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jueves, 24 de diciembre de 2009

Santa Navidad...

...a todos los que visitan Tercio San Carlos.




La Kalenda o Pregon de Navidad

"Navidad de N. Señor Jesucristo según la carne".

En los Coros de las Catedrales y de los Monasterios, se canta hoy con pompa inusitada, en el Oficio de Prima, el anuncio oficial de la Navidad del Señor, que trae el Martirologio y que textualmente dice así:

"En el año 5199 de la Creación del mundo, cuando al principio creó Dios el cielo y la tierra; en el 2957 del diluvio; en el 2015 del nacimiento de Abrahán; en el 1510 de Moisés y de la salida del pueblo de Israel de Egipto; en el 1031 de la unción del rey David; en la semana 65 de la profecía de Daniel; en la Olimpíada 194; en el año 752 de la fundación de Roma; en el 42 del imperio de Octavio Augusto; estando todo el orbe en paz; en la sexta edad del mundo: Jesucristo, Dios eterno e Hijo del eterno Padre, queriendo consagrar al mundo con su misericordiosísimo Advenimiento, concebido por el Espíritu Santo, y pasados nueve meses después de su concepción, nació, "hecho Hombre, de la Virgen María, en Belén de Judá", (Se arrodillan todos los circunstantes, y prosigue el cantor en tono más agudo): "Navidad de N. Señor Jesucristo según la carne".






Sermon del Cardenal Newman


Gozo de verdad

Díjoles el ángel: “¡No temáis!,
porque os anuncio una gran alegría
que será para todo el pueblo:
Hoy os ha nacido en la ciudad de David
un Salvador, que es Cristo el Señor.”


Lc. II:10-11

Dos son las principales lecciones que se nos enseña en esta gran Fiesta que celebramos hoy: lecciones de humildad y júbilo. Ciertamente este es un día, por encima de cualquier otro, en el que se nos muestra la excelencia celestial y lo aceptable que resulta a los ojos de Dios una vida que la mayoría puede llevar, o que puede adquirir: una vida modesta y de mucha alegría. Si consultamos los escritos de los historiadores, de los filósofos y de los poetas de este mundo, se nos inducirá a creer que los grandes hombres han sido felices; se nos hará creer que resultan muy deseables los cargos encumbrados y el rango social, exóticas aventuras, talentos prodigiosos para encararlas y denodados esfuerzos para imponerse, gestas memorables y grandes destinos. Y terminaremos creyendo que lo más alto a que se puede apuntar es a la persecución del bien y no a su disfrute.

Pero cuando pensamos en la Fiesta de hoy y lo que se conmemora, se nos abre una perspectiva enteramente diferente. En primer lugar, se nos recuerda que si bien esta vida nunca podrá estar exenta de trabajos y esfuerzos, con todo, hablando apropiadamente, no tenemos por qué andar en pos de nuestro bien más alto. Uno se topa con esto, se lo encuentra—nos es traído con el descenso del Hijo de Dios, salido de seno de su Padre y venido al mundo. Se encuentra guardado para nosotros en esta tierra. Los hombres magnánimos y de disposiciones fogosas ya no necesitan cansarse más en la persecución de aquello que creen que tal vez podría ser el principal de los bienes; ya no hace falta, como en tiempos de los paganos, que salgan a recorrer el mundo afrontando toda clase de peligros como cuando se hallaban a la caza de aquella secreta bendición que sus corazones naturalmente deseaban. El texto es para ellos y para todos: “Hoy os ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor”.

Tampoco nosotros necesitamos salir a la caza de aquellas cosas que este vano mundo llama grandes y nobles. Cuando asumió su rango y eligió su puesto en la tierra, Cristo puso de manifiesto su desprecio por aquello que el mundo estima. Ninguna suerte podía ser más modesta ni más ordinaria que la que el Hijo de Dios eligió para sí.

De modo que en esta Fiesta de la Navidad contamos con estas dos lecciones: en lugar de ansiedad por dentro y tristeza por fuera, en lugar de la agobiadora persecución de grandes cosas, nos toca estar gozosos y alegres; y por cierto, todo eso en medio de oscuras y ordinarias circunstancias de la vida que el mundo ignora y desprecia.

Consideremos esto con más detenimiento, tal como se deduce del texto que nos ocupa.

1.- ¿Qué es lo que leemos justo antes de este texto? Que había ciertos pastores que pasaban la noche custodiando su rebaño y que se les aparecieron unos ángeles. ¿Por qué las legiones angélicas habrían querido aparecérseles a estos pastores? ¿Qué les llamaba la atención a los ángeles y al Señor de los Ángeles? ¿Por ventura eran estos pastores sabios, distinguidos o poderosos? ¿Se destacaban por su piedad y sus dones? Nada se dice que permita inferir semejante cosa. Podemos conjeturar con cierta certeza que fe sí tenían, o por lo menos algunos de ellos, pues a quien tiene mucho, mucho más se le dará; pero nada indica que fueran más santos o más iluminados que cualquiera de las otras buenas gentes de aquel tiempo que esperaba la consolación de Israel. Por el contrario, no hay razón alguna para suponer que eran mejores que el común de sus contemporáneos de similares circunstancias—gente sencilla que temía a Dios, pero sin hacer súbitos notables en su piedad ni con hábitos de religión demasiados notables. ¿Por qué, pues, fueron elegidos? Por razón de su pobreza y oscuridad, porque eran pobres e ignotos. Dios Todopoderoso contempla con un amor muy especial, o (si se nos permite decirlo) con un afecto muy especial, a los humildes. Tal vez sea porque el hombre caído, dependiente, aquel que no cuenta con recursos propios, se encuentra más a sus anchas, se halla mejor, se ve mejor cuando sus circunstancias son modestas—y que el poder y las riquezas, bien que en el caso de algunos no pueden evitarse, constituyen apéndices antinaturales para el hombre como tal. Así como hay oficios y vocaciones que no parecen muy decorosos y que sin embargo hacen falta; y si bien nos aprovechamos de tales tareas y honramos a quiénes se ocupan de tales cosas, sin embargo nos alegramos de que no nos hayan tocado en suerte; o a lo mejor nos sentimos agradecidos y respetamos la profesión de un soldado, pero de todos modos no querríamos serlo nosotros: así también a los ojos de Dios la grandeza, la magnificencia y el rumbo resultan menos aceptables que la oscuridad. Nos queda menos bien.

Por tanto, los pastores fueron elegidos por razón de su bajeza para ser los primeros en enterarse del nacimiento de Nuestro Señor—un secreto que no sabía ninguno de los príncipes de este mundo.

¡Y qué contraste se nos presenta cuando caemos en la cuenta de quiénes eran los mensajeros del Señor para esta gente! Los ángeles de potestad excelente fueron quiénes transmitieron la invitación del Señor a los pastores. Aquí se han juntado las más encumbradas y las más bajas de las criaturas racionales de Dios. Un grupo de gente pobre, de vida áspera, expuesta en ese mismo momento al frío y la oscuridad de la noche, custodiando sus rebaños con el objeto de echar a las fieras o a los ladrones; estos mismos—que no están pensando sino en cosas terrenas, contando sus ovejas, manteniendo a sus perros a su lado, escuchando los rumores de la llanura, considerando el clima y esperando el amanecer—de repente se encuentran con visitas enteramente inesperadas y completamente diferentes a lo que podían concebir. Sabemos cómo es el limitado mundo de gente así, de la gente sencilla, cómo se ocupa de cosas pequeñas y ordinarias, cómo vuelven con sus pensamientos a una o dos cosas, una y otra vez, sin variación alguna, cosas que concitan la atención de los que se hallan expuestos, gente para la cual tanto cuenta el calor y el frío, la lluvia, el hambre, el vestido, las fatigas y penurias de sus trabajos. A la gente de esta guisa le deja de importar casi todo, sino que andan como mecánicamente, sin corazón, y más todavía, sin reflexión alguna.

A gente de estas circunstancias se le apareció el ángel, para abrirles las mentes y para enseñarles a no estar deprimidos ni sentirse esclavos por su baja condición en esta vida. Se les apareció como para mostrarles que Dios había elegido a los pobres de este mundo para ser herederos de Su Reino y para honrar a los de tal condición. “No temáis”, dijo, “porque os anuncio una gran alegría que será para todo el pueblo: Hoy os ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor”.

2.- Y aquí aparece una segunda lección que, como he dicho, puede aprenderse de esta Fiesta. El ángel honró a un grupo de humildes con sólo aparecérseles a los pastores; y luego les enseñó a gozarse con su mensaje. Reveló noticias tan excelentes, tan por encima de las cosas de este mundo, que puso al mismo nivel tanto a los encumbrados como a los de baja condición, a los pobres como a los ricos, emparejando a unos con otros. Dijo: “No temáis”. Como habrán observado, se trata de un modo de dirigirse a los hombres que aparece frecuentemente en las Escrituras, como si el hombre requiriese de un reaseguro así para su apuntalamiento, especialmente cuando se halla en la presencia de Dios. El ángel dijo, “No temáis” cuando advirtió la alarma que su sola presencia despertó en aquellos pastores. Incluso una maravilla menor que ésa los habría sorprendido. Por tanto, el ángel dijo, “No temáis”. Le tenemos un miedo natural a cualquier mensajero del otro mundo porque cuando estamos solos nuestra conciencia se inquieta y pensamos que su aparición anticipa males para nosotros. Por lo demás, tenemos tan poca conciencia del mundo invisible que si un ángel o espíritu fuera a comparecer en nuestra presencia nos veríamos asombrados más que nada por nuestra propia incredulidad al constatar una verdad que se hace manifiesta como nunca antes. Así es que por una razón u otra los pastores estaban muertos de miedo cuando la gloria del Señor resplandeció a su alrededor. Y el ángel les dijo: “No temáis”. Un poco de religión nos atemoriza; cuando se vierte un poco de luz en nuestra conciencia, se hace visible una cierta tiniebla; sólo atisbos de desdicha y terror; mientras resplandece, la gloria de Dios nos alarma. Su santidad, la amplitud y dificultad de sus mandamientos, la grandeza de su poder, la fidelidad de su palabra, asustan al pecador, y los hombres que lo ven asustado creen que la religión es lo que lo ha atemorizado así, cuando resulta que, hablando en plata, aún no es religioso en absoluto. Lo creen religioso cuando en realidad sólo está sufriendo un ataque de conciencia. Pero la religión en sí misma, lejos de inculcar alarma y terror, dice, en palabras del ángel, “No temáis”; pues así opera la misericordia de Dios mientras Dios Todopoderoso derrama su gloria a nuestro alrededor—y eso que se trata de una gloria consoladora, pues es la luz de su gloria en el Rostro de Jesucristo (II Cor. IV:6). Y así, en aquella primera Navidad, el heraldo celestial atemperó el resplandor del Evangelio que nos encandilaba en exceso. Al principio la gloria de Dios alarmó a los pastores, de modo que agregó las noticias de bien para que causara en ellos un talante más sano y feliz. Entonces se alegraron.

“No temáis”, dijo el ángel, “porque os anuncio una gran alegría que será para todo el pueblo: Hoy os ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor.” Y luego, finalizado aquel anuncio, “y de repente vino a unirse al ángel una multitud del ejército del cielo, que se puso a alabar a Dios diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz entre los hombres objeto de buena voluntad»”. Tales fueron las palabras que aquella graciosa noche les dijeron a los pastores los benditos espíritus que ministran ante Cristo y sus Santos, para levantarlos sobre su humor frío y hambriento hacia un gran júbilo; para enseñarles que eran objeto del amor de Dios tanto como los hombres más grandes de la tierra; no, digo mal, más que eso, pues esa noche es a ellos a quiénes primero se les dio noticia de lo que estaba ocurriendo. Entonces su Hijo nació en este mundo. Acontecimientos como éste se les cuenta a los amigos y a los íntimos, a quiénes queremos, a quiénes simpatizan con nosotros, no a extraños. ¿Cómo podía Dios Todopoderoso resultar más gracioso y mostrar su favor de manera más elocuente a los de baja condición y que carecen de amigos, sino apresurándose (si se me permite decirlo así) a confiar el grandioso, el jubiloso secreto, a los pastores que custodiaban sus rebaños de noche?

Así, el ángel enseñó esta primera lección, mezcla de humildad y gozo; pero una lección infinitamente más grande se escondía en el acontecimiento en sí mismo hacia el cuál se les llamó la atención a los pastores: el nacimiento en sí mismo del Santo Niño Jesús. Esto lo dijo así: “Hallaréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Indudablemente, al oír que el Señor Jesucristo había nacido en el mundo, habrían de salir a buscarlo por los palacios de los reyes. Jamás habrían podido adivinar que Él había venido como uno de ellos, ni que podían acercársele; por tanto el ángel les avisó dónde lo hallarían, no sólo con un signo, sino también con una lección.

“Los pastores se dijeron unos a otros: «Vayamos pues a Belén y veamos este acontecimiento que el Señor nos ha hecho conocer»”. Vayamos nosotros también con ellos, a contemplar aquel segundo y más grande milagro que les indicó el ángel, la Natividad del Cristo. San Lucas dice de la Santísima Virgen: “Dio a luz a su hijo primogénito; y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre”. ¡Qué admirable signo hay en esto para el mundo entero! Y por eso el ángel se lo repitió a los pastores: “Hallaréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. El Dios del cielo y de la tierra, el Verbo Divino, que había participado en la gloria con el Padre Eterno desde el principio, en este tiempo nació en el mundo de pecado como un pequeño niño. En este tiempo yacía en brazos de su Madre, a todas luces impotente e indefenso, y envuelto por María en pañales, y acostado a dormir en un pesebre. El Hijo de Dios Altísimo, que creó los mundos, se hizo carne, bien que permaneciendo lo que Él era antes. Se hizo carne tan verdaderamente como si hubiese dejado de ser lo que Él era, y de hecho había sido cambiado en carne. Se sometió a la descendencia de María, para dejarse tomar por las manos de un mortal, para tener los ojos de una madre sobre sí, y para ser abrazado sobre el seno de una madre. Una hija de hombre se convirtió en Madre de Dios—para ella, en verdad, un indecible don de gracia; pero en Él ¡qué condescendencia! ¡Qué vaciamiento de su gloria para hacerse hombre!—y no sólo un niño indefenso, aunque eso ya sería humillación bastante, pero también para heredar todas las enfermedades e imperfecciones de nuestra naturaleza que fueran compatibles con un alma sin pecado. ¿Cuáles serían sus pensamientos—si nos atrevemos a usar semejante lenguaje o nos permitimos reflexionar así sobre el Infinito—en lo que concierne a los sentimientos humanos, las tribulaciones humanas y las necesidades humanas que cayeron sobre Él? ¿Qué misterio no hay, desde el principio hasta el final, en esto del Hijo de Dios haciéndose hombre? Y con todo, en proporción al misterio está su gracia y merced; y como es la gracia, así es la grandiosidad de su fruto.

Contemplen detenidamente el misterio, y digan si existe la posibilidad siquiera de que se siga algo demasiado grandioso como consecuencia de tan maravillosa dispensación; un misterio tan grande, una gracia tan sobreabundante, como la que ya se ha manifestado en la encarnación y muerte del Hijo Eterno. Si se nos dijera que su efecto sobre nosotros habría sido el de convertirnos en serafines, que ascenderíamos a tanta altura cuanto Él bajó a tanta profundidad—¿acaso eso nos sorprendería después de la noticia que le comunicó el ángel a los pastores? Y en realidad, ése es su efecto, en la medida en que pueden pronunciarse esas palabras sin irreverencia. Seguimos siendo hombres, pero no meros hombres, sino dotados con una medida de todas aquellas perfecciones que Cristo posee plenamente, cada uno de nosotros participando en grados diferentes de Su Divina Naturaleza tan plenamente que la única razón, por así decirlo, por la que sus santos en realidad no se le parecen es porque eso es imposible—porque Él es el Creador, y ellos sus creaturas; y aun así, lo son todo, excepto Divinos, llegan a todo lo que pueden alcanzar a ser sin violar la majestad incomunicable del Altísimo. Seguramente su poder de glorificar está en proporción a su gloria; de modo que decir que mediante Él seremos todo excepto dioses—y aunque eso implica que estamos infinitamente por debajo del adorable Creador—igual equivale a decir, y es verdad, que seremos encumbrados más que cualquier otro ser en el universo mundo; más altos que los ángeles y los arcángeles, que los querubines y que los serafines. Entiéndase bien, no aquí ni por propia industria, sino en el Cielo y en Cristo: Cristo, el fruto primero de nuestra raza, Dios y hombre, ya ha ascendido muy por encima de todas las creaturas, y nosotros por su gracia tendemos hacia semejante bienaventuranza, contando con las arras de su gloria desde ya, aquí y ahora, y, si fuéramos hallados fieles, en la otra vida, en plenitud.

Si las cosas son así, indudablemente la lección de gozo que recibimos con la Encarnación resulta tan impresionante como la lección de humildad. San Pablo nos imparte esta única lección en su epístola a los Filipenses: “Tened en vuestros corazones los mismos sentimientos de Cristo Jesús: el cual, siendo su naturaleza la de Dios, no miró como botín el ser igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo, tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Filip. II:5-7). Y San Pedro nos enseña la lección del gozo: “A Él amáis sin haberlo visto; en Él ahora, no viéndolo, pero sí creyendo, os regocijáis con gozo inefable y gloriosísimo, porque lográis el fin de vuestra fe, la salvación de vuestras almas” (I Pedro, I:8-9).

Mis hermanos, llevad estos pensamientos con vosotros a sus casas en este festivo día; que estas ideas los acompañen en vuestra familia y en las reuniones sociales. Es un día de gozo: buena cosa es estar alegres—otra cosa estaría mal. Porque un día podremos quitarnos la carga de nuestras mancilladas conciencias y gozarnos en las perfecciones de Nuestro Salvador Jesucristo, sin pensar en nosotros, sin pensar en nuestra miserable suciedad; sino que estaremos contemplando su gloria, su justicia, su pureza, su majestad, su desbordante amor.

Podemos gozarnos en el Señor y en todas sus criaturas. Podemos disfrutar de sus dones temporales, y participar de las cosas agradables de la tierra con Él en mente; podemos regocijarnos en nuestros amigos, por deferencia a Él, amándolos muy especialmente porque Él los ha amado.

“Dios no nos ha destinado para la ira, sino para adquirir la salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo, el cual murió por nosotros, para que, ora velando, ora durmiendo, vivamos con Él” (I Tesalonicenses, V:9). Corramos tras la gracia de un corazón alegre, un talante suave, dulce, gentil, y tengamos almas resplandecientes, como que caminamos en su luz y por su gracia. Supliquémosle que derrame sobre nosotros el espíritu sobreabundante, el amor que brota de un manantial infinito que vence y barre con las frustraciones de la vida con su propia riqueza y fuerza y que por encima de todo nos une con Él que es la fuente y el centro de toda misericordia, amor y júbilo.

Card. J. H. Newman

* * *


Sermon tomado de Et Voilà!



sábado, 13 de septiembre de 2008

John Henry Newman y el sacrificio del celibato

La decisión de trasladar el cuerpo del Siervo de Dios John Henry Newman ha suscitado polémicas. Sobre ellas, interviene el máximo estudioso del pensador inglés, docente de teología en la universidad de Oxford y autor, entre otros, de la más completa y documentada biografía del cardenal, titulada “John Henry Newman. A Biography” (Oxford University Pres, 1990).
por Ian Ker

La decisión de exhumar el cuerpo del venerable John Henry Newman ha provocado reacciones, en particular por parte del lobby homosexual, según las cuales no debería ser separado de su gran amigo y colaborador, padre Ambrose St John, en cuya tumba Newman fue sepultado, según su específica voluntad. La implicación de estas protestas es clara: Newman habría querido ser enterrado junto a su amigo porque, aunque casto y célibe, habría estado ligado a él por algo más que una simple amistad.

En este sentido, si el deseo de ser sepultado en la misma tumba de otro fuera la prueba de un amor sexual por aquella persona, el hermano de Clive Staples Lewis, Warnie, enterrado en la misma tumba según la voluntad de ambos hermanos, habría debido nutrir sentimientos incestuosos para con su hermano. O la devota secretaria de Gilbert Keith Chesterton, Dorothy Collins, tratada por él y su esposa como una hija, pensando que habría sido presuntuoso pedir ser enterrada junto a Chesterton, quiso ser cremada y dispuso que sus cenizas fueran inhumadas en la misma tumba. ¿Esto significa, tal vez, que demostraba algo más que un sentimiento filial por uno, o por ambos, de quienes le habían dado trabajo?

Ambrose St John era muy amigo de Newman. Por treinta años estuvo a su servicio, deseando incluso, el día de su Confirmación, poder comprometerse con su amigo con un voto de obediencia. Una petición que, obviamente, fue rechazada.

Newman se consideraba responsable por su muerte porque le había pedido traducir la importante obra del teólogo alemán Joseph Fessler sobre la infalibilidad en la estela del Concilio Vaticano I, un último esfuerzo desarrollado con amor que resultó excesivamente pesado para él, ya sobrecargado de trabajo. En los últimos oscuros días como anglicano, Newman dijo que Ambrose St John llegó a ser para él lo que “Rut para Noemí”. Después de haber entrado en la comunidad casi monástica de Newman en Littlemore, cerca de Oxford, St John permaneció como su colaborador más cercano durante el difícil período de la fundación del Oratorio de San Felipe Neri en Inglaterra y en todas las sucesivas pruebas y tribulaciones de Newman como católico.

En su “Apologia pro vita sua”, Newman “con gran reticencia” recuerda cómo en el tiempo de su primera conversión a la edad de quince años había llegado a la convicción de que “era voluntad de Dios que llevara una vida célibe”. Durante los catorce años sucesivos, con la interrupción de algún mes y luego con continuidad, consideró que su vocación “requería un sacrificio como el del celibato”. No es necesario recordar que entonces no existían “uniones civiles” entre hombres en un País que era aún cristiano, donde la actividad homosexual era castigada con la prisión y considerada por todos como inmoral. Newman, naturalmente, hablaba del matrimonio con una mujer y del “sacrificio” que el celibato comportaba. La única razón por la cual el celibato podía ser un sacrificio era porque Newman, como todo hombre normal, deseaba casarse. Pero, aunque aún no pertenecía a una Iglesia donde el celibato era la regla o incluso el ideal, Newman, profundamente inmerso en las Escrituras, conocía las palabras del Señor: algunos “se hacen eunucos por el Reino de los Cielos”.

Veinticinco años después de su juvenil opción por el celibato encontramos a Newman preguntándose aún por sus costos, al final de la extraordinaria narración en la que describe la enfermedad casi mortal que lo golpeó en 1833 mientras se encontraba en Sicilia: “Mientras escribo me asedia un pensamiento: ¿por qué escribo todo esto? (…) ¿Quién tiene, quién puede tener, en quien podría suscitar atención? (…) Es el tipo de atención que puede tener una esposa y ninguna otra persona – es la atención de una mujer – y esta atención, que así sea, no se me dará nunca (…). Dejo libremente la posesión de este afecto que no se me da ni puede serme dado. Aunque, no obstante, siento que tengo necesidad de él”. En estas frases conmovedoras, escritas cuando aún era ministro de la Iglesia de Inglaterra y plenamente libre para casarse, vemos el total compromiso de Newman en la vida de virginidad a la cual se sentía llamado en modo inequívoco, pero podemos también advertir el profundo sufrimiento que sentía al renunciar al amor de una mujer en el matrimonio.

En conclusión, ¿qué se podría decir a quien piensa que la voluntad de Newman debería ser respetada y que los restos de Ambrose St John deberían ser trasladados junto a los suyos? Durante su vida como católico, Newman insistía siempre en que todos sus escritos podían ser corregidos por la Santa Madre Iglesia. Esta era su constante repetición. Si la autoridad eclesiástica decide trasladar su cuerpo a una iglesia, la respuesta de Newman sería sin duda que su último testamento, como todo lo que escribió, lo ha escrito sujeto a la corrección de una autoridad más alta. Si esta autoridad decide que su cuerpo sea trasladado, mientras que el de su amigo no, Newman habría dicho sin titubeo: “Así sea”.

L'Osservatore Romano, Edición cotidiana del 3 de septiembre de 2008
Fuente y Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

martes, 2 de septiembre de 2008

EL SEGUIMIENTO DE CRISTO

Cardenal John Henry Newman

El hombre de quien habían salido los demonios,

le pedía permanecer con El; pero Jesús le despidió, diciendo:

‘Vuelve a tu casa, y cuenta todo lo que Dios ha hecho contigo'

(Lucas 8, 38-39).

Era natural que el hombre a quien nuestro Señor había liberado de esta visita, deseara continuar con El. Sin duda su mente estaba transportada con gozo y gratitud. Cualquiera fuera la conciencia que pudiera poseer de su real miseria mientras los demonios le atormentaban, al menos ahora, al recuperar su razón, comprendía que había estado en un estado muy miserable, y sintió toda la holgura de espíritu y la actividad de la mente que acompañan a todo el que es liberado del sufrimiento y del apremio. En tales circunstancias se imaginaría estar en un mundo nuevo; había hallado la liberación, y mas aún, un Liberador también, y que estaba frente a él. Y ya sea por un deseo de estar siempre en su Divina presencia, sirviéndole, o, por un temor a que Satanás retornara, y peor aun, con su poder siete veces mayor, si perdía de vista a Cristo, o por una noción indefinida de que todos sus deberes y esperanzas estuvieran ahora cambiadas, que sus anteriores ocupaciones fueran indignas de él, y que debiera seguir ciertas importantes misiones con ese ardor nuevo que sentía dentro de él; por uno u otro, o por todos estos sentimientos combinados, rogó a nuestro Señor poder permanecer con El. Cristo impuso este seguimiento como una orden en otros; por ejemplo, ruega al joven rico que le siga pero, también da órdenes opuestas, de acuerdo a nuestros temperamentos y nuestros gustos; nos impide hacer lo que intentamos hacer, para poder poner a prueba nuestra fe. En el caso que tenemos ante nosotros, Cristo no toleró, lo que otras veces rogó: "Vuelve a tu casa", dice, o, como está expresado en el Evangelio de San Marcos, "Vete a tu casa donde los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido compasión de ti". Cristo dirigió por otro canal los sentimientos recientemente despertados; como si El dijera: "¿Tú me amas? haz esto: regresa a tu hogar, a tus antiguas ocupaciones. Antes, las realizabas mal, pues vivías para el mundo; hazlas bien ahora, vive para mí. Haz tus deberes, los pequeños como también los grandes, pero con sincero corazón, sólo por amor a Mí; ve entre tus amigos, muéstrales lo que Dios ha hecho por ti, sé un ejemplo para ellos, y enséñales". (Col. 3, 17). Además, como El dice en otra ocasión: "Muéstrate al sacerdote y presenta la ofrenda que prescribió Moisés, para que les sirva de testimonio" (Mt. 8, 4), presenta esa luz mayor y ese amor más verdadero que ahora posees en una obediencia conciente y coherente con todas las ceremonias y ritos de vuestra religión.

Ahora bien, de este relato sobre el endemoniado recuperado, su petición y la negación a esta por parte de nuestro Señor, puede deducirse una lección para uso de quienes habiendo descuidado la religión en su temprana juventud, finalmente comienzan a tener serios pensamientos, tratan de arrepentirse, y desean servir a Dios mejor de lo que han hecho hasta ahora, aunque no sepan cómo empezar. Sabemos que los mandamientos de Dios son agradables y "un gozo para el corazón", si los aceptamos en el orden y en la manera que El nos los ha impuesto; sabemos que el yugo de Cristo, como El lo ha prometido, es muy suave en general, si nos sometemos a él pronto; que la práctica de la religión está llena de consuelo para quienes estando bautizados, primero con el Espíritu de gracia, reciben con gratitud sus influencias a medida que sus mentes se abren gradualmente y casi sin un esfuerzo sensible de su parte, se embuyen con todo su corazón, alma y fuerzas, de esa verdadera vida celestial que durará eternamente.

Pero aquí la pregunta se nos presenta: "¿Pero qué tienen que hacer quienes descuidaron recordar a su Creador en los días de su juventud, y perdieron así todo derecho a la promesa de Cristo de que su yugo será suave, y sus mandamientos no serán pesados?" Y contesto que, por supuesto, no deben sorprenderse si para ellos la obediencia es un arduo y difícil trabajo de todos los días de su vida; y, dado que "una vez fueron iluminados y partícipes del Espíritu Santo" en el bautismo, no tendrían derecho a quejarse, aun si les fuera imposible renovarse nuevamente por el arrepentimiento» (Heb. 6, 4-6). Pero Dios es mas misericordioso que esta simple severidad; misericordioso no sólo por encima de nuestros merecimientos, sino por encima de Sus promesas. Aun para aquellos que fueron negligentes para con El cuando jóvenes, El ha hallado un remedio, si ellos lo aprovechan, para las dificultades que ellos mismos por pecar se han ocasionado en el camino de la obediencia; y cuál es este remedio y cómo tendrá que emplearse, es lo que procedo a describir en conexión del relato con el texto bíblico inicial.

La ayuda sobre lo que hablo es el sentimiento excitado que al comienzo acompaña al arrepentimiento. Es verdad que todas las emociones apasionadas, o sensibilidades delicadas, que siempre el ser humano, por sí mismas, nunca nos harán cambiar nuestras formas de vidas anteriores para adaptarlas a las nuevas circunstancias que se dan después del arrepentimiento y nos harán cumplir con nuestra obligación moral. Los pensamientos apasionados, las aspiraciones sublimes no tienen fuerza sobre ellos. No pueden hacer que el ser humano obedezca con coherencia, más de lo que estos sentimientos pueden mover montañas. Si el ser humano verdaderamente se arrepiente, no debe ser como consecuencia de esos sentimientos, sino por una convicción firme de su culpa y por una resolución deliberada a abandonar sus pecados y para servir a Dios. La conciencia, y la razón sujeta a la conciencia, estos son los instrumentos poderosos (bajo la gracia) que cambian al ser humano. Pero observaréis, que aun cuando la conciencia y la razón nos conduzcan a resolvernos por una vida nueva e intentarla, no pueden de inmediato hacer que la amemos. Sólo es la práctica prolongada y el hábito los que nos hacen amar la religión, y sin duda, al comienzo, la obediencia es muy penosa para los pecadores habituales. Aquí tenemos, pues, la utilidad de esos sentimientos serios y ardientes sobre los que recién hablé, y que asisten al primer ejercicio de la conciencia y de la razón: retirar desde los comienzos de la obediencia su carácter penoso, darnos un impulso que pueda llevarnos a superar los primeros obstáculos, y así enviarnos con gozo por nuestro camino. Pero no como si toda esta conmoción del espíritu fuera a durar (lo cual no puede ser) sino que cumplirá su oficio al hacernos comenzar de este modo; y luego, nos abandonará al consuelo más sobrio y elevado, resultante de ese amor real a la religión, que la obediencia misma habrá comenzado a formar en nosotros para ese tiempo, y que gradualmente irá perfeccionando.

Ahora bien, conviene comprender lo dicho completamente, pues con frecuencia se confunde. Cuando los pecadores llegan a pensar seriamente, los sentimientos fuertes, por lo general, preceden o acompañan sus reflexiones acerca de sí mismos. Algún libro que han leído, alguna conversación con un amigo, algunas indicaciones que han oído en la iglesia, o algún incidente o desgracia son cosas que los despierta. O, por otra parte, si han comenzado su examen de conciencia de una manera mas calma y deliberada, sin embargo, al evidenciarse en poco tiempo sus muchos y variados pecados, de su culpa, y de su ingratitud malvada para con su Dios y Creador, los perturba, esta visión, que es nueva para ellos, los golpea, los sorprende grandemente y luego los agita. Entonces aquí, permitamos que ellos conozcan la intención de toda esta conmoción del espíritu en el orden de la providencia Divina. Esta conmoción no continuará, pues surge de la novedad de la visión que se presenta ante ellos. Y a medida que se acostumbran a las contemplaciones religiosas, dicho sentimiento se debilitará. En él no consiste la religión, aunque esté conectado a ella accidentalmente, y pueda convertirse en un medio que los conduzca a un género de vida religiosa razonable. Está propuesto por la gracia de Dios para ser en su caso, un comienzo contra el primer desagrado y dolor al cumplir su deber; y deberá usarse solo como un medio, o no será de ninguna utilidad, o peor que inútil. Hermanos míos, recordad que este medio se os otorga, para que podáis hallar suave la obediencia al comienzo, (y puedo decirlo en general -sin limitarme a la conmoción que acompaña al arrepentimiento- sobre toda aquella emoción natural que nos incita a hacer el bien, emoción que involuntariamente sentimos en diferentes ocasiones) por eso obedeced prontamente; haced uso de esa emoción mientras dure; ella no espera a ningún ser humano. ¿Sentís una pena natural hacia un caso que razonablemente demanda vuestra caridad? o ¿sentís el impulso de generosidad en un caso en que sois llamados a representar un papel de autorrenuncia varonil? Cualesquiera que puedan ser las emociones, ya sean estas u otras, no os imaginéis que siempre las sentiréis. Si os aprovecháis de ellas o no, de todos modos las sentiréis cada vez menos y menos, y, mientras la vida continúe, al final, no sentiréis en absoluto esa conmoción vehemente y repentina. Pero esta es la diferencia entre retener o dejar escapar estas oportunidades; si os aprovecháis de estas emociones para actuar, y cedéis a su impulso, hasta donde vuestra conciencia os dicte hacerlo, habréis saltado sobre un abismo -por así decir- algo para lo cual nuestra fortaleza ordinaria no está capacitada; habréis asegurado el comienzo de la obediencia, y los pasos siguientes (generalmente hablando) son mucho más fáciles que los primeros que determinan su dirección. Y así, para retornar al caso de quienes sienten que el remordimiento accidental por los pecados actúa violentamente en sus corazones, a éstos les digo: no andéis ociosos por el camino; volved a vuestro hogar, con los vuestros, y arrepentíos con obras de justicia y de amor; apresuráos a dedicaros a actos concretos de obediencia. El hacer está mucho mas distante del intentar hacer, de lo que os imagináis a primera vista. Uníos a estos actos mientras podáis; estaréis depositando vuestros buenos sentimientos dentro de vuestro corazón, y así influenciarán vuestra conducta, y "producirán fruto". Esta fue la conducta de los Corintios entristecidos, como los describe San Pablo, quien se alegró, "no meramente porque conmovió sus sentimientos, sino porque se entristecieron para conversión... La tristeza que es según Dios -continúa San Pablo- causa penitencia para la salvación y es irrevocable; mientras la tristeza del mundo causa la muerte" (2 Cor. 7, 9-10).

Pero preguntémonos, ¿Cómo se conducen usualmente los seres humanos en realidad cuando siguen los llamados de la conciencia por sus pasadas vidas pecaminosas? Actúan de modo muy diferente de aquél de los Corintios. No consideran que el turbio celo e impaciente a la devoción que acompañan a su arrepentimiento, es en parte el retoño corrupto del previo estado corrupto de su espíritu, y parcialmente una provisión de la gracia divina, sólo temporaria para alentarlos a emprender su reforma de vida, sino que los consideran como la sustancia y la excelencia real de la religión. Y creen, que estar excitados de este modo es ser religiosos; se dejan llevar por el gusto de estos sentimientos cálidos por sí mismos, descansando en ellos como si entonces estuvieran comprometidos en un ejercicio religioso, y se jactan de estos como si fueran una evidencia de su estado espiritual exaltado; no sirviéndose de ellos (lo único que debieran hacer), sino usándolos como un incentivo para los actos de amor, misericordia, verdad, mansedumbre, santidad. Después que se han dejado llevar por este lujo de sentimiento por un tiempo, por supuesto la conmoción cesa; ya no sienten como sentían antes. Ya dije que esto podrían haberlo previsto, pero no lo entienden así. Se comprende entonces su estado insatisfactorio. Han perdido una oportunidad de vencer las primeras dificultades de esa obediencia activa, y de este modo de poder dar firmeza su conducta y carácter, lo cual puede que nunca suceda otra vez. Esto es una gran desgracia; y más que esto, ¡en que confusión se han involucrado! Su calidez de sentimiento va muriendo gradualmente. Piensan que en esta calidez consiste la verdadera religión; por esa razón creen que están perdiendo la fe, y cayendo nuevamente en el pecado.

Y así es demasiado a menudo; abandonan, porque no tienen raíz en sí mismos. Por haber descuidado convertir sus sentimientos en principios y actuar de acuerdo a ellos, no tienen fortaleza interior para vencer la tentación de vivir como el mundo que los asalta de continuo. Sus mentes han sido movidas al igual que el agua por el viento, que eleva las olas por un tiempo, y luego, cesando, deja que el agua baje a su anterior estado estancamiento. La oportunidad preciosa de superación se ha perdido; "y su posterior situación resulta peor que la primera" (2 Pe. 2, 20).

Pero supongamos, que cuando detectan por primera vez esta decadencia (como la consideran), se alarman, y buscan a su alrededor un medio para recuperarse. ¿Que hacen? ¿Comienzan de inmediato esas prácticas de obediencia humilde que pueden demostrar que ellos son de Cristo en el último día?, como son el gobierno de sus temperamentos, la regulación de su tiempo, la caridad de la negación de sí mismos, la sobriedad al hablar la verdad. Lejos de esto, desprecian esta sencilla obediencia a Dios como una mera moralidad no iluminada, como la llaman, y buscan estímulos potentes para mantener sus espíritus en ese estado de conmoción que les han enseñado a considerar como la esencia de una vida religiosa, y que no pueden generar por el medio que antes los conmovía. Recurren a nuevas doctrinas, o siguen a maestros desconocidos, para poder soñar sobre esta devoción artificial, y poder evitar esta convicción que tarde o temprano probablemente va a irrumpir en ellos: que está, en efecto, en nuestro poder reprimir la emoción y la pasión pero no excitarlas; que hay un límite para los tumultos e hinchazones del corazón, para fomentarlas a nuestra voluntad; y, cuando ese tiempo llega, la pobre alma, maltrecha, queda exhausta y sin recursos. Ejemplos de ese temible y terminal estado de endurecimiento (del corazón) que luego triunfa, no son raros en el mundo; cuando el pecador miserable cree, como los demonios pueden creer, pero no con el temblor de los demonios, sino que sigue pecando sin temor.

Existen otros también, que, cuando sus sentimientos decaen en fortaleza y entusiasmo sincero, llegan a desalentarse, y así, caen hasta el miedo y la servidumbre, cuando podrían haber vivido con regocijo en la obediencia optimista. Y estos son de los mejores, que teniendo en sus corazones algo del verdadero principio religioso, no obstante, en parte se descarrían, es decir, en la medida en que llegan a confiar en sus sentimientos como prueba de santidad; por eso, se angustian y se alarman ante su propia tranquilidad, la cual consideran una mala señal, y al sentirse descorazonados, pierden tiempo, y otros lo aventajan en la carrera.

Y podrían mencionarse otros, que por esta misma avidez y este mismo celo, cometen un error diferente. El sufriente recuperado, del texto bíblico inicial, deseó estar con Cristo. Ahora bien, está claro, que todos los que se dejan llevar por el gusto en la devoción falsa, que he descripto, puede decirse que están deseosos de mantenerse a la vista de Cristo , en lugar de retornar a su hogar, como Jesús les obliga a hacerlo, es decir, a sus deberes ordinarios de la vida; y lo hacen, algunos por debilidad de fe, como si Cristo no pudiera bendecirlos, ni mantenerlos en el camino de la gracia, si siguen su respectiva vocación del mundo; y otros, por un amor mal dirigido a Cristo. Pero, existen otros que, cuando un sentido de la religión se ha despertado en ellos, inmediatamente desprecian su condición anterior por considerarla ahora inferior a ellos; y piensan que se los llama a un oficio elevado y peculiar en la Iglesia. Estos equivocan su deber, como aquellos ya descriptos lo descuidan; no gastan su tiempo en simples pensamientos buenos ni en palabras buenas, como los otros, sino que se conducen con impetuosidad hacia acciones incorrectas, por la influencia de esas mismas emociones fuertes que no han aprendido a emplear con acierto o dirigirlas hacia su fin adecuado. Pero hablar ahora en detalle de esos personajes, sería salirme de mi tema.

Para concluir, permitidme, mis hermanos, repetiros e inculcaros la lección que he deducido de la narración de la cual el texto bíblico inicial forma parte. Vuestro Salvador os llama desde la infancia para servirle, y todo lo ordenado bien, de modo que estar a su servicio será perfecta libertad. Felices, por encima de todos los seres humanos, quienes escucharon el llamamiento de Cristo, y le sirvieron día tras día, a medida que su fortaleza crecía para obedecer. Pero además, ¿sois concientes de que en mayor o menor grado habéis descuidado esta divina oportunidad favorable, y sufrís al ser atormentados por Satanás? Mirad, El os llama por segunda vez; os llama a través de vuestros afectos animados una y otra vez, antes de dejaros finalmente. Os trae de regreso por un momento (por así decir), a una segunda juventud por los impulsos insistentes del sentimiento de temor, gratitud, amor y esperanza. De nuevo os coloca por un instante, en aquel primer estado de la naturaleza aún no formada, en que no existían el hábito ni el carácter. Os saca de vosotros mismos, robando por un tiempo al pecado la influencia que mantiene en vosotros. No dejéis que esos llamamientos pasen "como nube mañanera, como rocío matinal" (Oseas 6, 4). Seguro que aun debéis tener remordimientos ocasionales de conciencia por vuestra negligencia hacia Dios. Vuestros pecados los tenéis a la vista, y vuestra ingratitud para con Dios os afecta. Proseguid a conocer al Señor, y asegurar Su favor actuando de acuerdo con estos impulsos; mediante ellos El os insiste, al igual que por vuestra conciencia; esos impulsos son los instrumentos de Su espíritu, que os mueven a buscar vuestra verdadera paz. Ni tampoco os sorprendáis, si obedecéis esos instrumentos, aunque estos mueran. Ya han hecho oficio, y, si mueren, es sólo como muere la flor, para dar nacimiento al fruto, el cual es mucho mejor. Deben morir. Tal vez, después tendréis que trabajar duro en la oscuridad, fuera de la vista de vuestro Salvador, en el hogar de vuestros propios pensamientos, rodeados de las visiones de este mundo, y manifestando la alabanza a Dios entre quienes son fríos. No obstante podéis estar bien seguros de que la obediencia resuelta y consistente, aunque no la acompañe una emoción transportadora, elevada y cálida, esa obediencia es mucho más aceptable a Dios, que todos esos anhelos apasionados de vivir ante Su vista, los cuales parecen ser más la religión de los que no han sido instruidos en ella. En el mejor de los casos, estos anhelos son sólo los comienzos favorables de la obediencia, divinamente favorable y propia de los niños, pero no correspondiente a en los adultos espirituales, al igual que los deportes de la niñez lo serían en los años de la adultez. Aprended a vivir por fe, que es un principio calmo, deliberado y racional, lleno de paz y consuelo, que ve a Cristo y se regocija en El, aunque los despida de Su presencia para trabajar arduamente en el mundo. No dudéis: tendréis vuestra recompensa. El os "volverá a ver, y vuestro corazón se regocijará, y vuestro gozo nadie os lo podrá arrebatar".