran de su profundo olvido y hondo letargo a los reyes idólatras, a los sacerdotes ociosos y a aquellas bárbaras muchedumbres, dadas a sediciones y tumultos. Jamás en ningún pueblo de la tierra, antiguo ni moderno, hubo una institución tan admirable, tan santa y tan popular como la de los profetas del pueblo de Dios.

Atenas tuvo poetas y oradores; Roma, tribunos y poetas. Los profetas del pueblo de Dios fueron poetas, tribunos y oradores a un tiempo mismo; como los poetas, cantaban las perfecciones divinas; como los tribunos, defendían los intereses populares; como los oradores, proponían lo que juzgaban conforme a las conveniencias del Estado. Un profeta era más que Homero, más que Demóstenes, más que Graco; era Graco, Homero y Demóstenes a un mismo tiempo. El profeta era el hombre que daba de mano a todo regalo de la carne y a todo amor de la vida, y que, mensajero de Dios, tenía el encargo de poner su palabra en el oído del pueblo, en el oído de los sacerdotes y en el oído de los reyes. Por eso los profetas amenazaban, imprecaban, maldecían; por eso dejaban escaparse de sus pechos, poderosas, tremendas, aquellas voces de temor y de espanto que se oían en Jerusalén cuando venía sobre ella con ejército fortísimo y numerosísimo el rey de Babilonia, ministro de las venganzas de Jehová, y de sus iras celestiales.

Los poetas cesáreos miraban siempre, antes de hablar, los semblantes de los príncipes. Los oradores y los tribunos de Atenas y de Roma tenían puestos los ojos, antes de soltar los torrentes de su elocuencia, en los semblantes del pueblo; los profetas de Israel cerraban los ojos para no lisonjear ni los gustos de los pueblos ni los antojos de los reyes, atentos sólo a lo que Dios les decía interiormente en sus almas; por eso hicieron frente a los odios implacables de los príncipes, que, habiendo puesto su sacrílega mano en el templo de Dios, no temían ponerla en el rostro augusto de sus profetas; por eso resistieron con constantísimo semblante a la grande indignación y bramido popular, creciendo su constancia al compás de la persecución y al compás de las olas de aquellas furiosas tempestades, sin que se doblegasen sus almas sublimes al miedo de los tormentos; por eso, en fin, casi todos, o entregaron sus gargantas al cuchillo o buscaron en tierras extrañas un triste sepulcro.

Yo no sé, señores, si hay en la Historia un espectáculo más bello que el de los profetas del pueblo de Dios luchando armados con el solo misterio de la palabra, contra todas las potestades de la tierra. Yo no sé si ha habido en el mundo poetas más altos, oradores más elocuentes, hombres más grandes, más santos y más libres; nada faltó a su gloria: ni la santidad de la vida, ni la santidad de la causa que sustentaron, ni la corona del martirio.

Con los profetas tuvo fin la época de la amenaza; con el Salvador del mundo comienza la época del castigo. Antes de poner término a este discurso hagamos todos aquí una estación; recojamos el espíritu y el aliento, porque el momento es tan terrible como solemne.

Sófocles escribió una de las más bellas tragedias del mundo, que intituló Edipo rey. Esta tragedia ha sido traducida, imitada, reformada por los más bellos ingenios, y a nosotros nos ha cabido la suerte de poseer con ese título una de las tragedias que más honran nuestra literatura clásica.

Pero hay otra tragedia más admirable, más portentosa todavía, que corre sin nombre de autor, y a quien su autor no puso título, sin duda porque no es una tragedia especial, sino más bien la tragedia por excelencia. Son sus actores principales Dios y un pueblo; el escenario es el mundo, y al prodigioso espectáculo de su tremenda catástrofe asisten todas las gentes y todas las naciones. Entre esa gran tragedia y la de Sófocles, a vuelta de algunas diferencias, hay tan maravillosas semejanzas, que me atrevería a intitularla Edipo pueblo.

Edipo adivina los enigmas de la esfinge, y es reputado por el más sabio y el más prudente de los hombres; el pueblo judío adivina el enigma de la humanidad, oculto a todas las gentes, es decir, la unidad de Dios y la unidad del género humano, y es llamado por Jehová antorcha de todos los pueblos. Los dioses dan a Edipo la victoria sobre todos los competidores y le asientan en el trono de Tebas. Jehová lleva como por la mano al pueblo hebreo a la tierra de promisión y le saca vencedor de todos sus enemigos. Los dioses, por la voz de los oráculos délficos, habían anunciado a Edipo, entre otras cosas nefandas, que sería el matador de su padre; Jehová, por la voz de los oráculos bíblicos, había anunciado a los judíos que matarían a su Dios. Un hombre muere a manos de Edipo en una senda solitaria; un hombre muere a manos del pueblo de Dios en el Calvario; este hombre era el Dios de Judá; aquel hombre era el padre de Edipo. Yo no sé lo que hay; pero algo hay, señores, en este similiter cadens de la Historia, que causa un involuntario pero profundísimo estremecimiento.

Ya lo veis, señores: unos mismos son los oráculos y una misma la catástrofe; ahora veréis cómo una misma ceguedad hace inevitable esa catástrofe y hace buenos aquellos tremendos oráculos.

Edipo sabe que mató a aquel hombre en aquella senda; pero su conciencia está tranquila, porque su padre era Polibio; Polibio estaba muy, lejos de allí, y el que murió, a sus manos era desconocido y extranjero. Los judíos saben que mataron al hombre de Nazaret, saben que le pusieron en una cruz en el monte Calvario y que le pusieron entre dos ladrones para más escarnecerle; pero su conciencia está tranquila; su Dios había de venir, pero aún estaba lejos; su Dios había de ser conquistador y Rey, y había de rugir como el león de Judá, mientras que el hombre de la cruz había nacido en pobre lugar, de padres pobres, y no había encontrado una piedra en donde reclinar su frente. «Si eres hijo de Dios, ¿por qué no bajas de la cruz?», dijo el pueblo judío. «Si el que murió a mis manos me había dado el ser, ¿cómo al darle la muerte no saltó el corazón en mi pecho?» « ¿Cómo es que no me habló la voz de la sangre?», esto dijo el rey parricida. Y el pueblo matador de su Dios y el hombre matador de su padre se complacieron en su sagacidad, y escarnecieron a los oráculos y se mofaron de los profetas.

Pero la Divinidad implacable, que calladamente está en ellos y obra en ellos, los empuja para que caigan y quita la luz de sus ojos para que no vean los abismos. Ambos se hallan poseídos de súbito de una curiosidad inmensa, sobrehumana. Edipo pregunta a Yocasta, pregunta a Tiresias, pregunta al anciano que sabe su secreto: «¿Quién es el hombre de la senda? ¿Quién es mi padre? ¿Quién soy yo?» El pueblo judío pregunta a Jesús: «¿Quién eres? ¿Eres, por ventura, nuestro Dios y nuestro Rey?» El drama aquí comienza a ser terribilísimo; no hay pecho que no sienta una opresión dolorosa, inexplicable, increíble; ni frente que no esté bañada con sudores, ni alma que no desfallezca con angustias.

Entre tanto, la cólera de los dioses cae sobre Tebas: la peste diezma las familias y envenena las aguas y los aires. El cielo se deslustra, las flores pierden su fragancia, los campos su alegría. En la populosa ciudad reina el silencio y el espanto, la desolación y la muerte. Las matronas tebanas discurren por los templos, y con votos y plegarias cansan a los dioses. Sobre Jerusalén la mística, la gloriosa, cae un velo fúnebre; por aquí van santas mujeres que se lamentan, por allí discurren en tumulto muchedumbres que se enfurecen. Todas las trompetas proféticas resuenan a la vez en la ciudad sorda, ciega y maldita, que lleva al Calvario al justo. «Una generación no pasará sin que vengan sobre vosotras, matronas de Sión, tan grandes desventuras, que seréis asombro de las gentes; ya, ya asoman por esos repechos las romanas legiones; ya cruzan por los aires, trayendo el rayo de Dios, las águilas capitolinas. ¡Jerusalén! ¡Jerusalén! ¡Ay de tus hijos! Porqué tienen hambre, y no encuentran pan; tienen sed, y no encuentran agua; quieren hacer plegarias y votos en el templo de Dios, y están sin Dios y sin templo; quieren vivir, y a cada paso tropiezan con la muerte; quieren una sepultura para sus cuerpos, y sus cuerpos yacen en los campos sin sepultura y son pasto de las aves.»

Edipo sale de su alcázar para consolar a su pueblo moribundo, y gobernando los dioses su lengua, los toma por testigos de que el culpable será puesto a tormento y echado de la tierra; lanza sobre él anticipadamente la excomunión sacerdotal; le maldice en nombre de la tierra y del cielo, de los dioses y de los hombres, y carga su cabeza con las execraciones públicas. El pueblo judío, tomado de un vértigo caliginoso, poseído de un frenesí delirante, puesto debajo de la mano soberana que le anubla los ojos y le oscurece la razón y ardiendo en la fragua de sus furores, exclama diciendo: Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos. ¡Desventurado pueblo! ¡Desventurado rey! Ellos pronuncian su propia sentencia, siendo a un tiempo mismo jueces, víctimas y verdugos. Y después, cuando los oráculos bíblicos y los délficos se cumplieron, los torbellinos arrancan al pueblo deicida de la tierra de promisión, y el parricida huye del trono de Tebas.

Edipo fue horror de la Grecia; el pueblo judío es horror de los hombres. Edipo caminó con los ojos sin luz, de monte en monte y de valle en valle, publicando las venganzas divinas; el pueblo judío camina, sin lumbre en los ojos y sin reposarse jamás, de pueblo en pueblo, de región en región, de zona en zona, mostrando en sus manos una mancha de sangre, que nunca se quita y nunca se seca. Prefirió la ley del talión a la ley de la gracia, y el mundo le juzga por la ley que él mismo se ha dado; dio bofetadas a su Dios, y ha ya diecinueve siglos que está recibiendo las bofetadas del mundo; escupió en el rostro de Dios, y el mundo escupe en su rostro; despojó a su Dios de sus vestiduras, y las naciones confiscan sus tesoros y le arrojan desnudo al otro lado de los mares; dio a beber a su Dios vinagre con hiel, y con beber en ella a todas horas el pueblo deicida, no consigue apurar la copa de las tribulaciones; puso en los hombros de su Dios una cruz pesadísima, y hoy se inclina su frente bajo el peso de todas las maldiciones humanas; crucificó, y es crucificado. Pero el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob al mismo tiempo que justiciero, es clemente; mientras que los dioses ningún otro consuelo dejaron a Edipo sino su Antígona, el Dios que murió en la cruz, en prenda de su misericordia, dejó a sus matadores la esperanza.

Entre la tragedia de Sófocles y esa otra tragedia sin nombre y sin título, cuya maravillosa grandeza acabo de exponer a vuestros ojos con toda su terrible majestad, hay la misma distancia que entre los dioses gentílicos y el Dios de los hebreos y los cristianos; la misma que entre la Fatalidad y la Providencia; la misma que entre las desdichas de un hombre y las desventuras de un pueblo que ha sido el más libre de todos los pueblos y el más grande de todos los poetas.

He terminado, señores, el cuadro que me había propuesto presentar ante vuestros ojos; sí os parece bello y sublime, su sublimidad y su belleza están en él, como trazado que, ha sido por el mismo Dios en la larga y lamentable historia de un pueblo maravilloso; si en él encontráis grandes lunares y sombras, esas sombras y esos lunares son míos; por ellos reclamo vuestra indulgencia; vuestra indulgencia, señores, que nunca ha sido negada a los que, como yo, la imploran y a los que, como yo, la necesitan.


Juan Donoso Cortés
Marqués de Valdegamas
(6 de mayo de 1809-3 de mayo de 1853)


Fuente: www.cervantesvirtual.com