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viernes, 15 de agosto de 2008

Comentario del Crdenal Gomá al Evangelio de la Solemnidad de la Asuncion de la Santisima Virgen Maria


Visitación de la Virgen a su parienta Isabel

Explicación

El episodio de la Visitación tuvo lugar poco después de la Anunciación, probablemente los meses de abril-junio del mismo año del nacimiento del Señor. La narración de Lucas conserva toda la ingenuidad, sencillez y unción propias del Evangelio de la Infancia. Es un trazo delicioso que une la narración de las dos concepciones y los dos nacimientos, del Bautista y Jesús.

Gabriel había aludido, en la Anunciación de la encarnación del Verbo, a la maternidad de Isabel, parienta de María. Ignórase el grado de parentesco que uniese a las dos benditas mujeres: es opinión antiquísima, sostenida por San Hipólito, que las madres ambas eran hermanas, de la tribu de Judá, de las que casaría una en la familia de Aarón y otra, la madre de la Virgen, en la familia de David. Serían, en esta hipótesis, primas hermanas.

La salutación (39-45)

Y en aquellos días, no inmediatamente después de la visita del ángel, sino después de algunos días que pasaría la Señora en la contemplación y acción de gracias por los altísimos misterios que en ella se habían obrado, levantándose María, en lo que se expresa el propósito y los preparativos de un viaje, fue con prisa a la montaña, a una ciudad de Judá. Va con prisa la Virgen, empujada por el gozo de la fausta nueva que comunicará a su prima y por los solícitos cuidados que desea prodigarla: la caridad no sufre demoras. Sola, o en compañía de una sirvienta, quizás aprovechando la coyuntura de algún conocido que subiese a Jerusalén, a pie o montada en humilde asnilla, cabalgadura corriente en su tiempo, como lo es aún hoy en aquel país, sale María de la Galilea, atraviesa la Samaria y parte de la Judea hasta internarse en la región montañosa de Judá y entrar en la ciudad donde mora su prima. El camino es largo e ingrato, 127 kilómetros, en el que invertiría la Virgen unas cinco jornadas.

Bájase, para subir luego a Jerusalén, a unos 800 metros de altitud, y descender otra vez al valle de Ain Kârim.

Y entró en casa de Zacarías. La tradición señala dos casas propiedad de Zacarías en Ain Kârim: una a la entrada del pueblo llegando a Jerusalén, en la vertiente oriental del valle; en ella residía habitualmente el santo matrimonio y allí, en una gruta semejante a la descrita en la casa de la Virgen, nació el Bautista: levántase hoy en aquel sitio la Iglesia de la Natividad, con una residencia de Padres Franciscanos. Al lado opuesto del valle y a medio kilómetro de distancia estaría emplazada la otra casa, a la que se refiere el texto y donde tuvo lugar la Visitación. Se levanta hoy allí el Santuario de la Visitación, cuya visita produce emoción profunda: allí se pronunció por vez primera el Magnificat, como en la otra casa fue pronunciado el Benedictus. Tal vez el mismo Evangelio de Lucas favorezca esta tradición cuando dice que Isabel, después de su concepción, se retiró durante cinco meses (v. 24). Pasaría de su residencia habitual a la otra casa, situada en las afueras.

Y saludó a Isabel: saluda la joven a la anciana, la excelsa Madre de Dios a la menos digna: es señal y ejemplo de humildad. Y cuando Isabel oyó la salutación de María, el niño dio saltos en su seno, y fue llena Isabel del Espíritu Santo: La presencia del Verbo encarnado llena de bendiciones al Bautista y a su madre. Las primeras gracias de Jesús al mundo vienen por mediación de María: así será en toda la historia del cristianismo. El niño salta de gozo en el seno de la madre: es una exultación absolutamente sobrenatural, consciente, según la mayor parte de los intérpretes, por la que el Precursor demuestra conocer y saluda al Mesías. La madre queda llena del Espíritu Santo, con luces abundantes y extraordinarias para conocer los misterios en su prima obrados. Y exclamó en alta voz, signo de su emoción y entusiasmo, producidos por la irrupción del divino Espíritu, y dijo: Bendita tú entre las mujeres: es la repetición de las palabras del ángel a María. Saludada ésta como la única exenta de toda maldición, Isabel rinde homenaje al Mesías ante el cual se halla: Y bendito el fruto de tu vientre, es decir, obra exclusiva de tu concepción virginal, santificado, hasta como hombre, con la plenitud de toda gracia.

Isabel, que a la claridad de la revelación divina ha visto la grandeza de la Madre y del Hijo que van a hospedarse en su humilde casa, se admira de la gran dignación de su Señor y de su Madre al visitarla, y expresa humildemente su indignidad: Y, ¿de dónde esto a mí, que la Madre de mi Señor venga a mí? ¿Dónde están mis méritos para favor tan alto? Y cuenta luego a su parienta la forma con que el Precursor, su Hijo, ha manifestado sensiblemente la presencia de su Dios: Porque he aquí que tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, dio el niño saltos de gozo en mi seno: es el Precursor, que ha conocido al Mesías y que empieza a ejercer su oficio desde el seno materno. Y dirigiéndose Isabel otra vez a la Madre, alaba la magnitud de su fe: Bienaventurada tú que creíste, que tuviste fe; fe la más heroica que pudo Dios exigir a una criatura, por la magnitud de la promesa, por lo peregrino del hecho anunciado a la Virgen, por la profundidad de los misterios que en él se encierran, por lo nuevo e insólito de la forma de la encarnación del Verbo; y, no obstante todo ello, dócilmente, con plenitud y rapidez de asentimiento, has creído la palabra del ángel y lo estupendo de los hechos que te anunció. Lo has creído y será así, que jamás falta Dios a su palabra: Porque tendrá cumplimiento lo que te fue dicho de parte del Señor.

El Magnificat (46-55)

A las alabanzas de Isabel responde María con el sublime cántico que perdurará tanto como la humanidad y resonará perpetuamente por todos los ámbitos del mundo: el «Magnificat», canto de un alma agradecida, nobilísima y santísima, «el grito más magnífico que jamás haya salido de humano pecho». Cantó María, hermana de Moisés, dice Alberto Magno, cuando vio al pueblo de Israel libre de las manos del Faraón (Ex. 15); cantó Débora al ser libertado el pueblo de manos de Sísara (Jud. 5); y, ¿no cantará María virgen al Libertador universal? Mejor cantará que cuantos cantaron sólo las figuras del gran misterio. También cantó Moisés al dar al pueblo de Dios su ley; cantó Ana al engendrar al profeta fiel; más dignamente canta María, que da al mundo al Legislador y al Señor de los profetas.

Y dijo María... Como Isabel, y más que ella, está María llena del Espíritu Santo, que ha venido ya sobre la Madre de Dios (v. 35). Pero contrasta el acento, reposado y sereno, de María con los transportes de su prima: es que su alma estaba llena de Dios; habitaba en Ella la plenitud substancial de la divinidad; en sus palabras se transparenta la noble elevación, la paz tranquila que da la posesión de Dios. Acostumbrada la Virgen a la lectura de las Escrituras, conservando en su memoria los rasgos principales de los antiguos cánticos relativos al Mesías, proyecta María en su hermoso poema toda la fuerza y belleza de los mismos, añadiendo la luz nueva que le comunica el divino Espíritu de que esta llena.

Tiene el cántico tres estrofas. La primera, vv. 46-50, es una efusión de gratitud hacia Dios, que tales gracias había obrado en ella. Mi alma engrandece al Señor: la que había sido alabada por el ángel y por Isabel, devuelve a Dios todas sus alabanzas, le ensalza y reconoce su excelsitud. Y mi espíritu se regocijó en Dios mi Salvador: son todas las potencias, toda su vida, la que exulté de gozo en el misterio de la encarnación, que fue salvación para ella y el mundo. Alma y espíritu son palabras equivalentes: es la Virgen, todo su ser, que alaba y admira y canta a Dios, y que salta de gozo santísimo al ver la realidad de la salvación universal.

Y da María la razón de su gratitud exultante: Porque (Dios) miró la bajeza de su esclava. En el lenguaje de la Escritura, cuando mira Dios a uno es para colmarle de dones, como volverle el rostro es indicio de males y castigos. Ha mirado Dios benignamente la bajeza de su sierva, humilitatem, no la humildad virtud, que la verdadera humildad no se reconoce a sí misma, sino la vileza, la insignificancia, la nada: esto piensa y dice de sí María. No podía darse mayor abajamiento en menos palabras. La ha mirado Dios y la ha hecho su Madre: de la nada la ha levantado por sobre toda pura criatura; esta situación de privilegio en el mundo, única, que constituye a María en un plano sólo inferior a Dios, que la da una relación única con Dios, pues la hace Esposa , Hija y Madre de Dios, atraerá hacia ella pensamiento y corazón de todos los humanos, que la considerarán y alabarán como la más feliz de todas las criaturas: Pues ya desde ahora, ha empezado su prima Isabel, me dirán bienaventurada todas las generaciones. La historia nos dice cuán magníficamente se ha cumplido esta profecía de María: todos los cristianos, de todos los pueblos y tiempos, han celebrado y celebrarán la maternidad divina de María; ella es la gloria y ornamento perdurable de la humanidad. Ninguna criatura, después de su Hijo, ha sido más bendecida que ella.

Como da María la razón del gozo que tan profundamente la conmueve, y que la ha hecho romper en el himno magnífico, así la da del honor que la dispensarán las generaciones; Porque me ha hecho cosas grandes el que es poderoso. Mayores no podían ser los prodigios que obró Dios en esta criatura: la sola encarnación del verbo en sus entrañas es la obra clásica del poder de Dios: «Señor, ésta es tu obra» (Hab. 3, 2); la maternidad divina, el parto virginal que seguirá; la propia concepción inmaculada y la plenitud de gracia de María son un prodigio del poder de Dios. De su poder y de su santidad: Y su nombre es santo: sólo de una santidad infinita podía salir la santísima obra de la encarnación, destinada a producir la santidad en el mundo. Porque la encarnación es como el principio de la gran función de misericordia que ejercerá Dios a través de los siglos por la aplicación de sus frutos a los hombres que le adoren y obedezcan: Y su misericordia de generación en generación sobre los que le temen.

En la estrofa segunda, vv. 51-53, canta la Virgen a la Providencia de Dios, que suele anonadar el orgullo y exaltar la humana pequeñez para sus altos fines. Es tesis absolutamente cristiana, y al demostrarla María en las contraposiciones sucesivas no hace más que dar nueva prueba de su humildad. Desplegó la fuerza de su brazo: el brazo es el símbolo del poder y del valor; Dios despliega esta fuerza reduciendo a la impotencia a sus soberbios enemigos que alimentaban en su corazón proyectos contra El, a Satanás ante todo, y a todo hombre que se oponga a los designios divinos: Dispersó a los que se ensoberbecían con los pensamientos de su corazón. Derribando de sus pedestales a los dinastas y tiranos que abusaban de su imperio, de su poder, de su fuerza, y colmando de honores y dignidades a los insignificantes y obscuros: Destronó a los poderosos, y ensalzó a los humildes. Despojando de sus bienes a los hombres de la opulencia, del fausto y del opíparo vivir, para colmar de hartura a los hambrientos: Colmó de bienes a los hambrientos, y a los ricos dejó vacíos. Recuerda esta estrofa muchos pasajes de la historia del pueblo de Dios; pero las palabras de María recibirán plenitud y confirmación de otras análogas que pronunciará su divino Hijo en la predicación de su Evangelio.

En la última estrofa, 54-55, como buena hija de Israel, se goza la Virgen en el cumplimiento de las promesas que había hecho Dios a su pueblo: Recibió a Israel su siervo, acordándose de su misericordia; tomó Dios como de la mano al pueblo que escogiera un día para su pueblo; y, a pesar de sus prevaricaciones, hizo con él la gran misericordia de levantarle de su postración, enviándole su Salvador: con ello manifiesta Dios que es fiel a su palabra. Tal vez aluda aquí María a la profecía del «Siervo de Dios», de Isaías (42,1): el siervo de Dios sería Jesús, verdadero Israel, «luchador con Dios», que con poder divino vence a los enemigos.

Recuerda la Virgen en estos momentos las antiguas promesas de Dios hechas a los famosos patriarcas: Tal como lo dijo a nuestros padres. Y, abrazando de una sola mirada la totalidad del pueblo de Dios sobre el que se ha hecho la gran misericordia, dice María al terminar su cántico: Abraham y su descendencia por los siglos. Estas últimas palabras no están ligadas a «nuestros padres», sino a «Israel, su Siervo»: Abraham y su descendencia con el objeto de la misericordia de Dios.

Pronunciando el hermosísimo cántico por «nuestra cantora», como la llama San Agustín , María permaneció con Isabel como tres meses. Su presencia llenó la casa de bendiciones, más que el Arca de la Alianza, tipo de la nueva Arca , Foederis Arca, llenó la casa de Obededom (2 Reg6, 11) de toda suerte de bienes; y los solícitos cuidados de criatura tan santa fueron gozo y alivio de la anciana prima en los últimos meses de su embarazo.

Y se volvió a su casa: regresó a su soledad de Nazareth para prepararse en el recogimiento la venida de su Hijo, Mesías y Salvador del mundo. Aunque no son pocos los intérpretes que creen lo contrario, parece más probable que María quedó en casa de su prima hasta después de alumbrar ésta al Bautista. La razón de la caridad que, con otras muchas, hace valer nuestro Maldonado en pro de esta opinión, no deja de tener gran fuerza tratándose de la piadosísima Madre de Jesús. Quedara ella allí en la hora del trabajo, o regresara a su país, tenía poder bastante para lograr fuera feliz el advenimiento al mundo de quien había saltado de gozo a su sola presencia.

Lecciones morales
A) v. 40. — Y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. — María, en su visita a Isabel, nos da ejemplo de civilidad, de caridad, de humildad, de abnegación. La profesión de la virtud cristiana no nos releva de las obligaciones que la naturaleza nos impone; antes bien las urge y las ennoblece. Parentesco y amistad imponen especiales deberes que no tenemos con la generalidad de nuestros prójimos; y en el cumplimiento de los mismos debemos observar las virtudes de María: la caridad, que levanta y dignifica, al cristianizarlas, todas las afecciones de carne y sangre; la humildad, hija de la caridad, que facilita el cumplimiento de los deberes y evita choques y rozamientos con quienes debemos convivir; la abnegación, que nos hace prestar con eficacia y mérito los servicios a quienes debemos prestarlos.

B) v. 42. — Bendita tú entre las mujeres... — Debemos tener confianza ilimitada en el poder y amor de la Madre de Jesús, cuya sola presencia atrae sobre la dichosa casa de su prima tantas bendiciones del cielo. Como Isabel hizo con ella, debemos alabarla y bendecirla: Dios lo quiere; el ángel lo había hecho ya en nombre de Dios. Debemos abrirle, como su santa prima, los senos de nuestra alma; el amor filial así lo reclama: somos hijos suyos, e hijos de su Hijo.

C) v. 49 — Porque me ha hecho grandes cosas el que es poderoso. — Dios ha hecho en nosotros, como en María, grandes cosas. Si no nos ha concedido las grandes prerrogativas que a Ella, nos ha hecho partícipes de todas. A cada uno de nosotros han llegado los efectos de la encarnación y redención. Como ella podemos decir que Dios es «mi Salvador». Si el reino del Hijo de María no tendrá fin, nosotros hemos sido llamados a formar parte de él, en el tiempo y en la eternidad. Las mismas grandezas de María han llegado a nosotros en forma de ejemplaridad, de eficaz protección que puede dispensarnos, de demostración de lo que el amor y el poder de Dios son capaces cuando se trata de dignificar a una criatura. Todo ello debe ser incentivo de nuestro celo en alabar y glorificar, con toda nuestra alma y vida, a quien nos ha hecho participes de tanta grandeza.

D) v. 51 — Dispersó a los que se ensoberbecían... —En esta actitud de Dios debemos aprender el aborrecimiento de toda hinchazón y soberbia, del pensamiento y del corazón y de la vida. Preeminencias , poder, fuerza, riquezas, prestigio, todo debemos subordinarlo al poder y al querer de Dios. No hacerlo, es condenarnos a una absoluta ineficacia para el bien; quizás a una deplorable eficacia para el mal; probablemente a un descrédito en el mismo orden humano; seguramente al peligro de que abrevie Dios su mano con nosotros en el tiempo; o, lo que es mucho peor, que merezcamos una eternidad desgraciada.

E) v. 54 — Recibió a Israel su siervo, acordándose de su misericordia — Toda la historia de la humanidad en sus relaciones con Dios es como una lucha entre la miseria del hombre y la misericordia divina. Olvídase el siervo de su Señor y le ultraja, infringiendo su ley pero el Señor le busca y le recibe en su misericordia si el hombre se arrepiente. ¿Cuántas veces hemos salido del seno misericordioso de nuestro Señor? Y cada vez que hemos querido retornar a él, se ha acordado él de su misericordia. ¡Cuántas acciones de gracias y cuánta fidelidad le debemos a Dios nuestro Señor!

F) v. 56 — Y María permaneció con ella como unos tres meses... Permaneció allí, dice San Ambrosio, no sólo por razón del parentesco y del auxilio que había de prestar a su prima, sino para bien y provecho del Bautista. Porque si el primer instante de su presencia le llevó la santificación y el conocimiento del Hijo, ¿qué no sería durante su permanencia prolongada en aquella casa? — Para que aprendamos el espíritu de continuidad en nuestro bien obrar, que es el que da mayor fecundidad a nuestra acción, en nosotros mismos y en los demás. ¡Cuántas obras bien comenzadas se malogran por el descuido, o por el cansancio, o por la falta de prudencia que nos hace retirar de ellas a destiempo!

Dr. D. Isidro Gomá y Tomás, El Evangelio Explicado, Vol. I, Ed. Acervo, 6ª ed., Barcelona, 1966, p. 264-271

sábado, 9 de agosto de 2008

Apología de la Hispanidad.

Catolicismo e hispanidad

Esta es la síntesis de mi discurso. Ni podía ser otra, por mi carácter de obispo católico que ha venido a estas Américas para presenciar esta función de catolicismo, el congreso eucarístico, una de las más fastuosas que habrán presenciado los siglos cristianos, culminación del espíritu que la vieja España infundió en estas tierras americanas, ni por la misma naturaleza de las cosas; porque si no puede olvidarse la historia sin que sucumban los pueblos desmemoriados de ella, la historia de nuestra vieja hispanidad es esencialmente católica, y ni hoy ni nunca podrá hacerse hispanidad verdadera de espaldas al catolicismo.

¡Que esto es hacer oficio de paleontólogo, como ha dicho alguien, y empeñarse en vivificar estos grandes pueblos de América enseñándole un fósil como lo es el sistema católico! ¡Que España ha dejado de ser católica, que se ha borrado de su constitución hasta el nombre de Dios y que un español no tiene derecho a invocar el catolicismo para hacer obra de hispanidad!

Un fósil el catolicismo, cuando el espíritu moderno, en medio de las tinieblas y el miedo que nos invaden, sólo está iluminado por el lado por donde mira a Jesucristo; cuando públicamente ha podido decirse: "O la Iglesia o los bárbaros"; cuando este japonés que escribe de historia y de conflictos sociales y de razas, profetiza el choque tremendo del Asia con Europas, y sólo ve flotar sobre las ruinas más grandes de la historia la cruz refulgente a cuya luz se reconstruirá la civilización nueva; cuando los espíritus más leales y abiertos y que más han profundizado en las ideologías que pretenden gobernar el mundo queman los dioses que han adorado y se postran ante Jesucristo, luz y verdad y camino del mundo; cuando el anuncio, hoy hecho glorioso, de que en Buenos Aires, la ciudad nueva que en pocos años ha alcanzado las más altas cimas del progreso, iba a levantarse la Hostia Consagrada, que es el corazón del catolicismo, porque en ella está Jesucristo, el Hijo de Dios vivo, se ha conmovido el mundo, y han venido acá multitudes de toda la tierra para aclamarle Rey inmortal de todos los siglos. ¡Ved el fósil con que quisiera yo vivificar estas Américas, en cuyas entrañas mi madre España depositó, hace cuatro siglos, esta partícula de Jesucristo, de donde derivó toda su actual grandeza!

¡Que España ha dejado de ser católica! En la constitución, sí; en su corazón, no; y en la entraña llevan los pueblos su verdadera constitución. Yo respeto las leyes de mi país; pero yo os digo que hay leyes que son expresión y fuerza normativa, a la vez, de las esencias espirituales de un pueblo; y que hay otras, elaboradas en un momento pasional colectivo, sacadas con el forceps de mayorías artificiosas manejado por el odio que más ciega, que es el de la religión, que se impone a un pueblo con la intención malsana de deformarlo.

Id a España, americanos, y veréis como nuestro catolicismo, si ha padecido mucho de la riada que ha pretendido barrerlo, pero ha ahondado sus raíces; veréis una reacción que se ha impuesto a nuestros adversarios; veréis que las fuerzas católicas organizan su acción en forma que podrá ser avasalladora; veréis surgir, por doquier, la escuela cristiana frente a la laica, así hecha y declarada a contrapelo por el Estado; veréis el fenómeno que denunciaba Unamuno en metáfora pintoresca, cuando decía que los ateos españoles que, quien más quien menos, llevan sobre su pecho un crucifijo; veréis el hecho real, ocurrido en mi diócesis de Toledo, de veinticuatro socialistas que mueren al estrellarse en un barranco el autocar en que regresaban de un mitin ácrata, y sobre el rudo pecho se les encuentra a todos el escapulario de la Virgen o la imagen de Cristo; y veréis más: veréis cómo los hombres de nuestra revolución mueren también como españoles: abrazados con el crucifijo, es decir, con el fundador del catolicismo que combatieron.

Esto es el catolicismo, hoy; y éste es el catolicismo de España. El catolicismo es, en el hecho dogmático, el sostén del mundo, porque no hay más fundamento que el que está puesto, que es Jesucristo; en el hecho histórico, y por lo que a la hispanidad toca, el pensamiento católico es la savia de España. Por él rechazamos el arrianismo, antítesis del pensamiento redentor que informa la historia universal, y absorbidos sus restos, catolizándolos en los concilios de Toledo, haciendo posible la unidad nacional. Por él vencimos a la hidra del mahometismo, en tierra y mar, y salvamos al catolicismo de Europa. El pensamiento católico es el que pulsa la lira de nuestros vates inmortales, el que profundiza en los misterios de la teología y el que arranca de la cantera de la revelación las verdades que serán como el armazón de nuestras instituciones de carácter social y político. Nuestra historia no se concibe sin el catolicismo: porque hombres y gestas, arte y letras, hasta el perfil de nuestra tierra, mil veces quebrado por la Santa Cruz, que da sombra a toda España, todo está como sumergido en el pensamiento radiante de Jesucristo, luz del mundo, que, lo decimos con orgullo, porque es patrimonio de raza y de historia, ha brillado sobre España con matices y fulgores que no ha visto nación alguna de la tierra.

Y con todo este bagaje espiritual, cuando, jadeante todavía España por el cansancio secular de las luchas con la morisma, pudimos rehacer la patria rota en la tranquilidad apacible que da el triunfo, abordamos en las costas de esta América, no par uncir el Nuevo Mundo al carro de nuestros triunfos, que eso lo hubiese hecho un pueblo calculador y egoísta, sino para darle nuestra fe y hacerle vivir al unísono de nuestro sobrenaturalismo cristiano. Así quedamos definitivamente unidos, España y América, en lo más substancial de la vida, que es la religión.

Y esta es, americanos y españoles, la ruta que la Providencia nos señala en la historia: la unión espiritual en la religión del Crucificado. Un poeta americano nos describe el momento en que los indígenas de América se postraban por vez primera "ante el Dios silencioso que tiene los brazos abiertos": es el primer beso de estos pueblos aborígenes a Cristo Redentor; beso rudo que da el indígena "a la sombra de un añoso fresno", "al Dios misterioso y extraño que visita la selva", hablando con el poeta. Hoy, lo habéis visto en el estupor de vuestras almas, es el mismo Dios de los brazos abiertos, vivo en la Hostia, que en esta urbe inmensa, en medio de esplendores no igualados, ha recibido, no el beso rudo, sino el tributo de alma y vida de uno de los pueblos más gloriosos de la tierra. Es que este Dios, que acá trajera España, ha obrado el milagro de esta gloriosa transformación del Nuevo Mundo.

Ni hay otro camino. "Toda tentativa de unión latina que lleve en sí el odio o el desprecio del espíritu católico está condenada al mismo natural fracaso"; son palabras de Maurras, que no tiene la suerte de creer en la verdad del catolicismo. Y fracasará porque la religión lo mueve todo y lo religa todo; y un credo que no sea el nuestro, el de Jesús y la Virgen, el de la Eucaristía y el papa, el de la misa y los santos, el que ha creado en el mundo la abnegación y la caridad y la pureza; todo otro credo, digo, no haría más que crear en lo más profundo de la raza hispanoamericana esta repulsión instintiva que disgrega las almas en lo que tienen de más vivo y que hace imposible toda obra de colaboración y concordia.

¿Me diréis que hay otros hombres y otras ideas que pueden servir de base a la hispanidad y amasar los pueblos de la raza en una gran unidad para la defensa y la conquista? ¿Cuáles? ¿La democracia? Ved que en la vieja Europa sólo asoman, sobre el mar que ha sepultado las democracias, las altas cumbres de las dictaduras. ¿El socialismo? Ha degenerado en una burguesía a lo Sardanápalo, porque será siempre una triste verdad que humanum paucis vivit genus: son los vivos los que medran cuando no estorba Dios en las conciencias. ¿El estatismo? Pulveriza a los pueblos bajo el rodaje de la burocracia sin alma. ¿El laicismo? Nadie es capaz de fundar un pueblo sin Dios; menos una alianza de pueblos. ¿La hoz y el martillo del comunismo? Ahí está la Rusia soviética.

Catolicismo, que es el denominador común de los pueblos de raza latina: romanismo, papismo, que es la forma concreta, por derecho divino e histórico, del catolicismo, y que el positivista Comte consideraba como la fuerza única capaz de unificar los pueblos dispersos de Europa. Una confederación de naciones, ya que no en el plano político, porque no están los tiempos para ello, de todas las fuerzas vivas de la raza para hacer prevalecer los derechos de Jesucristo en todos los órdenes sobre las naciones que constituyen la hispanidad. Defensa del pensamiento de Jesucristo, que es nuestro dogma, contra todo ataque, venga en nombre de la razón o de otra religión. Difusión del pensamiento de Jesucristo, del viejo y del nuevo, si así podemos hablar, de las verdades cristalizadas ya en siglos pasados y de la verdad nueva que dictan los oráculos de la Iglesia a medida que el nuevo vivir crea nuevos problemas de orden doctrinal y moral. La misma moral, la moral católica, que ha formado los pueblos más perfectos y más grandes de la historia; porque las naciones lo son, ha dicho Le Play, a medida que se cumplen los preceptos del Decálogo. Los derechos y prestigio de la Iglesia, el amor profundo a la Iglesia y a su cabeza visible, el papa, signo de catolicidad verdadera, porque la Iglesia es el único baluarte en que hallarán refugio y defensa los verdaderos derechos del hombre y de la sociedad. El matrimonio, la familia, la autoridad, la escuela, la propiedad, la misma libertad, no tienen hoy más garantía que la del catolicismo, porque sólo él tiene la luz, la ley y la gracia, triple fuerza divina capaz de conservar las esencias de estas profundas cosas humanas.

Organícense para ello los ejércitos de la Acción Católica según las direcciones pontificias, y vayan con denuedo a la reconquista de cuanto hemos perdido, recatolizándolo todo, desde el a b c de la escuela de párvulos hasta las instituciones y constituciones que gobiernan los pueblos.

Esto será hacer catolicismo, es verdad, pero hay una relación de igualdad entre catolicismo e hispanidad; sólo que la hispanidad dice catolicismo matizado por la historia que ha fundido en el mismo troquel y ha atado a análogos destinos a España y a las naciones americanas.

Esto, por lo mismo, será hacer hispanidad, porque por esta acción resurgirá lo que España plantó en América, y todo americano podrá decir, con el ecuatoriano Montalvo: "¡España! Lo que hay de puro en nuestra sangre, de noble en nuestro corazón, de claro en nuestro entendimiento, de ti lo tenemos, a ti te lo debemos. El pensar grande, el sentir animoso, el obrar a lo justo, en nosotros son de España, gotas purpurinas son de España. Yo, que adoro a Jesucristo; yo, que hablo la lengua de Castilla; yo, que abrigo las afecciones de mi padre y sigo sus costumbres, ¿cómo haría para aborrecerla?"

Esto será hacer hispanidad, porque será poner sobre todas las cosas de América aquel Dios que acá trajeron los españoles, en cuyo nombre pudo Rubén Darío escribir este cartel de desafío al extranjero que osara desnaturalizar esta tierra bendita: "Tened cuidado: ¡Vive la América española! Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!"

Esto será hacer hispanidad, porque cuando acá reviva el catolicismo, volverán a cuajar a su derredor todas sus virtudes de la raza: "el valor, la justicia, la hidalguía"; y "los mil cachorros sueltos del león español", "las ínclitas razas ubérrimas, sangre de España fecunda", de que hablaba el mismo poeta, sentirán el hervor de la juventud remozada que los empuje a las conquistas que el porvenir tiene reservadas a la raza hispana.

Esto será hacer hispanidad, porque será hacer unidad, y no hay nada, es palabra profunda de San Agustín, que aglutine tan fuerte y profundamente como la religión.

¡Americanos! En este llamamiento a la unidad hispana no veáis ningún conato de penetración espiritual de España en vuestras repúblicas; menos aún la bandera de una confederación política imposible. Unidad espiritual en el catolicismo universal, pero definida en sus límites, como una familia en la ciudad, como una región en la unión nacional, por las características que nos ha impuesto la historia, sin prepotencias ni predominios, para la defensa e incremento de los valores e intereses que nos son comunes.

Seamos fuertes en esta unidad de hispanidad. Podemos serlo más, aún siéndolo igual que en otros tiempos, porque hoy la naturaleza parece haber huido de las naciones. Ninguna de ellas confía en sí misma; todas ellas recelan de todas. Los colosos fundaron su fuerza en la economía, y los pies de barro se deshacen al pasar el agua de los tiempos. Deudas espantosas, millones de obreros parados, el peso de los Estados gravitando sobre los pueblos oprimidos, y, sobre tanto mal, el fantasma de guerras futuras que se presienten y la realidad de las formidables organizaciones nihilistas, sin más espíritu que el negativo de destruir y en la impotencia de edificar.

El espíritu, el espíritu que ha sido siempre el nervio del mundo; y la hispanidad tiene uno, el mismo espíritu de Dios, que informó a la madre en sus conquistas y a las razas aborígenes de América al ser incorporadas a Dios y a la patria. La patria se ha partido en muchas; no debe dolernos. El espíritu es el que vivifica. El es el que puede hacer de la multiplicidad de naciones la unidad de hispanidad.

La Hostia divina, el signo y el máximo factor de la unidad, ha sido espléndidamente glorificada en esta América. Un día, y con ello termino, una mujer toledana, "La loca del Sacramento", fundaba la cofradía del Santísimo, y no habían pasado cincuenta años del descubrimiento de América cuando esta cofradía, antes de la fundación de la Minerva, en 1540, estaba difundida en las regiones de Méjico y el Perú. Otro día Antonio de Ribera coge de los campos castellanos un retoño de oliva y lo lleva a Lima y lo planta y cuida con mimo, ocurre la procesión del Corpus, y Ribera toma la mitad del tallo para adornar las andas del Santísimo; un caballero lo recoge y lo planta en su huerta, y de allí proceden los inmensos olivares de la región. Es un símbolo: el símbolo de que la devoción al Sacramento ha sido un factor de la unidad espiritual de España y América. Que este magno acontecimiento del congreso eucarístico de Buenos Aires sea como el refrendo del espíritu católico de hispanidad, el vínculo de nuestra unidad y el signo que indique las orientaciones y destinos de nuestra raza.

Por el Cardenal Isidro Gomá, extracto de su obra "Apología de la Hispanidad"