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viernes, 20 de febrero de 2009

Oración por nosotros los vencidos.


"¿Qué he hecho yo por Cristo?"
San Ignacio




Dios, que recibes hasta la derrota

cuando ha luchado tanto el derrotado
que de su sangra la postrera gota
quedó sobre su costado taspasado.

Dios, que no despreciaste ni el desastre

cuando ha luchado un poco el desastrado
pero la ola, el viento, el rumbo, el lastre
y los astros no estaban de su lado.

Dios, a quien no lo aterra ni el
derrumbe
cuando el escombro de lo derrumbado
dejó un pabilo, un hálito, una lumbre
con que encender incendio iluminado.

Dios, que eres capaz de alzar la ruina
cuando no amo su ruina el arruinado
cuando gime sobre ella y adivina
la huella en ella del primer pecado.

Que con dejar caer lo caedizo

no quedarías bien acreditado
harías como todos, como hizo
y el vulgo siempre desaconsejado.

Señor, que siempre amaste lo vencido
más que el triunfante desapoderado
porque incluso de lo ya fenecido
surge, si quieres, lo resucitado.

Rey cuyo corazón se va al herido
mas bien que al corazón acorazado
que más por el enfermo habrás venido
a nuestra tierra, que por el sanado.

Rey a quien no interesa la victoria
sino que sea el juego bien jugado
y más que los laureles de la historia
que salga alguno y sea buen soldado.

Que sobre la política contienda
no estas con uno ni con otro lado
y estás encima dando siempre rienda
al que se mata por un sueño honrado.

Mírame, oh Rey, mi vida dimediada
la flor de mi vivir ya dimediado
con este gran dolor en el costado
de no haber hecho nada, nada, nada.

De no haber hecho nada consecuente
a todo lo soñado y deseado
de no haber hecho nada equivalente
al gran honor del estandarte alzado.

Mírame, oh Rey, el hontanar vacío
el gran terreno yermo abandonado
y ven Tú mismo un día como un río
en mi vacío nunca resignado.

Ven Tú mismo, Señor, a mi hondo abismo

y no lo cures por apoderado
como creaste el mundo por Ti mismo
y portimismamente lo has salvado.

Porque si llego al ataúd sombrío
sin una flor en el peñon pelado
no eres injusto, porque nada es mio
pero no fueras tan santificado.

Pues fuera tato desaprovechado
y un lance y un albur tan mal perdido
de hacer un gran milagro insospechado
diferente de todos los que han sido.

El más milagro y
milagrez mas pura
el mas sencillo y simplemente dado
inmerecidamente regalado
a su creatura de la nuca dura.

Por el creador de todo lo creado





P. Leonardo Castellani.





domingo, 16 de noviembre de 2008

109 años del nacimiento de Leonardo Castellani.
1899 - 16 de noviembre - 2008


Parábolas del Sepulcro y de las Víboras

El llamado "elenco contra fariseos", donde se halla la semejanza del sepulcro y las víboras, fue proferido dos veces, como se ve claro cotejando los lugares paralelos de Mateo XXIII y Lucas XI: la primera proferición, en una comida donde había fariseos presentes, es mansa, no contiene la contumelia directa de "hipócritas" aunque sí la de "bobos" (stulti), no termina con la amenaza del infierno, y es más bien un "argumento" (como dicen los ingleses) y una prevención. La segunda es el "élenjos" más terrible que se ha pronunciado en este mundo: es una maldición y una sentencia de muerte.

La primera fue proferida más o menos en la mitad de la vida pública, la segunda el Martes de Pasión, ante la muerte; una en una comida privada, la otra ante el pueblo y los discípulos, quizás en el Templo; la una provocó simplemente una mayor obsesión de entramparlo con preguntas capciosas, la otra, la decisión de apresurar el asesinato legal; la una terminó en avisos a sus discípulos acerca de la persecución, la segunda, en sentencia de muerte para Jerusalén y sus Jefes (muerte eterna), envuelta en profunda tristeza, con una profecía esjatológica. Los lectores superficiales y también los exégetas antiguos las identifican o acoyuntan, y eso hoy día induce a grave error. Finalmente, en la segunda y más terrible, no hay réplica alguna y en la primera, un Escriba interrumpe para decir: "Maestro, nos estás haciendo contumelia."

Hay que responder a este Escriba (Cristo no respondió, prosiguió simplemente su requisitoria) porque de ella viene el grave error actual, expresado por muchos escritores, que enunciaremos así: "Cristo insultó a los fariseos, ¿qué mucho que ellos lo quisieran mal?" El clérigo protestante y Profesor de Escritura Rvdo. George Herbert Box M.A. nada menos que en la acreditada Enciclopedia Británica (artículo Pharisee) lo trae en forma pulcra: describe a los fariseos como gente honorable, muy piadosa, rígida en moral, un poco estrecha y antipática pero honrada (más o menos como los "victorianos" ingleses a quienes los asimila), que al fin cumplían con su deber al "investigar" a Cristo y celar la Ley de Moisés; de donde Cristo viene a quedar como una especie de demagogo anárquico, perturbador de la moral común.

El filósofo Santayana en un libro nada feliz (sobre un tema para el cual no tiene bastante preparación) La Idea de Cristo en los Evangelios, que han editado aquí como tantos otros bodrios, dice con candidez que: al fin y al cabo nada le hablan hecho a Cristo (pág. 139), ¿por qué se irrita ÉI "sin que parezca que ellos hayan hecho nada para provocarlo" (sic), si al fin y al cabo no había esperanza de cambiarlos? Más allá van WeIlhausen y el "célebre" santón protestante Albert Schweitzer, que se extrañan de que la policía lo haya aguantado tanto tiempo (cinco semanas según él) a Cristo; y en el fondo, por ende aprueban (nefandum dictu) su asesinato legal. Algunos católicos, como Daniel-Rops (Jésus en son Temps, Fayard, 1949), tienden a atenuar y disculpar al fariseísmo, recordando a Hillel y Gamaliel, excelentes personas; y San Pablo, Nicodemos, José de Aritmatea, santos; olvidando que si fueron santos, fue porque "se dieron vuelta" a odiar al fariseísmo. No digamos nada de Sholem Asch (El Nazareno) y Ludwig (Vida de jesús), para los cuales los fariseos son lo mejor de lo mejor del mundo; y Cristo amigo de ellos ¡y fariseo también!

Cristo no comenzó su carrera insultando a los fariseos ni a nadie, como ni tampoco Juan Bautista: terminaron ambos por la imprecación, probado primero inútilmente todo lo demás. Cristo hubiese podido lícitamente comenzar por la maldición, pues allí había llegado ya Juan el Precursor, cuya prédica Él continuaba; pero no lo hizo. Volvió a fojas uno; aceptaba las invitaciones a comer de los fariseos y respondía a sus preguntas, mansamente al principio, aun cuando esas invitaciones no significaran hospitalidad, ni siquiera curiosidad, sino (después se vio) trampas odiosas. No predicó contra su ociosa casuística, sino cuando ella escombraba la Ley de Dios. Cumplió incluso sus necios mandatos, mientras no fueran contra la misericordia y la justicia o el sentido común. No los desacreditó públicamente como sacerdotes o como "catedráticos", mientras leían la Ley de Moisés: "Haced pues todo lo que os dijeren...", lo cual era difícil, porque el ejemplo de ellos era al revés y "exempla trahunt, verba dictant." El "mansísimo" Jesús fue mansísimo incluso en este tremendo "élenjos" que estamos considerando, créase o no.

"Élenjos" llamaban los griegos a la parte de la oración jurídica en que el fiscal precisa los cargos y da las pruebas; o sea, en lenguaje moderno, la "requisitoria". Cumplió Cristo con su misión; hizo, con tristeza aquí, su deber. Su requisitoria enumeró en ocho acápites los hechos que eran públicos; definidos, juzgados y valorados con dureza y diafanidad de cristal de roca. La expresión "sepulcros blanqueados" es hoy término del lenguaje común del mundo entero, a causa de su certeridad. Las ocho acusaciones de Cristo, que definen para in aeternum un tipo, son menos violentas aunque no menos graves que las otras coincidentes que nos trae la literatura rabínica de ese tiempo; como la clasificación de los Siete Fariseos que hace el Talmud (Sotah, 22 b, Bar.), la maldición a las "familias sacerdotales" indignas, del Menahoth, XIII, 21, o las incriminaciones a los Altos Sacerdotes de Flavio Josefo en Antigüedades Judaicas, XXI, 179.

Los fariseos traían a la mente de Cristo imágenes de muerte: sepulcros y víboras. ¿Qué mucho, si estaba ya condenado irremediablemente por ellos a muerte y viperinamente calumniado? Nadie lo podía ya sustraer a la muerte, ni su Padre mismo, oso decir. Contesta aquí con otra sentencia de muerte a la suya ya fijada; y hace con sus asesinos, anticipándoles su futuro, la última posible (inútil) obra de misericordia.

Cristo NO "tiene dos estilos", como cree Santayana Jorge. Lo mismo que la imagen que Él nos trazó de su Padre (en realidad, Él fue por excelencia la imagen terrestre del Padre), Cristo es el mismo cuando increpa y cuando perdona, igual que la figura de Dios que Él nos diseñó, por un lado Padre magnánimo y buen pastor, y por otro lado sultán absoluto e irritable, no son sino las dos faces de la misericordia y la justicia de Dios, ambas inmensurables a medidas humanas, que no hacen sino una sola cara, la cara de Dios, la cual de suyo es inefable, y sólo se puede expresar humanamente así, con dos exageraciones que se equilibran. Cuando Cristo tenía que hacer de juez, hizo de juez sin dejar de ser el buen pastor, que da la vida por sus ovejas. La persona que sabía que un día habría de juzgar a esos hombres ciegos y condenarlos ¿es mucho que les gritara, cuando aún estaban a tiempo de salvarse? Fue ese griterío el último instrumento de salvación: el martillo para los corazones hechos piedra. Dadme un padre recto y justo, y comprenderá lo que digo. Mas un padre que increpa a su hijo que ya ve perdido, hasta lo último, suele generalmente conseguir su causa; aquí nones. Un padre romano, es decir, no argentino: un varón bueno como Lucius Brutus, quien, llorando, tuvo que condenar a muerte a un hijo.

La prueba es que la imprecación de los ochos "Vae" (que propiamente en griego "ouaí" no expresan ira sino más bien tristeza) se resuelve en ternísima tristeza: 'Jerusalén, Jerusalén, ¡cuántas veces quise cobijar a tus hijos como la gallina bajo sus alas a sus pollitos, y no quisiste!" Sigue la sentencia porque darla es el deber de Cristo: infierno para los malévolos y empedernidos asesinos -no tanto y no sólo de Su cuerpo y el de los Profetas "que yo os enviaré", sino sobre todo asesinos de las almas, de sus "ovejas" -y la ruina para Jerusalén. Pero no podía detenerse allí Cristo; y añade a la sentencia del juez la promesa del Padre, la única que podía hacer, la lejana promesa y profecía de la conversión parusíaca de los judíos; algún día, perdido allí en las brumas de lo desconocido. Matadme, pues, para llenar la medida de vuestros padres y desbordarla, oh herederos de Caín y de todos los matadores de justos y profetas...

Os aseguro que "ya no me veréis más hasta el día en que digáis: 'Bendito el que viene en nombre del Señor." Así termina el "elenco contra fariseos".

¿Quería decir su entrada triunfal en Jerusalén el Domingo de Ramos? No, eso había pasado ya; y los que dijeron "Bendito el que viene en el Nombre" no fueron los deicidas, sino los Discípulos, el pueblo chico, los niños. Se refería a la conversión de los judíos en el fin del mundo. Aludía al Domingo pasado, sí; haciendo a ese efímero reconocimiento del Hijo de David por una mínima Jerusalén, figura y "typo" del futuro reconocimiento total y definitivo. Su corazón fue a descansar allá, no teniendo ya en otra parte "donde reclinar la cabeza" -pero terminó con una bendición. Porque aunque la Justicia y la Misericordia de Dios son infinitas, la Misericordia es mayor -dice Santo Tomás: que yo no sé cómo puede ser. Que lo explique otro.

He hablado mucho en "El Evangelio de Jesucristo" del fariseísmo y los fariseos: y es demasiado poco. Dije allí que los fariseos eran malísimos, y eso hay que decir, y lo dijo al máximo Cristo; que el fariseísmo es el famoso pecado contra el Espíritu Santo, "que no tiene perdón ni en esta ni en la otra vida"; y que toda la vida de Cristo se puede resumir en esta palabra: "luchó contra el fariseísmo", pues, en efecto, ésa fue la "empresa" de Jesucristo como hombre, desde su nacimiento a su muerte, así como todas sus acciones de "reformador religioso" incluso milagros, profecías y fundación de la Iglesia; y ella llena el Evangelio, de modo que se podría escribir un libro, que no se ha escrito; y se debería escribir, habiendo hoy día un repunte del fariseísmo; el cual es eterno más que los imperios y las pirámides de Egipto. Diré también ahora que "la abominación de la desolación en el lugar donde no debe estar" es también el fariseísmo. Y dirán que es manía. Y no lo es.

Sobre esta palabra de Daniel repetida por Cristo, qué significa en concreto, se dividen desesperadamente los exégetas. Es un modismo hebreo que dice "el colmo del desastre", o "el colmo de los colmos", que decimos nosotros. Opinamos que esa "abominación" que Cristo dio como señal de huir de Jerusalén y de la Sinagoga, es la misma muerte injusta y sacrílega de Cristo patrada por la "Religión (por los hombres oficialmente religiosos) de Israel" siguiendo en esto que diré una leve y vaga indicación de Maldonado. Todas las diversas opiniones de los Santos Padres, caen a prima consideración; por ejemplo: "Fue el entrar el ejército romano en la ciudad santa" (Orígenes): ya no había entonces lugar de huir. "Fueron las águilas romanas, que eran ídolos, en el Templo de Jerusalén": lo mismo. Y más. 'Fue la estatua de Adriano colocada en el Templo" (San Jerónimo): fue colocada después de la destrucción del Templo. "Fue el retrato del César que Pilatos introdujo en el Templo" (íd.). No lo introdujo sino en la ciudad, de noche y clandestinamente ... "Fue la sedición de los Zelotes en el tiempo de Floro, los cuales profanaron el Templo..." "Fue el mismo cerco de Jerusalén por las Legiones..." (San Agustín). Dejo otras por no aburrir. Ninguna tienen atadero con el ser un "signo" de dejar la ciudad deicida, y "huir a las montañas", pues no quedaba lugar ya de "huir a las montañas". ¿Qué más abominación de la desolación que el Monte Calvario, el cuerpo desangrado del justo de los Justos colgado de tres clavos; y el rasgón del velo del Tabernáculo , acontecido milagrosamente al mismo tiempo? Cuenta el judío Josefo que al quedar eventrado el Tabernáculo, como cosa que ya no contenía a Dios ni a nada, se oyeron en el Templo voces aéreas que decían: "Huid, huid, salgamos de aquí". No. La abominación máxima y bien patente fue el fariseísmo deicida. Y la señal perspicua fue el partirse en dos el velo del Santísimo al fenecer Cristo, símbolo portentoso del acabamiento de la Sinagoga como casa de Dios.

Me dirán que eso no fue "señal" de fuga de Jerusalén por los neófitos. Pues sí señor lo fue. Empezaron a desfilar (a filer doux, como dice el francés) desde la Crucifixión, empezando por los Apóstoles, exceptuando Santiago el Mayor, Obispo de Jerusalén. Instarás: pero la fuga en masa de los cristianos a la aldea montañosa de Pella en la Transjordania ¿no fue unos 30 años después de la Crucifixión? Concedo; pero para esa fuga última y urgente, Cristo dio otra señal: "Cuando veáis la ciudad sitiada aunque no del todo""; y eso entendieron bien los neófitos. Pues el primer sitio de Jerusalén por Vespasiano fue flojo y daba lugar a huir; el segundo, seis meses después por Tito (nombrado su padre Emperador de Roma), fue cerradísimo, incluso por una enorme muralla, el Romanum Vallum, contra el cual se estrellaban los míseros fugitivos y eran reenviados a la urbe "condenada por Dios" (palabras del Príncipe Tito), las mujeres con las manos o los pechos amputados, los varones eventrados para buscar oro o joyas, tragados para ocultarlos -es decir, cadáveres, si hemos de creer al historiador Josefo. Todos los otros "signos" de los Santos Padres -poco o nada cuidadosos de las fechas- acontecieron después del cerco de Tito: cuando ya no había caso de huir.

Y esta opinión o presunción mía (que no doy sin pruebas) se confirma con el hecho de que este "signo" de la desolación abominable, serálo también del fin del mundo, pues al fin del mundo lo aplica Daniel; y también Cristo, como "antitypo". A los dos finales debe pues convenir el signo, a los dos desastres, al typo y al antitypo; y San Pablo cuando habla del Anticristo, da como señal el sacrilegio religioso, y no otra cosa: "Se sentará en el Templo de Dios haciéndose dios", es decir, se apoderará de la religión para sus fines, como habían hecho los fariseos; en forma aún más nefanda el Anticristo. Interpretación de la "abominación" por San Pablo.

Si creemos a San Pablo y a Cristo (que en los últimos tiempos habrá una "gran apostasía" y que no habrá ya [casi] fe en la tierra, sólo el fariseísmo es capaz de producir ese fenómeno. Cuando los judíos digan: "Bendito sea el que viene en el Nombre", será cuando los cristianos hayamos flaqueado y decaído, cuando "el Devastador esté a su vez devastado", dice Daniel; cuando Roma, el Orden Romano haya desaparecido, como a osadas está hoy desapareciendo. Sólo el fariseísmo puede devastar a la Iglesia por dentro; sin lo cual ninguna persecución externa le haría mella, como vemos por su historia, pues "la sangre de los mártires es semilla de cristianos." Si la Iglesia está pura y limpia, es hermosa, y atrae, no repele: atrae prodigiosamente, como se vio ya en su asombrosa propagación entre dificultades sin cuento, muertes y martirios.

Me detengo un momento para resollar: tengo miedo...

Solamente cuando la Iglesia tenga la apariencia de un sepulcro blanqueado, y los que mandan en ella tengan la apariencia de víboras, y lo sean, el mundo entero se asqueará de Ella y serán poquísimos los que puedan mantener no obstante su fe firme, un puñado heroico de "escogidos" que "si no se abreviara el tiempo, ni ellos resistirían."'-' Entonces se producirá "el gran receso" y a causa de él, "el Hombre de Pecado, el Hijo de la Perdición" tendrá cancha para hacer su satánica voluntad en el mundo -por muy poco tiempo.

Con todas las promesas divinas encima (hay que decirlo):

Si la Iglesia no practica la honradez, está perdida;

Si la Iglesia atropella la persona humana, está perdida;

Si la Iglesia suplanta con la Ley, la norma, la rutina, la juridicidad y la "política"... a la Justicia y a la Caridad, está lista.

Porque entonces entrará en ella "la abominación de la desolación en el lugar donde no debe estar" que predijo Daniel Profeta, es decir' el fariseísmo.

Por culpa del fariseísmo -"sepulcro que no se ve, por lo cual los hombres caminando lo tocan y se manchan" (Lucas 11, 44) según la Ley de Moisés (Números 19, 16: mancha legal "si alguien tocara un muerto... o un sepulcro, quedará inmundo por siete días"), por lo cual los judíos "blanqueaban" los sepulcros un mes antes de Pascua -las Puertas del Infierno CASI prevalecerán contra Ella, y sobre ese CASI de desesperación, volverá Cristo.

Velad, pues. Y no toquéis los sepulcros ni las víboras.




Nota:

+ Del libro "Las Parábolas de Cristo"

+ Incluido como Apéndice II en "Cristo y los Fariseos"

sábado, 1 de noviembre de 2008

Pio XII y el Dogma de la Asunción.
Hace 58 años el Siervo de Dios, el Papa Pio XII declaraba el Dogma de la Asunción de la Bienaveturada Virgen María a los cielos en cuerpo y alma.
1950 - 1 de noviembre - 2008



ASUNCIÓN DE MARÍA


Asunción de María significa
que un cuerpo de mujer está en el cielo
que existe un cuerpo de mujer sin duelo
que la Deidad impregna y magnifica.

Adorable o leal, ángel o mica
fruta al varón imán, ruina o consuelo
del alma espejo o detestable anzuelo
puede endiosarse: el Papa lo predica.

Lutero dice que es ciénaga hedionda
Lawrence predica que es divina fuente
Salomón dice que es barranca honda
Freud dice que es veneno permanente

pero sonríe ambigua la Gioconda
y Eva da a luz. Y todo hereje miente.

Y hay un cuerpo que es luz últimamente.




R.P. Leonardo Castellani, S.J.

martes, 28 de octubre de 2008

El profeta de la Argentina


POR DULCINEA ARGENTINA

—Ahora yo solamente defiendo mi fe —gritó el cura cuando se apagó el vocerío—, contra la herejía más sutil que existe, la última herejía, dentro de cuyo caldo nacerá el Anticristo. Muchos de vosotros defendéis el ser histórico de esta nación, que habéis aprendido a amar, como Uriarte por ejemplo; otros defendéis o vengáis directamente vuestros bienes arrapiñados, que consideráis con razón requisito necesario de vuestra vida moral y racional; como por ejemplo el tagarote de Quiroga Quintana. Pero yo defiendo directamente la fe católica. Porque este democratismo que se nos impone a la vez con la mentira y la violencia, es una cosa religiosa, es el cristianismo de Cristo transformado en el cristianismo de Panchampla, adulterado, tergiversado, vaciado de todo su contenido; y rellenado por Juliano Felsenburgh de un contenido satánico.
—¡Obra de los judíos! —gritó uno; y un gong impuso silencio. —A la manera que la Iglesia dice: Extra Ecclesiam nulla salus, ahora esta Contra-Iglesia o mejor dicho Pseudo-Iglesia proclama: Fuera de la “democracia” no hay salvación. A los que no admitimos esta sublimación ilegítima de un sistema político en dogma religioso, nos llaman peralistas o nazis o cristóbales. El ser “nazi” corresponde a una nueva categoría de crimen, peor que el robo, el asesinato, el adulterio y cualquier delito común; no de balde a la policía que lo persigue llaman Sección Especial. En realidad, corresponde al delito que en otro tiempo se llamó “herejía”; por eso dije que este “liberalismo” triunfante ahora es una cosa religiosa: es una religión falsa, peor que el mahometismo. ¡Se nos quiere hacer creer que la guerra de Norteamérica contra Asia es una Cruzada, una “guerra santa”! Se ha inventado y puesto en acción contra nosotros una Inquisición mucho peor que la antigua, “diametralmente” peor —como sería por ejemplo la inversión sexual con respecto a la simple lujuria—. Se está repitiendo lo que pasó en Inglaterra en los siglos XVII y XVIII con la palabra “papista”, y con los que ella designaba, que eran los cristianos mejores, que fueron extirpados limpios del país en forma total: con la diferencia que ahora el proceso es mundial, y se esconde detrás de una hipocresía mucho más adelantada. ¡Nos matan en nombre de la libertad y en nombre de Cristo! Toda esta persecución se hace en nombre del Cristianismo, del cual se han conservado los nombres vaciados y los ritos falsificados, llegándose hasta el fingir una adhesión zalamera y enteramente inefectiva al Sumo Pontífice de Roma. Se mantiene el aparato burocrático de las Curias y aún se fomenta su hipertrofia, pero todas las asisas sobre que el Cristianismo romano se asienta… como la independencia de la familia y la propiedad privada, la justicia social, el principio de legitimidad de los gobiernos, el control sobre los gobernantes, la decencia pública, la convivencia caritativa… la Ley en fin… todo eso ha sido aniquilado, de sobra lo sabéis, lo habéis sufrido en carne propia… haciendo al mismo tiempo mucho ruido con todas esas palabras. Se favorece al clero menos digno, en una diabólica selección al revés, y de hecho se ha creado un cisma en él, con el sencillísimo arbitrio de dar las sillas episcopales, no a los más dignos, que son los más doctos… no a los más inteligentes y espirituales, sino a los más políticos y puerilmente “piadosos”. Pero ¿a qué seguir? Todos lo conocéis por haberlo sufrido, mejor que yo. La adoración de Dios está siendo sustituída imperceptiblemente por la adoración del Hombre; y eso sin suprimir a Cristo, sino reduciéndolo súbdolamente a hombre. El misterio de iniquidad, que consiste en la inversión monstruosa del movimiento adoratorio de hacia el Creador en hacia la Creatura se ha verificado del modo más completo posible, sin suprimir uno solo de los dogmas cristianos, como la Virgen Madre, el Santísimo Sacramento, el Crucificado, solamente con convertirlos en “mitos”, es decir, en símbolos de lo divino que ES lo humano, como dijo el gran escritor español Unamurri… y yo mismo hace un momento, en otro sentido. De vosotros no sé; de mí sé decir que no hay descanso para mí, fuera de la muerte, mientras esta abominación subsista.

R.P. Leonardo Castellani, S.J.


Nota: Este fragmento ha sido tomado de su libro “Su Majestad Dulcinea”, cap. X, El sermón del Cura Loco.





Tomado del Blog de Cabildo.

jueves, 25 de septiembre de 2008

CARTA DEL PADRE LEONARDO CASTELLANI a HW sobre “Vocación de escritor”.

Caro maestro y amigo:

El cofrade que tenía su libro mío me dijo al dármelo: “He aquí un libro que usted no va a leer.” Lo miré con tristeza y dije: “En efecto. VOCACIÓN DE ESCRITOR.” ¡Vocación de escritor! ¡Como si uno no la conociera y como si fuese una cosa agradable! Y bien, lo he leído.

Lo he leído más rápidamente que LA CORBATA CELESTE que también leí en estas vacaciones, en los intervalos que me dejaba la ÉTICA de Max Scheler; y que después regalé a una de mis innumerables sobrinas, naturales o adoptivas.

Otro de mis cofrades me dijo: “¡Ese Martínez Zuviría! ¡A quién se le ocurre en estos tiempos poner su retrato en la tapa de un libro!” ¿Y qué tiene poner el retrato en la tapa de un libro, cuando adentro está otra vez el mismo retrato, mucho mejor hecho?

Su libro tiene entre otros valores, el interés inmortal que tienen las memorias de cualquier hombre de valer que es muy sincero, como por ejemplo MIS OCHENTA PRIMEROS AÑOS del doctor Cárcano. Se parece a esos autorretratos que han hecho todos los pintores llegados a la madurez de su arte: el Rembrandt que está (que estaba) en la Galería de Dresde; con esos bigotitos saltados y la gran gorra de terciopelo negro. La figura individual poco importa. El cuadro es inmortal.

Siempre es valioso el libro de un hombre acerca de una cosa que sabe bien, aunque esté mal escrito; y éste está encima bien escrito. Bien escrito hasta la última minucia, hasta la propiedad del último verbo, la sobriedad de la última frase y el ahorro del último adjetivo: el adjetivo tentador y meretricio que nadie conocerá jamás porque usted lo tachó. “¡Desconfiad de los adjetivos!” –dijo Claudel-. De modo que el libro constituye, a más de un libro de memorias, una limpia lección de gramática magistral, que nos está haciendo falta urgente a muchísimos argentinos, ¡vive Cristo!, empezando por mí. El movimiento se demuestra andando.

No estoy muy conforme con la corrección que usted propone al terceto de Quevedo:
¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

Creo que Quevedo escribió no más tal cual el segundo verso, con el sentido de: ¿Siempre hemos de sentir conforme a lo que andan todos diciendo; por ejemplo, a lo que dice la prensa grande? ¿No hemos de sentir con nuestro propio corazón, o como diría Francisco Romero, con nuestra autointerioridad? Nietzsche dijo lo mismo en esta forma: “Con un exceso de literatura histórica, a nosotros los alemanes nos han habituado a sentir con frases”. Su enmienda de usted es más ingeniosa pero menos poética. Opongo a su raciocinio de crítico, mi hábitus de poeta. Aunque sea poeta fracasado. Usted es prosista.


Pero todo el resto del examen de los atropellos plebeyos o pedantes al lenguaje común que hace usted con lenguaje infalible, es exquisito. Salta en uno el deseo de ofrecer a su hacha nuevos ramilletes de cabezas... ¿Qué me dice usted de la famosa ofrenda floral?. Todo ramo de flores es hoy día ofrenda floral. ¿Y el conceptuoso discurso? Un discurso conceptuoso tiene que ser una calamidad, sin intuición ni pálpito y con muchos conceptos, es decir, cosas sueltas, como los acostumbrados a sentir con frases. ¿Y el homenajeado?

Nuestro común amigo Juan P Ramos conserva en su prodigiosa memoria docenas de estos cuños falsos del idioma periodístico, que él sabe satirizar en la conversación con gracejo inagotable. Todo esto parece para un libro materia bien minuta; y lo sería –lo mismo que las anécdotas acerca de la edición de un libro suyo, con cifras y nombres propios, y todo el resto- en manos de cualquier otro que no fuera usted.
Pero en usted es solamente la materia de la obra de arte: como si dijéramos la facha bruta del pobre Rembrandt, que era feo de veras el pobre.

Pero el fondo de su obra, es decir, las luces y los tres cuartos de claroscuro es la vocación. ¡Vocación! ¡Qué palabra! Dios está escondido en ella. No es extraño que salga usted a deshora citando a San Pablo, y hasta recomendando la devoción al Espíritu Santo; que yo no tenía y juro al cielo adopto desde hoy.

Usted es hombre vivo para escribir sus libros, incluso para elegir los títulos. Este título abstracto y especializado es (¡quién lo dijera!) vendedor en la Argentina. La inmensa mayoría de los argentinos creen tener vocación de escrito y algunos (¡ay!) la tienen no más. Con la manía que tengo yo acerca del bachillerato, creo que la culpa la tiene el bachillerato.

Como nos enseñan mal una cantidad de físicas, químicas, geografías e historias, esas materias no le entran al muchacho. El instinto de conservación del muchacho opone un estado coloidal a la dinamicidad del paralelogramo de fuerzas genotípicas y paratípicas con que el dómine intenta arruinarle la mollera “in secula seculorum”. Pero llega la Literatura y el muchacho se espejisma. “Esto lo entiendo (dice alborozado); ¡yo he nacido para esto!” Y ¡qué ha de haber nacido el infeliz!

Y más infeliz si ha nacido.

De modo que su VOCACIÓN DE ESCRITOR va a ser comprado por muchos y va a hacer bien a muchísima gente: primero a los que la tienen; y mucho más bien a los que no la tienen si los persuade de que no la tienen. Por de pronto comenzó por hacérmelo a mí, que me hallo en los dos casos a la vez. Porque me ha persuadido que no tengo vocación de novelista. Pero al mismo tiempo me ha puesto la pistola al pecho respecto a la otra cosa tremenda, la vocación de macaneador periodístico en general.

Su libro es un libro serio. Le dice a uno con una severidad teológica, con la severidad implacable del ejemplo, a uno que yo conozco que quería ser un elegante gentleman writer –le dice a uno con la perentoriedad del papá de muchachas casaderas, que hay que casarse o hay que dejarse de afilar. Que se trata de una vocación, es decir, de una cosa seria.

Su libro trivial y fino, su libro vagabundo y anecdótico, su libro amable y chistoso, me ha hecho el efecto de un cañonazo, me ha recordado demasiado fuertemente que esa liviana vocación de escritor que tenemos todos los argentinos, lejos de ser una especie de privilegio de caburé, puede ser en los designios arcanos y juguetones de la Providencia el único medio posible y practicable de salvar mi pijotera alma. Porque detrás de sus anécdotas está su alma. Y un alma es un explosivo.

Porque esa lucha tenaz y constante, esa perseverancia, ese tesón invencible, ese sacrificio de diversiones y aun de actividades lícitas, esa paciencia retornadora, esa humildad para romper y borrar, ese oculto ascetismo despiadado en aras de la obra por nacer, que usted egoístamente pretende adjudicar al sólo novelista es de todo escritor; aun del filósofo, aun del historiador, aun del escritor de ensayos volanderos, si tienen el santo orgullo del buen obrero.

Y aun a veces esa lucha acezante en medio de la noche, de Jacob contra el ángel invisible. Las luchas del espíritu son más brutales que una batalla de hombres. Y está escrito que solamente a través de la lucha espiritual podemos entrar en el Reino. “Porque el Reino de los Cielos padece violencia y sólo los peleadores lo conquistan*”.


Leonardo Castellani

Buenos Aires, 1945.


* Esta es la exégesis vulgar del versículo de Mateo XI, 12: “Regnum coelorum vim pátitur et violenti rapiunt illud”: la exégesis verdadera es otra.
Pero de todos modos este sentido es también verdad.



Fuente: www.hugowast.com.ar

jueves, 18 de septiembre de 2008

ACTUALIDAD DEL APOKALYSIS EN EL PENSAMIENTO DEL P. LEONARDO CASTELLANI

Por Hugo Verdera


1. INTRODUCCIÓN PARA “CASTELLANISTAS”.
La decisión del Círculo “San Bernardo de Clavaral” de centrar estas III Jornadas de Formación Católica de Buenos Aires en la meditación y vivencia de “Los rumbos del jubileo: sus gracias y exigencias”, unida a la aventurada decisión de los organizadores de las mismas de invitarme a desarrollar un tema que, a mi humilde apreciación, entronca perfectamente con el tema elegido, me permite, merced a estos motivos señalados, tratar de cumplir con un doble objetivo. Por un lado, reunirme en la meditación con distinguidos disertantes, de conocida profundidad intelectual y, especialísimamente, de coherencia de vida en la militancia católica. Y, en segundo lugar, me permite rendir un sentido homenaje a quien ha sido y es, para muchos de nosotros, un auténtico maestro que supo cultivar nuestras mentes y nuestros corazones, adentrando en ellos el amor y el servicio a la verdad. De ahí el atrevimiento de adentrarme en los insuperables estudios que el padre Leonardo Castellani realizó respecto al Apokalipsis, con la penetración, claridad y belleza de exposición que acompañaron al padre en toda su vasta y fecunda obra. Sí, el padre Castellani supo hacer rendir nuestra razón y nuestro corazón; supo hacernos formar nuestro propio criterio para alcanzar la verdad y supo hacernos amar la verdad.
En el congreso realizado en San Luis, en mayo del año pasado, con motivo del centenario del nacimiento del padre Castellani presenté una ponencia titulada “Castellani y el fariseísmo”. Me permito hoy reproducir la introducción de la misma, porque me parece que constituye una referencia insoslayable en relación con el tema que hoy nos convoca. Porque, en esencia, el tema del apokalypsis es un tema principalmente teológico y, como tal, evidencia su actualidad, puesto que, ¿podemos soslayar que la constitución de un sedicente “nuevo orden mundial”, expresión que comprende necesariamente un “nuevo concepto de hombre” u “hombre nuevo”, expresivo del precitado “nuevo orden mundial”, se constituye como la expresión del desarrollo teológico de la historia?Decíamos en esa oportunidad que “el pensamiento teológico del padre Castellani significa, lisa y llanamente, la comprensión de la posibilidad de 'conocer' a Dios. Esta afirmación puede parecer una exageración, producto del tributo admirado de quien les habla. Pero su sentido es totalmente otro. Quiere significar que Castellani expresó una 'vivencia teológica', que 'encarnó' con su claridad, su penetración intelectual y su don natural de enseñanza, lo que caracteriza la autenticidad del mensaje de Cristo. Y parecería que seguimos en un plano de exaltación y falta de moderación, pero no es así. Castellani tuvo 'la sapiencia de Dios', tuvo la 'comprensión de Santo Tomás'; Castellani tuvo, en una palabra, lo que magníficamente ha expresado el padre Fuentes, una ‘teología impecable’ (1). Y esa 'impecabilidad' radica, precisamente, en su total y decidida adhesión a las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia, su gran amor virilmente vivido, adhesión que plasmó existencialmente, puesto que 'su particular erudición teológica proviene de su exquisito respeto por la tradición: se preocupó por conocerla, profundizarla, reexpresarla en su bello, vigoroso y singular lenguaje, armonizarla, y cribarla, sosteniendo con firmeza las afirmaciones substanciales, advirtiendo las sugerencias como sugerencias, corrigiendo unos doctores con o- tros (2).
El propio Castellani lo afirmó reiteradamente y, además, lo vivió intensamente. Pudo afirmar, y al hacerlo, enseñar, que ‘...puedo saber todo lo de San Jerónimo y un poquito más, gracias a San Jerónimo: así un enano parado sobre los hombros de un gigante puede ver más lejos que el gigante’ (3). Pero en esa afirmación en adhesión a la tradición, Castellani fue un gigante sobre los hombros de un gigante. Porque su sujeción al ser, a la verdad, al Magisterio, fue una sujeción plenamente humana y, como tal, plenamente cristiana; es decir, en suma, que Castellani fue un hombre libre, porque fue esclavo de la verdad. De ahí su 'originalidad', que en él se hizo sinónimo de 'genialidad'“.
Pues bien, este pensamiento esencial en Castellani, ese “pensamiento teológico”, expresivo de una “vivencia teológica”, se constituyó alrededor de un eje central, expresivo de la más simple y plena ortodoxia: el misterio del Cristo venidero. Procuraremos, pues, desarrollar esta nuestra intervención, esbozando la penetrante, clara y bella elaboración de nuestro querido Padre Castellani al respecto, para concluir tratando de vislumbrar cómo se materializa en nuestros días la oposición a la parusía.

2. LA PARUSÍA COMO EJE CENTRAL DEL MENSAJE CRISTIANO. LA ESJATOLOGÍA COMO DRAMA TEOLÓGICO.
El Padre Castellani ha sido claro y terminante al respecto. En 1951 publica por primera vez Cristo ¿vuelve o no vuelve?. En el mismo, realiza el estudio sobre el misterio del fin de los tiempos, es decir, el misterio de la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo. Desde el mismo inicio, puntualiza el objetivo y justifica su importancia. “Jesucristo vuelve, y su vuelta es un dogma de nuestra fe”, expresa el padre. Y agrega: “es un dogma de los más importantes, colocado entre los catorce artículos de fe que recitamos cada día en el símbolo de los apóstoles y cantamos en la misa solemne. Et íterum ventúrus est cum gloria judicáre vivos et mortuos”. Y enfatiza sobre su importancia y sobre su vigencia, afirmando que “es un dogma bastante olvidado. Es un espléndido dogma poco meditado” (4).
De este modo Castellani expresa una intención y un objetivo: la intención, clarificar el contenido central para la consistencia y la posibilidad de nuestra fe del dogma de la parusía; el objetivo, diagnosticar con realismo la situación actual del mismo en la vivencia específica del cristianismo.
En 1963 publica el padre El Apokalypsis de San Juan. En esta obra, realiza una traducción directa del griego, comentando literalmente el texto sagrado, con importantes estudios aclaratorios (excursus), planteando una exégesis medulosa y, como tal, profunda. El tema central es, claro está, también el misterio de la segunda venida o parusía, enfatizando y justificando la centralidad de la misma para la fe católica. Para Castellani, el apocalipsis involucra lo que se denomina “El sentido teológico de la historia”. La idea-fuerza que fundamenta el mismo, la expresa el padre con claridad y belleza: “...El mundo no continuará desenvolviéndose indefinidamente, ni acabará por azar (...) ni terminará por evolución natural de sus fuerzas elementales (...) sino por una intervención directa de su Creador” (...) no morirá de muerte natural, sino de muerte violenta; o por lo mejor decir (ya que tú eres Dios de vida y no de muerte), de muerte milagrosa”. De este modo, rechazando las pretensiones de los naturalistas y los evolucionistas, que se afincan en considerar al universo como un “proceso natural”, Castellani lo considera como “un poema gigantesco, un poema dramático del cual Dios se ha reservado la iniciación, el nudo y el desenlace; que se llaman teológicamente creación, redención, parusía”. Y culmina bellamente Castellani: “Los personajes son los albedríos humanos, las fuerzas naturales son los maquinistas. Pero el primer actor y el director de orquesta es Dios” (5). Ello explica la centralidad de la parusía para el hombre que, reconociendo su condición propia (metafísica y teológica) de “creatura”, ve, ayudada su razón por la revelación, su carácter propiamente teleológico esencial. Por ello “el dogma de la segunda venida de Cristo, o parusía, es tan importante como el de su primera venida, o encarnación”. Y por eso también, “si no se lo entiende, no se entiende nada de la Escritura ni de la historia de la Iglesia” (6). Y en esta “centralidad”, en esta “esencialidad” del misterio de la segunda venida de Jesucristo en la fe católica, Castellani ve el drama esencial del hombre y de la humanidad como auténtico “drama teológico”, ubicando con precisión a los protagonistas, el hombre creatura y Dios creador, “un drama impresionante, el de la secular lucha entre el bien y el mal, ahora llegada a su culminación, y por ende radicalizada”. Y el Padre Castellani “lo escruta con toda la inteligencia y la inspiración del teólogo y del poeta que es a la vez” (7).
Para Castellani, “si un hombre piensa, tropieza ineluctablemente con el pensamiento de su fin; así del colectivo como del individual” (8). Y lo enfatiza en otra de sus obras, señalando que “la creencia de que este mundo tendrá un fin, así como ha tenido un principio, pertenece al tesoro común de la humanidad. De ahí que haya existido siempre una literatura apocalíptica desde que existió literatura, porque el hombre para caminar necesita saber lo que va a venir, y para eso necesariamente representarse de un modo u otro, conjetural o cierto, el término del camino” (9).
De este modo, esta centralidad del misterio de la parusía, exige necesariamente, al vivir cristiano, su aceptación, que no puede ser cumplida sino como es propiamente el destinatario de la misma, es decir, el hombre. Por eso se explica per se “la centralidad, en la revelación divina, de la develación del fin de la historia y del fin particular de cada hombre” (10).El Padre Castellani es reiterativo al respecto, y lo es por la propia exigencia del dogma parusíaco. En un texto magnífico por su densidad y profundidad, expresa que “este triunfo final y definitivo de la vida, que es el dogma primero y último de la Fe cristiana, no sería mayor que la derrota (...) si toda la natura no hubiese de ser finalmente restaurada a imagen del perdido paraíso (...) reducción de todo a su espiritual cabeza” (...) ‘recapitación’ apocalíptica, hacia la cual gime como parturienta la creación visible (San Pablo), delira el corazón del hombre (S. Agustín) y parecen tirar convergentemente todas las líneas de fuerza de la historia humana (Berdiaeff)”. Y culmina Castellani afirmando, metafísica y poéticamente, que debe bastarnos saber que “si la vida del hombre y la existencia de los seres tienen algún sentido posible, es esto y no otra cosa lo que exige la mera existencia del Ser supremo y el más íntimo indefectible grito del corazón humano” (11).
Profundizando el análisis, el Padre Castellani le da a esta centralidad del dogma “esjatológico” (12) una esencialidad especificativa del ser cristiano, es decir, “que creer en su segunda venida es necesario para creer en Cristo, es distintivo de la auténtica fe en Cristo” (13). Bástenos dos textos de nuestro querido Padre, exhaustivos en la explicación de esta esencialidad.Por un lado, en su magnífico libro Los papeles de Benjamín Benavides, expresa su protagonista, don Benya: “...Que Cristo ha venido hoy no es dificultoso conceder; hasta mi amigo Jácome, (...) y todos los judíos, reconocen a Cristo como un gran hombre de nuestra raza, y Bergson dice que no hay dificultad en llamarle Dios y Renan y Rousseau y Víctor Hugo y Samuel Butler y los modernistas dicen que fue Dios en cierto modo –sin concretar mucho si ese modo es el de Arrio, el de Nestorio, el de Mahoma o el de Dante y Tomás de Aquino. Eso de llamar Dios a Cristo no distingue hoy más a los cristianos de los herejes: éstos hoy día no tienen reparo en hacerlo pero han enturbiado el nombre; se ha gastado el cuño de la moneda; lo que distingue a los verdaderos cristianos es que esperan la segunda venida...” (14).
Y en otro texto suyo, anotando al final de la recolección de textos del Apokalipsis, expresa que éste “contiene el punto más importante de la revelación de Dios por el Cristo, y el foco a donde toda la dogmática cristiana converge. De ahí que interpretar bien o mal esos capítulos tiene una importancia capital... es más importante (audeo dicere) que los mandamientos. Toda la interpretación de la Escritura, y por tanto toda la visión de la economía divina de la redención cambia radicalmente según se interprete alegóricamente o bien literalmente el Capítulo XX” (15).
Se comprende, así, la importancia nuclear dada por el Padre Castellani a la imprescindible necesidad de exponer y comprender adecuadamente el dogma parusíaco, este misterio clave en su centralidad salvífica en el conjunto integral de la fe cristiana.

3. LA PARUSÍA COMO EXPRESIÓN COMPRENSIVA DE LA HISTORIA Y DEL HOMBRE
Explicitada esa esencialidad, se comprende que el dogma parusíaco se convierta en una verdadera “clave hermenéutica de la historia del hombre” (16).
Esa clave interpretativa, contenida en el misterio de la segunda venida, afirma el señorío de Jesucristo sobre la historia y, por consiguiente, explica igualmente aquello que fundamenta tal señorío, es decir, la mesianidad, la reyecía y la divinidad de Jesucristo que, como tal, es Señor de la historia porque es mesías y rey, y en definitiva lo es porque es Dios.
Esta totalidad teológica se evidencia, pues, como clave interpretativa del hombre y su destino eterno. Y ese “poema dramático” que es el universo existente, evidencia del amor creador de Dios, sublimado y sobreelevado en el destino de la creatura humana, “imagen y semejanza” divinas, exige, por así decirlo, la creación, la redención y la parusía. Como antes recordamos, el Padre Castellani ubicó con precisión a los personajes, “los albedríos humanos”; a “los maquinistas”, “las fuerzas naturales”, y al “primer actor y el director de la orquesta”, que “es Dios” (17).
Y en la segunda venida, Cristo vuelve como juez y como rey, es decir, a premiar y castigar. Expresa Castellani que “el autor del Apocalipsis afirma que la parusía” es “la presencia justiciera de Cristo en la historia humana” (18). Y en un sermón sobre Cristo Rey, citando a un poeta que se lamentaba de la guerra y afirmaba la impotencia y el fracaso de Cristo en su sueño de paz y amor, y le pedía a Cristo que vuelva de nuevo al mundo, pero ya no para ser crucificado, Castellani le responde: “el pobre miope no ve que Cristo está volviendo en estos momentos al mundo, pero está volviendo como Rey (¿O qué se ha pensado El que es un Rey?); está volviendo de Ezrah, donde pisó el lagar él solo con los vestidos salpicados de rojo, como lo pintaron los profetas, y tiene en la mano el bieldo y la segur para limpiar su heredad y para podar su viña. ¿O se ha pensado él que Jesucristo es una reina de juegos florales?” (19).
Para esperanza y dicha del hombre, la historia es señorío de Cristo; es de Cristo y para Cristo. Y tiene razón de ser en Cristo. Por eso afirma el Padre Castellani que “la historia antigua de la humanidad sigue una línea recta hacia la primera venida de Cristo. Desde Cristo, la historia sigue una línea sinuosa bordeando la parusía, aproximándose y alejándose; dentro del límite de que ella sucederá infaliblemente y sucederá ‘pronto’, y no en una remotísima fecha, como ama imaginar la necedad seudocristiana actual” (20).Esta centralidad de la parusía explicada tan profunda y bellamente por nuestro querido Castellani, que permite comprender y aprehender la esencialidad del misterio de Dios y su designio para su creatura, y que por eso mismo permite ratificar nuestra autenticidad cristiana, nuestra especificidad de ser cristianos, al ser como un sello “distintivo de la auténtica fe en Cristo” (21), ilumina la comprensión de la amorosa preocupación del Padre Castellani por la cuestión apocalíptica. Por eso se explica la importancia nuclear dada tanto al Apocalipsis de San Juan como al Apocalipsis sinóptico, es decir, los logos y profecías de Jesucristo contenidas en el llamado sermón escatológico, narrados por San Lucas (17, 20 y ss.), San Mateo (24, 23 y ss.) y San Marcos (13, 21 y ss.), que nuestro autor comentó maravillosamente.(22)
Para Castellani, el apokalipsis tiene carácter profético, y su objeto específico es el misterio de la parusía. En él está, como dijimos, la clave hermenéutica del plan divino; “Es la llave teológica para establecer una hermenéutica trascendente (desde lo alto, desde Dios) de la historia; nos ayuda a entender lo que sucedió y lo que sucede por medio de lo que habrá de suceder. Siempre la clave es Cristo que viene, y hacia su venida se ordenan las acciones de los hombres, demoliendo contra él o edificando para él” (23). Así lo enfatiza precisamente Castellani: “El Apokalypsis es pues una profecía referente a la segunda venida de Cristo –dogma de fe que está en el Credo- con todo cuanto la prepara y anuncia, que es ni más ni menos que el desarrollarse en continua pugna de las dos ciudades, la ciudad de Dios y la del hombre” (24).La profunda impronta teológica del Padre Castellani se acentúa en este tema esjatológico, como lo expresa textualmente Castellani: “...las cuestiones esjatológicas (...) encierran la clave de todas las cuestiones teológicas” (25). En suma, Castellani nos enseña, en la más auténtica tradición, que el dogma parusíaco nos permite comprender la realidad del hombre y del mundo, del tiempo viador y de la eternidad; en su contenido misterioso y amoroso, nos ofrece, como dice el Padre Fuentes, el alimento espiritual necesario para nuestra espiritualidad; “nuestra espiritualidad de viadores, nuestra espiritualidad de provisorios en un mundo provisorio, nuestra espiritualidad conquistadora y enseñoreadora de un mundo, con sus culturas, con sus corazones, para Cristo, que no tiene otra razón de volver que la de enseñorear definitivamente toda realidad” (26).
Podemos concluir esta parte del análisis, de una sola manera. Si somos honestos intelectualmente hablando, si somos dóciles a la palabra de Dios, la verdad inmensa que encierra el dogma parusíaco, involucra una única e insoslayable consecuencia, que comprende al hombre en su integridad, en su individualidad espiritual y en su sociabilidad. Consecuencia que el Padre Castellani anunció con un llamado surgido de la entraña misma del amoroso deseo divino para con su creatura: “Pero este país todavía no ha renegado de Cristo, y sabemos que hay alguien capaz de levantarlo. Preparémonos a su venida y apresuremos su venida. Podemos ser soldados de un gran Rey; nuestras pobres efímeras vidas pueden unirse a algo grande, algo triunfal, algo absoluto. Arranquemos de ella el egoísmo, la molicie, la mezquindad de nuestros pequeños caprichos, ambiciones y fines particulares. El que pueda hacer caridad, que se sacrifique por su prójimo, o solo, o en su Parroquia, o en las sociedades vicentinas... El que pueda hacer apostolado, que ayude a nuestro Cristo Rey en la acción católica o en las congregaciones. El que pueda enseñar, que enseñe, y el que pueda quebrantar la iniquidad, que la golpee y que la persiga, aunque sea con riesgo de la vida. Y para eso, purifiquemos cada uno de faltas y de errores a nuestra vida, acudamos a la Inmaculada Madre de Dios, Reina de los ángeles y de los hombres, para que se digne elegirnos para militar con Cristo, no solamente ofreciendo todas nuestras personas al trabajo, como decía el Capitán Ignacio de Loyola, sino también para distinguirnos y señalarnos en esa misma campaña del Reino de Dios contra las fuerzas del mal, campaña que es el eje de la historia del mundo –sabiendo que nuestro Rey es invencible, que su reino no tendrá fin, que su triunfo y venida no está lejos y que su recompensa supera todas las vanidades de este mundo, y más todavía, todo cuanto el ojo vió, el oído oyó y la mente humana pudo soñar de hermoso y de glorioso” (27).
Estas palabras encierran, en su profundidad y belleza, al Padre Castellani “de cuerpo entero” y nos ratifican en lo señalado al principio de nuestras reflexiones. Es que realmente el Padre Castellani expresó una ‘vivencia teológica’, que 'encarnó' con su claridad, su penetración intelectual y su don natural de enseñanza. Para él, el dogma y el misterio parusíaco no se constituyeron en una simple cuestión de erudición y de investigación, sino que fueron “un misterio profundamente vivido”. Y en ello, como magnífica y justamente puntualiza el Padre Fuentes, “radica la fecundidad inusitada de su obra ciclópea. Castellani dictó cátedra con la pluma, sin borrar con el codo cuanto escribía con la mano. La uniformidad y armonía de su pensamiento con su vida es lo que, aún hoy, hace de su pensamiento escuela de vida” (28).

4. EL NUEVO ORDEN MUNDIAL Y SU OPOSICIÓN A LA PARUSÍA
Ahora bien, Castellani fue terminante al analizar el dogma parusíaco y su vigencia en el mundo contemporáneo. “La enfermedad mental específica del mundo moderno es pensar que Cristo no vuelve más; o al menos, no pensar que vuelve” (29). En el desarrollo y configuración del mundo moderno, cuyo constitutivo esencial es un “nuevo hombre” radicalmente opuesto al “hombre nuevo” evangélico, que supo inspirar y constituir la cristiandad, ve Castellani aplicada y ratificada la cuestión esjatológica. Su diagnóstico es insuperable, por su realismo metafísico y teológico. Expresa que, en virtud de ese olvido y ese desconocimiento, expreso o tácito, del dogma parusíaco, “...el mundo moderno no entiende qué le pasa. Dice que el cristianismo ha fracasado. Inventa sistemas, a la vez fantásticos y atroces, para salvar a la humanidad. Está a punto de dar a luz una nueva religión. Quiere construir otra Torre de Babel que llegue al cielo. Quiere conquistar el Jardín del Edén con solas las fuerzas humanas” (30).
Castellani advierte la raíz antropológica del drama del hombre contemporáneo: es la irrupción del “hombre autónomo”, del “hombre autosuficiente”, del “hombre autocreativo”. Es el proyecto del hombre autónomo, autosuficiente y autocreativo; en rebelión contra Dios, asumiendo el modelo prometeico. Señala el Padre Castellani que el mundo moderno “está lleno de profetas que dicen: ‘Yo soy. Aquí estoy, este es el programa para salvar al mundo. La carta de la paz, el pacto del progreso y la liga de la felicidad. ¡La UNA, la ONU, la ONAM, la UNESCO! ¡Mírenme a mí! Yo soy’” (31). Y Castellani ve en este proceso de rebelión una causa motora, explicativa del mismo, constitutiva de la herejía de hoy, que “pareciera explícitamente no negar ningún dogma cristiano, sino falsificarlos a todos”. Y en su esencia, para el ermitaño urbano, la misma expresa una gran negación: “niega explícitamente la segunda venida de Cristo; y con ella, niega su reyecía, su mesianidad y su divinidad. Es decir, niega el proceso divino de la historia. Y al negar la divinidad de Cristo, niega a Dios. Es ateísmo radical revestido de formas de religiosidad” (32).
Es el cumplimiento esjatológico; es la explicación única y última del drama del hombre moderno. Con fineza expresiva, nuestro autor ve la perversión íntima vigente en esta concepción del hombre prometeico: “con retener todo el aparato externo y la fraseología cristiana, falsifica el cristianismo, transformándolo en una adoración del hombre; o sea, sentando al hombre en el templo de Dios, como si fuese Dios. Exalta al hombre como si sus fuerzas fuesen infinitas. Promete al hombre el Reino de Dios y el Paraíso en la tierra por sus propias fuerzas” (33).
Es, pues, la impronta de este proyecto humanista prometeico el olvido del dogma parusíaco, el intento de erradicar o postergar in eternum la segunda venida del Salvador. Castellani ve en ello un signo de los tiempos, ve en ello la explicación última del hombre moderno, reducido a hombre inmanente; de la historia moderna, reducida historia inmanente, y cuyo corolario ineludible no podía ser otro que el ateísmo y la negación de la trascendencia.La filosofía moderna empieza y culmina un proceso que, en última instancia, se sintetiza en la inmanencia absoluta. El objetivo de este proyecto era erradicar lo religioso, y al no poder hacerlo, puesto que la dimensión religiosa es natural al ser del hombre, procuró erradicar lo auténtico religioso del hombre, comprendiendo que era, en su concepto, la única posibilidad de triunfo. Sus esfuerzos se centraron, expresa e implícitamente en torno a esta idea motorizadora. Este proyecto radicalmente anticristiano se estructuró a través del relativismo, del modernismo y del romanticismo, buscando despojar a la iglesia de Cristo de todo carácter sobrenatural. Así, el hombre “nuevo” moderno, autosuficiente y autónomo, no necesitará ya una iglesia en que hallar la salvación y, contando con solamente con sus propias fuerzas, el hombre salvará al hombre. El Cardenal Ratzinger ha expresado ese perfil del hombre moderno: “En efecto, si no se comprende que el hombre se halla en un estado de alienación que no es sólo económica y social (una alienación, por lo tanto, de la que no puede liberarse con sus propias fuerzas), no se alcanza a comprender la necesidad de Cristo Redentor. Toda la estructura de la fe queda así amenazada. La incapacidad de comprender y de presentar el ‘pecado original' es ciertamente uno de los problemas más graves de la teología y la pastoral actuales” (34). Y más adelante, el mismo Cardenal Ratzinger evidencia los funestos resultados logrados por este “hombre autónomo”, que de una supuesta “liberación”, culmina en una verdadera esclavitud. Así, afirma que “lo que parecía ‘liberación se transforma en su contrario, mostrando en el terreno de los hechos su rostro luciferino. Es el tentador quien, en el primer libro de la escritura, seduce al hombre y a la mujer con la promesa: seréis como Dios (Gén. 3, 5). Es decir, libres de las leyes del creador, libres de las leyes mismas de la naturaleza, dueños absolutos de nuestro destino. Pero, al final de este camino, no es precisamente el paraíso terrenal lo que nos espera” (35).
Y el olvido y la negación del pecado original, proyecta su veneno sobre la redención y sobre el fin del hombre. Esta “idolatría del hombre”; constituye, para Castellani “el fondo satánico de todas las herejías, ahora en estado puro” (36). Y es que “siempre que ha pretendido el hombre hacerse un paraíso en el estado, lo ha convertido en un infierno” (37).
Castellani vio con exactitud que la negación u olvido del dogma parusíaco era nefasto pues implica la pretensión de anular uno de los fundamentos de la fe, pero, que, al mismo tiempo, significa imposibilitarle al hombre la explicación de la historia, de la sociedad. Por ello, el mundo moderno, con la pretensión de constituirse sobre la base del hombre autónomo, como antes nos decía, “no entiende lo que le pasa”(38). Y no lo entiende radicalmente, porque al rechazar el misterio de la segunda venida, se imposibilita para comprender la integridad del mensaje salvífico. “Si no lo entiende -enfatiza Castellani- no se entiende nada de la Escritura ni de la Historia de la Iglesia”, ya que “el término de un proceso da sentido a todo el proceso. Este término está no sólo claramente revelado, mas también minuciosamente profetizado. Jesucristo vuelve pronto” (39).El pensamiento del Padre Leonardo nos ilumina, pues, en el análisis de nuestro tiempo contemporáneo. Castellani vio con precisión que el desconocimiento del dogma parusíaco imposibilita, como vimos, para comprender la historia, su desarrollo, sus leyes propias. Y ello porque el hombre y la historia son finalísticos, lo que implica decir que para conocerlos es preciso conocer el fin, ya que él es el que explica el movimiento del móvil. Y en la historia, todo tiene una esencia teológica, una raíz religiosa. Castellani enfrentó magistralmente al comunismo, al socialismo y, especialmente, al liberalismo, viéndolos en su auténtica realidad, es decir, como “falsificaciones del cristianismo”, como agudamente lo manifiesta en Los papeles de Benjamín Benavides (40). La persistencia de esas “herejías con efecto político y alcance universal” (41), convergiendo hoy en la conformación de un sedicente “nuevo orden mundial”, que se presenta como una conjunción de aquéllas, nos permite evaluar la clarividencia y la actualidad del pensamiento del Padre Castellani.
Al respecto, señalaba (¡en 1954!), analizando la realidad de los imperialismos actuales, a través de la respuesta que daría San Agustín (“hablando agustinianamente” (42), en palabras del Padre Leonardo), al panegírico o bien la justificación de una “preferencia” por el capitalismo estadounidense sobre el soviético: “son dos imperialismos. Poco importa si son imperialismo económico o imperialismo político: las dos cosas hoy día van juntas. Pero las guerras no son nunca meramente económicas. Son siempre también ideológicas; y en este tiempo, cosa sumamente extraña, son guerras religiosas –es decir, heréticas-. La economía soviética y la economía americana podrían perfectamente conciliarse –y por ende también sus zonas de influencia política- si se conciliaran sus dos ‘ideas’ –ideas que versan sobre el fin del hombre: la idea pesimista y maniquea del oriente, y la idea progresista y ‘liberal’ acerca del hombre del actual occidente-. Son conciliables también estas dos ideas, porque se tocan en un mismo fondo, que es la pretensión de conseguir la felicidad del hombre aquí en la tierra, y por medio del saber, del poder y de las fuerzas humanas” (43).Y ello porque “El capitalismo y el comunismo, tan diversos como parecen, coinciden en el fondo; digamos, en su núcleo místico: ambos buscan el paraíso terrenal por medio de la técnica; y su mística es un mesianismo tecnólatra y antropólatra, cuya difusión vemos hoy día por todos lados, y cuya dirección es la deificación del hombre: la cual un día se encarnará en un hombre” (44).
Y veía Castellani que el intento de “globalización” entroncaba claramente con la parusía, expresando que “hoy día es un fin político lícito y muy vigente por cierto, la organización y unificación del mundo en un solo reino, que por ende se parecerá al imperio romano. Esta empresa pertenece a Cristo; y es en el fondo la secular aspiración de la humanidad; pero será anticipada malamente y abortada por el contracristo, ayudado del poder de Satán. En el Boletín del Canadian Intelligence Service de Enero de 1963 podemos ver el poder que tienen actualmente, en EE.UU. e Inglaterra sobre todo, los One-Worlders o partidarios de la unificación del mundo bajo un solo Imperio. Propician la amalgama del capitalismo y del comunismo, que será justamente la hazaña del anticristo” (45). De este modo, “el anticristo usurpará simplemente este ideal de unidad del género humano en la institución perversa de su imperio universal...” (46).
Y para el Padre Castellani, el “nuevo orden mundial” será presidido por el anticristo, quien “tomará lo que tiene de bueno el capitalismo, o sea, la inmensa productividad, y la encauzará con medidas férreas, comunizándola. Habrá abundancia para todos –menos para los cristianos, por supuesto- y sólo se perderá una pequeña cosita: la libertad; la poca libertad que hoy nos queda, y la gran libertad verdadera que prometió –y dio- Cristo” (47).Y el “nuevo orden mundial” edificará, en su carácter de “mono” de Dios, una “Nueva religión de la humanidad”, que Castellani conceptúa como “...la adoración del espíritu humano, a la idolatría del hombre, que es la idolatría del mundo contemporáneo neopagano, como la idolatría de los paganos era la idolatría de las fuerzas cósmicas encarnadas en Júpiter, Mercurio, Venus, Marte y toda la compañía. Y eso, la idolatría del hombre, según la Escritura, será la religión del Anticristo (II Tesalonicenses 2, 4)” (48).
En suma, como señala el Padre Sáenz, “el nuevo orden mundial y la new age [movimiento que propaga por todo el mundo que el 'hombre ha creado a Dios a su propia imagen', y que ha llegado el momento de que él mismo se reconozca como Dios] podrían corresponder a las dos bestias del Apocalipsis, la primera, en el ámbito político, y la segunda, en el círculo de una falsa religión, sustitutiva del cristianismo” (49).
Respecto a la configuración del “nuevo orden mundial”, el mismo expresa una realidad mundial actual. El denominado “fenómeno de la globalización” está manifestando cuál es la realidad del mundo en que vivimos. Estamos ante una evidencia: el mundo contemporáneo se estructura en tres modelos específicos de “sociedades laicas”, que expresan el moderno proceso de secularización. El padre Fosbery ha precisado esta cuestión, señalando que “la secularización va imponiendo en la modernidad, especialmente después de la revolución francesa, una nueva categoría política que, al decir de Hegel, es la 'sociedad civil’. Y señalamos la revolución francesa porque es a partir de ella cuando el carácter laico de la sociedad va cobrando vigencia hasta llegar a establecer, como lo expresa la constitución de la República Francesa, la incompetencia del estado en asuntos religiosos y de la iglesia en problemas del estado” (50).
En el proceso de secularización de la modernidad, se configurarán tres modelos. Señala el Padre Fosbery que “tres modelos reconocemos (...), que tiene su origen en el secularismo y que quieren expresar, cada uno a su manera, el sentido último de la modernidad como una forma de plenitud histórica inmanentista e intra-mundana: el nacional-socialismo, con su intento de imperio racial; el marxismo-leninismo, con su intento de imperio comunista; y el de la sociedad laica americana, con su intento de universalizar la democracia, la economía de libre mercado y los derechos humanos. Allí el individuo, y no el estado, cobra el máximo sentido de eticidad social, detrás de la vigencia de una libertad política fundada en el principio religioso de la libertad de conciencia. La democracia absoluta de valor universal y el capitalismo liberal fundan un imperio plutocrático” (51).El primer modelo, el proyecto nacional-socialista fenece en la segunda guerra mundial. El segundo modelo entra en crisis como resultado del “desbalanciamiento que provocan los Estados Unidos, presionando con el tema de los derechos humanos, desde la comunidad internacional, durante la gestión del Presidente Carter (1977-1981). Posteriormente, Reagan (1981-1989) instala el conflicto en el marco del desarrollo tecnológico-militar. La 'guerra de las galaxias' termina vaciando el poder económico ruso, que no alcanza a competir con los yanquis. No hay duda que la utopía se cumple. Washington tenía razón cuando afirmaba que los Estados Unidos eran la nueva Jerusalén designada por la providencia para ser el teatro donde el hombre debe alcanzar su verdadera talla. Los rusos no la alcanzan y por eso son vencidos” y concluye el Padre Fosbery que “occidente se identifica con el modelo de sociedad laica americana porque sólo los Estados Unidos cuentan con los tres poderes necesarios para solventar un imperio: el poder político, el poder militar y el poder económico” (52).
El análisis de la historia de los últimos años evidencia que la “Revolución Cultural” ha ido, paulatina pero coherentemente con los postulados sustentatorios de la misma, fue llevando a los supuestos contendientes hacia un real punto de convergencia, fundamentada en la utopía de un “nuevo orden mundial”. Instalada la utopía en los espíritus occidentales por la acción deletérea de los ideólogos, hubo que esperar solamente los acontecimientos, “y éstos llegan de la mano de Ronald Reagan (1981-1989), quien hará posible que los Estados Unidos cumpla con el destino que, según ellos, le reservó la providencia” (53).
Así, desde la Presidencia de Reagan, los Estados Unidos son un “imperio” proclamado. El fundamento lo consideran sus ideólogos irreductible. Es la tendencia al “salvacionismo democrático”. Y esta tendencia está, en realidad, ínsita en los principios calvinistas fundacionales de los Estados Unidos, y se explicita en la “Doctrina del destino manifiesto”, concretada por los dos Roosevelt, declarada solemnemente en 1981, estableciéndose el “derecho específico” de los Estados Unidos a velar por la integridad democrática de las Américas, “desde Alaska a Tierra del Fuego”.Uno de sus principales ideólogos lo ha expresado con claridad. Así, Henry Kissinger a escrito que: “en el Siglo XX, ningún país ha influido tan decisivamente en las relaciones internacionales, y al mismo tiempo con tanta ambivalencia, como los Estados Unidos. Ninguna sociedad ha insistido con mayor firmeza en lo inadmisible de la intervención en los asuntos internos de otros estados ni ha afirmado más apasionadamente que sus propios valores tenía aplicación universal. Ninguna nación ha sido más pragmática en la conducción cotidiana de su diplomacia, ni más ideológica en la búsqueda de su convicciones morales históricas. Ningún país se ha mostrado más renuente a aventurarse en el extranjero, mientras formaba alianzas y compromisos de alcances y dimensiones sin precedentes”. Y agrega que “los Estados Unidos consideran normal un orden global internacional fundamentado en la democracia, el libre comercio y el derecho internacional” (54). Como señala el Padre Fosbery, “los Estados Unidos pretenden ser, por un lado, faro para las demás naciones, mostrando los logros políticos y económicos de su democracia fundada en la vigencia de los derechos humanos; y, por otro, constituyéndose en cruzados de estos valores, para imponerlos en todo el mundo” (55).
La administración Reagan actuó convencida de que si el mundo puede alcanzar la paz, “tendrá que aplicar las prescripciones morales de los Estados Unidos. Ése será su empeño político, al que consagrará todo el mecanismo de su política internacional” (56). El mismo Kissinger señala que “los imperios no tienen ningún interés en operar dentro de un sistema internacional, aspiran a ser ellos el sistema internacional. Los imperios no necesitan un equilibrio de poder. Así es como los Estados Unidos han dirigido su política exterior en América” (57).Los hechos recientes ratifican el análisis. Primero la Organización de Estados Americanos incorporó la “regulación democrática”. Puede afirmarse, sin ser temerarios, que podría seguir rápidamente una “regulación de la globalidad”, expresión que hoy sirve para dirigir de modo informal la actividad del imperialismo estadounidense: “democracia” (política) y “globalidad” (económica, regimentada por el fondo monetario internacional). Y el próximo paso sería la concreción de la sanción jurídica internacional del esquema planteado. Para el logro de este “nuevo orden mundial” se debe plantear la consecución de un “nuevo modelo cultural”, cuyos elementos constitutivos se orientan a funcionar “como un proceso de globalización encaminado a lograr la creciente aceptación de valores, creencias, orientaciones, prácticas e instituciones comunes por pueblos y personas de todo el mundo. Una suerte de 'civilización universal’” (58). Juega aquí con toda la fuerza de su peligrosidad y perversidad, la asunción por parte de los ideólogos del “nuevo orden mundial”, de la estrategia elaborada por el marxista italiano Antonio Gramsci, que postuló agudamente un proyecto revolucionario centrado en la sustitución del concepto propio del hombre, encerrándolo en la total inmanencia, previendo acciones concretas constitutivas de un “nuevo sentido común”, que, en última instancia, imposibilite siquiera plantear al pensamiento humano la posibilidad de la trascendencia.
En ese contexto, los ideólogos del “nuevo orden mundial”, buscan imponer una “nueva cultura”, “cultura mayoritaria”, que como agudamente señala Díaz Araujo, se estructura “para anular las resistencias nacionales a la 'globalidad'“, fomentando “el individualismo ético trascendental, que desliga de cualquier obligación con el prójimo y, sobre todo, con el bien común. De manera análoga han impulsado el nihilismo metafísico que no reconoce la existencia de ninguna verdad objetiva, quedando todo en un plano libertario de subjetivismo inmanentista. Han roto también con los cánones estéticos naturales, exaltando cuanta fealdad artística se divulgue en el universo. De modo tal que ni el bien, ni la verdad, ni la belleza encuentren el menor espacio en este mundo. Y si algún desprevenido intentara rescatar valores naturales, sería de inmediato procesado por ‘discriminador'. Conducta que bastará para establecer el juicio histórico sobre el imperialismo estadounidense” (59).
En suma, en el proyecto ideológico del “nuevo orden mundial”, asistimos al intento persistente y pertinaz de realizar una serie de reemplazos que permitan estructurar “el nuevo hombre contemporáneo”. El Padre Fosbery lo puntualiza: “la ideología desplaza a la metafísica. La utopía del progreso indefinido a la religión. La moral queda vaciada de contenido ontológico y de referente sobrenatural” (60). Y ello se comprende por la lógica férrea asumida por la ideología inmanentista, ya que “si nada existe superior al hombre, éste no puede buscar más que en sí mismo el fin y la moral de su acción. Se instala el empirismo moral. Epicuro y las formas más puras del hedonismo sensualista marcan la tónica moral de la nueva sociedad laica” (61).
El resultado es el único posible: “una civilización fundada en la ideología del progreso indefinido, como una nueva utopía esjatológica del inmanentismo. La cultura es desplazada a lo literario, lo artístico, y la virtud, vaciada de contenido moral, se transforma en habilidad científica o técnica, como instrumento del quehacer hedonista y utilitario” (62). Y el resultado buscado se evidencia por sí mismo: “estamos frente a la civilización del secularismo que hace del progreso su religión y que se alimenta con la ideología del economicismo instrumentada por el dominio, la eficiencia y el poder. No hay lugar para la cultura y, consecuentemente, no lo hay para Dios. Lo religioso puede ser tolerado, a lo sumo, como culto encerrado en los repliegues de la conciencia individual”. Y como resultado de este proceso de secularización se obtiene la generación del “capitalismo en sus dos formas: el capitalismo de estado, o socialismo, y el capitalismo liberal” (63).
Y producida la caída de “los dos imperialismos que, a su manera, se inspiraron en este utilitarismo universal y quisieron construir una civilización, es decir, el nacional-socialismo y el marxismo leninismo, el camino está expedito para que el imperialismo anglosajón se afirme en lo que hoy se ha dado en llamar la globalización” (64). De este modo, “ésta será la ideología imperante capaz de generar una nueva civilización” (...) “el secularismo ha hecho posible la aparición de una sociedad laica sobre la que se apoya el actual proceso de globalización” (65).

5. CONCLUSIÓN: LA SEGUNDA VENIDA COMO ESPERANZA DE REALIZACIÓN CRISTIANA
El Padre Sáenz ha señalado que “la unión de las naciones en grupos regionales, primero, y después, en un solo imperio mundial, sueño fascinante del mundo de hoy, no puede realizarse sino por Cristo o contra Cristo”, agregando que lo que se puede hacer sólo con la ayuda de Dios, y que de hecho Dios hará al final, conforme está prometido, febrilmente intenta el mundo moderno construirlo al margen del designio divino, orillando a Dios, abominando del antiguo proyecto de unidad que se llamó cristiandad, y violentando incluso la naturaleza humana, con la supresión intentada de la familia y de las patrias. En frase categórica de Castellani: ‘todo lo que hoy día es internacional, o es católico o es judaico’” (66).
En la situación en la que se desarrolla hoy día la historia de la humanidad, la actualidad del pensamiento del querido e inolvidable Padre Castellani se reafirma en su importancia. El Padre Leonardo “ha hecho con sus libros sobre la esjatología un servicio relevante a la cultura religiosa” (67) y, como consecuencia del mismo, un aporte imprescindible para la comprensión de nuestros tiempos históricos.
Escribió el padre, en una carta, que “aguantar estos tiempos tan malos, e incluso alegrarse en lo posible por haber sido creado en ellos” debía ser la actitud propia de nosotros los cristianos, agregando: “puede que el Cristo no esté lejos. Pero yo por todas partes oigo ayes y veo ruinas; y algunos días la carga de este mundo me parece insoportable. Más no lo es, de hecho” (68).
Y en la misma misiva, más adelante, agregaba: “puse arriba: ‘puede que Cristo no esté lejos’. Es falta de fe. Creo positivamente que está cerca; y no puedo pensar lo contrario sin ir contra mi conciencia, contra el temor de Dios. Pensar que la Iglesia y el mundo puedan ir adelante mucho tiempo tal como están ahora, me parece impío. O todas las Escrituras que nos dejó Cristo son un engaño, o vamos con rapidez vertiginosa a la última lucha; para la cual conviene sin cesar pedir auxilio a Dios. Toda bendición de Dios implica una maldición, porque el mundo odia a los que son de Dios. Lo que puede hoy el mundo, la violencia de su odio oculto y ‘las tinieblas que han caído sobre la tierra’ (como dijo el Papa) son cosas de no creer” (69).Y en otra misiva, expresa que “estamos viviendo en un mundo sin caridad, que rezuma odio, hostilidad o indiferencia al prójimo por todos sus poros: ‘sine afectione, absque faédere, sine misericordia’ como decía San Pablo del mundo pagano. ‘Sin piedad, sin lealtad y sin afecto. Creo que así no puede seguir el mundo, y se tiene que disgregar, si no viene un remedio milagroso” (70).
Y respecto a nuestra Patria, el Padre Castellani veía el proceso de disolución desacralizadora en marcha, expresando dolidamente: “siento como quizá ningún otro en el país la correntada del mundo adversa al ‘que quiere vivir píamente en Cristo Jesús’ debajo de las apariencias de una Nación aparentemente Cristiana” (71). Y esto escrito en el año 1954. ¿Qué diría hoy nuestro ermitaño urbano, de haber vivido la “apertura democrática”, los desgobiernos de Alfonsín, Menem y De la Rúa, la avalancha pornográfica, el permisivismo moral, el encumbramiento de Sodoma y Gomorra en Buenos Aires y su proyección en toda nuestra Patria, la claudicación absoluta y aceptada de nuestro rol político internacional, en suma, el real abandono de nuestras raíces hispano-católicas, en aras de un sedicente “nuevo orden mundial”, presentado como “única salida” para el pueblo argentino?.Hoy como nunca la labor ciclópea del Padre Castellani se evidencia como un faro indicador de nuestro compromiso y de nuestra militancia. Porque el realismo de sus análisis teológicos nos da la única respuesta válida para los interrogantes acuciantes de estos tiempos. En Castellani están las respuestas, porque Castellani supo interpretar la voz de Dios. De ahí que su insistencia en la importancia del Libro del Apocalipsis para la vivencia del cristiano, sea insoslayable. Castellani vio al Apokalypsis como el libro de la consolación: consolador y escrito para consuelo de los Cristianos” (72). Sí, el Apokalypsis es un libro consolador y escrito para consuelo de los cristianos.
Y el Padre Castellani supo expresarlo bella y rotundamente: “El Apocalipsis es un libro de esperanza: incluso la predicación de cosas tremendas –junto a la seguridad de esquivarlas para los fieles- es para dar ánimo, y deyección no; dado que esas cosas ya están entre nosotros, o en su ser propio o en su posibilidad y aprensión. Un impío argentino ha escrito que es un libro ‘de amenazas feroces y júbilos atroces’, Ha leído mal, si es que ha leído el libro. ‘Blasfemat quod ignorat’” (73).
Y contundentemente, señala nuestro querido Castellani: “Después de mucho tiempo, el Apocalipsis se me convirtió en un alivio. Es un librito de esperanza en último término. El talante del Cristianismo no es el pesimismo; menos aún es el optimismo beato de la Filosofía Iluminística, el famoso ‘progreso indefinido’. La profecía cristiana nos da una posición que está por encima de esos dos extremos simplistas, en donde caen hoy todos los que no tienen el sello de Dios en sus frentes’. El mundo va a una catástrofe intrahistórica que condiciona un triunfo extrahistórico; o sea una trasposición de la vida del mundo en un tras-mundo; y del tiempo en un supertiempo; en el cual nuestras vidas no van a ser aniquiladas y luego creadas de nuevo, sino –como es digno de Dios- transfiguradas ellas todas por entero, sin perder uno solo de sus elementos” (74).Frente al proyecto del “nuevo orden mundial”, Castellani nos lo ha proféticamente definido en sus esencialidades perversas. Estamos frente a la gran herejía de nuestro tiento, y Castellani la puso ante nuestros ojos, desnudando toda su malignidad y soberbia. Y esta herejía se configura como la negación o el olvido de la segunda venida de Jesucristo, para implantar una sedicente salvación intramundana, inmanente, perversa y, como tal, cristofóbica. Castellani vio claramente que el proyecto inmanentista y su culto ínsito en la utopía del “progreso indefinido” se excluyen esencialmente; por eso nos decía de Kierkegaard que “su pensamiento total es netamente parusíaco o 'apocalíptico' -o antiprogresista. No solamente no cree en el dogma del progreso inevitable, sino que siente hacia él un desprecio absoluto” (75).
Terminemos con las palabras de nuestro querido Padre Castellani, que nos resume magníficamente la realidad de nuestra esperanza cristiana. Nos decía el Padre Castellani: “Cristo debe volver. Debe volver pronto. Y a medida que su retorno se aproxima, por fuerza se deben hacer más claras las promesas de sus santos y las visiones de sus videntes. Volverá no para ser crucificado por los pecados de muchos, sino a juzgar a todos, no como cordero de Dios, sino como Rey del siglo futuro. Volverá para poner a sus enemigos de alfombra a sus pies, a restaurar y restituir para su Padre todas las cosas, arrojado de ellas y amarrado el príncipe de este mundo; volverá en el clímax de la más horrenda lucha religiosa que han visto los siglos, en el ápice mismo de la gran apostasía y de la tribulación colectiva más terrible después del diluvio, cuando sus fieles esté por desfallecer y esté por perecer toda carne. Volverá vincens ut vincat, como un rayo que surgiendo de oriente se deja ver en occidente, para arrebatar a él en los aires a nosotros los últimos, los que quedamos, los reservados in adventum domini, que hemos sufrido más que Job, creído más que Abraham, y esperando más que Simeón y Ana” (76).Postdata de un “castellanista”, en nombre de todos los “castellanistas”: usted sigue con nosotros, querido Padre Castellani. Muchas gracias. Muchas gracias, Padre Leonardo, por lo trasmitido, por su ejemplo, por su amor, por, esencialmente, su “teología impecable”.

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(1) P. FUENTES, MIGUEL ÁNGEL, El Perfil Teológico, en el Número Extraordinario dedicado al R.P. Leonardo Castellani de la Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, nro. 36, Julio/Setiembre 1994, p. 23.
(2) Ib., pp. 23-24.
(3) CASTELLANI, LEONARDO, El Apokalysis de San Juan, Ed. Dictio, Bs. As., 1977, p. 145.
(4) CASTELLANI, LEONARDO, Cristo ¿vuelve o no vuelve?, Ed. Paucis Pango, Bs. As., 1951, p. 13.
(5) Ib., p. 13.
(6) Ib., p. 14.
(7) P. SAÉNZ, ALFREDO, El fin de los tiempos y seis autores modernos, Ediciones Gladius, Bs. As., 1996, p. 320.
(8) P. CASTELLANI, LEONARDO, El apokalipsis de San Juan, o.c., p. 148.
(9) Ib., Crítica literaria. Notas a caballo de un país en crisis (VIII. Hugo Wast, 666), Ed. Dictio, Bs. As., 1974, p. 302.
(10) P. FUENTES, MIGUEL ANGEL, o.c., p. 26.
(11) CASTELLANI, LEONARDO, Conversación y crítica filosófica, Ed. El Ermitaño Urbano, Bs. As., 1986.
(12) En su "nota lingüística” del Apokalypsis de San Juan, Castellani nos dice: "¿Por qué escatológico con j? Porque así debe ser. Hay dos palabras morfológicamente parecidas en español: escatológico, que significa pornográfico -de scatos, griego, que significa excremento- y esjatológico, que significa noticia de lo último -de ésjaton, lo último-, las cuales son confundidas hoy día por descuido o ignorancia o periodismo, incluso en los diccionarios (Espasa, Julio Casares); de modo que risueñamente el Apóstol San Juan resulta ser un escritor ¡pornográfico o excremental! Yo hago buen uso: si el buen uso se restaura, mejor; si no, paciencia. Poco cuidado con nuestra lengua se tiene hoy día" (p. 313).
(13) P. FUENTES MIGUEL ANGEL, o.c., p. 27.
(14) CASTELLANI LEONARDO, Los papeles de Benjamín Benavides, Ed. Dictio, Bs. As., pp. 425-426, novela que constituye una auténtica "teología de la historia".
(15) P. CASTELLANI, LEONARDO, nota a la traducción y adaptación que hizo del libro del Padre Florentino Alcañiz, La Iglesia Patrística y la Parusía, Ed. Paulinas, Bs. As., 1962, p. 31.
(16) Ver P. FUENTES, MIGUEL ANGEL, o.c., pp. 28 y ss., ensayo que se constituye, junto con el libro precitado del Padre Alfredo Sáenz (v. nota 7), en obras de consulta ineludible para la profundización del pensamiento del Padre Castellani respecto a la cuestión apocalíptica. Nos declaramos plenamente deudores de los profundos y brillantes estudios de ambos autores, que nos dilucidaron con su claridad expositiva muchas dudas y confusiones, como así también nos ratificaron en nuestras opiniones, respecto a una correcta interpretación del pensamiento del Ermitaño Urbano.
(17) Ver nota 5.
(18) P. CASTELLANI, LEONARDO, Cristo ¿vuelve o no vuelve?, o.c., p. 53.
(19) Ib., o.c., p. 174.
(20) Ib., El Apokalipsis de San Juan, o.c., p. 305.
(21) P. FUENTES, MIGUEL ANGEL, o.c., p. 27.
(22) Ver P. CASTELLANI, LEONARDO, El Evangelio de Jesucristo, (Homilías del Domingo vigésimo cuarto y último después de Pentecostés, y del Domingo primero de adviento, según el misal tradicional) Ed. Dictio, Bs. As., 1977, pp. 390-405. Existe también una reciente edición, la quinta, realizada por Ed. Vórtice, Bs. As., 1997, pp. 319-331.
(23) P. FUENTES, MIGUEL ANGEL, o.c., p. 29.
(24) P. CASTELLANI, LEONARDO, Los papeles de Benjamín Benavides, o.c., p. 61.
(25) Ib., p. 51.
(26) P. FUENTES, MIGUEL ANGEL, o.c., pp. 29-30.
(27) P. CASTELLANI, LEONARDO, Cristo ¿vuelve o no vuelve?, o.c., p. 178.
(28) P. FUENTES, MIGUEL ANGEL, o.c., p. 30.
(29) P. CASTELLANI, LEONARDO, ib., p. 15.
(30) Ib., p. 15.
(31) Ib., p. 15.
(32) Ib., pp. 15-16.
(33) Ib., p. 16.
(34) RATZINGER, JOSEF, Cardenal, Informe sobre la fe, BAC Popular, Madrid, 1985, p. 87.
(35) Ib., p. 100.
(36) P. CASTELLANI, LEONARDO, Cristo ¿vuelve o no vuelve?, o.c., p. 16.
(37) HÖLDERLIN, FIEDRICH, Hyperion, I, 1.
(38) P. CASTELLANI, LEONARDO, Cristo ¿vuelve o no vuelve?, o.c., p. 15.
(39) Ib., p. 14.
(40) P. CASTELLANI, LEONARDO, Los papeles de Benjamín Benavides, o.c., pp. 45 y ss.
(41) Ib., p. 47.
(42) P. CASTELLANI, LEONARDO, San Agustín y nosotros, Ediciones JAUJA, Mendoza, Argentina, 2000, p. 11 (esta obra reúne las conferencias que el Padre Castellani dio en el teatro del pueblo de Buenos Aires en el segundo semestre de 1954, en ocasión del 16mo. Centenario de San Agustín).
(43) Ib., pp. 27-28.
(44) P. CASTELLANI, LEONARDO, El Apokalypsis de San Juan, o.c., p. 282.
(45) P. CASTELLANI, LEONARDO, El Apokalypsis de San Juan, o.c., p. 155.
(46) Ib., o.c., pp. 248-249.
(47) P. CASTELLANI, LEONARDO, El Apokalypsis de San Juan, o.c., p. 282.
(48) P. CASTELLANI, LEONARDO, San Agustín y nosotros, o.c., pp. 158-159.
(49) P. SÁENZ, ALFREDO, El Hombre Moderno. Descripción Fenomenológica, Ediciones Gladius, Bs. As., p. 208.
(50) P. Fr. FOSBERY, ANÍBAL E., La Cultura Católica, Ed. Tierra Media, Bs. As., 1999, p. 471.
(51) Ib., p. 492.
(52) Ib., pp. 492-493.
(53) Ib., p. 697.
(54) KISSINGER, HENRY, La Diplomacia, Edit. Fondo de Cultura Económica, Méjico, 1996, pp. 11-12.
(55) P. Fr. FOSBERY, ANÍBAL E., o.c., p. 698.
(56) Ib., p. 698.
(57) KISSINGER, HENRY, o.c., p. 15.
(58) P. Fr. FOSBERY, ANÍBAL E., o.c., p. 703.
(59) DÍAZ ARAUJO, ENRIQUE, Del mundo en que vivimos, en Revista Cabildo, 3ra. Época, Año I, Nro. 8, Junio-Julio 2000, pp. 25-26.
(60) P. Fr. FOSBERY, ANÍBAL E., o.c., p. 433.
(61) Ib.
(62) Ib., p. 434.
(63) Ib., p. 435.
(64) Ib., p. 437.
(65) Ib., p. 438.
(66) P. SÁENZ, ALFREDO, El fin de los tiempos y seis autores modernos, o.c, pp. 370-371.
(67) Ib., p. 373.
(68) P. CASTELLANI, LEONARDO, 24 CARTAS, editado por Víctor Tiraboschi, Córdoba, 1999, p. 18.
(69) Ib., p. 19
.(70) Ib., p. 49.
(71) Ib., p. 53.
(72) P. FUENTES, MIGUEL ANGEL, o.c., p. 36.
(73) P. CASTELLANI, LEONARDO, El Apocalipsis de San Juan, o.c., pp. 64-65.
(74) Ib., p. 126.
(75) P. CASTELLANI, LEONARDO, De Kierkegaard a Santo Tomás de Aquino, Ed. Guadalupe, Bs. As., 1973, p. 175.
(76) P. CASTELLANI, LEONARDO, El Apocalipsis de San Juan, o.c., pp. 74-75.