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martes, 23 de diciembre de 2008



LOS LOCOS DE CHESTERTON

Por Jorge Norberto Ferro

Difícilmente abramos un libro de Chesterton sin que nos topemos con algún loco de veras, o con alguien que pase por serlo, si es que estamos frente a una novela o un cuento. Y en sus ensayos o artículos, la cuestión de la demencia y la cordura asomará tarde o temprano. Bien lo ha señalado, entre nosotros, Carlos Velasco Suárez:

"Chesterton se ocupó, en reiterados y siempre centrales momentos de su obra, de la locura. De la locura ínsita en los entresijos vivientes, palpables y cotidianos de su cultura, de nuestra cultura" (1).

Precisamente el gran paladín de la sensatez y del sentido común es quien ha pintado con insistencia "una perspectiva de su época con el manicomio como su telón de fondo" (2).

Constantemente juega Chesterton con los dos valores posibles que pueden asignarse a la locura: la espantosa tragedia de la locura real, enseñoreada en el mundo que le tocó vivir -y agravada en el nuestro, podríamos agregar-, y aquello que es "locura para el mundo", según los criterios mundanos, cuando en verdad es sabiduría según Dios. Sus personajes principales siempre están expuestos a ser tomados por locos por quienes aparecen sólidamente instalados en "el mundo", por los "triunfadores", por los -la paradoja es inevitable en Chesterton- supersticiosos racionalistas que dan el tono a la sociedad contemporánea. Así por ejemplo el capitán Dalroy de La Hostería Volante, o el Mc Ian de La Esfera y la Cruz, o el Inocencio Smith de Hombrevida, se verán como orates a los torpes ojos miopes de sus materialistas perseguidores. El mismo Padre Brown hará muchas veces una figura extravagante, recortado sobre el fondo del mundo moderno. Pero Chesterton no vacila en afirmar y mostrar de mil maneras que es este mundo moderno el que, en su apostasía, ha desembocado en la más patética de las locuras.

Y por eso persigue al cuerdo, sin darle tregua. El manicomio es, muchas veces, el lugar destinado por el mundo al hombre cabal. La tiranía de los poderes mundanos se vale de la herramienta psiquiátrica como instancia inapelable para neutralizar a los díscolos, a quienes no entran en sus esquemas. Hay una sola nota de angustia en aquellos pasajes chestertonianos que muestran al hombre común a merced de los "expertos" que pueden reducirlo, de hecho, a la situación de recluso, tal como vemos en El Regreso de Don Quijote, por poner sólo un ejemplo. Las "clínicas psiquiátricas" no son, para Chesterton, patrimonio exclusivo de la Rusia soviética. Su sombra se proyecta amenazante en la opulenta sociedad capitalista, con recursos más sutiles en todo caso. Pero la esencia es la misma.

Estamos en un "mundo al revés", donde los términos se han invertido. Y Chesterton se empeña en colaborar para que todo vuelva a su sitio.

El poeta y los lunáticos

En esta serie de cuentos la cuestión aparece ya en el título mismo. Gabriel Gale, el protagonista, es un artista (pintor y poeta) cuya vida se ha visto providencialmente entretejida con el universo de los locos. Y ya desde el primer momento se nos ofrece la paradoja de que es él quien es tomado por loco, cuando en realidad es el guardián de un típico exponente de la "cordura" moderna: un eficiente y práctico "hombre de negocios".

Gabriel Gale conoce bien el tema. Porque así como el Padre Brown había capturado a un peligroso criminal guardándolo bajo su propio sombrero, Gale entiende por connaturalidad los senderos de la locura. Pero también conoce los remedios. Así es que le dice a un amigo, hablando de un científico cuya demencia es el único en advertir:

"Quizá piense usted que estoy tan loco como él, pero ya le he dicho que yo soy a la vez como él y diferente de él. Soy como él porque también yo puedo comprender el recorrido de estos alocados pensamientos y simpatizo con su amor a la libertad. Soy diferente de él porque puedo en general, gracias a Dios, encontrar el camino de regreso a casa. El loco es el que pierde el camino y no sabe regresar" (3).

El regreso: otro tema típicamente chestertoniano. Toda su vida fue caminar de vuelta a la casa del Padre. Y a esta casa es adonde su personaje trata de hacer volver a sus tan queridos extraviados, a través de riesgos que no minimiza. Pero para eso debe conservar el tesoro de la cordura:

"¿De qué utilidad sería yo para todos mis dementes hermanos una vez hubiese perdido el equilibrio en la cuerda floja del abismo?" (4).

La cordura es un don precioso, que debe devolver a los que la perdieron. Lo que implica riesgos:

"De nuevo se dijo, como una advertencia, que la misión de su vida parecía ser pasearse constantemente por la cuerda floja, sobre aquel abismo que tantos hombres imaginativos se había tragado" (5).

La moderna incapacidad de aceptar verdades objetivas, la indiferencia frente a la verdad, está en el corazón de nuestra época, y se manifiesta en su arte dislocado, como advierte Gale en ocasión de su encuentro con un escultor que acaba en asesino:

"La teoría que el artista había valorizado sólo como ardiente inspiración; pero permaneciendo indiferente a la cuestión más apacible de si era verdad" (6).

Gale advierte la raíz de la locura en la actitud soberbia del hombre que desprecia su creaturidad, y sus consiguientes límites. Algo que en el mundo moderno ha alcanzado niveles más allá de los cuales no parece fácil llegar. Ese odio a todo límite que caracteriza nuestra "cultura" actual no puede llevar sino a la demencia:

"Entonces comencé a pensar que el ser uno mismo, que es sinónimo de libertad, es limitación de uno mismo. Estamos limitados por nuestros cuerpos y nuestros cerebros, y si nos evadimos, dejamos de ser nosotros mismos, e incluso, quizá de ser algo" (7).

La hipertrofia del yo, el omnívoro subjetivismo de nuestros días, que ha endiosado al hombre, necesita desesperadamente chocar con los límites sólidos de lo real para recuperar el sentido de las cosas. Ese choque tiene, para Chesterton, alto valor terapéutico, como lo dice por boca de Gale al referirse a un personaje que se tambalea al borde de la insania:

"Tenía la certeza de que si no se daba cuenta de sus humanas limitaciones, de una forma brutal e instantáneamente, algo ilimitado e inhumano se apoderaría de él de un momento a otro. [...] Tenía que ser algo rápido, decisivo, que le revelase los límites del mundo de la realidad; [...] Nadie más que yo sabía hasta qué punto se había alejado por aquel camino; como sabía que no había para él más salvación que el descubrimiento brusco, agudo, doloroso, de que no podía controlar la materia ni los elementos; [...]" (8).

El sentido del dolor

La soberbia humana no despierta de su error sino por el sufrimiento. La Providencia, que escribe derecho con rayas torcidas y saca bien de los males, permite entonces que suframos en un misterio de la misericordia divina cuyo sentido último no siempre advertimos. Chesterton nos hace esta consoladora reflexión:

"No hay más cura para esta pesadilla de la omnipotencia que el dolor; porque es lo que el hombre sabe que no toleraría si tuviese realmente la facultad de dominarlo" (9).

El hombre moderno quiere controlarlo todo, y no acepta que algo no dependa de él. Se niega obstinadamente a recibir, y se resiste a lo que no puede dominar. "¿Por qué le haría una tempestad creer a un hombre que es Dios? Si tiene un poco de sentido común le hará más bien sentir que no lo es" (10), afirma Gale. Pero es más fácil negar la tormenta, refugiándose en el confort.

Aquí está la locura definitiva: querer anteponerse a Dios, autoerigirse en Dios. Y el remedio está en la actitud contraria:

"[...] la peor y más miserable especie de idiota es aquel que cree haberlo creado y contenerlo todo. El hombre es un ser viviente; toda su felicidad consiste en esto; o, como la Voz Suprema nos manda, en convertirnos en un chiquillo. Todo su goce consiste en recibir un regalo o presente que él, chiquillo, valora con profunda comprensión porque es una "sorpresa". Pero sorpresa impropia, algo que procede de fuera de nosotros; y gratitud, lo que viene de alguien ajeno a nosotros mismos" (11).

Ser como niños, aceptar el regalo de la existencia, maravillarse, dar gracias: allí está la clave para mantenernos cuerdos. En eso Chesterton es maestro incomparable. Y cuando rechazamos esa actitud, el dolor es lo que puede indicarnos el camino de vuelta. Se insiste demasiado tal vez en el "optimismo" de Chesterton, en su alegría, en su gozo. Pero cuando habla del dolor, habla de lo que conoce. Fue un hombre que sufrió. Claro que no hizo ostentación de sus dolores, sino que con un recato viril supo velarlos y destilar con ellos consuelo para los demás. Hacia el final de su vida, nos dice Maisie Ward:

"Revisando su vida a la luz de la acción de gracias que había sido su clave, la consideraba "inexcusablemente feliz", y era en verdad una existencia humana rica y plena. Sin embargo, el padre Vincent, que le conocía íntimamente, habla de él en estos años como agobiado por los acontecimientos públicos, como sufriendo con los dolores de la creación. "Estaba crucificado en su pensamiento" (12).

El humor y los "intelectuales"

Pero nunca se empañó su buen humor, otro de los puntales de su salud mental. Sabía que es malo tomarse demasiado en serio, con esa seriedad terrible y hueca con que solemos tomarnos a nosotros mismos. Para él, ese envaramiento concluye en soberbia y, por tanto, en locura. Por eso es bueno saber reírse, sobre todo de uno mismo. El hombre mundano no entiende este tipo de humor. "El bromear no trae dignidad alguna; y por eso es por lo que hace tanto bien al alma" (13).

Un magnífico almácigo de locos eran para él los cenáculos de "intelectuales", donde este tipo de sano humor brilla por su ausencia, y que resultan verdaderas usinas de demencia. Los llama "tontos". Son verdaderamente "necios", locos en el sentido escriturario más duro. Vale la pena detenerse en un página severa, cuyo tono fuerte nos da una idea de la gravedad que le asignaba al asunto:

"Lo que llamamos el mundo intelectual está dividido en dos clases de personas: las que veneran la inteligencia y las que la usan. Hay excepciones; pero, generalmente hablando, no son nunca la misma gente. Los que usan la inteligencia nunca la veneran; saben demasiado sobre ella. Los que veneran la inteligencia nunca la usan; como se ve por las cosas que dicen sobre ella. De aquí ha salido una confusión entre la inteligencia y el intelectualismo; y como la suprema expresión de esta confusión, algo que se llama en algunos países la Intelligentsia, y en Francia especialmente, los Intelectuales. En la práctica eso consiste en círculos o reuniones de gente que habla principalmente de libros y cuadros, pero sobre todo de libros nuevos y cuadros nuevos; y sobre música, siempre que sea muy moderna, o como algunos dirían, muy inmusical. El primer hecho que debemos recordar es que lo que Carlyle dijo del mundo es muy especialmente verdadero del mundo intelectual: que la mayor parte son tontos. Realmente, despierta una curiosa atracción en los tontos completos, como el fuego en los gatos. Yo he visitado frecuentemente tales sociedades, en condición de tonto común o normal, y casi siempre he encontrado allí unos pocos tontos que eran más tontos de lo que yo habría creído posible en un hijo de mujer; gente que apenas tenía cerebro para ser considerado como idiotas. Pero les comunicaba un resplandor interno encontrarse en lo que ellos consideraban la atmósfera del intelecto; porque lo veneraban como a un dios desconocido" (14).

Chesterton frecuentó estos ámbitos, sobre todo en su juventud, y hasta -como tantos ingleses de su época- se asomó a los abismos ocultistas. El capítulo de su Autobiografía en que nos relata esto lleva precisamente por título "De cómo se convierte uno en loco". Nos habla allí del "estado de melancolía enfermiza y ociosa por la que atravesé en aquella época" (15). El ambiente frívolo y decadente del mundillo del arte de entonces -huelga decir que ahora estamos peor- amenazaba convertirlo en un pesimista más al uso, hasta que cayó en la cuenta de que esto le ocurría al artista porque:

"[...] no ha meditado realmente la magnitud de su deuda hacia lo que le ha creado y le ha permitido ser algo. En el fondo de nuestro pensamiento, existía una llamarada o estallido de sorpresa ante nuestra propia existencia. El objeto de la vida artística y espiritual era sacar a la superficie esta sumergida aurora maravillosa, de modo que un hombre sentado en una silla pudiera comprender que estaba vivo y era feliz" (16).

Y este será el programa que acompañará toda su vida y que constituye el eje de su obra. Y de allí que siempre, por más cabriolas que haga y por más revueltas que tengan sus senderos, podrá encontrar "el camino de vuelta".

La clave para ser cuerdo

En esta actitud de siempre renovado asombro, de ser "como niño", de sentirse creatura, de saberse en deuda, de perpetua gratitud, está la clave de su sentido común, de la rectitud de su pensamiento, de su sensatez. Y de toda su obra. En su "Libro de notas" encontramos algunos poemas breves que nos dan en cifra todo lo que encontramos constantemente en sus novelas, cuentos y ensayos. Por ejemplo, el que lleva por título "Anochecer":

"Aquí muere otro día,

durante el cual tuve ojos, oídos, manos

y el vasto mundo en torno mío;

y mañana empieza otro.

¿Por qué se me conceden dos?" (17).

Chesterton se sabe en manos de la Providencia, y se abandona "como un niño en brazos de su madre". Tiene el don de recordarse creatura, intrínseca e íntimamente dependiente de su Creador. Así lo expresa en los versos que tienen el divertido título de "Situación social":

"Sin duda, estamos en una novela;

lo que me gusta de este novelista es que

se preocupe tanto de sus personajes secundarios (18).

Se siente "personaje secundario". Sabe que debe dirigirse "al último lugar". Pero ya entonces, esta confianza y abandono no radican en cósmicas fuerzas ciegas e impersonales. La raíz de su cordura está en el amor a una Persona concreta. Citémoslo por última vez en otro de sus poemas, "Parábolas":

"Había un hombre que habitaba en Oriente hace siglos, y ahora no puedo mirar un gorrión o una oveja, un lirio o un campo de mieses, un cuervo, una puesta de sol, un viñedo o un monte, sin pensar en él. ¿Si esto no es ser divino, qué lo es?" (19).

Enamorado de Cristo, y de la "locura" de la Cruz, a la que cantó bellamente. Y eso lo preservó de la locura del mundo.



NOTAS

  1. VELASCO SUÁREZ, Carlos A., Chesterton y la locura, en Psicología médica. 1, II (1975), p. 112.

  2. KIRK, Russell, Chesterton, Madmen, and Madhouses, en VV.AA., Myth, Allegory and Gospel, John W. Montgomery & Chad Walsh, Minneapolis, Bethany Fellowship, 1974, p. 33.

  3. El poeta y los lunáticos. Trad. de Manuel Bosch Barrett, en Obras Completas, II, Barcelona, Plaza & Janés, 2a. ed., 1961, p. 1410.

  4. Ib., p. 1425.

  5. Ib., p. 1426.

  6. Ib., p. 1480.

  7. Ib., p. 1409.

  8. Ib., pp. 1450-1451.

  9. Ib., p. 1454.

  10. Ib., p. 1450.

  11. Ib., pp. 1453-1454.

  12. WARD, Maisie, Gilbert Keith Chesterton, Bs. As., Poseidón, 1947, p. 495.

  13. La fantasía evaporada, en Alarmas y digresiones, Obras Completas, I, Barcelona, Plaza & Janés, 1961, p. 1055.

  14. Obstinada ortodoxia, en Lo que es, trad. Ernesto Palacio, Bs.As., La Espiga de Oro, 1944, pp. 61-62.

  15. Autobiografía, en Obras Completas, I, p. 72.

  16. Ib., p.82.

  17. En WARD, M., op. cit., p. 63.

  18. Ibíd.

  19. Ib., p. 66.

lunes, 18 de agosto de 2008

La extraña conversación entre dos victorianos


Por Gilbert K. Chesterton


La fe siempre regresa en un contraataque; y por lo general no sólo en un ataque afortunado, sino casi siempre en un ataque por sorpresa. Aquí, más que en ningún otro lugar, ocurre lo inesperado; la religión, que se suponía estaba pudriéndose en lugareños incultos, se encontró presente en un número creciente de habitantes de las nuevas ciudades industriales; el credo que se toleraba compasivamente en unos pocos viejos sentimentales, actualmente logra conversaciones entre los jóvenes que, casi en su totalidad, pertenecen a la clase de los lógicos de cabeza dura.

Pero esta tendencia a la reconciliación con los intelectuales, que alguna vez fue considerada una reconciliación con los irreconciliables, ha producido, entre otras cosas extrañas, este hecho: el grupo más joven está formado excesivamente por aquellos que están en condiciones de enseñar, mientras que aún no existe una muchedumbre suficiente, o un gran público formado por quienes están en condiciones de aprender. Existe, por ejemplo, una cantidad enorme de material en la historia del catolicismo para un gran número de novelas o de obras de teatro; y existe una considerable proporción de católicos capaces de escribirlas; mas no existe un número suficiente de lectores comunes capaces de leerlas, en el sentido de comprenderlas. Esto es particularmente cierto si se piensa en la cualidad altamente histórica de la ironía.

Un inglés que comprende la verdadera historia religiosa de su país constantemente tropieza con pequeños episodios sociales y políticos cuya ironía es tan grande como la tragedia griega; y, después, recuerda a la mayoría de los ingleses y debe admitir que, para ellos, sería griego. Este momento, que le brinda una satisfacción tan horrenda, sería completamente insustancial, porque la gran masa del público probablemente se tomaría muy en serio la sugerencia y no vería la gracia.

Por eso, hasta mucho después, el público no comprendió el chiste de hablar de la Reina Virgen y de la Gloriosa Revolución. No se concibe un drama sin público, no se puede tener una ironía sin público instruido.

El otro día me preguntaba si a alguien se le habría ocurrido una obra de teatro, o mejor una escena, que podría resultar muy buena escrita por cualquiera que conociera bien la Inglaterra del siglo XVIII y que podría titularse Cinco irlandeses.

Sentados alrededor de una mesa en un café (pero evidentemente bebiendo cualquier cosa menos café), estarían Goldsmith, viejo conservador; Sheridan, liberal más joven, casi jacobino; Burke, liberal más alarmista que cualquier conservador cuando se trata de perturbar el equilibrio de la Constitución Británica (que él había inventado, en gran parte, con su mente imaginativa); Grattan, otro orador liberal pero oriundo del Parlamento Irlandés, y (si de algún modo se lo puede arrastrar) alguien más peligroso, como lord Edward o Tone, indicando la rebelión irlandesa. Todos estos hombres eran protestantes. A todos ellos, por sí mismos o a través de sus familias, de algún modo se les puede seguir el rastro hasta la época en que parecía que el corazón de Irlanda estaba destrozado; y, para un hombre que no abandonaba la fe, no había esperanza en la Tierra.

Creo que alguien podría hacer un hermoso estudio, en distintas etapas, de cómo comenzaron a resquebrajarse capa a capa y aquella horrible Cosa prohibida comenzó a elevarse lentamente para cernir sobre ellos su sombra, como un fantasma. Ellos habrían comenzado con decoro, por supuesto, probablemente discutiendo la enunciación católica con fría liberalidad pagana; y el vino, las palabras y la pasión irlandesa por la recriminación personal, y especialmente por los recuerdos de familia, harían brotar de la profundidad cosas extrañas; y, en una escena realmente feroz, me parecería escuchar la voz alta de Sheridan, agudizada por la borrachera, que gritaba cierto insulto: «¿Te has olvidado de eso, O’Bourke?» Y entonces recordé que el público de un teatro de Londres probablemente no daría importancia a la idea de aquella Cosa grande y eterna que regresaba de un modo terrible, porque ninguno de quienes integran ese público sabe que es eterna, ni comprende que es grande.

En el bosquejo tan gracioso que Edith Sitwell hizo de la Reina Victoria, me encontré con otro curioso dramita, que en este caso sería un diálogo. También, en este caso, ocurrió realmente. Allí está descrito breve e imparcialmente; pero cualquiera que conozca a las personas y el período puede comprenderlo y aumentarlo con toda facilidad; y para mí es enormemente cómico; tan cómico como enorme. Tiene exactamente esa sombría ironía griega del constraste entre las grandes cosas conocidas y lo más grande que es desconocido. Fue una discusión, casi diría una disputa entre dos victorianos muy eminentes. Se refería a las noticias de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción. Ambos eran hombres buenos; los dos, hombres de gran prominencia a la vista pública. Ambos poseían la más fina cultura de los protestantes; ambos eran un tanto pedantes; pero tenían el entusiasmo de la generosa convicción de sus propias ideas favoritas; ninguno de los dos era tonto; ninguno, antipapista en el sentido estrecho y vulgar; ambos se creían bañados en la luz viva de la edad de la cultura y de la civilización; y al mismo tiempo, tenían pasatiempos e intereses inteligentes que podrían haber logrado que fueran menos duros en sus opiniones respecto de tradiciones religiosas más antiguas.

Uno era un gran lector de los Padres y de la primera literatura devota; el otro tenía un gusto genuino por lo que a menudo se consideraba la pedrería pueril y barata de la pintura medieval; uno pertenecía a la Alta Iglesia de Inglaterra, el Movimiento de Oxford; el otro era luterano liberal. Uno era el gran Gladstone; el otro, Alberto, Príncipe Consorte.

Los dos conversaron y disintieron. Disintieron agudamente. El punto en el que disintieron fue extraordinario. Pero no fue ni una centésima parte tan extraordinario como el punto en el cual se pusieron de acuerdo. Gladstone se apenó profundamente porque había encontrado al Príncipe Consorte en una estado de indecente hilaridad —así pensó él— ante las noticias de la Inmaculada Concepción.

La indecente hilaridad no es un vicio que manche de manera notoria el nombre del Príncipe Alberto, como tampoco el de Gladstone; sería difícil encontrar dos controversistas más solemnes. Mas el Príncipe Alberto estaba muy contento porque (así lo manifestó) siempre es bueno cuando un mal sistema, que ya está a punto de caer, da pruebas de un acto de arrogancia feroz y loco, que sin duda lo llevará a la caída final. Roma había andado a los tumbos hasta ese momento; pero, evidentemente, Roma ya no tendría piernas que la sostuvieran después de eso.

Pero Gladstone (del Movimiento de Oxford) no podía unirse a este sencillo triunfo germano sobre el desastre y la desgracia que por fin había destruido a la Ciudad Eterna. En esos tonos profundos de reproche que podía producir tan bien, increpó al Príncipe por su insensibilidad al maldecir y difamar un nombre que había significado tanto en la historia; ningún cristiano, así lo sentía él, podía permanecer insensible ante la caída total de una parte tan grande del mundo cristiano. Era sincero. Estaba preocupadísimo. Después volvió al tema; imploró repetidamente al Príncipe Alberto que dejara caer unas lágrimas sobre las ruinas de San Pedro, que yacía tan desolada como Stonehenge.

Pero el Príncipe también se mantuvo firme; y sostuvo su buen humor ante las noticias de que ese asunto indebidamente prolongado había terminado y de que el Papa por fin había sido aniquilado.

Y todo esto ocurrió… ¿por qué? Porque se había agregado otra corona a esa torre de coronas que muchedumbre tras muchedumbre, ciudad tras ciudad, nación tras nación, época tras época, habían colocado, cada vez más altas, sobre la imagen que entre todas las demás tiene sus cimientos, en lo que respecta a esta Tierra, más fuertemente arraigados en el afecto del pueblo universal. Y el Príncipe Alberto, con sus generosas obras por la educación de las clases trabajadoras, y Gladstone, con su llamado confiado al gran corazón del pueblo, comprendían poco lo que esa corona y esa imagen significaban verdaderamente para millones de seres sencillos, en todas las campiñas y en todas las ciudades de medio mundo, que en verdad esperaban que sería destronada como una tiranía, por aquella última insolencia en las exigencias de un tirano.

Lo único extraordinario en que estos dos hombres extraordinarios se pusieron de acuerdo, parece, fue en que la decisión no sería popular… Una de las Baladas de Belloc tenía una sentencia que se recuerda principalmente por el envío, que decía así:

Príncipe, ¿es verdad que cuando encontrasteis al Zar

dijisteis que al pueblo inglés le parece una bajeza

instar a la vida a un cigarro a medias apagado?

¡Buen Dios, qué poco saben los ricos!

De cualquier manera, la única suposición compartida por estos admirable hombres públicos parece haber sido errónea. Las vendedoras de manzanas no salieron de las iglesias corriendo como locas; las costureras de las buhardillas no arrojaron al suelo sus pequeñas imágenes de María al saber que se la llamaba Inmaculada.

Cuatro años después de que estos dos potentados tuvieron su lamentable diferencia, mientras el Obispo seguía con el ceño fruncido y el sacerdote de la parroquia temía creer, comenzaron a formarse pequeños grupos de campesinos junto a una criatura extraña y desnutrida, frente a una hendedura en las rocas, desde donde iba a surgir una extraña vertiente y casi una nueva ciudad; eran las rocas que ella había oído resonar con una voz que decía «Yo soy la Inmaculada Concepción..».

«¡Buen Dios, qué poco saben los ricos!»

miércoles, 13 de agosto de 2008

Camino literario...

De Tolkien a Lewis a Chesterton a...

Por Domingo Portales.

Cuando comencé a leer el Señor de los Anillos comencé a su vez averiguando sobre Tolkien y su mundo y sobre autores similares. En mi búsqueda por Internet di con Lewis, años antes de que apareciera “El León la Bruja y el Ropero” en el cine. Comó fue esto, por un artículo que leí en Encuentra.com que profetizaría mis lecturas y que lamentablemente no lo he podido encontrar para enlazarlo aquí. El artículo planteaba una teoría y mencionaba nombres que yo jamás había oído. Planteaba lo siguiente.

Suele suceder que una persona que comienza a leer a Tolkien y El Hobbit o El Señor de los Anillos con el paso del tiempo termina descubriendo a Lewis y sus Cronicas de Narnia, y siguiendo un paso más lejos, termina conociendo a Chesterton, y con el descubre un verdadero despertar intelectual.

Eso planteaba el artículo, claro que de forma bastante más extensa y sus palabras fueron una especie de profecía para mí. Debo reconocer que mi “despertar intelectual” bajo mi punto de vista, nació con Santo Tomás de Aquino, creo que ese fue l punta pie inicial de mi búsqueda intelectual y espiritual. Leyendo la Summa me fui dando cuenta que podía ver las cosas desde un punto de vista que antes no tenía, podía finalmente analizar las cosas con una profundidad (para mí, a lo mejor soy más superficial que Zoolander) que me asombró. Bueno, volviendo al punto, un verano me dije que tenía que comenzar a leer literatura y adentrarme en ella y en sus diferentes ramas, y, al fin, dejar de lado la política o la politiquería que llevaba leyendo por más de dos años, Pinochet y Allende me tenía ya enfermo, y cuando conversaba sobre esos dos, en esa época, cuando yo tenia unos 15 o 16 años, terminaba conversando con gente mayor, para no decir que terminaba conversando solo. Así que tuve mi propia transición, y llegue triunfalmente a Tolkien, y solo puedo decir que desde entonces me declaro como amante de los libros y la política fue solo una amante pasajera.

En mi la teoría del artículo de encuentra.com se extendió un poco más, de Tolkien a Lewis a Chesterton di finalmente con Greene y con Waugh, y con converso inglés que encontrara, y, entre Chesterton y Greene apareció uno de los más grandes conversos de todos los tiempos, John Henry Newman, cardenal de la Iglesia Católica, ex Anglicano fervoroso, que se convirtió al catolicismo solo luego de intentar destruirlo, esa es una historia buenísima que, lamentablemente, esta fuera de mi presupuesto. Por qué, porque no logro encontrar el apología Pro Vita Sua por ninguna parte, y solo di con el en Internet, pero a un precio que prefiero no leerlo y esperar a que el me encuentre a mí.

Ojalá que quien empiece leyendo a Tolkien siga un recorrido similar, que después de embriagarse con el Señor pase a las Crónicas, y después a las Cartas y si tiene suerte que se cruce con Los Cuatro Amores.


jueves, 7 de agosto de 2008

La "lógica" del Cristianismo según G K Chesterton.


Las paradojas del cristianismo*


" La verdadera dificultad con este mundo nuestro, no es que sea un mundo irrazonable ni que sea un mundo razonable. La dificultad más común, es que es aproximadamente razonable; pero no del todo. La vida no es ilógica; pero es una trampa para los lógicos. Parece un poco más matemática y regular de lo que es; su exactitud está evidente, pero su inexactitud escondida; su salvajismo, yace en acecho. Doy un burdo ejemplo de lo que digo. Supongamos que un matemático de la luna tuviera que dar cuenta del cuerpo humano; al punto vería que lo esencial de él, es ser duplicado. Cada hombre es dos hombres; el de la izquierda exactamente análogo al de la derecha. Habiendo observado que hay un brazo a la izquierda y otro a la derecha, una pierna a la izquierda y otra a la derecha, podría seguir observando y ver a cada lado el mismo número de dedos, ojos gemelos, orejas gemelas y aún gemelas cavidades craneanas. Al fin, lo tomará como una ley; y luego, al encontrar un corazón a un lado, deducirá que también hay un corazón al otro. Y justamente cuando más sienta que está en lo cierto, estará equivocado.
Este silencioso desviarse de lo exacto por una pulgada, es en todo, un elemento imprevisto. Parece ser una especie de traición secreta del Universo. Una manzana o una naranja' son suficientemente redondas como para que se las califique redondas, y sin embargo, no son redondas.
La misma tierra está torneada como una naranja, nada más que para inducir a algún simple astrónomo a que la llame globo. Una hoja de pasto se llama hoja, por asociación con la espada que termina en un punto; pero la hoja, no termina. Este elemento de lo oculto y lo imprevisto, existe en todas las cosas. El racionalista las pierde; pero nunca las pierde sino a último momento. De la gran curva de nuestra tierra, podría inferirse que cada uno de sus palmos, es curvado como ella. Parecería racional que si un hombre tiene sesos a ambos lados de la cabeza, tuviera también un corazón a cada lado del cuerpo.
No obstante, todavía hay científicos organizando expediciones al Polo Norte; les gusta mucho el terreno plano. Todavía hay científicos organizando expediciones para encontrar el corazón del hombre; y cuando tratan de localizarlo, generalmente lo buscan por el lado donde no está.
Ahora, se comprueba la intuición o inspiración, en cuanto sospecha o no estas deformaciones imprevistas. Si nuestro matemático de la luna vio dos brazos y' dos orejas, podría deducir que había .dos omoplatos en la espalda y dos divisiones en el cerebro. Pero si sospechó que el corazón del hombre estaba en su verdadero lugar, yo le llamaría algo más que matemático.

Tal es exactamente la cualidad que desde entonces reconocí en el Cristianismo. No simplemente que deduzca verdades lógicas, sino que cuando repentinamente se vuelve ilógico, es que ha encontrado una, diremos, ilógica verdad. No sólo va derecho con las cosas que van derecho, sino que se desvía cuando las cosas se tuercen. Su plan se adapta a las irregularidades secretas y prevé lo imprevisible. Es simple con la verdad simple; pero es insistente con la verdad confusa."


*Tomado del libro Ortodoxia, de G.K. Chesterton, Capítulo VI. Es solo un extracto de ese capítulo-





martes, 5 de agosto de 2008

G. K. Chesterton

Porqué me convertí al catolicismo.

Aunque sólo hace algunos años que soy católico, sé sin embargo que el problema "por qué soy católico" es muy distinto del problema "por qué me convertí al catolicismo". Tantas cosas han motivado mi conversión y tantas otras siguen surgiendo después... Todas ellas se ponen en evidencia solamente cuando la primera nos da el empujón que conduce a la conversión misma.

Todas son también tan numerosas y tan distintas las unas de las otras, que, al cabo, el motivo originario y primordial puede llegar a parecernos casi insignificante y secundario. La "confirmación" de la fe, vale decir, su fortalecimiento y afirmación, puede venir, tanto en el sentido real como en el sentido ritual, después de la conversión. El convertido no suele recordar más tarde de qué modo aquellas razones se sucedían las unas a las otras. Pues pronto, muy pronto, este sinnúmero de motivos llega a fundirse para él en una sola y única razón.

Existe entre los hombres una curiosa especie de agnósticos, ávidos escudriñadores del arte, que averiguan con sumo cuidado todo lo que en una catedral es antiguo y todo lo que en ella es nuevo. Los católicos, por el contrario, otorgan más importancia al hecho de si la catedral ha sido reconstruida para volver a servir como lo que es, es decir, como catedral.

¡Una catedral! A ella se parece todo el edificio de mi fe; de esta fe mía que es demasiado grande para una descripción detallada; y de la que, sólo con gran esfuerzo, puedo determinar las edades de sus distintas piedras.

A pesar de todo, estoy seguro de que lo primero que me atrajo hacia el catolicismo, era algo que, en el fondo, debería más bien haberme apartado de él. Estoy convencido también de que varios católicos deben sus primeros pasos hacia Roma a la amabilidad del difunto señor Kensit.

El señor Kensit, un pequeño librero de la City, conocido como protestante fanático, organizó en 1898 una banda que, sistemáticamente, asaltaba las iglesias ritualistas y perturbaba seriamente los oficios. El señor Kensit murió en 1902 a causa de heridas recibidas durante uno de esos asaltos. Pronto la opinión pública se volvió contra él, clasificando como "Kensitite Press" a los peores panfletos antirreligiosos publicados en Inglaterra contra Roma, panfletos carentes de todo juicio sano y de toda buena voluntad.

Recuerdo especialmente ahora estos dos casos: unos autores serios lanzaban graves acusaciones contra el catolicismo, y, cosa curiosa, lo que ellos condenaban me pareció algo precioso y deseable.

En el primer caso -creo que se trataba de Horton y Hocking- se mencionaba con estremecido pavor, una terrible blasfemia sobre la Santísima Virgen de un místico católico que escribía: "Todas las criaturas deben todo a Dios; pero a Ella, hasta Dios mismo le debe algún agradecimiento". Esto me sobresaltó como un son de trompeta y me dije casi en alta voz: "¡Qué maravillosamente dicho!" Me parecía como si el inimaginable hecho de la Encarnación pudiera con dificultad hallar expresión mejor y más clara que la sugerida por aquel místico, siempre que se la sepa entender.

En el segundo caso, alguien del diario "Daily News" (entonces yo mismo era todavía alguien del "Daily News"), como ejemplo típico del "formulismo muerto" de los oficios católicos, citó lo siguiente: un obispo francés se había dirigido a unos soldados y obreros cuyo cansancio físico les volvía dura la asistencia a Misa, diciéndoles que Dios se contentaría con su sola presencia, y que les perdonaría sin duda su cansancio y su distracción. Entonces yo me dije otra vez a mi mismo: "¡Qué sensata es esa gente! Si alguien corriera diez leguas para hacerme un gusto a mi, yo le agradecería muchísimo, también, que se durmiera enseguida en mi presencia".

Junto con estos dos ejemplos, podría citar aún muchos otros procedentes de aquella primera época en que los inciertos amagos de mi fe católica se nutrieron casi con exclusividad de publicaciones anticatólicas.

Tengo un claro recuerdo de lo que siguió a estos primeros amagos. Es algo de lo cual me doy tanta más cuenta cuanto más desearía que no hubiese sucedido. Empecé a marchar hacia el catolicismo mucho antes de conocer a aquellas dos personas excelentísimas a quienes, a este respecto, debo y agradezco tanto: al reverendo Padre John O'Connor de Bradford y al señor Hilaire Belloc; pero lo hice bajo la influencia de mi acostumbrado liberalismo político; lo hice hasta en la madriguera del "Daily News".

Este primer empuje, después de debérselo a Dios, se lo debo a la historia y a la actitud del pueblo irlandés, a pesar de que no hay en mí ni una sola gota de sangre irlandesa. Estuve solamente dos veces en Irlanda y no tengo ni intereses allí ni sé gran cosa del país. Pero ello no me impidió reconocer que la unión existente entre los diferentes partidos de Irlanda se debe en el fondo a una realidad religiosa; y que es por esta realidad que todo mi interés se concentraba en ese aspecto de la política liberal.

Fui descubriendo cada vez con mayor nitidez, enterándome por la historia y por mis propias experiencias, cómo, durante largo tiempo se persiguió por motivos inexplicables a un pueblo cristiano, y todavía sigue odiándosele. Reconocí luego que no podía ser de otra manera, porque esos cristianos eran profundos e incómodos como aquellos que Nerón hizo echar a los leones.

Creo que estas mis revelaciones personales evidencian con claridad la razón de mi catolicismo, razón que luego fue fortificándose. Podría añadir ahora cómo seguí reconociendo después, que a todos los grandes imperios, una vez que se apartaban de Roma, les sucedía precisamente lo mismo que a todos aquellos seres que desprecian las leyes o la naturaleza: tenían un leve éxito momentáneo, pero pronto experimentaban la sensación de estar enlazados por un nudo corredizo, en una situación de la que ellos mismos no podían librarse. En Prusia hay tan poca perspectiva para el prusianismo, como en Manchester para el individualismo manchesteriano.

Todo el mundo sabe que a un viejo pueblo agrario, arraigado en la fe y en las tradiciones de sus antepasados, le espera un futuro más grande o por lo menos más sencillo y más directo que a los pueblos que no tienen por base la tradición y la fe. Si este concepto se aplicase a una autobiografía, resultaría mucho más fácil escribirla que si se escudriñasen sus distintas evoluciones; pero el sistema sería egoísta. Yo prefiero elegir otro método para explicar breve pero completamente el contenido esencial de mi convicción: no es por falta de material que actúo así, sino por la dificultad de elegir lo más apropiado entre todo ese material numeroso. Sin embargo trataré de insinuar uno o dos puntos que me causaron una especial impresión.

Hay en el mundo miles de modos de misticismo capaces de enloquecer al hombre. Pero hay una sola manera entre todas de poner al hombre en un estado normal. Es cierto que la humanidad jamás pudo vivir un largo tiempo sin misticismo. Hasta los primeros sones agudos de la voz helada de Voltaire encontraron eco en Cagliostro. Ahora la superstición y la credulidad han vuelto a expandirse con tan vertiginosa rapidez, que dentro de poco el católico y el agnóstico se encontrarán lado a lado. Los católicos serán los únicos que, con razón, podrán llamarse racionalistas. El mismo culto idolátrico por el misterio empezó con la decadencia de la Roma pagana a pesar de los "intermezzos" de un Lucrecio o de un Lucano.

No es natural ser materialista ni tampoco el serlo da una impresión de naturalidad. Tampoco es natural contentarse únicamente con la naturaleza. El hombre, por lo contrario, es místico. Nacido como místico, muere también como místico, sobre todo si en vida ha sido un agnóstico. Mientras que todas las sociedades humanas consideran la inclinación al misticismo como algo extraordinario, tengo yo que objetar, sin embargo, que una sola sociedad entre ellas, el catolicismo, tiene en cuenta las cosas cotidianas. Todas las otras las dejan de lado y las menosprecian.

Un célebre autor publicó una vez una novela sobre la contraposición que existe entre el convento y la familia (The Cloister and the hearth). En aquel tiempo, hace 50 años, era realmente posible en Inglaterra imaginar una contradicción entre esas dos cosas. Hoy en día, la así llamada contradicción, llega a ser casi un estrecho parentesco. Aquellos que en otro tiempo exigían a gritos la anulación de los conventos, destruyen hoy sin disimulo la familia. Este es uno de los tantos hechos que testimonian la verdad siguiente: que en la religión católica, los votos y las profesiones más altas y "menos razonables" -por decirlo así- son, sin embargo, los que protegen las cosas mejores de la vida diaria.

Muchas señales místicas han sacudido el mundo. Pero una sola revolución mística lo ha conservado: el santo está al lado de lo superior, es el mejor amigo de lo bueno. Toda otra aparente revelación se desvía al fin hacia una u otra filosofía indigna de la humanidad; a simplificaciones destructoras; al pesimismo, al optimismo, al fatalismo, a la nada y otra vez a la nada; al "nonsense", a la insensatez.

Es cierto que todas las religiones contienen algo bueno. Pero lo bueno, la quinta esencia de lo bueno, la humildad, el amor y el fervoroso agradecimiento "realmente existente" hacia Dios, no se hallan en ellas. Por más que las penetremos, por más respeto que les demostremos, con mayor claridad aún reconoceremos también esto: en lo más hondo de ellas hay algo distinto de lo puramente bueno; hay a veces dudas metafísicas sobre la materia, a veces habla en ellas la voz fuerte de la naturaleza; otras, y esto en el mejor de los casos, existe un miedo a la Ley y al Señor.

Si se exagera todo esto, nace en las religiones una deformación que llega hasta el diabolismo. Sólo pueden soportarse mientras se mantengan razonables y medidas. Mientras se estén tranquilas, pueden llegar a ser estimadas, como sucedió con el protestantismo victoriano. Por el contrario, la más alta exaltación por la Santísima Virgen o la más extraña imitación de San Francisco de Asís, seguirían siendo, en su quintaesencia, una cosa sana y sólida. Nadie negará por ello su humanismo, ni despreciará a su prójimo. Lo que es bueno, jamás podrá llegar a ser DEMASIADO bueno. Esta es una de las características del catolicismo que me parece singular y universal a la vez. Esta otra la sigue:

Sólo la Iglesia Católica puede salvar al hombre ante la destructora y humillante esclavitud de ser hijo de su tiempo. El otro día, Bernard Shaw expresó el nostálgico deseo de que todos los hombres vivieran trescientos años en civilizaciones más felices. Tal frase nos demuestra cómo los santurrones sólo desean -como ellos mismos dicen- reformas prácticas y objetivas.

Ahora bien: esto se dice con facilidad; pero estoy absolutamente convencido de lo siguiente: si Bernard Shaw hubiera vivido durante los últimos trescientos años, se habría convertido hace ya mucho tiempo al catolicismo. Habría comprendido que el mundo gira siempre en la misma órbita y que poco se puede confiar en su así llamado progreso. Habría visto también cómo la Iglesia fue sacrificada por una superstición bíblica, y la Biblia por una superstición darwinista. Y uno de los primeros en combatir estos hechos hubiera sido él. Sea como fuere, Bernard Shaw deseaba para cada uno una experiencia de trescientos años. Y los católicos, muy al contrario de todos los otros hombres, tienen una experiencia de diecinueve siglos. Una persona que se convierte al catolicismo, llega, pues, a tener de repente dos mil años.

Esto significa, si lo precisamos todavía más, que una persona, al convertirse, crece y se eleva hacia el pleno humanismo. Juzga las cosas del modo como ellas conmueven a la humanidad, y a todos los países y en todos los tiempos; y no sólo según las últimas noticias de los diarios. Si un hombre moderno dice que su religión es el espiritualismo o el socialismo, ese hombre vive íntegramente en el mundo más moderno posible, es decir, en el mundo de los partidos.

El socialismo es la reacción contra el capitalismo, contra la insana acumulación de riquezas en la propia nación. Su política resultaría del todo distinta si se viviera en Esparta o en el Tíbet. El espiritualismo no atraería tampoco tanto la atención si no estuviese en contradicción deslumbrante con el materialismo extendido en todas partes. Tampoco tendría tanto poder si se reconocieran más los valores sobrenaturales.

Jamás la superstición ha revolucionado tanto el mundo como ahora. Sólo después que toda una generación declaró dogmáticamente y una vez por todas, la IMPOSIBILIDAD de que haya espíritus, la misma generación se dejó asustar por un pobre, pequeño espíritu. Estas supersticiones son invenciones de su tiempo -podría decirse en su excusa-. Hace ya mucho, sin embargo, que la Iglesia Católica probó no ser ella una invención de su tiempo: es la obra de su Creador, y sigue siendo capaz de vivir lo mismo en su vejez que en su primera juventud: y sus enemigos, en lo más profundo de sus almas, han perdido ya la esperanza de verla morir algún día.

Por G. K. Chesterton