domingo, 12 de octubre de 2008

Te Deum por el 12 de Octubre, Dia de Nuestra Señora del Pilar y Día de la Hispanidad

Te Deum

Te Deum laudamus:
te Dominum confitemur.
Te aeternum patrem,
omnis terra veneratur.

Tibi omnes angeli,
tibi caeli et universae potestates:
tibi cherubim et seraphim,
incessabili voce proclamant:

"Sanctus, Sanctus, Sanctus
Dominus Deus Sabaoth.
Pleni sunt caeli et terra
majestatis gloriae tuae."

Te gloriosus Apostolorum chorus,
te prophetarum laudabilis numerus,
te martyrum candidatus laudat exercitus.

Te per orbem terrarum
sancta confitetur Ecclesia,
Patrem immensae maiestatis;
venerandum tuum verum et unicum Filium;
Sanctum quoque Paraclitum Spiritum.

Tu rex gloriae, Christe.
Tu Patris sempiternus es Filius.
Tu, ad liberandum suscepturus hominem,
non horruisti Virginis uterum.

Tu, devicto mortis aculeo,
aperuisti credentibus regna caelorum.
Tu ad dexteram Dei sedes,
in gloria Patris.

Iudex crederis esse venturus.

Te ergo quaesumus, tuis famulis subveni,
quos pretioso sanguine redemisti.
Aeterna fac
cum sanctis tuis in gloria numerari.

Salvum fac populum tuum, Domine,
et benedic hereditati tuae.
Et rege eos,
et extolle illos usque in aeternum.

Per singulos dies benedicimus te;
et laudamus nomen tuum in saeculum,
et in saeculum saeculi.

Dignare, Domine, die isto
sine peccato nos custodire.
Miserere nostri, Domine,
miserere nostri.

Fiat misericordia tua, Domine, super nos,
quem ad modum speravimus in te.
In te, Domine, speravi:
non confundar in aeternum.
******

A Ti, oh Dios, te alabamos,
a Ti, Señor, te reconocemos.
A Ti, eterno Padre,
te venera toda la creación.
Los ángeles todos, los cielos
y todas las potestades te honran.
Los querubines y serafines
te cantan sin cesar:
Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del universo.
Los cielos y la tierra
están llenos de la majestad de tu gloria.
A Ti te ensalza
el glorioso coro de los apóstoles,
la multitud admirable de los profetas,
el blanco ejército de los mártires.
A Ti la Iglesia santa,
extendida por toda la tierra,
te aclama:
Padre de inmensa majestad,
Hijo único y verdadero, digno de adoración,
Espíritu Santo, Defensor.
Tú eres el Rey de la gloria, Cristo.
Tú eres el Hijo único del Padre.
Tú, para liberar al hombre,
aceptaste la condición humana
sin desdeñar el seno de la Virgen.
Tú, rotas las cadenas de la muerte,
abriste a los creyentes el reino del cielo.
Tú te sientas a la derecha de Dios
en la gloria del Padre.
Creemos que un día
has de venir como juez.
Te rogamos, pues,
que vengas en ayuda de tus siervos,
a quienes redimiste con tu preciosa sangre.
Haz que en la gloria eterna
nos asociemos a tus santos.
Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice tu heredad.
Sé su pastor
y ensálzalo eternamente.
Día tras día te bendecimos
y alabamos tu nombre para siempre,
por eternidad de eternidades.
Dígnate, Señor, en este día
guardarnos del pecado.
Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.
Que tu misericordia, Señor,
venga sobre nosotros,
como lo esperamos de Ti.
En Ti, Señor, confié,
no me veré defraudado para siempre.





Demos gracias a Dios, hemos recibido la Fe Católica - la única y verdadera Fe -, la herencia y Tradición Hispana y un Destino y Misión sin igual.
¡Feliz día de la Hispanidad!
¡Arriva España!

El Magisterio Pontificio y la Virgen del Pilar.


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La Virgen del Pilar con San Gregorio Magno y San Pedro (Francisco Bayeu)

La devoción mariana y la fidelidad al sucesor de Pedro han caracterizado siempre al catolicismo español.

Por otra parte los Sumos Pontífices han desarrollado y alentado la mariología y la devoción mariana intrínsicas en la religiosidad española.

De forma especial lo ha hecho el Papa Juan Pablo II, felizmente reinante, que ha proyectado su mirada hacia el Pilar de Zaragoza en solemnes ocasiones con continudidad.

La primera de ellas fue desde Roma, cuando, con ocasión del VIII Congreso Mariológico y XV Mariano Internacionales, celebrados en la ciudad del Ebro, envió un mensaje radiotelevisado el 12 de octubre de 1979.

Naturalmente en esa ocasión el tono general del discurso se acomoda al tema de los Congresos, uno en relación con el culto a la Santísima Virgen (siglo XVI) y otro, el Mariano, en torno a María y a la misión de la Iglesia.

Ello no obstante, el Papa no puede menos de evocar la figura de la Virgen del Pilar como centro de la devoción mariana de España:
«Es para mí motivo de gran satisfacción asociarme, como en una única demostración de gratitud y afecto filial hacia la Madre de Dios, con todos cuantos os habéis reunido estos días en Zaragoza, en torno a la Virgen del Pilar.... un saludo especial y entrañable quiero dirigir hoy a todos los hijos de la noble nación española, cuya distinguida piedad mariana y cuyo fervor por cuanto significa honor para la Madre de Dios tienen pulsación propia, desde época inmemorial... En efecto, desde los primeros siglos del Cristianismo aparece en España el culto a la Virgen, como consta por algunos monumentos de la antigüedad de los que se conservan preciosos testimonios...
Esta devoción mariana no ha decaído a lo largo de los siglos en España, que se reconoce corno "tierra de María". Los numerosos santuarios diseminados como hitos de luz por todas las regiones españolas, cuyo símbolo es en estos momentos la basílica del Pilar, son todavía testigos de la fe viva y de la devoción del pueblo español a la Virgen María, así como su expresión de vida cristiana que yo, como Supremo Pastor y Sucesor de San Pedro, quiero bendecir y alentar ... »

Su Santida Juan Pablo II orando ante la Virgen

Su Santidad Juan Pablo II orando ante la Santísima Virgen del Pilar

Una segunda oportunidad fue mucho más entrañable y significativa. El Santo Padre, con motivo de su visita pastoral a España, en otoño de 1982, vino personalmente a Zaragoza, para postrarse ante la Virgen del Pilar (6 de noviembre). La importancia que el Papa otorgaba a la devoción pilarista se subraya por tres rasgos singulares. En primer lugar, él mismo destaca que viene como primer Papa peregrino al Pilar, reservando para ese día su mensaje mariano nacional, del que más adelante recogeremos algunos párrafos; en segundo lugar, aprovecha la circunstancia de coincidir su peregrinación al Pilar en sábado para rezar, arrodillado en la plaza de la basílica, el Santo Rosario; finalmente, después de postrarse y orar devotamente ante la imagen misma, que se venera en la Santa Capilla, como gesto de su profunda esclavitud mariana, depositó a los pies de la Señora su blanco solideo y entregó como ofrenda y recuerdo un bellísimo rosario. En página miniada del libro de oro de la basílica dejó estampada su firma.
He aquí las frases del mensaje mariano que hacen relación más expresa al Pilar:
«Los caminos marianos me traen esta tarde a Zaragoza. En su viaje apostólico por tierras españolas, el Papa se hace hoy peregrino a las riberas del Ebro. A la ciudad mariana de España. Al santuario de Nuestra Señora del Pilar.
Veo así cumplirse un anhelo, que ya antes deseaba poder realizar, de postrarme como hijo devoto de María ante el Pilar sagrado, para rendir a esta buena Madre mi homenaje de filial devoción y para rendírselo unido al Pastor de esta diócesis, a los otros Obispos y a vosotros, queridos aragoneses, riojanos, sorianos y españoles todos, en este acto mariano nacional.
Peregrino hasta este santuario, como en mis precedentes viajes apostólicos ...
De estos santuarios y de todos los otros no menos venerables, donde os unís con frecuencia en el amor a la única Madre de Jesús y nuestra, es hoy un símbolo que nos congrega en Aquélla a quien, desde cualquier rincón de España, todos llamáis con el mismo nombre: Madre y Señora nuestra.
Siguiendo a tantos millones de fieles que me han precedido, vengo como primer Papa peregrino al Pilar, como signo de la Iglesia peregrina de todo el mundo, a ponerme bajo la protección de nuestra Madre, a alentaras en vuestro arraigado amor mariano, a dar gracias a Dios por la presencia singular de María en el misterio de Cristo y de la Iglesia en tierras españolas, y a depositar en sus manos y en su corazón el presente y futuro de vuestra nación y de la Iglesia en España.
El Pilar y su tradición evocan para vosotros los primeros pasos de la evangelización de España.
Aquel templo de Nuestra Señora que, al momento de la reconquista de Zaragoza, es indicado por su Obispo como muy estimado por su antigua fama de santidad y dignidad; que ya varios siglos antes recibe muestras de veneración, halla continuidad en la actual basílica mariana. Por ella siguen pasando muchedumbres de hijos de la Virgen, que llegan a orar ante su imagen y a venerar el Pilar bendito.
Esa herencia de fe mariana de tantas generaciones ha de convertirse no sólo en recuerdo de un pasado, sino en punto de partida hacia Dios. Las oraciones y sacrificios ofrecidos, el latir vital de un pueblo, que expresa ante María sus seculares gozos, tristezas y esperanzas, son piedras nuevas que elevan la dimensión sagrada de una fe mariana.
Porque en esa continuidad religiosa, la virtud engendra nueva virtud. La gracia atrae gracia. Y la presencia secular de Santa María va arraigándose a través de los siglos, inspirando y alentando a las generaciones sucesivas. Así se consolida el difícil ascenso de un pueblo hacia lo alto...
El Pilar de Zaragoza ha sido siempre considerado como el símbolo de la firmeza de fe de los españoles ... »
El discurso lo termina con una fervorosísima plegaria en que confía a la Santísima Virgen del Pilar todas sus preocupaciones apostólicas respecto de España y que desde esa fecha es la oración oficial que todas las tardes se reza ante la venerada imagen.


Su Santidad Juan Pablo II orando ante la Santísima Virgen del Pilar


La disposición de Juan Pablo II es reflejo de la posición de todos los papas . Pero como sería tan extenso vamos a centrarnos en los del último siglo.


En el siglo XX han ocupado la Cátedra de Pedro los pontífices siguientes: San Pío X (1903-1914), Benedicto XV (1914-1922), Pío XI (1922-1939), Pío XII (1939-1958), Juan XXIII (1958-1963), Paulo VI (19631978), Juan Pablo I (1978) y Juan Pablo II (1978 ... ).

Limitándonos a estudiar los documentos de estos pontífices que hacen explícita referencia a Nuestra Señora del Pilar.


San Pío X, el 28 de septiembre de 1904, ampliaba todas las gracias del año jubilar de la Inmaculada (cincuentenario de su definición) a cualquier fiel que, al año siguiente (año 1905), en que tendría lugar la coronación canónica de la Virgen del Pilar, acudiera en peregrinación a su basílica. Esta concesión pontificia fue tan extraordinaria que el propio Santo Padre pudo decir: «No he podido conceder más.»
El 28 de abril de 1905 bendecía con toda solemnidad la rica y artística corona que los católicos españoles habían ofrendado a la Virgen del Pilar. Antes de bendecir esa corona, el Papa celebró el santo sacrificio de la misa, en el que tuvo dos gestos particularmente destacabas: de una parte, en tan señalada ocasión elogió a nuestra nación diciendo: «España es verdaderamente grande en su fe y en su devoción a María; con esta corona ha dejado pequeño a todo el mundo católico.» De otra parte, regaló al cardenal Soldevila, arzobispo de Zaragoza, el cáliz de oro con que había celebrado el augusto sacrificio. En 1907 concedió indulgencias a los fieles que participaran en la peregrinación al Pilar.
A petición de los prelados de la provincia eclesiástica de Zaragoza, el 22 de agosto de 1908 concedió que en sus diócesis se pudiera celebrar misa propia de la Virgen del Pilar, mientras que en el mes de noviembre de ese mismo año bendecía diecinueve banderas que las repúblicas de América donaban como testimonio de amor agradecido a la madre España para que fuesen colocadas ante la Virgen del Pilar en su santuario de Zaragoza. Con tal ocasión, y en respuesta a las palabras de monseñor Jara, San Pío X pronunció un discurso en que elogió tanto a España como a Hispanoamérica por su ferviente amor a la Virgen del Pilar.
La reforma litúrgico establecida por San Pío X suprimía ciertas fiestas de precepto y con ello quedaba suprimida la fiesta del Pilar en Aragón. Como ésta se venía celebrando como de precepto en esa región desde el siglo XVII, a petición nuevamente de los obispos de la provincia eclesiástica de Zaragoza, el 12 de septiembre de 1911 la restablecía haciendo de esta concesión pilarista un privilegio singular.

Su Santidad San Pío X



Benedicto XV, mediante rescripto de la Sagrada Congregación de Sacramentos de fecha 15 de noviembre de 1915, concedía el privilegio de celebrar en la Santa Capilla la santa misa a las doce de la noche del 1 al 2 de enero, en conmemoración de la venida de la Virgen en carne mortal.

Pío XI concedió un privilegio singular. Las normas litúrgicas entonces vigentes no permitían que hubiera dos capillas de comunión dentro de un mismo templo. El Papa, sin embargo, otorgó la gracia especialísima de conservar el Santísimo de modo permanente en dos capillas, aparte del altar mayor. Estas capillas eran las de San José y la de la parroquia. Por otra parte, el 19 de noviembre de 1925, al responder al discurso de su majestad don Alfonso XIII, se refirió a «los privilegiados y envidiados favores y sonrisas que os ha concedido siempre y os concede aún la Reina del Cielo en Zaragoza y en Montserrat, y de la venerada tradición que os une tan estrechamente en relaciones gloriosas con el Apóstol Santiago».
El 1 de agosto de 1931, Su Santidad Pío XI, en carta dirigida al doctor Rigoberto Doménech y Valls, arzobispo de Zaragoza, otorgaba la bendición apostólica a cuantos con sus oraciones, con su cooperación o con sus limosnas, contribuyeran a la restauración de la basílica del Pilar.
Un último rasgo pilarista de este insigne pontífice fue el declarar patrona de la ciudad de Alajuela, en Costa Rica, a Nuestra Señora del Pilar, mediante la epístola apostólica Alajuenlensium Episcopus, de fecha 29 de noviembre de 1933. Ya en el año 1926, por la epístola apostólica Beatae Virginis, de 12 de marzo de 1926, agraviaba la iglesia de Nuestra Señora del Pilar de Buenos Aires con el título de basílica menor.

Pío XII, el 15 de abril de 1939, tuvo un gesto de especial veneración hacia la Virgen del Pilar. En esa fecha visitaron al Papa las delegaciones de la Unión Internacional de Organizaciones Femeninas Católicas, llevando la representante de cada nación la imagen del santo o virgen más representativo de los respectivos países. Al pasar ante el trono pontificio la representación española, Su Santidad Pío XII tornó en sus manos la imagen de Nuestra Señora del Pilar, portada por doña María de Madariaga, la colocó sobre el trono pontificio, la besó con toda unción, haciendo lo mismo con la bandera de España que envolvía la imagen.
Con fecha 24 de mayo de 1939, el pontífice escribió la carta Certiores abste al arzobispo, entonces monseñor Rigoberto Doménech y Valls, concediendo indulgencias a todos los que con ocasión del XIX centenario de la venida de la Virgen Santísima en carne mortal a Zaragoza, visitaron el templo del Pilar durante el año 1940, habiendo confesado y comulgado.
El Secretario de Estado escribía el 26 de agosto de 1940 una carta al señor arzobispo de Zaragoza con ocasión del Congreso Mariano Nacional que habría de celebrarse en esta ciudad en conmemoración del centenario de la venida de la Virgen del Pilar. El propio pontífice, con ocasión de las fiestas conmemorativas del descubrimiento de América, envió un mensaje el 12 de octubre de 1946, dirigido a España y a la Hispanidad, en que pone de manifiesto la providencial coincidencia de que el descubrimiento de América tuviera lugar el día en que España celebra la fiesta de Nuestra Señora del Pilar. Por otra parte, y mediante la carta apostólica Decus ornamentumque, de 24 de junio de 1948, el Santo Padre declaraba basílica menor el templo nacional de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza. Unos años más tarde, en 1951, por carta también apostólicaest quod, de 26 de enero, «Nossa Senhora do Pilar» fue constituida patrona celestial de la ciudad y del municipio de Sao Joáo del Rey, en Brasil.

El Papa Pío XII y la imagen de la Virgen del Pilar


En 1953, el Papa Pío XII, que por todo lo que venirnos diciendo fue llamado con razón «el Papa de la Hispanidad», tomó la alta decisión de enviar la bandera pontificio para que escoltara continuamente a Nuestra Señora del Pilar en su basílica de Zaragoza, en cuyo camarín ocupa un puesto de honor.
Con motivo del Congreso Mariano Nacional celebrado el año 1954 en Zaragoza, el entonces Jefe del Estado, Generalísimo Franco, hizo el 12 de octubre la consagración de España al Inmaculado Corazón de María, precisamente ante la imagen de la Virgen del Pilar. En esta solemnísima ocasión se escuchó como respuesta el célebre radiomensaje de Su Santidad en el que, entre otras cosas inolvidables, pronunció estas emocionantes palabras referidas a nuestro tema:
«iY tú, oh Zaragoza, no serás ya insigne por tu privilegiada posición.... lo serás por tu tradición cristiana.... lo serás, sobre todo, por esa Columna..., resultando así cimiento inquebrantable, inexpugnable valladar e insuperable ornamento, no sólo de una nación grande, sino también de una dilatada y gloriosa estirpe! "Yo he elegido y santificado esta casa -parece decir Ella desde su Pilar para que en ella sea invocado mi nombre y para morar en ella por siempre"; y toda la Hispanidad, representada ante la Capilla Angélica por sus airosas banderas, parece que le responde: "y nosotros te prometemos quedar de guardia aquí, para velar por tu honra, para serte siempre fieles y para incondicionalmente servirte"...»
En este histórico mensaje Su Santidad aprovechó la ocasión para pedir a España que supiera corresponder con obras al amor de privilegio que la Virgen muestra a España en su Pilar:
« ... hijos amadísimos de toda España; prometedle vivir una vida de piedad cada día más intensa, más profunda y más sincera; prometedle velar por la pureza de las costumbres, que fueron siempre honor de vuestra gente; prometedle no abrir jamás vuestras puertas a ideas y a principios que, por triste experiencia, bien sabéis dónde conducen; prometedle no permitir que se resquebraje la solidez de vuestro alcázar familiar, puntal fundamental de toda sociedad; prometedle reprimir el deseo de goces inmoderados, la codicia de los bienes de este mundo, ponzoña capaz de destruir el organismo más robusto y mejor constituído; prometedle amar a vuestros hermanos, a todos vuestros hermanos, pero principalmente al humilde y al menesteroso, tantas veces ofendido por la ostentación del lujo y del placer. Y Ella entonces seguirá siempre siendo vuestra especial protectoras
En octubre de 1958 fallecía Pío XII. Sin embargo, en ese mismo año el Papa había dado una proyección más universal a la devoción secular de Nuestra Señora del Pilar. Con motivo de la beatificación de la Madre Teresa Jornet, celebrada en el mes de abril, en el discurso pronunciado en tal ocasión llamó a la Virgen del Pilar «Reina de la Hispanidad». Se trataba de una especie de sanción solemne y reconocimiento oficial de este título glorioso. Precisamente el mes anterior a este discurso, Su Santidad había concedido que la misa propia de la Virgen del Pilar, que hasta entonces sólo podía celebrarse dentro de los límites de la provincia eclesiástica de Zaragoza, se extendiera a todos los países del mundo hispánico, esto es, a toda España, a Hispanoamérica y a Filipinas.

Su Santidad Juan XXIII

Juan XXIII, siendo todavía sólo Cardenal, visitó la basílica del Pilar de Zaragoza y firmó en el libro de oro. Esta visita dejó honda huella en su espíritu, al comprobar la multitud de fieles que invocan fervorosamente a la Virgen del Pilar en su Santa Capilla. En su breve pontificado no tuvo ocasión de publicar ningún documento que afectara a Nuestra Señora del Pilar. Pero la fuerte impresión que dejara en su alma la visita ya mencionada, la expresó vivamente en la audiencia que concedió el 19 de noviembre de 1958 al arzobispo de Zaragoza, a la sazón don Casimiro Morcillo González, acompañado de varios sacerdotes de la diócesis. En aquella ocasión, Su Santidad recordó una anécdota entrañable que le aconteció en la basílica pilarista. El cardenal Roncalli, al subir al Camarín de la Virgen, vio que le era imposible, por su robustez personal, llegar a besar la imagen misma de la Virgen y tuvo que limitarse a besar su manto, mientras decía: «Madonna, non posso.»






Dia de la Hispanidad


Origen del nombre, concepto
y fiesta de la Hispanidad
por Monseñor Zacarías de Vizcarra

En varias oportunidades y en diversas revistas he aclarado conceptos inexactos o confusamente expresados que corren por los libros y la Prensa acerca de los orígenes históricos del nombre, concepto y fiesta de la Hispanidad, por atribuírseme a mí equivocadamente la invención material de ese vocablo, al mismo tiempo que se pasan por alto interesantes circunstancias históricas que señalan el punto de arranque del hermoso movimiento que se distingue con dicho nombre.

Fue mi gran amigo D. Ramiro de Maeztu uno de los primeros que me atribuyeron la creación del vocablo «Hispanidad» en su libro Defensa de la Hispanidad, publicado a principios de 1934. El ejemplar que me envió a mi residencia habitual de Buenos Aires lleva esta dedicatoria autógrafa: «Al Rev. P. Zacarías de Vizcarra, creador del vocablo 'Hispanidad' con la admiración y la amistad de Ramiro de Maeztu.» Y en la página 19 de la obra se lee: «La palabra se debe a un sacerdote español y patriota que en la Argentina reside, D. Zacarías de Vizcarra.»

El inolvidable Cardenal Gomá, en su famoso discurso del teatro Colón, de Buenos Aires, se refirió en términos parecidos al origen del vocablo: «Ramiro de Maeztu –dijo– acaba de publicar un libro en 'Defensa de la Hispanidad', palabra que dice haber tomado del gran patriota Sr. Vizcarra y que ha merecido el 'placet' del académico D. Julio Casares.» (Juan Gil Prieto, O. S. A., «La Sección Española del XXIII Congreso Eucarístico Internacional», Buenos Aires, 1934, pág. 425.)

En el número de febrero de 1936, la revista madrileña «Hispanidad» repetía la misma idea: «Mucho y bueno sabe D. Ramiro de Maeztu –escribía– de la fecunda labor que en la Argentina ha realizado y sigue realizando el autor de la palabra 'Hispanidad'.» Con frase más precavida, por recordar quizá alguna de mis aclaraciones anteriores, escribía así en su obra Ideas para una filosofía de la historia de España el docto catedrático D. Manuel García Morente: «¿Cómo designaremos eso que vamos a intentar definir y simbolizar?... Existe una palabra –lanzada desde hace poco a la circulación por monseñor Zacarías de Vizcarra– que, a mi parecer, designa con superlativa propiedad eso precisamente que la filosofía de la historia de España aspira a definir. La palabra aludida es 'Hispanidad'. Nuestro problema puede exactamente expresarse en los términos siguientes: ¿qué es la hispanidad?» (Signo, 23 enero de 1943).

Veremos en estas líneas cómo es más aceptable la frase del Dr. García Morente que las demás antes citadas, aunque quizá en alguna de ellas se habrá tomado «crear» en el sentido lato de «lanzar a la circulación», que admite explicación satisfactoria.

Antigüedad del vocablo material «Hispanidad»

Basta hojear los viejos diccionarios castellanos para encontrar en ellos esta palabra, aunque con diversa significación de la que ha recibido actualmente y con la esquela mortuoria de «anticuada». Así, por ejemplo, la quinta edición del Diccionario de la Academia, publicada en 1817, dice así: «Hispanidad, s. f., ant. Lo mismo que Hispanismo.» Y a continuación define así esta otra palabra: «Hispanismo, s. m. Modo de hablar peculiar de la lengua española, que se aparta de las reglas comunes de la Gramática. Idiotismus hispanicus.»

Tan antigua es esta palabra en su sonido material, que la encontramos en el Tractado de Ortographia y accentos del bachiller Alexo Vanegas, impreso en Toledo, sin paginación, el año 1531 y conservado como preciosidad bibliográfica en la Biblioteca de la Real Academia de la Lengua. «De los oradores –dice Vanegas– M. Tull. y Quinti. son caudillos de la elocuencia, aunque no les faltó un Pollio que hallase hispanidad en Quintiliano», &c. (segunda parte, cap. V).

Más aún: es probable que los romanos del siglo primero después de Cristo empleasen la palabra «hispanitas» (hispanidad) para designar los giros hispánicos del latín de Quintiliano, en el mismo sentido que el propio Quintiliano usa la palabra «patavinitas» (paduanidad) al hablar del latín, de Tito Livio. «Pollio –dice– deprehendit in Livio patavinitatem», es decir: «Polión encontró patavinidad (paduanidad) en Livio.» (De Institutione Oratoria, libro I, cap. V).

Pero date o no date del siglo primero la materialidad de la palabra «Hispanidad» lo cierto es que no tenía la significación que luego se le ha dado, y era además inusitada hasta en su acepción gramatical.

¿Cuándo y por qué se desenterró esta [13] la palabra y se le infundió vida nueva, para encarnar dos conceptos modernísimos?

Esto es lo que tratan de aclarar las presentes líneas.

Orígenes del «Día de la Raza»

El poeta y periodista argentino Ernesto Mario Barreda, en un largo artículo publicado en La Nación de Buenos Aires el 12 de octubre de 1935, narra sus visitas al puerta de Palos y al convento de La Rábida en 1908, la entrega que hizo de un álbum que la Sociedad Colombina dedicó al presidente de la nación argentina, la fundación de la Casa Argentina de Palos, llevada a cabo por el cónsul de aquella república en Málaga, el entusiasta hispanófilo D. Enrique Martínez Ituño, y la celebrada el día 12 de octubre de 1915 por primera vez con el nombre de Día de la Raza en dicha Casa Argentina.

El documento impreso que cita está encabezado así: «Casa Argentina. –Calle de las Naciones de Indias Occidentales. –Carretera de Palos a La Rábida. –Club Palósfilo. –Hijas de Isabel. –Día de la Raza, 12 de octubre de 1915.» Luego se copian unos versos del mismo poeta Barreda alusivos a las carabelas de Colón y se exponen las razones de la nueva festividad, epilogadas con este apóstrofe a España: «Reunidos en la Casa Argentina los Palósfilos y las Hijas de Isabel en este Día de la Raza, hacemos votos para que con tus hijas las Repúblicas del Nuevo Mundo formes una inteligencia cordial. Y un abrazo fraterno sea el lazo de unión de los defensores de la Ciencia, el Derecho y la Paz.»

Esta iniciativa encontró eco en América, y sobre todo en Buenos Aires, aunque no todos los que allí aplaudíamos la sustancia de la fiesta estábamos de acuerdo con el nombre con que se la designaba.

Con fecha 4 de octubre de 1917, el Gobierno de la nación argentina, con la firma del presidente y de todos los ministros, declaró fiesta nacional el 12 de octubre, dando estado oficial a la afortunada iniciativa particular nacida dos años antes en una Casa Argentina.

Aunque en el texto del famoso y magnífico Decreto del Gobierno nacional no se habla de Día de la Raza ni se menciona siquiera la palabra «raza», sin embargo, la mayor parte de la Prensa se sirvió de aquella denominación, y se tituló «Himno a la Raza» el que compuso para el 12 de octubre del mismo año el patriota español don Félix Ortiz y San Pelayo, y fue cantado solemnemente en el teatro Colón por cinco masas corales reunidas.

Por las razones que luego indicaré no me satisfacía el nombre de Día de la Raza, que iba adquiriendo cada vez mayor difusión. Era necesario encontrar otro nombre que pudiera reemplazarlo con ventaja. Y no hallé otro mejor que el de «Hispanidad», prescindiendo de su anticuada significación gramatical y remozándola con dos acepciones nuevas, que describía yo así en una revista de Buenos Aires que no tengo a mano ahora en Madrid, pero que encuentro citada en la mencionada revista Hispanidad de Madrid, en el número de 1 de febrero de 1936: «Estoy convencido –decía en ella– de que no existe palabra que pueda sustituir a 'Hispanidad'... para denominar con un solo vocablo a todos los pueblos de origen hispano y a las cualidades que los distinguen de los demás. Encuentro perfecta analogía entre la palabra 'Hispanidad' y otras dos voces que usamos corrientemente: 'Humanidad' y 'Cristiandad'. Llamamos 'Humanidad' al conjunto de todos los hombres, y 'humanidad' (con minúscula) a la suma de las cualidades propias del hombre. Así decimos, por ejemplo, que toda la Humanidad mira con horror a los que obran sin humanidad. Asimismo llamamos 'Cristiandad' al conjunto de todos los pueblos cristianos y damos también el nombre de 'cristiandad' (con minúscula) a la suma de las cualidades que debe reunir un cristiano. Esto supuesto, nada más fácil que definir las dos acepciones análogas de la palabra 'Hispanidad': significa, en primer, lugar, el conjunto de todos los pueblos de cultura y origen hispánico diseminados por Europa, América, África y Oceanía; expresa, en segundo lugar, el conjunto de cualidades que distinguen del resto de las naciones del mundo a los pueblos de estirpe y cultura hispánica.»

Estas dos acepciones nuevas de la palabra «Hispanidad» nos podían permitir reemplazar ventajosamente el vocablo «raza» que, como escribía yo en la mima revista, me parecía «poco feliz y algo impropio»; pero no figuraban todavía en los diccionarios. Por eso, en un escrito que publiqué en Buenos Aires en 1926 bajo el título «La Hispanidad y su verbo», y obtuvo amplia difusión en los ambientes hispanistas, elevaba a la Real Academia de la Lengua esta modesta súplica: «Si tuviéramos personalidad para ello, pediríamos a la Real Academia que adoptara estas dos acepciones de la palabra 'Hispanidad' que no figuran en su Diccionario.»

En efecto: en la decimaquinta edición del Diccionario de la Academia, publicada en 1925, seguía presentando la palabra «Hispanidad» como anticuada, con el sentido gramatical de siempre, en esta forma: «Hispanidad, f., ant. Hispanismo.»

Hubo que esperar a la decimasexta edición, divulgada oficialmente en 1939, para encontrar una nueva definición oficial de esta palabra que supone un progreso en la materia, aunque no nos parece todavía suficiente clara ni completa. Dice así: «Hispanidad, f. Carácter genérico de todos los pueblos de lengua y cultura española. 2. ant. Hispanismo.»

Esperamos que el progreso iniciado se completará en sucesivas ediciones del Diccionario oficial.

Impropiedad e inconvenientes de la denominación «Día de la Raza»

Absolutamente hablando, puede darse explicación satisfactoria a la denominación Día de la Raza tomando esta palabra en un sentido metafórico, equivalente a «tipo moral» cualquiera que sea la raza fisiológica a que pertenezcan los que lo comparten.

Pero como no se puede andar explicando continuamente a todo el mundo la significación impropia y translaticia del vocablo, asociamos instintivamente a la palabra su sentido fisiológico, y nos suena como cosa absurda hablar de «nuestra raza» a un conglomerado de pueblos integrados por individuos de muy diversas razas, desde las blancas de los europeos y criollos hasta las negras puras, pasando por los amarillos de Filipinas y los mestizos de todas las naciones hispánicas. En realidad, ni siquiera los habitantes de la Península Ibérica pertenecen a una sola raza. Desde los tiempos prehistóricos viven en España pueblos dolicocéfalos, braquicéfalos y mesocéfalos de las más diversas procedencias, que los historiadores no han sido capaces de fijar. A la variedad de las razas prehistóricas se añadió luego la mezcla de fenicios, cartagineses, griegos, romanos, godos, suevos, árabes, &c., &c... que ha hecho cada vez más absurda la pretensión de catalogar racialmente a los mismos españoles peninsulares. Son, pues, inevitables las sonrisas cuando se habla de «nuestra raza» ante un auditorio de blancos, negros y amarillos y aceitunados, sobre todo si no es blanco el orador.

Por otra parte, tiene algo de matiz peyorativo para las demás razas del mundo el que nuestra supuesta «raza» no se llame «esta» o «aquella» raza determinada, sino precisamente LA RAZA por antonomasia.

No es necesario insistir más para ver las razones que me movieron a escribir que me parecía «poco feliz y algo impropio» el nombre puesto originariamente al Día de la Raza. Lo he podido comprobar experimentalmente en varias partes de América durante mi estadía de veinticinco años en ella.

Ventajas de la denominación «Fiesta de la Hispanidad»

El concepto de la «Hispanidad» no incluye ninguna nota racial que pueda señalar diferencias poco agradables entre los diversos elementos que integran a las naciones hispánicas. Es un nombre de «familia», de una gran familia de veinte naciones hermanas, que constituyen una «unidad» superior a la sangre, al color y a la raza de la misma manera que la 'Cristiandad' expresa la unidad de la familia cristiana, formada por hombres y naciones de todas las razas, y la 'Humanidad' abarca sin distinción a todos los hombres de todas las razas, como miembros de una sola familia humana. Es una denominación que a todos honra y a nadie humilla.

Todas las naciones hispánicas han heredado un patrimonio común, transmitido por antepasados comunes, aunque luego cada una de ellas haya aumentado su herencia con nuevos bienes y nuevas glorias, que constituyen el patrimonio intangible y soberano de cada una de ellas. Pero así como en las varias familias procedentes de un tronco ilustre la existencia de distintos patrimonios privados no impide el amor y culto de las glorias que abrillantan la común prosapia, así también en las naciones, sin menoscabo de las glorias privativas de cada una, cabe el amor y culto del patrimonio común, sobre todo cuando es necesaria la colaboración de todos los herederos para conservarlo y defenderlo.

La denominación «Fiesta de la Hispanidad» presenta a todos los pueblos hispánicos este aspecto agradable y simpático de nuestra gran familia de naciones y constituye una invitación para el estudio y cultivo del patrimonio común, que a todos enorgullece y a todos aprovecha.

Cómo sienten la «Hispanidad» aun aquellos que no sienten la «Raza»

El día 13 de octubre de 1935 se inauguró en Buenos Aires la estatua del Cid Campeador, levantada en el centro geográfico de la ciudad, en presencia del señor Presidente de la Nación, del señor embajador de España y de otras altas representaciones. Pronunciaron los obligados discursos oficiales dos oradores que no llevaban apellidos de origen español ni podían sentir el ideal de la Raza, pero que supieron sentir y proclamar el ideal de la Hispanidad.

El historiador argentino Dr. Ricardo Levene, al explicar la significación de la presencia del Cid en América la encontró en el concepto espiritual de la «hispanidad», que es común a todos los hispánicos, aunque no hayan heredado sangre española. «El pueblo del Cid –dijo–, como entidad ética, fue el creador de una actitud acerca de la fidelidad, acerca de la defensa del desvalido, la dignidad del caballero y el honor del hombre; no sólo el honor exterior, diré así, que nace obligadamente en las relaciones con los demás, sino el honor íntimo o profundo, que tiene por juez supremo a la conciencia individual. Del Cid en adelante, los héroes españoles e hispanoamericanos son de su noble linaje. Es que en América transvasó la desbordante vitalidad de la Edad Medía española, corriéndose impetuosamente por el tronco y las ramas la savia de la raíz histórica... La hispanidad no fue nunca la concepción de la raza única e invariable, ni en la Península ni en América, sino, por el contrario, la mezcla de razas de los pueblos diversos que golpeaban en oleadas sobre el depósito subhistórico. La hispanidad ha dejado de ser el mito del imperio geográfico... La hispanidad no es forma que cambia, ni materia que muere, sino espíritu que renace, y es valor de eternidad: mundo moral que aumenta de volumen y se extiende con las edades, sector del universo en que sus hombres se sienten unidos por el lado del idioma y de la historia, que es el pasado. Y aspiran a ser solidarios en los ideales comunes a realizar, que es el porvenir.» (El Diario Español, Buenos Aires, 14 de octubre de 1935, página 2.)

Después de este discurso, que tuve el gusto de escuchar al pie de la estatua del Cid, fue recibida ésta oficialmente, en nombre del Municipio de Buenos Aires, por el doctor Amílcar Razori, que con breves y sentidas palabras entregó «para la contemplación artística y enseñanza moral de los habitantes la figura legendaria del Cid Campeador, hijo de nuestra dilecta España, duro, recio e indómito como las llanuras de Castilla que le vieron nacer, bravío guerrero de las gestas más mentadas al través de los siglos en los campos de batalla y docto en las Cortes ciudadanas, defensor del débil, paladín de la honra, libertador de pueblos, sostén del derecho y de la justicia, paradigma y síntesis, en fin, de las nobles, de las grandes, de las profundamente humanas virtudes españolas.» (El Diario Español, página citada).

Misión ecuménica de la Hispanidad en todas las razas del mundo futuro

Este mundo nuestro que se derrumba, víctima de luchas raciales y apetitos materialistas, buscará un refugio de paz y fraternidad en las veinte naciones católicas de la Hispanidad, salvadas casi íntegramente del incendio de la guerra y relativamente inmunizadas contra las más peligrosas reacciones de la posguerra.

La Hispanidad Católica tiene que prepararse para su futura misión de abnegada nodriza y caritativa samaritana de los infelices de todas las razas que se arrojarán a sus brazos generosos. La Providencia le depara a corto plazo enormes posibilidades para extender en gran escala su acción evangelizadora a todos los pueblos del orbe, poniendo una vez más a prueba su vocación católica y su misión histórica de brazo derecho de la Cristiandad.

Por eso es necesario estrechar cada vez más los lazos de hermandad y colaboración entre los grupos más selectos de la Hispanidad Católica, prescindiendo de razas y colores mudables, para afianzar más las esencias inmutables del espíritu hispánico.

Conclusión

Creemos que estas líneas contribuirán a esclarecer más el origen del nombre, concepto y fiesta de la Hispanidad, y a justificar el empleo cada vez más universal de la denominación «Fiesta de la Hispanidad» en sustitución de la anterior, menos expresiva y simpática, de «Día de la Raza».

Mons. Zacarías de Vizcarra

sábado, 11 de octubre de 2008

12 de Octubre día de Nuestra Señora del Pilar.Dios te Salve Reina y Madre de la Hispanidad!!!