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martes, 27 de octubre de 2009

Jordán Bruno Genta, a 35 años de su martirio.




En la Fiesta de Cristo Rey, 27 de octubre de 1974

Enseñó la Verdad Católica, Apostólica y Romana, en plena y continua comunión con la Cátedra de Pedro. Mas no ignoraba la presencia de los lobos revestidos con las apariencias de corderos. Sufría con el Vicario de Cristo el humo de Satán enseñoreado en el lugar sagrado.

No aprobó jamás los procedimientos castrenses irregulares y clandestinos para combatir al marxismo. Clamaba por la guerra justa, limpia, frontal y varonilmente librada: la guerra contrarrevolucionaria, de la que fue su más esclarecido doctrinario.

JORDÁN BRUNO GENTA

A 35 años de su martirio
1974 - 27 de octubre - 2009



- I -

Se llamaba Jordán Bruno Genta, aunque algunos todavía no sepan escribir ni pronunciar su nombre. Y otros -recién llegados curiosamente a su tributo- lo hayan ignorado o rechazado por extremoso; mientras nosotros, nacionalistas y católicos, lo homenajeábamos año tras año, a veces en la soledad de una catacumba eclesial amiga, a veces en algún fogón provinciano siempre hospitalario, y cada día desde la clase, el libro o la conferencia.

Éramos jóvenes cuando lo mataron y cuando despedimos sus restos con nuestro inconfundible estilo. La memoria registra ojivas caudalosas de brazos en alto mientras su féretro avanzaba hacia la tierra postrimera, los gritos multiplicados de ¡Presente! ante su nombre coreado con bravura, y la consigna legionaria lanzada al viento como un desafío: ¡Viva la muerte!

Fuimos envejeciendo, pero por la gracia de Dios, aquellos ideales juveniles no resultaron abandonados ni torcidos.

Jordán, palabra aguda de resonancias graves y luminosas, como el río en el que recibió el bautismo Nuestro Señor Jesucristo. Bruno, fuerte como coraza o armadura, en antigua semántica germana.

Dios se las ingenió para que se cumpliera el poema: mira que al dar un nombre se recibe un destino.



- II -

Enseñó la Verdad Católica, Apostólica y Romana, en plena y continua comunión con la Cátedra de Pedro. Mas no ignoraba la presencia de los lobos revestidos con las apariencias de corderos. Sufría con el Vicario de Cristo el humo de Satán enseñoreado en el lugar sagrado.

No aprobó jamás los procedimientos castrenses irregulares y clandestinos para combatir al marxismo. Clamaba por la guerra justa, limpia, frontal y varonilmente librada: la guerra contrarrevolucionaria, de la que fue su más esclarecido doctrinario.

Distinguía entre el testigo y el verdugo, el partisano y el guerrero, el soldado patrio y el guerrillero apátrida. Nunca se le hubiera ocurrido homologarlos en un sincretismo contrario a la justicia. La unidad de las derechas y las izquierdas no aparecía en sus discursos. O se honraba a los gauchos de Obligado, o se aplaudía -como los unitarios- la usurpación extranjera. Pero gauchos y usurpadores no resultaban materia de forzadas reconciliaciones mediáticas.

Será prudente aclararlo. Guerra fratricida y dolorosa fue la de nuestra Independencia, porque al fin de cuentas eran los contendientes todos hijos de España. Guerra fratricida y tensa, si se quiere, la de nuestra pugna entre los ponchos celestes y las vinchas punzó. Pero la invasión planificada del Marxismo Internacional contra La Argentina, con la anuencia de una clase nativa al servicio del Aparato Subversivo Mundial, no es contienda de hermanos. Es el programa endemoniado que entonces supo lanzar la Unión Soviética y sus satélites contra las naciones cristianas.

Bien está que pidamos para que la clemencia de Dios alcance a Caín, a Ismael y a Esaú. Pero sólo Abel, Isaac y Jacob son figuras de Cristo.

Bien está que la muerte nos llegue a todos y en las cenizas nos iguale, instándonos por eso a la caridad y deponiendo rencores torvos. Pero uno es el "polvo enamorado", y otro el destino de los que tendrán que abandonar toda esperanza cuando les llegue su Juicio. De unos seguirán cantado los versos de Foxá:"para la muerte, hermano, te vestirás de fiesta". De los caínes se apiade el Señor de la Misericordia y nosotros no le dejemos de rezar.

"Allegados son iguales", decía Jorge Manrique respecto de los muertos que se homologaban unánimemente al tener que comparecer ante el Tribunal del Altisimo. Pero también distinguía entre quien se presentaban con villanía y bajeza, y el varón singular que podía ser rotulado como "maestro de esforzados y valientes".



- III -

Genta sostuvo una enemistad firmísima con el comunismo, pero también –y simétricamente- con el liberalismo en todas sus variantes. El liberalismo sigue siendo un pecado, y lo sabía.

No fue democrático. Admiraba a los grandes monarcas santos, a los varones jerárquicos instauradores de gobiernos fuertes, a los jefes aristocráticos, a los Caudillos de la Patria y de Occidente; y hasta respetaba cristianamente a los grandes conductores nacionales a quienes aplastó la conjura aliada en 1945.

La Realeza Social de Jesucristo era su opción política. El Omnia Instaurare in Christo, su lema y su norte. Su divisa flameante e izada bien al tope.

Jamás fundó un partido ni aconsejó formarlo o integrarlo. Jamás creyó en la unidad de los opuestos, ni en la coyunda con liberales y populistas, ni en la acción conjunta con quienes no existe previamente la unidad en el Ser, ni en la concordia entendida como irenismo o rendición. Repetía con Santa Teresa: “es preferible la Verdad en soledad al error en compañía”. Y con Aristóteles: “en toda juntura entre lo malo y lo bueno, sufre lo bueno”. No mixturaba los contrarios, así como evitaba mezclar el agua con el vino.

Se atrevió a decir lo que otros callaban y aún callan: que hay una culpabilidad judeomasónica tras el drama de la Argentina y tras la derrota de la Civilización Cristiana. Ni el pulso ni la voz tremaron en su cuerpo cada vez que fue necesario opugnar con la Sinagoga de Satanás. Pero tampoco faltó la caridad siempre que un prójimo, fuere quien fuese, se aquerenciaba hasta su puerta.

Denunciaba con bizarría al Imperialismo Internacional del Dinero, y con mirada sobrenatural alertaba contra la acción del Anticristo.



- IV -

Señaló la naturaleza crapulosa del peronismo, y una por una marcó a fuego las canalladas múltiples de Perón, artífice de la subversión , cohonestador de sus primeros crímenes, y propugnador hasta el final del mundialismo masónico, previo paso por el continentalismo y el socialismo nacional, como repitió hasta el hartazgo. El mito de la expulsión de la Plaza de Mayo de los montoneros no pasó por su magín. Perón murió carteándose cortésmente con Mao, Castro, Dorticós y Allende. Y los jefes montoneros hicieron la "v" de la victoria ante su féretro. Extraño caso de unos "echados" que rinden honores al "echador" y le prometen proseguir la lucha.

Las tónicos del pasado no son las medias verdades sino la metafísica, la teología y la honesta historiografía.

Expresamente repudió la falsa línea ideológica “San Martín - Rosas - Perón”. Sus arquetipos no eran los incendiarios de iglesias sino los herederos de la estirpe del Cid. Una memoria completa no basta para saberlo. Es necesario una historia veraz.

La teoría de los dos demonios, y la posición de quienes se sienten discriminados porque sólo se ataca a uno de ellos, le hubiera causado repulsión y desprecio. En la patria, no se enfrentaron ni se enfrentan dos demonios sino las dos ciudades agustinianas. Él batalló por la Civitas Dei y cayó en su defensa, heroicamente. No fue la víctima accidental de una refriega terrorista. Fue un combatiente valeroso abatido a mansalva por el enemigo. Su condición de víctima sólo puede señalársele en el más profundo sentido teológico de la palabra. Pero escapa completamente al alcance habitualmente otorgado al término, como sinónimo del que muere por causa eventual o efecto secundario.

No estaba por azar cuando ocurrió el atentado marxista, el 27 de octubre de 1974. Ni recibió una bala casualmente, ni resultó el damnificado de una explosión que buscaba otro destinatario. La substancia antes que los accidentes explican su caída. Lo habían ido a matar a la puerta de su casa. Un domingo, cuando rumbeaba para la Santa Misa, en la tradicional festividad de Cristo Rey, como después escribieron sádicamante sus verdugos.

Tuercen los hechos quienes dicen que lo mataron por pensar diferente. Lo mataron por pensar verdadero y obrar y vivir en consecuencia.

Cayó con muerte previsible, anunciada, esperada. Con la muerte bella y merecida del mártir. Dio su sangre ofrecida en oblación por la Cruz y la Bandera, por la Fe y por la Verdad Crucificada.

Para inteligir lo sucedido el 27 de octubre de 1974, no hay que acudir a “las sórdidas noticias policiales”, sino al misterio de la Comunión de los Santos.

Que lo hayan matado los mismos que antes y después mataron a tantos otros —¡ay!, tantos hombres de bien!— no quiere decir que lo hayan matado por lo mismo. No lo mataron por lo mismo que buscaban segar las cabezas de mercaderes yanquis, de empleados del Club de Roma, de dirigentes radicales, de empresarios usureros o de gremialistas pseudonacionalistas, defensores de Salvador Allende . Su muerte no fue un ajuste de cuentas entre internas peronistas. Los guerrilleros distinguieron en su momento lo que hoy no saben ni quieren distinguir otros.

Y que haya muerto en democracia, bajo un gobierno constitucional, no aumenta las culpas de la guerrilla, por no respetar la voluntad popular. Prueba hasta el cansancio lo que el mismo Genta enseñaba recordando el maquiavelismo marxista-leninista: "la democracia es la vía de acceso más directa al Comunismo".

Lo mataron por ser católico y nacionalista. Lo mató el odio rojo por luchar por el Amor de los Amores.



- V -

En vida, quisimos ser sus discípulos y seguidores.

Desde que lo asesinaron, no hemos dejado de honrarlo, recordarlo, difundirlo, y darlo a conocer entre quienes no habían tenido la gracia de conocerlo. Lo hicimos sin medios y sin los medios. En soledad, con la conspiración de silencio como sombra amenazante y artera. Lo hicimos —corriendo modestos pero concretos riesgos— sin que se enteraran ni nos acompañaran los que hoy, en buena hora, se han percatado de su existencia y se suman a la partida. Bienvenidos si vienen por la victoria pendiente, antes que por la paz gandhiana. Por el perdón tendido al que se arrepienta y enmiende con sinceridad, y la resistencia empecinada contra los herederos sanguinarios del bolchevismo, enseñoreados hoy sobre la nación. Perdonar a los criminales sin arrepentimientos ni compensaciones de sus desmanes no es virtud; es vicio y se llama lenidad. Tender la mano al homicida insolente y amenazante, no es un gesto cristiano sino absurdo.

¿Que importancia tiene que una pseudojusticia mundana —en manos de sodomitas y aborteras— declare alguna vez que el crimen de Genta o el de sus pares en el martirio fue de lesa humanidad? ¿Son acaso las categorías de Nüremberg las que glorificarán a nuestros muertos ilustres? ¿Son acaso los criterios del enemigo los que han de blanquear sus memorias insignes? No fue un crimen de lesa humanidad contra los derechos del Salvador el que se perpetró en el Gólgota. Fue el deicidio. Los deicidas siguen matando a los testigos del Gólgota. Y no hay leguleyería internacionalista que alcance para calificar a los victimarios.

Tampoco estamos pidiendo que un tribunal oportunista y mendaz investigue a los autores del homicidio, ni nos quejamos porque los pastores cobardes de este suelo hayan rechazado la sola posibilidad de introducir su beatificación. Ya dispondrá Dios, en tiempo y forma, príncipes dignísimos de la Iglesia como aquellos que beatificaron a Anacleto González Flores.

Ningún secreto encierra la causalidad formal de su asesinato. Los que lo abatieron gobiernan. Sus nombres y sus rostros, son los nombres y los rostros execrables del Régimen. Caras con muecas sicarias y rictus infames que no logran disimular los avances cosméticos.



- VI -



Dios permita que mañana, por obra de un Caudillo victorioso, se pueda consumar en la Argentina la bella magnanimidad del Valle de los Caídos. El ilustre monumento es una glorificaciòn de la Cruzada, y es a la par el gesto magnificente del vencedor que sabe perdonar y abatir los odios. ¡Qué más quisiéramos que una montaña criolla, burilando en la piedra el fin de las discordias, tras un parte de batalla que diera cuenta de que el ejército rojo está "cautivo y desarmado". Dichosos quienes conservan este sueño. Generosidad ejemplar los impulsa y sostiene.

Pero aquí y ahora, entre nosotros, con los enemigos ultrajando a Dios y a la Patria, activa y ferozmente, no es el tiempo del Valle de los Caídos sino la hora del Valle de Elah. Aquel donde cuentan las Escrituras que David supo tumbar al maléfico Goliath.

Siempre será honesto y legítimo predicar la concordia y bregar por ella. Cuánto más si el objetivo es la libertad de los cautivos, cuyo confinamiento supera el límite de todo oprobio. Pero sépase que la concordia no ha de pedírsele a Luzbel, ni ofrecerla como garantía de conciliaciones a cualquier precio, ni exhibirla como prueba de debilidad. La primavera no volverá a reír porque le roguemos a los tiranos que escuchen nuestras buenas intenciones. Antes habrá que alistarse en una resistencia valiente para que la tiranía no termine por arrasarlo todo.

Jordán Bruno Genta está a la derecha del Padre, gozando del merecido cielo que alcanzó por asalto, al haber caído como mártir de la Fe en el más estricto y cabal sentido de la palabra. Los mártires de los últimos tiempos no serán reconocidos como tales, escribía San Agustín. No serán reconocidos por los heresiarcas. Pero el Dios de los Ejércitos pasa revista en cada alba, y un ángel arcabucero señala su presencia con un centelleo vertical de luces altas.

De eso se trata este homenaje. De decir la verdad entera.

Jordán Bruno Genta: mártir de Cristo Rey. Jordán Bruno Genta: maestro de la Verdad. Jordán Bruno Genta: católico y nacionalista.

Jordán Bruno Genta: ¡Presente!


por el Prof. Antonio Caponnetto
¡VIVA CRISTO REY! ¡VIVA LA PATRIA!

lunes, 25 de mayo de 2009

A proposito del 25 de Mayo.



EL PROBLEMA
DEL 25 DE MAYO


Querido Marcelo:

Me pides que te escriba para El Caballero de Nuestra Señora —publicación que llevo gratamente en el corazón desde los tiempos en que la iniciará, el inolvidable Padre Carlos Lojoya— alguna nota sobre La Revolución de Mayo.

Permitime que te diga porqué me resulta tan difícil hacerlo.

Tradicionalmente prevalecía la visión liberal y masónica de Mayo. Mayo era un dogma indiscutido, en virtud del cual debía repetirse que la patria había nacido en 1810, bajo los sacros auspicios de la democracia, del liberalismo y de la macabra Revoluta de 1789. España era una madrastra malísima —como la de las patochadas infantiles de Walt Disney— y habíamos hecho muy bien en sacárnosla de encima. Los realistas eran tiranos opresores, los revolucionarios eran libertadores, y cada quien ocupaba su bando de malo o de bueno en los libros de texto. ¡Manes de parabienes!

No le faltaba fundamento in re a esta visión. Porque efectivamente, este Mayo liberal, masónico, antiespañol y aún anticatólico había existido. Quien se acerque a las malandanzas de Castelli, Moreno y Monteagudo —entre tantos otros— podrá comprobarlo. Otrosí queda penosamente al descubierto cuando se consideran los escritos o los actos del curerío progresista de entonces, más confundidos que Casaretto después del “Summorum Pontificum” de Benedicto XVI. Por eso desde Roma llegaron voces legítimamente recelosas sino admonitorias respecto del movimiento revolucionario, como lo ha probado Rómulo Carbia en su “La Iglesia y la Revolución de Mayo”.

Nuestro mismo Himno ratifica penosamente la existencia oficial de ese Mayo en todo contrario a nuestras raíces católicas. Hasta Ricardo Rojas —que le ha encontrado un par de plagios a la letra, y que nos exime “de la admiración estética”— se intranquiliza un poquitín ante aquello de “escupió su pestífera hiel”. ¿No será mucho, Vicente? Cristina lo canta a lo yankee, con la mano en su siliconado pecho. Yo, caro amigo, te confieso, como bautizado, no puedo andar gritando por ahí que la libertad es “un grito sagrado”. Y si tengo que ver “en un trono a la noble igualdad”, ya no es igualdad, pues está entronizada y ennoblecida.

Como fuere, el Mayo masonete existió y es aborrecible. Existió y fue el que terminó imponiéndose, salvo durante el interregno glorioso de Don Juan Manuel. Los zurdos —que atacan a Roca por lo que tuvo de bueno— suelen decir que “es preferible un Mayo Francés a un Julio Argentino”. Tengo para mí en ocasiones, ante tanta confusión, que es preferible que no haya mayos.

Los revisionistas —salvo alguno que creyó ver en el 25 de Mayo un 17 de octubre avant garde, y en el gorro frigio al famoso pochito con visera— en principio, pusieron las cosas en su lugar. Al menos los mejores de sus representantes probaron que hubo otro Mayo. Monárquico, hispánico, católico, militar y patricio; enemigo de Napoleón que no de España, fiel a nuestra condición de Reyno de un Imperio Cristiano, en pugna contra britanos y franchutes, filosóficamente escolástico, legítima e ingenuamente leal al Rey cautivo, y germen de una autonomía, que devino forzosamente en independencia, cuando la orfandad española fue total, como total el desquicio de la casa gobernante. Federico Ibarguren y Roberto Marfany, entre otros, se llevan las palmas del esclarecimiento y de la reivindicación de este otro Mayo. Mas nadie ha empardado, en claridad y en rectitud de juicio, al “Mayo Revisado” de Enrique Díaz Araujo. Sólo ha salido un tomo de los tres anunciados que componen la singular obra, pero es para aguardar ansiosos que la tríada se complete.

Tampoco faltan hechos y personajes para probar la existencia de este Mayo genuino. Están las “Memorias” de Saavedra, la “Autobiografía” de Domingo Matheu, la de Manuel Belgrano, las cartas de Chiclana, Viamonte y Tomás Manuel de Anchorena. Está la obrita curiosa de Alberdi, “El Gobierno de Sudamérica”, y el mensaje magnífico de Rosas a la Legislatura, del 25 de mayo de 1836. Y hasta las fábulas humorísticas de Domingo de Azcuénaga están para nuestro entendimiento de la época.

Leyendo meditadamente este material, es asombroso cómo se intelige el pasado y cómo se disipan las ficciones ideológicas. Lo que surge de estos valiosos testimonios no es el enjambre de conjeturales paraguas populistas, sino la espada de Saavedra “de dulce y pulido acero toledano, y que en su mano parecía una joya”, al buen decir de Hugo Wast. Espada puesta al servicio de la misma causa por la que en España, hacia la misma época, se desenvainaran otras para enfrentar al invasor Bonaparte. Y si surge también el Cabildo de estas veras semblanzas, es porque entonces, el mismo no era aún una figurita didáctica, sino una hidalga institución de raigambre medieval, custodia de los fueros locales y comarcales.

Pero están los documentos que retratan este Mayo porque estuvieron los acontecimientos y los hombres que los protagonizaron. Y esto sería lo más importante por considerar y celebrar hoy, sino fuera que ese “Mayismo” fue derrotado, y prevaleció el otro. No sólo historiográficamente, que ya es grave, sino política y fácticamente, que es lo peor.

Escuchemos a Rosas, en un fragmento de su valioso mensaje precitado: “No se hizo [la Revolución de Mayo] para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para conservarle la posesión de su autoridad. No se hizo para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles, sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud. ¡Pero quien lo hubiera creído! Un acto tan heroico de generosidad y patriotismo, no menos que de lealtad y fidelidad a la nación española, fue interpretado en algunos malignamente […] Perseveramos siete años en aquella noble resolución de mantenernos fieles a España, hasta que, cansados de sufrir males sobre males, nos pusimos en manos de la Divina Providencia y confiando en su infinita bondad y justicia tomamos el único partido que nos quedaba para salvarnos: nos declaramos libres e independientes de los Reyes de España y de toda otra dominación extranjera”.

Nuestros amigos carlistas, de un lado y del otro del Atlántico, están enojados con el 25 de Mayo. No les faltan razones, ni son pocas las verdades que al respecto han recordado. Puede aceptarse incluso lo que enseñan: que nuestra guerra independentista tuvo algo o bastante de una dolorosa guerra civil, en tanto americanos hubo que se sentían inaboliblemente insertos a la Corona, con un gesto de lealtad que los honra. Puede y debe aceptarse, además, que la fábula escolar de “los realistas” malvados y los “patriotas” impolutos es un cuento de mal gusto. El realista Liniers fue un arquetipo de nuestra lucha soberana; el patriota Moreno, la contrafigura del cipayo. Y hasta tienen razón los carlistas cuando comentan que, en ciertas zonas hispanoamericanas, los negros defendieron la Corona y se batieron por su causa, sin importarle su condición. Claro que hablamos —como lo hace Luis Corsi Otálora— de los bravos negros que enarbolaban orgullosos los pendones de la Orden de San Luis y no de los morochos mercenarios de D’Elía. Por eso decía Ramón Doll que “hay negros de todos los colores”.

Pero determinadas cosas vinculadas a nuestro 25 de Mayo, los admirados carlistas parecería que no quieren ver, o ven a medias, y entonces precipitan sus juicios. No quieren ver, por ejemplo,la gravísima crisis moral del Imperio Español, sintetizada en aquella sentencia tan dura cuanto cierta de Richard Heer: “España estaba gobernada por un galán frívolo, una reina lasciva y un rey cornudo”. No quieren ver que, a comienzos de 1810, sólo quedaban las apariencias de España, con “los franceses que salen por un lado y los ingleses que entran por el otro”, según afirmación de Benito Pérez Galdós en “El equipaje del Rey José”. No quieren ver que tanto ultraje, tanto vejamen, tanta depredación y anonadamiento de la Madre Patria, eran males causados por sus mismos reyes felones, por su misma borbonidad traicionera, por la vacancia y la acefalía cobarde de una Corona, que ya no era la de los siglos del Descubrimiento y la Evangelización.

Y no quieren ver —como lo ha sintetizado certeramente Luis Alfredo Andregnette Capurro, replicando a Federico Suárez Verdeguer— que “las Cortes de 1810 y 1812, pletóricas de iluminismo jacobino, y Fernando VII con su avaricia absolutista, precursora del liberalismo, sellaron la destrucción del Imperio Católico. Crimen incalificable, porque la Revolución (en el sentido del verbo latino volver hacia atrás), aspiró a una unión más perfecta con la Metrópoli”. Crimen que se ejecutó con varias puñaladas traperas, como cuando el 24 de septiembre de 1810, las Cortes de Cádiz aprobaron la ley por la cual se dispuso la extinción de Provincias y Reynos diferenciados de España e Indias, en clara señal de abolición de los honrosos Pactos sellados por Carlos V en Barcelona el 14 de septiembre de 1519.

¿De qué lado estaba entonces la traición? ¿De los americanos que se levantaban jurando fidelidad al Rey cautivo, deseando conservar sus tierras, aunque reclamando la necesaria autonomía para no ser arrastrados por la crisis peninsular, o de la casa gobernante española que pactó la rendición ante Napoleón Bonaparte? ¿Quiénes eran los leales, los que se rebelaban aquí, a imitación de los combatientes hispánicos, para comportarse como súbditos corajudos y lúcidos, o aquellos funcionarios, cortesanos y monarcas que se desentendieron vilmente de la suerte de estos Reynos, como lo gritaba Fray Pantaleón García en el Buenos Aires de 1810? ¿Adónde la fidelidad? ¿En las intrigas borbónicas para convertirnos en pato de la boda, como decía Saavedra; o en este surero Buenos Aires levantado en hazañas, primero contra el hereje britano, y contra los alcahuetes de Pepe Botella después, y en ambos casos, levantado siempre con la bandera de España entre los mástiles?

A ver si nos vamos entendiendo. La historia es historia de lo que fue, no de lo que pudo haber sido, o de lo que nos hubiese gustado que fuera. Nos hubiese gustado que el Imperio Hispano Católico no se extinguiera; y que nosotros nos constituyéramos en “la última avanzada de ese Imperio”, como cantaba Anzoátegui. Nos hubiese gustado que Mayo no hubiese sido necesario; y seguiremos repitiendo con José Antonio: “si volvieran Isabel y Fernando, ya mismo me declaraba monárquico”; esto es, vasallo de aquella Corona por la cual la monarquía se reencontró a sí misma como forma pura y paradigmática de gobierno. Nos hubieran gustado tantas cosas.

Pero los hechos se dieron de otro modo, seguramente por permisión de la Divina Providencia. Y no renegamos de nuestro Mayo Católico e Hispánico, ni de una autonomía que no era desarraigo, ni separación espiritual, ni ingratitud moral. No renegamos de aquellos patriotas que, portadores de sangre y de estirpe hispanocriolla, tuvieron que batirse al fin, heroicamente, para que esa autonomía fuese respetada.

¿Ves, querido Marcelo, por qué es tan difícil hablar o escribir sobre el 25 de Mayo?

¿Qué festejamos ese día? El Mayo masón desde ya que no. Ese será el del Bicentenario Oficial. Un festejo tan desnaturalizado y horrible como lo fue el de la gloriosa Reconquista y Defensa de 1806-1807. Será el Mayo falsificado y ruin, liberal y marxista, agravado por el magisterio soez de Felipe Pigna —nuevo Taita Magno de la Historia, como lo ridiculizaría Castellani— según el cual, Moreno fue el primer desaparecido y Saavedra el primer represor. Y lo peor es que a esta obscenidad llaman algunos ahora revisionismo histórico.

El Mayo de algunos de nuestros entrañables amigos españoles, tampoco podríamos festejar. Para ellos lo de aquí fue una simple traición a España; y aunque traidores hubo, sin duda, tuvo aquel acontecimiento protagonistas centrales transidos de lealtad y de fidelidad, de arraigo espiritual y encepamiento religioso, de recto y fecundo amor al solar natal, de prudente, gradual y legítimo sentido de emancipación americana.

El Mayo de los revisionistas heterodoxos, que vieron en aquellas jornadas de 1810 un alzamiento de orilleros resentidos y desarrapados rencorosos, tampoco es celebrable. Entre otras cosas, porque no existió. El piqueterismo es cosa de este siglo. Tampoco el Mayo de los católicos liberales, que creyeron calmar sus conciencias encontrando alguna tonsura entre los revolucionarios, aunque enseñaran las peores macanas modernistas.

Si algún Mayo recuerdo con gratitud,emoción y decoro; con absoluta austeridad de manifestaciones festivas, es el que encarna aquel Comandante de Patricios, que afirmando con meridiana claridad que se alzaba contra franceses e ingleses —y contra todos aquellos que aquí o acullá quisieran comprometer el destino de estas tierras franqueándoles las invasiones— puso su condición militar al servicio de Dios y de entrambas Españas.

De él dijo Braulio Anzoátegui: “Saavedra era un militar que jamás andaba sin uniforme, porque comprendía que un militar sin uniforme es una persona peligrosa que de pronto le da por pensar como un político cualquiera, y piensa y es capaz de olvidarlo todo; es como una dueña de casa que olvida lo que vale la docena de huevos. En esto se parecen las malas dueñas de casa a los malos militares: en que no saben cuánto valen los huevos”.

Saavedra lo sabía. Y tenía fama de saber estas cosas fundamentales. Por eso, el Capitán Duarte lo quiso proclamar Rey de América. Pero Moreno lo acusó de borracho y lo desterró de la ciudad. También desterrado acabaría Saavedra.

Curioso destino el de nuestros hombres de armas. Si no saben cuánto valen los huevos los nombran Generales. Si proclaman nuestra soberanía pasan a la historia por borrachos. Te mando un abrazo fuerte.

En Cristo y en la Patria


Antonio Caponnetto






Esta Carta fue tomada del El Blog de la Revista CABILDO

miércoles, 18 de febrero de 2009

Editorial de "Cabildo" n° 79


INSULTO DE LA LOCURA

Es de conjeturar que en un encomio a su rotativo empleador pensaba Rafael Bielsa, cuando en el reportaje concedido al bartoleano diario en su edición del 10 de febrero, llamó a Néstor Kirchner “una máquina implacable de razonar”, agregando para más datos que con el cachivache se reúne “para trasmitirle sus pensamientos”.

Si alguna brisa de sabiduría perenne hubiera mesado las barbas del aburguesado sicario, conocería al menos dos cosas.

La primera, que no es noble metáfora ni recta antropología analogar a la creatura con el artefacto, aunque en este caso el analogado primero valga menos que un oxidado armatoste.

La segunda —de la mano inmortal de Chesterton— es que el loco es precisamente aquel que ha perdido todo, todo menos la razón. Distinguir escolásticamente entre la ratio y el intellectus sabía el egregio gordo, de allí su síntesis exacta del problema bajo la forma que mejor acuñaba: la paradoja.

Y algo de esto había entrevisto ya Hurtado de Mendoza, cuando en la Jornada Primera de El marido hace mujer —¡vaya precognición!— estampó lacónicamente: “que aún más que la necedad, es necia en vos la razón”.

Pero aunque no dan los tiempos ni los personajes para estas honduras, lo que queremos decir no precisa referencia bibliográfica alguna, y es que Néstor Kirchner es un demente. No de aquellos que la psiquiatría convierte en atento objeto de estudio, la jurisprudencia en sujeto inimputable, las letras erásmicas en elogio y la cristiana caridad en objeto de misericordiosas atenciones. No; es el vulgar pirado, el majareta, maniático, trastornado, o perturbado fiero, ramplona pero certeramente llamado por el vulgo: loco de mierda.

Disimúlese como se quiera la recia expresión. Válgase la prensa seria de sonoros efugios y la diplomacia de las sinuosidades propias de su arte. Lo cierto es que en la calle estrecha, en el pago chico, en la esquina cualquiera, en el barrio de al lado y en la boca del pueblo, no hay argentino decente que ya no lo diga y —lo que es más significativo— que ya no quiera actuar en consecuencia librándose cuanto antes de tamaña peste alienada.

Pero dado que Kirchner le ha impuesto a su gentilicio un destino genérico, como quien con él designa a la malaria, el tifus o la diarrea, el juicio negro del demos y la consiguiente voluntad destituyente se prolonga hacia su esposa, a quien para abreviar llamaremos la Kirchner. Quien se pasee hoy por los modernos corrillos populares que son los sitios anónimos del YouTube, verá que incesantemente se fablan, se oyen, se miran, y se exhiben conductas de la moza a cuales más desquiciadas cuanto vergonzosamente veraces. La famosa Balada que concluía gritando “loca ella, loco yo”, es casi el son surrealista que canturrea el sufrido gentío, pidiendo que se vayan de una vez por todas. Así como aquel otro himno discepoliano que todo lo aúna y lo profiere al grito bisilábico de ¡Chorra!

No ha mejorado el panorama cruel de las estigmatizaciones colectivas y de los deseos imaginarios de una pronta retirada, el hecho de que la “doctora” haya comparado al cónyuge con Obama y a éste, a su vez, con el mismísimo Perón. Tenía bastante el morocho con su condición perversa para cargar encima esta doble alegoría; pero en rigor ese mismo pueblo que ya no los soporta, sabe que no es lo mismo ser un cabeza de estos arrabales que un mestizo de la Casa Blanca. Larga vida al primero, con su tinto a cuestas, razona Mingo Revulgo. Vade retro con el segundo, a quien el poder convierte en un blancoide degenerado como Michael Jackson. Bien decía Ramón Doll que hay negros de todos los colores; de modo que aquí seguimos prefiriendo los que no saben inglés.

Sean estas reflexiones todavía veraniegas, para adelantar un juicio en este año al que los demócratas no llaman “Del Señor”, sino “electoral”. El juicio es tan redondo como cierto: nadie quiere a los Kirchner. Lo que se siente por ellos se llama miedo o espanto, rabia o desazón, odio y desprecio, alergia, enemistad, repugnancia y tirria.

De modo que cual fuese el resultado de las urnas, cualquiera el destino de lo que titulan oposición, cualquiera el curso meramente formal de esta tiranía abyecta, cualquiera el designio brotado del azar siempre fraudulento de las urnas, los Kirchner ya no gobiernan. Porque no hay nadie que los acate con la amante docilidad de un súbdito agradecido, sino muchos y en racimos de multitud los que los detestan y procuran que la corrupción que encarnan se esfume cuanto antes.

Contra estos locos inmundos —¡qué razón llevaba Rosas cuando así calificó oficialmente a su primer traidor!— sea nuestra consigna la del gallardo Solyenitzyn: lucidez y coraje al servicio de la Verdad.

Antonio Caponnetto







Lea y Difunda Revista Cabildo

lunes, 2 de febrero de 2009

Tres lugares comunes de
las leyendas negras.
(parte IV y última)



por Antonio Caponnetto


El genocidio indigena

Se dice, finalmente, en consonancia con lo anterior, que la Conquista —caracterizada por el saqueo y el robo— produjo un genocidio aborigen, condenable en nombre de las sempiternas leyes de la humanidad que rigen los destinos de las naciones civilizadas.

Pero tales leyes, al parecer, no cuentan en dos casos a la hora de evaluar los crímenes masivos cometidos por los indios dominantes sobre los dominados, antes de la llegada de los españoles; ni a la hora de evaluar las purgas stalinistas o las iniciativas multhussianas de las potencias liberales. De ambos casos, el primero es realmente curioso. Porque es tan inocultable la evidencia, que los mismos autores indigenistas no pueden callarla. Sólo en un día del año 1487 se sacrificaron 2.000 jóvenes inaugurando el gran templo azteca del que da cuenta el códice indio Telleriano-Remensis. 250.000 víctimas anuales es el número que trae para el siglo XV Jan Gehorsam en su articulo "Hambre divina de los aztecas". Veinte mil, en sólo dos años de construcción de la gran pirámide de Huitzilopochtli, apunta Von Hagen, incontables los tragados por las llamadas guerras floridas y el canibalismo, según cuenta Halcro Ferguson, y hasta el mismísimo Jacques Soustelle reconoce que la hecatombe demográfica era tal que si no hubiesen llegado los españoles el holocausto hubiese sido inevitable. Pero, ¿qué dicen estos constatadores inevitables de estadísticas mortuorias prehispánicas? Algo muy sencillo: se trataba de espíritus trascendentes que cumplían así con sus liturgias y ritos arcaicos. Son sacrificios de "una belleza bárbara" nos consolará Vaillant. "No debemos tratar de explicar esta actitud en términos morales", nos tranquiliza Von Hagen y el teólogo Enrique Dussel hará su lectura liberacionista y cósmica para que todos nos aggiornemos. Está claro: si matan los españoles son verdugos insaciables cebados en las Cruzadas y en la lucha contra el moro, si matan los indios, son dulces y sencillas ovejas lascasianas que expresaban la belleza bárbara de sus ritos telúricos. Si mata España es genocidio; si matan los indios se llama "amenaza de desequilibrio demográfico".

La verdad es que España no planeó ni ejecutó ningún plan genocida; el derrumbe de la población indígena —y que nadie niega— no está ligado a los enfrentamientos bélicos con los conquistadores, sino a una variedad de causas, entre las que sobresale la del contagio microbiano. La verdad es que la acusación homicidica como causal de despoblación, no resiste las investigaciones serias de autores como Nicolás Sánchez Albornoz, José Luis Moreno, Angel Rosemblat o Rolando Mellafé, que no pertenecen precisamente a escuelas hispanófilas. La verdad es que "los indios de América", dice Pierre Chaunu, "no sucumbieron bajo los golpes de las espadas de acero de Toledo, sino bajo el choque microbiano y viral",. la verdad —¡cuántas veces habrá que reiterarlo en estos tiempos!— es que se manejan cifras con una ligereza frívola, sin los análisis cualitativos básicos, ni los recaudos elementales de las disciplinas estadísticas ligadas a la historia. La verdad incluso —para decirlo todo— es que hasta las mitas, los repartimientos y las encomiendas, lejos de ser causa de despoblación, son antídotos que se aplican para evitarla. Porque aquí no estamos negando que la demografía indígena padeció circunstancialmente una baja. Estamos negando, sí, y enfáticamente, que tal merma haya sido producida por un plan genocida.

Es más si se compara con la América anglosajona, donde los pocos indios que quedan no proceden de las zonas por ellos colonizados -¿donde están los índios de Nueva Inglaterra?- sino los habitantes de los territorios comprados a España o usurpados a Méjico.

Ni despojo de territorios, ni sed de oro, ni matanzas en masa. Un encuentro providencial de dos mudos. Encuentro en el que, al margen de todos los aspectos traumáticos que gusten recalcarse, uno de esos mundos, el Viejo, gloriosamente encarnado por la Hispanidad, tuvo el enorme mérito de traerle al otro nociones que no conocía sobre la dignidad de la criatura hecha a imagen y semejanza del Creador. Esas nociones, patrimonio de la Cristiandad difundidas por sabios eminentes, no fueron letra muerta ni objeto de violación constante.

Fueron el verdadero programa de vida, el genuino plan salvífico por el que la Hispanidad luchó en tres siglos largos de descubrimiento, evangelización y civilización abnegados.

Y si la espada, como quería Peguy, tuvo que ser muchas veces la que midió con sangre el espacio sobre el cual el arado pudiese después abrir el surco; y si la guerra justa tuvo que ser el preludio del canto de la paz, y el paso implacable de los guerreros de Cristo el doloroso medio necesario para esparcir el Agua del Bautismo, no se hacia otra cosa más que ratificar lo que anunciaba el apóstol: sin efusión de sangre no hay redención ninguna.

La Hispanidad de Isabel y de Fernando, la del yugo y la flechas prefiguradas desde entonces para ser emblema de Cruzada, no llegó a estas tierras con el morbo del crimen y el sadismo del atropello. No se llegó para hacer víctimas, sino para ofrecernos, en medio de las peores idolatrías, a la Víctima Inmolada, que desde el trono de la Cruz reina sobre los pueblos de este lado y del otro del oceano temible.

sábado, 31 de enero de 2009

Tres lugares comunes de
las leyendas negras.
(parte III)



por Antonio Caponnetto


La sed de Oro

Se dice, en segundo lugar, que la llegada y la presencia hispánica no tuvo otro fin superior al fin económico; concretamente, al propósito de quedarse con Ios metales preciosos americanos.

Y aquí el marxismo vuelve a brindarnos otra aporía Porque sí nosotros plantamos la existencia de móviles superiores, somos acusados de angelistas, pero si ellos ven sólo ángeles caídos adoradores de Mammon se escandalizan con rubor de querubines. Si la economía determina a la historia y la lucha de clases y de intereses es su motor interno ; si los hombres no son más que elaboraciones químicas transmutadas, puestos para el disfrute terreno, sin premios ni castigos ulteriores, ¿a qué viene esta nueva apelación a la filantropía y a la caridad entre naciones. Unicamente la conciencia cristiana puede reprobar coherentemente —y reprueba semejantes tropelías. Pero la queja no cabe en nombre del materialismo dialéctico. La admitimos con fuerza mirando el tiempo sub specie aeternitatis. Carece de sentido en eI historicismo sub lumine oppresiones. Es reproche y protesta si sabemos al hombre "portador de valores eternos", como decía José Antonio, u homo viator, como decían Ioos Padres. Es fría e irreprochable lógica si no cesamos de concebirlo como homo acconomicus.

Pero aclaremos un poco mejor las cosas.

Digamos ante todo que no hay razón para ocultar los propósitos económicos de la conquista española. No solo porque existieron sino porque fueron lícitos. El fin de la ganancia en una empresa en la que se ha invertido y arriesgado y trabajado incansablemente, no está reñido con la moral cristiana ni con el orden natural de las operaciones. Lo malo es, justamente, cuando apartadas del sentido cristiano, las personas y las naciones anteponen las razones finaneieras a cualquier otra, las exacerban en desmedro de los bienes honestos y proceden con métodos viles para obtener riquezas materiales. Pero éstas son, nada menos, las enseñanzas y las prevenciones continuas de la Iglesia Católica en España. Por eso se repudiaban y se amonestaban las prácticas agiotistas y usureras, el préstamo a interés, la "cría del dinero", las ganancias malhabidas. Por eso, se instaba a compensaciones y reparaciones postreras —que tuvieron lugar en infinidad de casos—; y por eso, sobre todo, se discriminaban las actividades bursátiles y financieras como sospechosas de anticatolicismo. No somos nosotros quienes lo notamos. Son los historiógrafos materialistas quienes han lanzado esta formidable y certera "acusación" ni España ni los países católicos fueron capaces de fomentar el capitalismo por sus prejuicios antiprotestantes y antirabínicos. La ética calvinista y judaica, en cambio, habría conducido como en tantas partes, a la prosperidad y al desarrollo, si Austrias y Ausburgos hubiesen dejado de lado sus hábitos medievales y ultramontanos.

De lo que viene a resultar una nueva contradicción. España sería muy mala porque llamándose católica buscaba el oro y la plata. Pero seria después más mala por causa de su catolicismo que la inhabilitó para volverse próspera y la condujo a una decadencia irremisible.

Tal es, en síntesis, lo que vino a decirnos Hamilton —pese a sí mismo hacia 1926, con su tesis sobre "Tesoro Americano y el florecimiento del Capitalismo". Y después de él, corroborándolo o rectificándolo parcialmente, autores como Vilar, Simiand, Braudel, Nef, Hobsbawn, Mouesnier o el citado Carande. El oro y la plata salidos de América (nunca se dice que en pago a mercancías, productos y estructuras que llegaban de la Península) no sirvieron para enriquecer a España, sino para integrar el circuito capitalista europeo, usufructuado principalmente por Gran Bretaña.

Los fabricantes de leyendas negras, que vuelven y revuelven constantemente sobre la sed de oro como fin determinante de la Conquista, deberían explicar, también, por que España llega, permanece y se instala no solo en zonas de explotación minera, sino en territorios inhóspitos y agrestes. Porque no se abandonó rápidamente la empresa si recién en la segunda mitad del siglo XVI se descubren las minas más ricas, como las de Potosí, Zacatecas o Guanajuato. Por qué la condición de los indígenas americanos era notablemente superior a la del proletariado europeo esclavizado por el capitalismo, como lo han reconocido observadores nada hispanistas como Humboldt o Dobb, o Chaunu, o el mercader inglés Nehry Hawks, condenado al destierro por la Inquisición en 1751 y reacio por cierto a las loas españolistas. Por qué pudo decir Bravo Duarte que toda América fue beneficiada por la Minería, y no así la Corona Española. Por qué, en síntesis —y no vemos argumento de mayor sentido común y por ende de mayor robustez metafísica—, si sólo contaba el oro, no es únicamente un mercado negrero o una enorme plaza financiera lo que ha quedado como testimonio de la acción de España en América, sino un conglomerado de naciones ricas en Fe y en Espíritu. El efecto contiene y muestra la causa: éste es el argumento decisivo. Por eso, no escribimos estas líneas desde una Cartago sudamericana amparada en Moloch y Baal, sino desde la Ciudad nombrada de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires, por las voces egregias de sus héroes fundadores.

jueves, 29 de enero de 2009

Tres lugares comunes de
las leyendas negras (parte II)



por Antonio Caponnetto


El despojo de la tierra

Se dice en primer lugar, que España se apropió de las tierras indígenas en un acto típico de rapacidad imperialista.

Llama la atención que, contraviniendo las tesis leninistas, se haga surgir al Imperialismo a fines del siglo XV. Y sorprende asimismo el celo manifestado en la defensa de la propiedad privada individual. Pero el marxismo nos tiene acostumbrados a estas contradicciones y sobre todo, a su apelación a la conciencia cristiana para obtener solidaridades. Porque, en efecto, sin la apelación a la conciencia cristiana —que entiende la propiedad privada como un derecho inherente de las criaturas, y sólo ante el cual el presunto despojo sería reprobable— ¿a qué viene tanto afán privatista y posesionista? No hay respuesta.

La verdad es que antes de la llegada de los españoles, los indios concretos y singulares no eran dueños de ninguna tierra, sino empleados gratuitos y castigados de un Estado idolatrizado y de unos caciques despóticos tenidos por divinidades supremas. Carentes de cualquier legislación que regulase sus derechos laborales, el abuso y la explotación eran la norma, y el saqueo y el despojo las prácticas habituales. Impuestos, cargas, retribuciones forzadas, exacciones virulentas y pesados tributos, fueron moneda corriente en las relaciones indígenas previas a la llegada de los españoles. El más fuerte sometía al más débil y lo atenazaba con escarmientos y represalias. Ni los más indigentes quedaban exceptuados, y solían llevar como estigmas de su triste condición, mutilaciones evidentes y distintivos oprobiosos. Una "justicia" claramente discriminatoria, distinguía entre pudientes y esclavos en desmedro de los últimos y no son éstos, datos entresacados de las crónicas hispanas, sino de las protestas del mismo Carlos Marx en sus estudios sobre "Formaciones Económicas Precapitalistas y Acumulación Originaria del Capital". Y de comentaristas insospechados de hispanofilia como Eric Hobsbawn, Roberto Oliveros Maqueo o Pierre Chaunu.

La verdad es también, que los principales dueños de la tierra que encontraron los españoles —mayas, incas y aztecas— lo eran a expensas de otros dueños a quienes habían invadido y desplazado. Y que fue ésta la razón por la que una parte considerable de tribus aborígenes —carios, tlaxaltecas, cempoaltecas, zapotecas, otomíes, cañarís, huancas, etcétera— se aliaron naturalmente con los conquistadores, procurando su protección y el consecuente resarcimiento.

Y la verdad, al fin, es que sólo a partir de la Conquista, los indios conocieron el sentido personal de la propiedad privada y la defensa jurídica de sus obligaciones y derechos. Es España la que se plantea la cuestión de los justos títulos, con autoexigencias tan sólidas que ponen en tela de juicio la misma autoridad del Monarca y del Pontífice. Es España -con ese maestro admirable del Derecho de Gentes que se llamó Francisco de Vitoria— la que funda la posesión territorial en las más altos razones de bien común y de concordia social, la que insiste una y otra vez en la protección que se le debe a los nativos en tanto súbditos, la que garantiza y promueve un reparto equitativo de precios, la que atiende sobre abusos y querellas, la que no dudó en sancionar duramente a sus mismos funcionarios descarriados, y la que distinguió entre posesión como hecho y propiedad como derecho, porque sabía que era cosa muy distinta fundar una ciudad en el desierto y hacerla propia, que entrar a saco a un granero particular. Por eso, sólo hubo repartimientos en tierras despobladas y encomiendas "en las heredades de los indios". Porque pese a tantas fábulas indoctas, la encomienda fue la gran institución para la custodia de la propiedad y de los derechos de los nativos. Bien lo ha demostrado hace ya tiempo Silvio Zavala, en un estudio exhaustivo, que no encargó ninguna "internacional reaccionaria", sino la Fundación Judía Guggenheim, con sede en Nueva York. Y bien queda probado en infinidad de documentos que sólo son desconocidos para los artífices de las leyendas negras.

Por la encomienda, el indio poseía tierras particulares y colectivas sin que pudieran arrebatárselas impunemente. Por la encomienda organizaba su propio gobierno local y regional, bajo un régimen de tributos que distinguía ingresos y condiciones, y que no llegaban al Rey —que renunciaba a ellos— sino a los Conquistadores. A quienes no les significó ningún enriquecimiento descontrolado y si en cambio, bastantes dolores de cabeza, como surgen de los testimonios de Antonio de Mendoza o de Cristóbal Alvarez de Carvajal y de innumerables jueces de audiencias. Como bien ha notado el mismo Ramón Carande en "Carlos V y sus banqueros", eran tan férrea la protección a los indios y tan grande la incertidumbre económica para los encomenderos, que América no fue una colonia de repoblación para que todos vinieran a enriquecerse fácilmente. Pues una empresa difícil y esforzada, con luces y sombras, con probos y pícaros, pero con un testimonio que hasta hoy no han podido tumbar las monsergas indigenistas: el de la gratitud de los naturales. Gratitud que quien tenga la honestidad de constatar y de seguir en sus expresiones artísticas, religiosas y culturales, no podrá dejar de reconocer objetivamente

No es España la que despoja a los indios de sus tierras. Es España la que les inculca el derecho de propiedad, la que les restituye sus heredades asaltadas por los poderosos y sanguinarios estados tribales, la que los guarda bajo una justicia humana y divina, la que Ios pone en paridad de condiciones con sus propios hijos, e incluso en mejores condiciones que muchos campesinos y proletarios europeos Y esto también ha sido reconocido por historiógrafos no hispanistas. Es España, en definitiva, la que rehabilita la potestad India a sus dominios, y si se estudia el cómo y el cuándo esta potestad se debilita y vulnera, no se encontrará detrás a la conquista ni a la evangelización ni al descubrimiento, sino a las administraciones liberales y masónicas que traicionaron el sentido misional de aquella gesta gloriosa. No se encontrará a los Reyes Católicos, ni a Carlos V, ni a Felipe II. Ni a los conquistadores, ni a los encomenderos, ni a los adelantados, ni a los frailes. Sino a Ios enmandilados Borbones iluministas y a sus epígonos, que vienen desarraigando a América y reduciéndola a la colonia que no fue nunca en tiempos del Imperio Hispánico.





martes, 27 de enero de 2009

Tres lugares comunes de
las leyendas negras.
(parte I)


por Antonio Caponnetto




Introducción

La conmemoración del Quinto Centenario ha vuelto a reavivar, como era previsible, el empecinado odio anticatólico y antihispanista de vieja y conocida data. Y tanto odio alimenta la injuria, ciega a la justicia y obnubila el orden de la razón, según bien lo explicara Santo Tomás en olvidada enseñanza. De resultas, la verdad queda adulterada y oculta, y se expanden con fuerza el resentimiento y la mentira. No es sólo, pues, una insuficiencia histórica o científica la que explica la cantidad de imposturas lanzadas al ruedo. Es un odium fidei alimentado en el rencor ideológico. Un desamor fatal contra todo lo que lleve el signo de la Cruz y de la Espada.

Bastaría aceptar y comprender este oculto móvil para desechar, sin más, las falacias que se propagan nuevamente, aquí y allá. Pero un poder inmenso e interesado les ha dado difusión y cabida, y hoy se presentan como argumentos serios de corte académico. No hay nada de eso. Y a poco que se analizan los lugares comunes más repetidos contra la acción de España en América, quedan a la vista su inconsistencia y su debilidad. Veámoslo brevemente en las tres imputaciones infaltables enrostradas por las izquierdas.
Introducción
La conmemoración del Quinto Centenario ha vuelto a reavivar, como era previsible, el empecinado odio anticatólico y antihispanista de vieja y conocida data. Y tanto odio alimenta la injuria, ciega a la justicia y obnubila el orden de la razón, según bien lo explicara Santo Tomás en olvidada enseñanza. De resultas, la verdad queda adulterada y oculta, y se expanden con fuerza el resentimiento y la mentira. No es sólo, pues, una insuficiencia histórica o científica la que explica la cantidad de imposturas lanzadas al ruedo. Es un odium fidei alimentado en el rencor ideológico. Un desamor fatal contra todo lo que lleve el signo de la Cruz y de la Espada.

Bastaría aceptar y comprender este oculto móvil para desechar, sin más, las falacias que se propagan nuevamente, aquí y allá. Pero un poder inmenso e interesado les ha dado difusión y cabida, y hoy se presentan como argumentos serios de corte académico. No hay nada de eso. Y a poco que se analizan los lugares comunes más repetidos contra la acción de España en América, quedan a la vista su inconsistencia y su debilidad. Veámoslo brevemente en las tres imputaciones infaltables enrostradas por las izquierdas.





sábado, 13 de diciembre de 2008

Carta abierta de un joven estudiante al Padre José Luis Torres Pardo.

La presente es un escrito enviado por un amigo, en referencia a los dichos (injustos a nuestro humilde entender), del Padre Torres Pardo al Doctor Antonio Caponnetto.




Carta abierta de un joven estudiante
al Padre José Luis Torres Pardo CR

He leído con suma atención su respuesta al Dr. Antonio Caponnetto, la cual comienza confesando que no perderá el tiempo “en intentar una lectura prolija de su contenido”. Esto se nota, porque su respuesta hace patente –como mínimo– la falta de atención al comunicado que dice Ud. replicar. En aras de esta confesada falta de atención, me permito recordarle elementos sustantivos que ha omitido, escamoteados en su carta, que fueron reemplazados por manifestaciones adjetivas que no van al núcleo de la cuestión.

Dice Ud. que el Dr. Caponnetto acusa falsamente al Cardenal Primado y al Episcopado. En segundo lugar, le reprocha un “vocabulario chabacano, difamatorio y gravísimamente ofensivo”. En tercer lugar, parece juzgar la conciencia de su contendiente al adjudicarle “soberbia y arrogancia”. Además, habla de una “crítica infantil, ridícula y estúpida” a Roma. Hacia el final, lo acusa de deformar la verdadera doctrina de Cristo Rey.

Ahora bien, vamos a lo sustancial, lejos de acusaciones genéricas y efectistas.
En ningún momento pude leer en su carta que Ud. llegara a explicar, a fundamentar sus dichos. Su respuesta carece absolutamente de razones. Paradójicamente, veo más expresiones de un vocabulario “rayano en el delirio” en su propia réplica que en el comunicado que Ud. pretende refutar. Ud. no ha argumentado absolutamente nada.

Ni una palabra de los interesantes datos puestos sobre el tablero para dilucidar la cuestión de “La Noche de los cristales rotos”. Ni una palabra. ¿Son falsos o son verdaderos esos datos, Padre Torres Pardo? Esta es la única cuestión importante, pero Ud. no se ha detenido en ella… Mientras el Dr. Caponnetto ha abundado en motivos, en explicaciones, en fundamentos, en razones, Ud. se conforma simplemente con eludir el núcleo de la cuestión, para descalificar a la persona de su contendiente.

Ahora bien: además de eludir la problemática histórica, pretende hacernos creer que toda acción venida de Roma, del Vaticano, de la Santa Sede, es per se, intrínseca y necesariamente buena, verdadera, justa, útil. ¿Qué nuevo dogma ha inventado, Padre Torres Pardo? ¿Acaso está Ud. inventando una nueva eclesiología? ¿Desde cuándo niega la perspectiva humana de la Iglesia? ¿Acaso no sabe Ud. que la infalibilidad sólo corresponde al Papa cuando habla ex cathedra? Y si lo sabe, ¿Por qué pretende hacernos creer lo contrario, como si cualquier cosa venida de Roma es necesariamente infalible?

¿Está inventando Ud. una nueva concepción de la Iglesia, de espaldas a la realidad, en plena contradicción con hechos tales como que los heresiarcas han salido siempre del seno de la Jerarquía?
Tengo a mi vista folletos suyos, donde Ud. alerta a sus fieles acerca de los males del progresismo, del modernismo, de la mundanización de la Liturgia, etc. En ellos, habla de “falsos reformadores”, de teólogos que “oponen dialécticamente lo nuevo con lo antiguo”, de aquellos que “hablan mucho de amor pero sin preocuparse demasiado por la doctrina”, etc.; es notable cuando Ud. condena a aquellos que “con la excusa de ‘llegar a los demás’, de ‘integrarse’ o de ‘encarnarse’, todo lo van desacralizando, comenzado por ellos mismos”.

Esto decía Ud. Padre. Y esto es precisamente lo que el Cardenal Primado hizo –y ha hecho– con este tipo de encuentros interreligiosos. Lo diré con sus propias palabras: “En nombre de un ecumenismo mal entendido fomentan el indiferentismo religioso”. Ud, mismo ha reproducido la tremenda frase de Pablo VI, respecto del humo de Satán. Entonces, ¿A qué viene este escandalizarse respecto de hechos que conoce perfectamente?

Su carta ha ido a parar a la negación de hechos, datos objetivos, evidencias. Casi pareciera que no ha sido Ud. el motor de la misma…
Negar la Iglesia en cuanto humana lleva a negar, en recta lógica, la Humanidad de Cristo, pues la Iglesia Católica es el Cuerpo de Cristo. Puede desencadenar una tremenda insensibilidad respecto de los males que aquejan al Cuerpo Místico de Cristo. Padre Torres Pardo: su actitud acostumbra a los católicos a vivir en “castillos en el aire”, donde supuestamente “todo está bien” y los únicos enemigos son “Lutero y el Diablo”.

No ver las debilidades de las personas que integran a la Iglesia y a la Jerarquía tiene la ventaja que nos acostumbra a vivir en un mundo donde “los malos” están únicamente en la vereda de enfrente; tiene la ventaja que nos exime de la obligación de pensar, de razonar, de usar la cabeza, en aras de una “obediencia” irracional; tiene la ventaja de acostumbrarnos a vivir en un mundo donde todos los Obispos y Cardenales son buenos, valientes, defensores de la Fe y de Dios. Pero tiene un único inconveniente: ese mundo no existe.

Tal vez Ud. hubiese sido uno de los que, en tiempos de San Pedro, le hubiese reprochado a San Pablo el corregirlo; o tal vez de los que hubiese defendido a Arrio “porque era Obispo”, o a Nestorio “por su investidura”.

Por supuesto que es un tema inagotable y son muchas los temas que quedan abiertos, pero –en aquello que nos ocupa– hay una realidad: es falso que criticar a las autoridades sea, necesaria y fatalmente, una ofensa a la autoridad. El Padre Torres Pardo no niega la conveniencia de la crítica –en lo cual también disentiríamos, pero que es una postura menos indefendible– sino que niega la posibilidad de que la crítica misma sea ejecutada legítimamente.

Una cosa es que la crítica a tal o cual autoridad sea conveniente, según el modo y la forma. Esto, a cierto nivel, puede discutirse.
Otra cosa es negar la posibilidad misma de realizar legítimamente tal crítica. Ante los escándalos públicos, ante los errores notorios, es lícito e incluso debido criticar a la Jerarquía que los permite o los comete. No puede negarse esto porque históricamente muchos santos lo han hecho, así como muchos otros también han fundamentado esta actitud. Si no conoce esta doctrina, debería hacerlo; pero si la conoce, ¿Por qué la niega?

Vayamos concluyendo. Ud. habla de “grupos de ‘católicos’ politizados y descontrolados” que esgrimen una “caricatura” del auténtico Cristo Rey. Lamentablemente, ha confundido un catolicismo politizado con una política católica, que es muy distinto. No estará mal, en vísperas de la Festividad de Cristo Rey, recordar la Encíclica Quas Primas del Papa Pío XI. Tampoco estará de más recordar la noción de Bien Común Completo. Y ni qué decir la Realeza Social de Cristo. Todas verdades que el Dr. Antonio Caponnetto proclama, enseña, explica, desarrolla y defiende apasionada –y desinteresadamente.

Ahora bien, ¿Se le escapa al Padre Torres Pardo que hoy en día precisamente la Jerarquía Argentina en general ha dejado de predicar esta doctrina? ¿Es tan ingenuo el Padre Torres Pardo para soñar siquiera que este domingo, Festividad de Cristo Rey, oiremos predicar al Cardenal Jorge Bergoglio “en pos de la Realeza Social de Cristo”, condenado la falacia de la soberanía popular, condenando el laicismo, la separación entre la Iglesia y el Estado?

¿A qué se debe este ataque desembozado, cerril e irracional al comunicado del Dr. Antonio Caponnetto?

Las intenciones las juzga Dios. No nosotros, ni tampoco el Padre Torres Pardo, aunque temerariamente afirma que en su adversario anida “soberbia y arrogancia”. ¿Tenemos que concluir que Torres Pardo –en contra de las elementales reglas de caridad– ha juzgado la conciencia del Dr. Caponnetto?

La reciprocidad es una exigencia elementalísima y fundamental en una discusión. De un lado, se esgrimen razones, argumentaciones, hechos históricos, citas, aparato científico, etc. Del otro lado, el Padre nos ofrece nada más que un platillo de ataques, de amenazas, de ambigüedades, de verdades a medias, de errores grotescos, de juicios temerarios.

Lo más triste, es que el Padre Torres Pardo dice muchas verdades en su carta. Pero son verdades dichas para defender errores.

Hagamos una última reflexión: Torres Pardo no deja de elogiar a los mártires de México y España; nos cita a San Ignacio; tampoco deja de señalar a Lutero y al Demonio como enemigos de la Iglesia.
Veamos quién se acerca más a estos arquetipos, si el Dr. Antonio Caponnetto o el Cardenal Primado.

Los mártires de México y España fueron asesinados por el Marxismo Internacional, la Masonería y el Judaísmo.
La B’Nai B’rith es una entidad masónica, judía y anticristiana. Pero Bergoglio la invitó alegremente a celebrar un acto religioso en la Catedral. Además, también participaron personas del Seminario Rabínico Latinoamericano, de conocida ideología marxista. Todos, insisto, con la anuencia del Cardenal Primado.

Padre Torres Pardo, contésteme únicamente esta pregunta: ¿Quién está más cerca de los asesinos de cristianos en México y España? ¿El Cardenal Bergoglio que alegremente invita a sus cómplices ideológicos a la Catedral para rezar juntos? ¿O el Dr. Caponnetto que los combate y los denuncia con valentía?

Luego Ud. habla de Lutero. Y lo condena. Habla de San Ignacio. Y lo pondera. Ahora bien, ¿Está cerca de San Ignacio –que luchaba contra los protestantes– el Cardenal Bergoglio, que alegremente se junta con todo tipo líder religioso, dando la impresión que toda diferencia no es más que accidental? ¿Está cerca Bergoglio del celo apostólico ignaciano, luego de haber recibido de rodillas el bautismo de líderes no católicos? ¿Se parece el Cardenal Bergoglio, en esas reuniones interreligiosas, a San Ignacio de Loyola? ¿Les dice la verdad? ¿Les dice que la Iglesia Católica es la Iglesia de Cristo? ¿Los exhorta a la conversión? ¿Acaso Bergoglio no favorece, con estos encuentros, el relativismo religioso, la indiferencia religiosa, el irenismo? ¿Se habla de la necesidad de la Gracia santificante en estos encuentros?

Nadie puede negar, de acuerdo o en desacuerdo, que el Dr. Caponnetto es enemigo acérrimo tanto del Liberalismo como del Marxismo, a través de la Revista Cabildo. Ud., Padre Torres Pardo, ¿No tiene nada, absolutamente nada que decir en contra de esas ideologías? ¿No tiene nada, absolutamente nada que decir a favor de los enemigos de estas ideologías?

El Dr. Caponnetto hizo patente la vinculación entre la Masonería, el Marxismo y la B’Nai B’rith. Ud. no negó esta vinculación.
Ahora bien, ¿Es tan difícil identificar a los amigos y enemigos? ¿Por qué le cuesta tanto admitir que el Cardenal Primado no obra conforme a la verdad, conforme a la fe, conforme al “sí sí, no no”? ¿Qué es lo que pierde reconociendo una dura realidad, es cierto, pero realidad al fin?

Padre Torres Pardo:

Ud. sabe bien que los católicos adoramos a Jesucristo.
Ud. sabe bien que los judíos no creen en su Divinidad. Y siguen aferrados a la Ley bajo la cual condenaron a muerte al Divino Redentor.
¿Podemos rezar juntos, entonces? ¿Qué calificativo moral merece aquel que, como el Cardenal Bergoglio, escamotea la Persona ESENCIAL de la religión católica: Jesucristo?

Eludiendo lo sustantivo de la cuestión, la ha disfrazado de adjetivos, suscitando los escrúpulos de los que creen que criticar a la Jerarquía es, necesariamente, una falta moral.
Eso es falso. Claro que no es recíproca la inversa: “toda crítica es necesariamente buena”. Pero tenemos que distinguir. Fuimos creados a imagen de Dios, con voluntad y –no la olvidemos– inteligencia.

Chesterton decía que para entrar en el templo la Iglesia nos pedía sacarnos el sombrero… pero no nos pedía sacarnos la cabeza.
No juzgaremos sus intenciones, como Ud. ha juzgado la del Dr. Caponnetto. Pero nadie podrá negarnos el derecho a replicar sus errores: sin agresiones, sin voluntarismos cerriles, ni juicios puramente adjetivos o temerarios –como los desafortunadamente suyos– sino con la verdad.

Háganos el favor de no pretender que los católicos “nos saquemos la cabeza” con tal de no pensar, cerrando los ojos ante el drama de la crisis actual de la Iglesia.
Y puesto que gusta hablar de virtudes, diré algo muy breve de la Prudencia: la Prudencia sólo puede ejercitarse teniendo como condición el conocimiento de la verdad, de la realidad y del ser de las cosas.
Si Ud. desfigura la realidad de la Iglesia, pintando una imagen maravillosa, toda ella plena de infalibilidad, donde el Cardenal Bergoglio es impecable, donde todo está bien, entonces no puede ser prudente. No puede juzgar con verdad las cosas. No puede ser virtuoso.

Si Ud. piensa –con torcida eclesiología– que la Iglesia, en bloque, monolíticamente, es siempre, en todo momento, en todo lugar “infalible”; tenga presente que el Viernes Santo, a las tres de la tarde, sólo uno de los Apóstoles estaba al pie de la Cruz. Solo uno.
Quiera Dios que en el momento decisivo, no por nuestros méritos sino por su Gracia, estemos de pie y frente a la Cruz.

Juan Carlos Monedero (h)
juancarlosm_82@hotmail.com



Tomado de:
http://chestertoonspace.blogspot.com

lunes, 10 de noviembre de 2008

Será profanada la Catedral Metropolitana de Buenos Aires!!

ANTE UNA NUEVA Y GRAVE PROFANACIÓN DE LA CATEDRAL METROPOLITANA

El próximo martes 11 de noviembre —si la ira justiciera de Dios no dispone lo contrario— la Catedral Metropolitana de Buenos Aires sufrirá un nuevo y gravísimo agravio.

No se trata en la ocasión del regular desfile sacrílego que frente a ella, y con la anuencia explícita del Gobierno, realizan en tropel los sodomitas y sus aliados de depravada especie. Tampoco de la invasión de las Madres, cuya sola presencia es una deposición irreverente y procaz. Ni del arribo oficial de la masonería, ultrajando el espacio sacro so pretexto de un indebido homenaje al Gral. José de San Martín.

No; en la Festividad del Patrono de la Ciudad, la Arquidiócesis de Buenos Aires mediante su Comisión de Ecumenismo y Diálogo Interreligioso, por un lado; y la tenebrosa B’Nai B’rith por otro, co-celebrarán una “liturgia de conmemoración” en el “70 aniversario de la Noche de los Cristales Rotos”. Tamaño oficio religioso —según lo anuncia la invitación oficial que tenemos a la vista— suma, además, los auspicios y las adhesiones de cinco instituciones judaicas, unidas todas con la jerarquía católica nativa para “honrar y recordar” a las víctimas de “los nazis” que “en la noche del 9 de noviembre de 1938, profanaron y destruyeron más de 1000 sinagogas, mataron a decenas, encarcelaron a 30.000 judíos en campos de concentración [saqueando] negocios y empresas”.

El hecho, por donde se lo mire, constituye una mentira infame y una abominación que clama al cielo.

Mentira es que se acuse, sin más, a los nazis, de los luctuosos y reprobables hechos conocidos como la Kristallnacht o Noche del Cristal, repitiendo por enésima vez la versión canonizada por la propaganda sionista y las usinas aliadas, ya varias y científicas veces rebatida en trabajos como los de Ingrid Weckert (“Crystal Night 1938. The biggest anti-german spectaculum”), o el de “Flash Point, Kristallnacht 1938. Instigators, victims and beneficiaries”.

Mentira es que se oculte el asesinato, a manos del judío Herzel Grynscpan, del diplomático alemán Ernst von Rath, cuya alevosía —sumada a otras acciones judaicas de similar tono— motivó la reacción violenta contra los israelitas aquella noche trágica y condenable. Mentira es que se calle la evidente responsabilidad —tanto en el crimen de otro funcionario alemán, W.Gustloff, como en el aprovechamiento político de los desmanes— de la siniestra Ligue Internationale Contre l’Antisémitisme (LICA), sobre cuyo mentor Jabotinsky podrían escribirse páginas de negras acusaciones.

Mentira es que se silencien las fundadas sospechas de la provocación intencional de este pogrom por la mencionada LICA, eligiéndose cuidadosamente para su estallido la noche del 9 de noviembre, fecha emblemática en la historia del Partido Nacionalsocialista. Mentira es que se escamoteen arteramente los repudios públicos y privados,enérgicos todos, de los principales dirigentes nacionalsocialistas a aquella jornada de desmanes y tropelías, que incluyen declaraciones de Goebbels, Himmler, Hess y Friedrich de Schaumburg; así como órdenes expresas de reponer el orden y de castigar a los culpables, a cargo del mismo Hitler, de Viktor Lútze, jefe de las S.A, y del precitado Goebbels, en su famoso discurso de la madrugada del 10 de noviembre. Mentira es que se omita el Protocolo del 16 de diciembre de 1938, firmado por el Ministro del Interior de Hitler, Dr. Whilhelm Frick, repudiando tajantemente el criminal atropello, no sin analizar seriamente sus reales motivaciones.

Mentira es que se hable de “1000 sinagogas destruidas”, cuando no llegaron a 180, a manos de una chusma incalificable, y de “30.000 judíos encarcelados en campos de concentración”, cuando 20.000 fueron los detenidos para su propia protección, y liberados pocos días después de aquella demencia nocturna, según consta en el Informe de R. Heydrich del 11 de noviembre de 1938, aceptado en el "juicio" de Nuremberg. Mentira canallesca al fin, la que se asienta en el volante oficial de invitación a los festejos, y según la cual “el mundo se mantuvo en silencio”. En el mundo entero no se habló de otra cosa que de la supuesta barbarie germana, consiguiéndose ipso facto ventajosos acuerdos de emigración para los judíos alemanes hacia Palestina, lo que se consumó ese mismo año 1938, con un número aproximado de 117.000 hebreos. Los tres objetivos sionistas se habían cumplido con creces: la difamación sin retorno del régimen nacionalsocialista, el principio del movimiento internacional que llevaría a la caída del Tercer Reich, y el abandono de su supuesta tierra natal, Alemania, de los israelitas allí radicados, trazándose cuidadosamante el plan de ocupar Palestina. ¿A quién benefició aquella noche de sangre y fuego? ¿Quiénes la armaron realmente, si los más destacados jerarcas del Nacionalsocialismo se quejaron amargamente de la misma y ordenaron su inmediato cese?

Somos católicos, y se nos crea o no, lo mismo da, nuestras espadas no se cruzan por defender una ideología sobre la cual han recaído oportunas y sucesivas reprobaciones pontificias. Pero por modestos y mellados que puedan estar nuestros aceros, saldrán siempre en defensa de la verdad histórica, de los vencidos de 1945, a quienes ningún alegato en su defensa se les permite. Y saldrán siempre en repudio y en ataque de la criminalidad judaica, por cuyas víctimas, que suman millones —sí, decenas de millones— no hay un solo obispo guapo que quiera rezar un sencillo responso.

Mentiras múltiples, por un lado, decíamos. Pero abominación que clama la cielo, por otra. Y esto es lo más desconsolador, porque peor que la falsificación del pasado es la falsificación de la Fe. Lo primero es oficialismo historiográfico y puede tener el remedio del buen revisionismo. Lo segundo es la entronización del Anticristo y sólo hallará el remedio definitivo con la Parusía.

En efecto; nada les importa a los obispos que las entidades judaicas con las que se unirán en esta parodia litúrgica, tengan un amplio y ruinoso historial de militancia anticatólica. Nada les importa que la B’nai Brith sea sinónimo documentado de malicia masónica, mafia mundial, ideologismo revolucionario y plutocratismo expoliador y artero. Nada les importa si una de esas instituciones, el Seminario Rabínico Latinoamericano, amén de su frondoso prontuario sionista y marxista, ostente con insolencia el nombre público de Marshall Meyer, conocido y castigado otrora por su flagrante inmoralidad. Nada les importa a estos pastores devenidos en lobos, que todas y cada una de estas entidades, hoy llamadas a una concelebración farisea y endemoniada, hayan sido y sean la prueba palpable del odio a Cristo, a su Santísima Madre y a la Argentina Católica.

No; lo único que les importa es consolidar la herejía judeo-cristiana, convertirse en sus acólitos y adalides, y exhibirse impúdicamente ante la sociedad, no como maestros de la Verdad, crucificados por ella, sino como garantes del pensamiento único, tramado en las logias y en las sinagogas. Bergoglio el primero, y tras él sus muchos heresiarcas —más o menos activos o pasivos, acoquinados o movedizos— no quieren ser piedra de escándalo ni signo de contradicción, ni sal de la tierra y luz del mundo. Quieren ser funcionarios potables a la corriente, empleados dóciles de la Revolución Mundial Anticristiana.

Dolorosamente hemos de acotar —como hijos sufrientes y perplejos de la Santa Madre Iglesia— que en tal materia, el mal ejemplo llega de la misma Roma, desde donde parten y se extienden las más innecesarias majaderías y adulaciones a los deicidas. Empezando por la más grave de todas, cual es precisamente la de exculparlos del crimen del deicidio, renunciando a su conversión.

Nuestro respeto es sincero y creciente por los tantos Natanaeles, en cuyos corazones no hay dolo, según lo enseñara el Señor. Nuestra veneración es mayúscula hacia aquellos que, como los gloriosos hermanos Lémann, Sor Teresa Benedicta de la Cruz, el inmenso Eugenio Zolli, o nuestro cercano Jacobo Fijman abandonaron las tinieblas para arrodillarse contritos —victoriosos en su metanoia— ante la majestad de Cristo Rey.

Pero nuestra guerra teológica sigue siendo sin cuartel y declarada contra este sincretismo indigno, ilegítimo y herético, cuyos fautores eclesiásticos —ya hueros de todo temor de Dios y de toda genuina fe neotestamentaria— no trepidan en ofrecerles a los enemigos de la Cruz el templo mayor de la Patria. Hospitalarios con los perversos para celebrar la mentira, quede marcado para ellos el estigma irrefragable de quienes traicionan el Altar del Dios Vivo y Verdadero.

Con palabras eternas del Evangelio les llegue, a los intrusos del martes 11 de noviembre y a quienes les abren las puertas, la admonición jamás periclitada: “¡Matásteis al Autor de la Vida, crucificásteis al Señor de la Gloria!”.

Con palabras veraces seguiremos repitiendo lo que todos cobardemente callan: el único holocausto de la historia, lo tuvo a los judíos por víctimarios y a Nuestro Señor Jesucristo por víctima inmolada.

Con palabras del martirologio seguiremos proclamando:

Cristo Vence,

Cristo Reina,

Cristo Impera.

¡Viva Cristo Rey!

Antonio Caponnetto










Se agradece difundir

miércoles, 5 de noviembre de 2008

30.000 "desaparecidos": ¿Verdad o Mito?



LA MENTIRA DE LOS DESAPARECIDOS:


Destruyendo el mayor mito de la Historia Argentina.



Comentando los Mandamientos, Santo Tomás llega al octavo y nos explica que se puede mentir de tres modos diversos: acusando falsamente, acudiendo a testigos mentirosos y sentenciando injustamente mediante jueces inequitativos. Mienten los detractores que arrebatan el buen nombre, los que los escuchan complacientemente, los aduladores y murmuradores que se hacen eco de los embustes propagándolos por doquier, item susurratores, agrega el Aquinate, que es decir también los chismosos, a quienes maldice la Escritura porque “turban a muchos que viven en paz” (Eccli 28,15).

Abundando en ciencia y en prudencia, el Santo Doctor considera cuatro motivos por los cuales ha de ser reprobada toda patraña. Porque nos asemeja al demonio -mentiroso y padre de la mentira-, porque trae la perdición para el alma, porque desprestigia la fama y la honra, y porque hace imposible la vida social, ya que si los hombres no se dicen la verdad recíprocamente, la concordia entre ellos desaparece, y con ella la causa formal del orden comunitario.

Valga el introito para inteligir y evaluar el tema central que aquí presentamos. Porque la llamada cuestión de los desaparecidos no es sino una redonda y escandalosa impostura, a la que se le aplican todas y cada una de las atinadas observaciones de Santo Tomás.


1- Mentira Cuantitativa

Empieza por ser un fraude la cifra, puesto en evidencia con aritmética precisión, ya no en sesudos estudios críticos elaborados por quienes tienen legítimo interés en refutar la fábula, sino por los mismos fautores de la misma. Los autotitulados organismos defensores de los derechos humanos, desde la vernácula Conadep hasta el europeo Farhenheit, pasando por la descomedida Amnesty, jamás han calculado ese número sino otro que –en las más abultadas de las conjeturas- no llega a su tercera parte. Y autores como Richard Gillespie, que no pueden ser acusados de parcialidad favorable a las Fuerzas Armadas, editan libremente sus conclusiones al respecto, sin sobrepasar el veinticinco por ciento del mítico guarismo.

No calculó 30 mil la actual Secretaría de Derechos Humanos, ni la Embajada de los Estados Unidos, ni la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, ni el Estado de Israel, cuando el 24 de septiembre de 2003 reconoció que los 2000 judíos desaparecidos conforman el 12% del total. Dato que revelaría que el total es entonces de 16.700 personas.

Hay otro cálculo, a cuya cruda veracidad asimismo se le huye. Y es aquel, según el cual, cada indemnización estatal por desaparecido pudo alcanzar la cifra de 244.000 dólares, repartidos entre deudos, abogados y agrupaciones derechohumanistas. Como sucedió en el caso del Sr. Hagelin, en tiempos de De la Rua, siendo beneficiado aquél con la suma de 702 mil dólares, graciosamente repartidos con el abogado Aníbal Ibarra. Es el negocio del holocausto, como lo llamara para análogo caso el israelita Norman Finkelstein en su libro homónimo.

Imaginamos la objeción supuestamente humanitaria y nos aprestamos a responderla. Porque lo que aquí queda demostrado al certificarse la mendacidad de los dígitos, no es que treinta mil vidas valgan más que una, o que nueve mil homicidios sean menos graves que sus sucesivos múltiplos, sino que el marxismo miente a sabiendas, miente deliberada, pertinaz e impunemente, no sólo porque conoce el papel que juega el engaño en la guerra cultural, sino porque se tiene bien aprendida la estrategia de la imposición ideológica. Maniobra envolvente esta última, que necesita –para completar su enredo dialéctico y reduccionista- aquella malsana magia de la cifra de la que habla Sauvy, en virtud de la cual una vez sacralizada una algoritmia, la veneran sin hesitar los devotos del culto a la numerología, en clásica expresión de Sorokin. Tan útil resulta a las izquierdas este cuantitativo embuste, que el actual presidente Kirchner lo institucionalizó formal y públicamente, dirigiendo la palabra ante la mismísima ONU apenas asumido su mandato. Lo había hecho con anterioridad ya varias veces, pero la entidad del recinto que escuchaba su ceceoso alegato, le confiere a la indigna trufa del primer mandatario el carácter de una nueva historia oficial, huera de toda veracidad, como su antecesora liberal del siglo diecinueve.

No se ha medido aun suficientemente la gravedad de aquellas declaraciones del juez Alfredo Humberto Meade –hechas públicas el 15 de noviembre de 2002- según las cuales, y sorprendido vivo cuando el libelo Nunca Más lo apuntaba como desaparecido, reconoció pimpante el oprobioso fraude, pues era su modo de homenajear a los caídos, según dijo. Desenmascarado quedaba el repugnante truco del marxismo, por enésima vez. A la vista de todos se enseñoreaba la falacia, sabiéndose positivamente que el caso del usía felón era uno entre centenares, o quizás entre miles. Fue vana la evidencia para una sociedad envilecida que se nutre de sofismas, y mucho más para los multimediáticos artífices de la tramoya. La cifra quedó intacta y ganó fuerza. Podrá negarse la trinidad de Dios, el triple seis de la Bestia, la obvia decena del Decálogo u otros sagrados números. Quien niegue el invento de los treinta mil desaparecidos, sea anatema.


2- Mentira cualitativa

Fuera de su faz cuantitativa, la cuestión contiene otra estafa, ya no sobre el volumen de los desaparecidos sino sobre la naturaleza de los mismos.

No se dirá de ellos nada que defina su condición de victimarios; nada que señale su militancia terrorista, su inserción en la ofensiva guerrillera, sus actividades subversivas, sus enrolamientos crapulosos en un aparato comunista internacional. Antes bien, los eufemismos están a la orden del día y se multiplican con la imaginación de los propagandistas de la izquierda. Sea la sentimental y plebeya denominación de chicos, la científica calificación de utopistas o la técnica señalización de disidentes, van y vienen las elipsis idiomáticas, al solo objeto de escamotear lo que debería ser el punto vertebral de dilucidación: si los que resultaron desaparecidos eran culpables o no de integrar un ejército irregular de partisanos alzados contra la Nación. Si cometían o no sus actos depredadores con el apoyo logístico e ideológico de por los menos dos Estados Terroristas, el Cubano y el Soviético.

También aquí hemos de anticiparnos a una objeción previsible, y alzamos la voz firmemente para recordar que lo que diremos lo dijimos mientras ocurrían los hechos. Reos o inocentes no hay criaturas que merezcan el destino de desaparecidos; si lo último por razones manifiestas, si lo primero porque es legítimo el recurso a la pena de muerte, públicamente ejecutada y responsablemente decidida. Pero los subterfugios con que se adultera la identidad de los desaparecidos, no es para defender a los inocentes sino para reivindicar a los culpables. No para llorar a los inocuos sino para exculpar a los criminales.

Como en semejante materia –como en todo- es lógico que el sentido común reclama un lugar aunque se lo expulse intencionadamente, no han faltado reconocidos terroristas que se han negado a los disfraces semánticos. Desde Página 12, el 17 de marzo de 1991, nada menos que Firmenich reconoció sentencioso: “habrá alguno que otro desaparecido que no tenía nada que ver, pero la inmensa mayoría eran militantes, [eran] hombres capaces de elegir su vida”, y de hacer lo que hicieron “con conciencia, con pasión”. “No hay derecho” –redondea el sicario- “a transformar en una estupidez todo eso”. La estupidez, traduzcámoslo, es querer hacernos creer que murieron por error, damnificados por la intrínseca crueldad castrense. La estupidez, insistamos, es obligarnos a deducir que de la inmoralidad del procedimiento por el que alguien es forzado a desaparecer, se sigue la inculpabilidad del mismo o lo que es peor, su necesaria glorificación.

Ni fueron treinta mil, ni fueron necesariamente inocentes. Dos verdades que es necesario repetir hasta escandalizar; dos mentiras -las que nieguen estos asertos- que es necesario desenmascarar.


3- Mentira moral

Queda un tercer ámbito de análisis de esta delicada cuestión, ya no cuántico ni conceptual sino moral.

Creyeron muchos al principio, que quienes reclamaban los cuerpos de sus parientes, lo hacían asistidos del comprensible dolor, contritos ante el drama, contestes en que la guerra –por feroz que resulte- no puede avasallar el derecho natural de enterrar a los muertos. La comparación con la helénica Antígona se imponía casi espontáneamente, y allí estaba la obra de Marechal –Antígona Vélez- para recordarnos que la tragedia de Sófocles, aplicada a la patria argentina, reclamaba una cruz para los caídos de un lado y del otro, conforme a nuestras mejores tradiciones.

Pronto se supo –y quien no quiera saberlo hoy es un cómplice del mito rojo- que no era el rescate de cuerpos entrañables ni la erección de sepulcros con cruces, los móviles de aquellas feroces reclamantes. No era la voz de la heroína sofocleana que, en pleno paganismo, le impetraba evangélicamente al tirano Creonte, “no nací para compartir el odio sino el amor”. Era exactamente lo contrario. Era el grito soez de un odio destemplado y rencoroso, la manipulación del luto, internacionalmente financiado, el impiadoso uso de cadáveres que se arrojaban al rostro del enemigo como si fueran balas, la expresión inequívoca y explícita de que aquellas furias sólo querían continuar desatando la insurrección marxista. De cien maneras diversas, a cual más chabacana y gruesa, lo ha dicho la señora Bonafini en los últimos cinco lustros; y ha ido tan lejos en su monstruosa verborragia vindicativa, que no pocos de sus admiradores creyeron oportuno tomar alguna distancia pública. Excepto quien funge hoy de presidente, que se ha declarado su hijo.

Madres, Abuelas, Hijos, y un sinfín de grupos solidaristas afines, responden a una estrategia perfectamente diseñada de instrumentación de la sensibilidad colectiva, cuyos subsidios suculentos han sido y son proporcionados por fundaciones capitalistas, amén del apoyo recibido por el mismísimo Departamento de Estado de los Estados Unidos, tal como lo reconoció -entre otros- Julio Santucho, en su libro Los últimos guevaristas. La cuestión de los desaparecidos entonces –así como la esgrimen quienes se arrogan su entera representatividad- está en las antípodas de encarnar el prevalecimiento del derecho natural. Contrario sensu, reivindica para sí una jurisprudencia cuyo norte no es la justicia sino la venganza ,no la ecuanimidad sino el encono, el revanchismo y el desquite inmisericordioso. Es la suya la ley de la peor clase de iracundos: la de quienes no se aplacan ni perdonan ni olvidan, y viven sombríamente masticando su rabia, sus maldiciones y sus agravios, gozando con la destrucción de sus oponentes. Con razón San Pablo les decía a los Efesios “si se enojan no pequen”, porque no es lo mismo la santa ira que la cólera movida por los demonios.


4- La impostergable verdad

Mentira cuantitativa, conceptual y moral ésta de los desaparecidos.

Mentira –y vuélvase a las palabras de Santo Tomás con que empezamos- que cuenta para su afianzamiento con falsos acusadores y jueces facciosos, con arrebatadores profesionales del buen nombre y chismosos de todo jaez, con profesionales del ardid inescrupuloso solventados por Fundaciones norteamericanas y otras colaterales de la Revolución Permanente. Tal vez se entienda ahora –desde esta perspectiva teológica que nos ofrece el Doctor Angélico- porqué la sociedad argentina vive en tensión y en discordia. Difícilmente se pueda vivir de otro modo cuando se le niega su lugar preemiente a la virtud de la veracidad.

Ante tal estado de cosas es necesario salir al ruedo para llamar a los hechos y a las personas por sus nombres. De un modo nada complaciente, tanto para fustigar a los responsables de las desapariciones como para los encanallecidos embusteros que han hecho de ellas un dogma de fe. Defendiendo lo defendible –la guerra justa librada por las Fuerzas Armadas contra el marxismo- y condenando lo que la conciencia cristiana no puede sino reprobar. Abundando en detalles históricos que la amnesia intencional provocada por las izquierdas, hacen hoy imposibles de recordar. Detalles, por ejemplo, como los que emergen de la jurisprudencia utilizada habitualmente para calificar a los militares de fautores de crímenes de lesa humanidad. Tanto de los pliegos respectivos de la Amnesty como los de la Corte Penal Internacional, surge la probanza de que la tipificación de un crimen de lesa humanidad, requiere la juntura de requisitos perfectamente aplicables a las acciones de la guerrilla, incluyendo el que sostiene que tales homicidios, para ser rotulados como tales, "tienen que haberse cometido de conformidad con la política de un Estado o de una organización". Más de un Estado Comunista apoyó y dirigió las operaciones marxistas. Más de una organización nativa, americana e internacional respaldó sus operaciones bélicas y políticas.


5- Por siempre

Pero mientras gobiernan los Montoneros y el ERP, y los remozados e impunes subversivos ocupan las calles, los foros, las plazas, los estratos oficiales y los oficiosos; mientras los mass media se regodean con su módico Nüremberg local y casero, hay otros que ya no pueden hacerse presentes y cuyo recuerdo quisieran borrar por decreto de la memoria patria. Son los ilustres caídos en la guerra justa contra el Marxismo Internacional. Los guerreros cabales que se batieron en el monte y en la selva o en los laberintos urbanos donde se escondían y acechaban los asesinos terroristas. Los combatientes reales, los que tuvieron la suerte de enfrentarse con uniforme y bandera desplegada, o aquellos otros que hubieron de hacerlo -como en toda guerra no convencional- yendo y viniendo cual un ejército de sombras. Porque sólo el cómplice o el necio puede creer que al terrorista agazapado, camuflado y mimetizado con la población normal, se lo debe atrapar con la chapa identificatoria a la vista y previo aviso de allanamiento.

Los que cayeron a campo abierto, o pateando esas guaridas inmundas desde las que se planeaba y ejecutaba a diario el asalto contra la Nación. Los que tuvieron que luchar no únicamente contra los guerrilleros, sino contra la soledad del mando cuando los más altos responsables no estampaban sus firmas al pie de sus órdenes o sentencias, ni procedían como era éticamente exigible. Los que se enfrentaron, junto con las balas enemigas, con la pequeñez de los amigos, las defecciones de las cúpulas castrenses, las deserciones de los flojos, las inmoralidades de los «propia tropa», las angustias de los subalternos, las demencias de los oportunistas, y pese a todo, salieron limpios y rectos sin renunciar a la Fe en la causa por la que se combatía. Los soldados sorprendidos en la vigilia o en el sueño, en la puerta abatida a empellones de una «cárcel del pueblo» o en la conducción de una patrulla en Tucumán, «arma al brazo y en lo alto las estrellas». Los que cada noche se despedían de sus hogares sin saber si regresarían al alba, mientras dormían amparados por la seguridad que les daba tales operativos, muchos, muchísimos de los miserables que ahora levantan el dedo acusador. Los que sobrevivieron -heridos, mutilados, presos, nunca como antes- y que han sido ensuciados por la pasquinería amarilla, sin derecho a réplica, y deben explicarle ahora a sus hijos y nietos quiénes han sido realmente los verdugos de la argentinidad.

Todos ellos y tanto más, han muerto y han peleado por la auténtica grandeza argentina. No dieron sus vidas, como dicen algunos que así creen homenajearlos o poder llamarse "amigos y familiares", para que ahora «disfrutemos de esta paz, de esta libertad, de esta democracia». Ofende sus recuerdos el sólo pronunciar tamaños disparates. Cayeron y pelearon por lo Eterno y lo Permanente. Cayeron y pelearon por la Cruz y la Bandera Azul y Blanca. Cayeron y pelearon por Dios y por la Patria. Por eso -y que tomen nota los criminales de guerra que hoy gobiernan- su lucha no ha concluido. Alguna vez volverá la verdad por sus fueros conculcados. Alguna vez, el Dios de los Ejércitos, hará caer sobre esta tierra cautiva y mancillada, la bendición de su santa y justiciera ira. Entonces, será la victoria pendiente. Una victoria exacta, límpida, rotunda y clara. Por siempre.


Dr. Antonio Caponnetto