miércoles, 8 de octubre de 2008

Ya salio el n° 77 de la Revista Cabildo.

Revista CABILDO



Porque alguien tiene que decir la Verdad.



Colabore a difundir esta revista y su contenido. El Nacionalismo Católico necesita la ayuda de todos los que integramos la Santa Causa.
En Cristo y en la Patria.

León Hispano

Tercio San Carlos

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martes, 7 de octubre de 2008

Bajo tu amparo nos acojemos...

7 de octubre:Fiesta de Nuestra Señora del Rosario.
Instituida por el Papa San Pio V.

Doctrina Catolica


Catecismo de la Realeza Social de Jesucristo

del Padre Phillippe




SÉPTIMA LECCIÓN

ERROR FUNDAMENTAL

QUE REINA HOY

  • 45. ¿Cuál es el error más pernicioso y nefasto sobre el tema que estamos tratando?

    Sin ninguna duda, el error más pernicioso e irreductible, es el que dice que no hay ni puede haber, ni para los individuos ni para las Sociedades, verdad que se imponga, esto es, que exista. Así pues, de hecho y de derecho, no habría ni podría haber, verdad ni error. La consecuencia estrictamente lógica es que no habría bien ni mal, derecho ni injusticia. Se le darían todos los derechos tanto al error como a la verdad, al bien como al mal.

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  • 46. ¿Qué significa dar derechos al error?

    Es fácil explicar este punto. Todos los organismos sociales oficiales y particularmente las constituciones de los Pueblos han puesto por fundamento práctico "La Declaración de los Derechos Humanos" de la Revolución Francesa de 1789. Los derechos humanos son absolutos; el hombre está a la cabeza. Todo, incluso la Verdad, depende de él y ha sido hecho por él.

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  • 47. ¿Qué significado tiene la Declaración de los Derechos del Hombre si se la considera desde el punto de vista de la sociedad moderna?

    Algo muy sencillo. En otros tiempos, Dios era el centro, el principio y el término de todo en la organización social y respecto del individuo. Por base de las constituciones de los Pueblos estaba Dios, Jesucristo y la misión de la Iglesia según las exigencias de los Derechos divinos. Pero de repente se suprimieron los derechos de Dios. De este modo, donde antes Dios era el Dueño y reinaba como tal, se puso el hombre, cuyos pensamientos y voluntades reemplazaron al pensamiento, verdad, voluntad y ley de Dios.

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  • 48. ¿De qué modo se presentaron al público estas teorías?

    Este estado de cosas ha sido instituido por la teoría de las grandes libertades modernas, que son la base de las constituciones de todos los países. Existen las libertades de conciencia, enseñanza, prensa, asociación y cultos. Estas libertades son moderadas por la ley. La ley es la expresión de la voluntad general.

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  • 49. ¿Cuál es el significado exacto de estas libertades? ¿No significan que el hombre debe gozar de entera libertad para enseñar y practicar el bien?

    Podrían entenderse de este modo. Pero por desgracia, no es el sentido que corresponde a la realidad. El liberalismo moderno ha comprendido y aplicado de manera muy diferente estas libertades. Para él, estas libertades consisten en que cada quien tiene la libertad de vivir como quiera y de enseñar lo que le guste; de escribir y publicar lo que se le antoje; de asociarse para cualquier fin, bueno o malo. Todos son libres de dar un culto a quien quieran, a Dios, a Jesucristo, a Mahoma y al mismo Satanás si así les gusta.

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  • 50. ¿Y qué relación existe entre esta teoría de las libertades modernas y el error fundamental del que se habló?

    La relación es evidente. Para las Sociedades y Naciones contemporáneas y para el hombre formado según los Principios de 1789, la verdad no existe; lo único que existe es el hombre, es decir, el pensamiento y la voluntad del hombre. Cada cual tiene el derecho estricto de concebir y tener las ideas que quiera y ponerlas como directivas de su vida. Es la prueba manifiesta de que para el hombre solamente existe como realidad de la que tenga que tener cuenta su propio pensamiento, conocido y elaborado por él. Fuera de sí mismo, la verdad no existe. Como consecuencia de esta doctrina, todos tienen el derecho estricto de enseñar lo que quieran por palabra o escrito. También por la misma razón, la ley que dirige los países vale en la medida en la que expresa la voluntad general conocida por la elección y el voto, y no en la medida en que expresa la Verdad y la Voluntad divinas. En resumidas cuentas, el Derecho moderno no reconoce ni profesa ninguna verdad; se inclina únicamente ante el pensamiento humano.

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  • 51. Entonces, ¿atribuye usted a la "Declaración de los Derechos Humanos" una influencia preponderante sobre la mentalidad moderna y errores reinantes?

    Sin lugar a duda. Si en nombre de un derecho, el hombre puede pensar lo que quiera, si de golpe puede, en nombre del mismo derecho (y esto es muy grave) querer lo que quiera y obrar como le parezca, para él no existe sino él mismo y los derechos de¡ hombre deificado, independiente de toda autoridad y de toda verdad. Esta doctrina permite todos los errores en todos los órdenes de cosas. En filosofía, en teología, en política, en las ciencias económicas y sociales, predominarían y servirían de guía el pensamiento y caprichos del hombre. Pero lo que le da a esta doctrina su importancia y su gravedad excepcional es que todos los derechos, de los que se dice autora la Declaración de 1789, le serían debidos al hombre en derecho estricto, oficialmente reconocidos y aprobados. Cualquier pensamiento, palabra, acción, etc., se basarían en estos derechos y serían enteramente legítimos.

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  • 52. Pero ¿no es verdad que la "Declaración de los Derechos Humanos" pone límites a la acción del hombre?

    Veamos. Según los Principios de 1789, los Derechos del hombre quedan limitados por los derechos de su semejante. Así, mi derecho de coger el bien ajeno queda limitado por el derecho de su prójimo a la propiedad. Mi derecho de matar queda limitado por el derecho de mi semejante a la vida. Todos estos límites obtienen su reconocimiento y valor en la ley. Pero en seguida se ve que son ilógicos. Si por principio mis derechos son absolutos, nadie les puede poner un límite. A pesar de todas las restricciones que ponga la ley, siempre predominará contra ésta el dogma fundamental de la libertad sin freno y los derechos sin restricción del hombre. En seguida se echa de ver la licencia que se le daría a cualquier doctrina y enseñanza. Bajo la apariencia de Derechos del hombre, se podrían introducir en los organismos sociales los más perniciosos y monstruosos errores, y podrían en derecho reclamar la protección de la autoridad, que tendría como función proteger, no ya la Verdad, sino el pensamiento del hombre.

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  • 53. Diciendo esto, se enfrenta usted a todas las ideas que se admiten hoy en día, y acaba con el derecho moderno.

    Efectivamente, así se cortan en la raíz todos los principios llamados modernos.

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  • 54. ¿No me podría dar una noción exacta del Derecho moderno?

    Se puede dar la noción que el Papa León XIII dio en su colosal Encíclica Immortale Dei: "Todos los hombres, de la misma manera que son semejantes en su naturaleza específica, son iguales también en la vida práctica. Cada hombre es de tal manera dueño de sí mismo que por ningún concepto está sometido a la autoridad de otro. Puede pensar libremente lo que quiera, obrar lo que se le antoje, en cualquier materia. Nadie tiene derecho a mandar sobre los demás. En una sociedad fundada sobre estos principios, la autoridad no es otra cosa que la voluntad del Pueblo, el cual, como único dueño de sí mismo, es también el único que puede mandarse a sí mismo. Es el Pueblo el que elige las personas a las que se ha de someter. Pero lo hace de tal manera que traspasa a éstas no tanto el derecho de mandar cuanto una delegación para mandar, y aun ésta sólo para ser ejercida en su nombre.

    Queda en silencio el dominio divino, como si Dios no existiese o no se preocupase del género humano, o como si los hombres, ya aislados, ya asociados, no debiesen nada a Dios, o como si fuera posible imaginar un poder político cuyo principio, fuerza y autoridad toda para gobernar no se apoyaran en Dios mismo. De este modo, como es evidente, el Estado no es otra cosa que la multitud dueña y gobernadora de sí misma. Y como se afirma que el pueblo es en sí mismo fuente de todo derecho y de toda autoridad, se sigue lógicamente que el Estado no se juzgará obligado ante Dios por ningún deber; no profesará la única religión verdadera, ni elegirá una de ellas ni la favorecerá principalmente, sino que concederá igualdad de derechos a todas las religiones, con tal que la disciplina del Estado no quede perjudicada. Se sigue también de estos principios que en materia religiosa todo queda al arbitrio de los particulares y que es lícito a cada individuo‑ seguir la religión que prefiera o rechazarlas todas si ninguna le agrada. De aquí nacen una libertad ilimitada de conciencia, una libertad absoluta de cultos, una libertad total de pensamiento y una libertad desmedida de expresión".

    En resumidas cuentas, según el Papa León XIII los principios del Derecho Moderno son los siguientes: 1º Todo poder y autoridad emanan del hombre; es la primera consecuencia de la Declaración de los Derechos del hombre; 2º Este poder se traduce en la aceptación y práctica de la más absoluta libertad: el hombre no puede sufrir ninguna coacción ni obligación, pues tiene todos los derechos; 3º Como el derecho de un hombre puede oponerse al derecho de otro, el Derecho Moderno establece una restricción en el uso de la libertad absoluta: el derecho de uno está limitado por el derecho de otro. Aunque esta disposición es ilógica, es necesaria para evitar conflictos y los abusos que serían inevitables. En toda sociedad organizada es necesaria una legislación. Esta legislación tomará como fundamento la voluntad general de los hombres que pertenecen a esa Sociedad, y no Dios, Jesucristo y su Ley Eterna. Los individuos designan a los mandatarios que expresarán su voluntad en el Parlamento.

    La Legislación no será sino la expresión de la voluntad de la multitud. Esta es el resultado de los Derechos del hombre.

    Insistamos sobre este punto capital: la voluntad general, que sólo debe tener cuenta de sí misma, puede imponer leyes nefastas y contrarias a todo derecho. Sin embargo, estas leyes se convierten en Derecho por el hecho de ser la ley, es decir, la expresión de la voluntad general.

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  • 55. ¿Hay una gran diferencia entre el Derecho Moderno y el Derecho Católico, fundado en el Derecho Divino?

    La diferencia es enorme. El Derecho Moderno está basado sobre el hombre. El Derecho Católico esta basado sobre Dios. El Derecho Católico tiene como punto de vista el fin sumo y último del hombre. El Derecho Moderno tiene por punto de vista el hombre y su fin, que es él mismo. El Derecho Católico tiene primeramente en cuenta de la dependencia absoluta que toda creatura tiene para con Dios y especialmente de la dependencia que le debe toda Sociedad y Estado. El Derecho Moderno establece que la unión de las voluntades funda la Sociedad sobre la voluntad de los asociados, independientemente de toda voluntad divina. El Derecho Católico es el establecimiento, por derecho, del reino de Dios en el individuo y en la Sociedad. El Derecho Moderno es la negación práctica de la Verdad Católica y de toda Verdad divina. Es el establecimiento oficial, y consagrado por el derecho, del laicismo, el ateismo e incluso de todo error. En pocas palabras, el Derecho Católico es el Derecho, la autoridad y el poder que dimanan del Derecho, puestos al servicio de la Verdad, la cual exclusivamente salva a los individuos y Sociedades. El Derecho Moderno es el derecho, la autoridad y poder del Derecho, puestos al servicio del hombre, para poner jurídicamente (luego legítimamente) las inteligencias y las voluntades, las Sociedades y los Estados al nivel del hombre deificado, esto es, principio y fin de todas las cosas. Comparen las Constituciones de los Pueblos que proceden de los Principios modernos con aquellas que proceden de los Principios católicos y tendrán una pequeña idea de los desastres producidos por el Derecho Moderno.

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  • 56. ¿No hay un liberalismo que en estas materias establece una distinción totalmente admisible?

    Hay diversos tipos de liberalismo. No corresponde aquí hablar extensamente del tema. Pero nos limitaremos a la sustancia de la doctrina, que se manifiesta bajo dos diferentes aspectos. En primer lugar hay el liberalismo que atribuye derechos tanto al Error y al Mal como a la Verdad y al Bien. Este es el principio, como ya se dijo, de todo libertinaje. El Papa León XIII condena con razón este liberalismo como herético e impío. Pero hay un liberalismo más mitigado. El que por una extraña aberración se llama liberalismo católico. En sus consecuencias no deja de ser menos pernicioso que el primero. Sin afirmar que el Error y el Mal tengan derechos, este liberalismo no afirma que no los tengan. Por el contrario, opina que en conformidad con el espíritu de tolerancia y de caridad cristiana, que debe vivirse ante los errores modernos y los que los profesan cono si estos errores tuviesen Derechos. Declara que todos tienen sus opiniones y el derecho de tenerlas, y que a nadie debe molestársele con motivo de sus opiniones o ideas. Prácticamente esto es poner en pie de igualdad el Error y la Verdad, el Bien y el Mal. Los resultados de esta doctrina son altamente nefastos, pues se proclama que debe tratarse con respeto no solo a los que profesan una tal doctrina sino a la misma doctrina que Dios condena.

    Veamos las palabras del Papa León XIII en su Encíclica "Libertas Praestantissimum": "Son varias las formas que presenta este mal capital del liberalismo, porque la voluntad puede separarse de la obediencia a Dios o de la obediencia debida a los que participan de la autoridad divina, de muchas formas y en grados muy diversos.

    1. - La perversión mayor de la libertad, que constituye al mismo tiempo la especie peor de liberalismo, consiste en rechazar por completo la suprema autoridad de Dios y rehusarle toda obediencia, tanto en la vida pública como en la vida privada y doméstica. Todo lo que Nos hemos expuesto hasta aquí se refiere a esta especie de liberalismo.

    2 - La segunda clase es el sistema de aquellos liberales que, por una parte, reconocen la necesidad de someterse a Dios, creador, señor del mundo y gobernador providente de la naturaleza; pero, por otra parte, rechazan audazmente las normas de dogma y de moral, que superando la naturaleza son comunicadas por el mismo Dios, o pretenden por lo menos que no hay razón alguna para tenerlas en cuenta sobre todo en la vida política del Estado. Ya expusimos anteriormente las dimensiones de este error y la gran inconsecuencia de estos liberales. Esta doctrina es la fuente principal de la perniciosa teoría de la separación entre la Iglesia y el Estado; cuando, por el contrario, es evidente que ambas potestades, aunque diferentes en misión y desiguales por su dignidad, deben colaborar una con otra y completarse mutuamente.

    3. - Dos opiniones específicamente distintas caben dentro de este error genérico. Muchos pretenden la separación total y absoluta entre la Iglesia y el Estado de tal forma que todo el ordenamiento jurídico, las instituciones, las costumbres, las leyes, los cargos del Estado, la educación de la juventud, queden al margen de la Iglesia como si ésta no existiera. Conceden, todo lo más, a los ciudadanos la facultad, si quieren, de ejercitar la religión en privado. Contra estos liberales mantienen todo su vigor los argumentos con que hemos rechazado la teoría de la separación entre la Iglesia y el Estado, con el agravante de que es un completo absurdo que la Iglesia sea respetada por el ciudadano y al mismo tiempo despreciada por el Estado.

    Otros admiten la existencia de la Iglesia (negarla sería imposible), pero le niegan la naturaleza y los derechos propios de una sociedad perfecta y afirman que la Iglesia carece del poder legislativo, judicial y coactivo y que sólo le corresponde la función exhortativa, persuasiva y rectora respecto de los que espontánea y voluntariamente se le sujetan. Esta teoría falsea la naturaleza de esta sociedad divina, debilita y restringe su autoridad, su magisterio; en una palabra, toda su eficacia, exagerando al mismo tiempo de tal manera la influencia, y el poder del Estado, que la Iglesia de Dios queda sometida a la jurisdicción y al poder del Estado como si fuera una mera asociación civil Los argumentos usados por los apologistas, que Nos hemos recordado singularmente en la Encíclica "Inmortale Dei", son más que suficientes para demostrar el error de esta teoría. La apologética demuestra que por voluntad de Dios la Iglesia posee todos los caracteres y todos los derechos propios de una sociedad legítima, suprema y totalmente perfecta.

    Por último, son muchos los que no aprueban la separación entre la Iglesia y el Estado, pero juzgan que la Iglesia debe amoldarse a los tiempos, cediendo y acomodándose a las exigencias de la moderna prudencia en la administración pública del Estado. Esta opinión es recta si se refiere a una condescendencia razonable que pueda conciliarse con la verdad y con la justicia; es decir, que la Iglesia, con la esperanza comprobada de un bien muy notable, se muestre indulgente y conceda a las circunstancias lo que puede concederles sin violar la santidad de su misión. Pero la cosa cambia por completo cuando se trata de prácticas y doctrinas introducidas contra todo derecho por la decadencia de la moral y por la aberración intelectual de los espíritus. Ningún período histórico puede vivir sin religión, sin verdad, sin justicia. Y como estas supremas realidades sagradas han sido encomendadas por el mismo Dios a la tutela de la Iglesia, nada hay tan contrario a la Iglesia como pretender de ella que tolere con disimulo el error y la injusticia o favorezca con su connivencia lo que perjudique a la religión".

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  • 57. Pero a pesar de todo, ¿no es preferible obrar así?

    Desde luego que no. Hay dos razones para no conformarse con las opiniones del liberalismo llamado católico. La primera es que para este liberalismo Dios y Jesucristo quedan privados de su Gloria en el Orden Social. A causa de la posición del Liberalismo llamado católico, Dios nunca será reconocido, amado y glorificado como debe serio. La segunda razón es el peligro de condenarse que corren las almas en una Sociedad formada según los principios del Liberalismo llamado católico. El Catolicismo es esencialmente invasor y educador. Si no invade no educa según el Espíritu de Cristo. Este Liberalismo forma un medio en el que la atmósfera viene a ser fatalmente acatólica e incluso atea. De esta manera el Liberalismo, llamado católico, contribuye a la pérdida de innumerables almas.

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  • 58. Pero el Papa León XIII habla sobre todo de los males causados por el laicismo. ¿Para qué hablar entonces de la cuestión del Liberalismo?

    Es algo evidente que el laicismo reina ya en el orden social a causa de los principios del Liberalismo. Sea cual sea el sentido que se le dé a la palabra "laicismo" es necesario admitir que la doctrina que se ofrece a la gente bajo esta denominación pone al hombre en el lugar de Dios. El Hombre debe reinar donde sólo Dios posee la autoridad. Pues bien, todas las teorías de este género provienen de la declaración de los Derechos Humanos y de la libertad de la que ésta goza sobre y contra todo, en particular contra Dios.

    El laicismo procede por vía directa del Liberalismo. El Liberalismo es su mayor apoyo, y lo justifica en cuanto revuelta contra el Ser Supremo.

lunes, 6 de octubre de 2008

Sínodo de los Obispos: De Verbum Dei (Acerca de la Palabra de Dios: Oral y Escrita)

Homilía de Benedicto XVI al inaugurar el Sínodo de los Obispos.

ROMA, domingo, 5 octubre 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la homilía que pronunció en la mañana de este domingo Benedicto XVI durante la celebración eucarística de inauguración del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra que presidió en la Basílica de San Pablo Extramuros.




Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, queridos hermanos y hermanas:

La primera lectura, tomada del libro del profeta Isaías, así como al página del Evangelio según Mateo, han propuesto a nuestra asamblea litúrgica una sugerente imagen alegórica de la Sagrada Escritura: la imagen de la viña, de la que hemos ya escuchado hablar en los domingos precedentes. La perícopa inicial de la narración evangélica hace referencia al "cántico de la viña", que encontramos en Isaías. Se trata de un canto situado en el contexto otoñal de la vendimia: una pequeña obra maestra de la poesía judía, que debía resultar sumamente familiar a quienes escuchaban a Jesús, y de la que --como en otras referencias de los profetas (Cf. Oseas 10,1; Jeremías 2,21; Ezequiel 17,3-0; 19,10-14; Salmos 79,9-17)-- se comprendía que la viña hacía referencia a Israel. Dios dedica a su viña, al pueblo que ha escogido, los mismos cuidados que un esposo fiel ofrece a su esposa (cfr Ezequiel 16,1-14; Efesios 5,25-33).

La imagen de la viña, junto a la de las bodas, describe por tanto el proyecto divino de la salvación, y se presenta como una conmovedora alegoría de la alianza de Dios con su pueblo. En el Evangelio, Jesús retoma el cántico de Isaías, pero lo adapta a quienes le escuchan y a la nueva hora de la historia de la salvación. No se fija tanto en la viña, sino más bien en los viñadores, a quienes los "servidores" del dueño piden, en su nombre, el arrendamiento. Los servidores son maltratados e incluso asesinados. ¿Cómo no pensar en las vicisitudes del pueblo elegido y en la suerte reservada a los profetas enviados por Dios? Al final, el propietarios de la viña hace un último intento: manda a su propio hijo, convencido de que al menos a él le escucharán. Sin embargo, sucede lo contrario: los viñadores le matan porque es su hijo, es decir, el heredero, convencidos de apoderarse fácilmente de la viña. Nos encontramos, por tanto, ante un salto de calidad frente a la acusación de violación de la justicia social, como se puede ver en el cántico de Isaías. Aquí vemos con claridad cómo el desprecio por la orden impartida por el dueño se convierte en desprecio de él: no es simple desobediencia a un precepto divino, es un verdadero rechazo de Dios: aparece el misterio de la Cruz.

La denuncia de esta página evangélica interpela a nuestra manera de pensar y actuar. No habla sólo de la "hora" de Cristo, del misterio de la Cruz en aquel momento, sino de la presencia de la Cruz en todos los tiempos. Interpela, de manera especial, a los pueblos que han recibido el anuncio del Evangelio. Si contemplamos la historia, nos vemos obligados a constatar con frecuencia la frialdad y la rebelión de cristianos incoherentes. Como consecuencia, Dios, si bien nunca abandona su promesa de salvación, ha tenido que recurrir al castigo. En este contexto, el pensamiento se dirige espontáneamente al primer anuncio del Evangelio del que surgieron comunidades cristianas, en un primer momento florecientes, que después desaparecieron y que hoy sólo son recordadas por los libros de historia. ¿No podría suceder lo mismo en nuestra época? Naciones que en un tiempo tenían una gran riqueza de fe y vocaciones ahora están perdiendo su identidad, bajo la influencia deletérea y destructiva de una cierta cultura moderna. Hay quien, habiendo decidido que "Dios ha muerto", se declara a sí mismo "dios", considerándose el único agente de su propio destino, el propietario absoluto del mundo.

Desembarazándose de Dios, al no esperar de Él la salvación, el hombre cree que puede hacer lo que quiere y ponerse como la única medida de sí mismo y de su acción. Pero cuando el hombre elimina a Dios de su horizonte, cuando declara que Dios ha "muerto", ¿es verdaderamente feliz? ¿Se hace verdaderamente más libre? Cuando los hombres se proclaman propietarios absolutos de sí mismos y únicos dueños de la creación, ¿pueden verdaderamente construir una sociedad en la que reinen la libertad, la justicia y al paz? ¿O no sucede más bien --como lo demuestran cotidianamente las crónicas-- que se difunden el poder arbitrario, los intereses egoístas, la injusticia y el abuso, la violencia en todas sus expresiones? Al final el hombre se encuentra más solo y la sociedad más dividida y confundida.

Pero en las palabras de Jesús hay una promesa: la viña no será destruida. Mientras abandona a su destino a los viñadores infieles, el dueño no abandona a su viña y la confía a otros servidores fieles. Esto indica que, si bien en algunas regiones la fe se debilita hasta extinguirse, siempre habrá otros pueblos dispuestos a acogerla. Precisamente por este motivo Jesús, citando el Salmo Salmo 117 [118] --"La piedra que desecharon los arquitectos es ahora piedra angular" (versículo 22)--, asegura que su muerte no será la derrota de Dios. Tras su muerte, no permanecerá en la tumba, es más, precisamente lo que parecerá un fracaso total, será el inicio de una victoria definitiva. A su dolorosa pasión y muerte le seguirá la gloria de la resurrección. La viña seguirá entonces dando uva y será arrendada por el dueño "a otros labradores que le paguen los frutos a su tiempo" (Mateo 21,41).

La imagen de la viña, con sus implicaciones morales, doctrinales y espirituales, volverá en el discurso de la Última Cena, cuando al despedirse de los apóstoles, el Señor dirá: "Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador.
Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto" (Juan 15,1-2). A partir del acontecimiento pascual, la historia de la salvación experimentará, por tanto, un giro decisivo, y los protagonistas serán esos "nuevos labradores" que, injertados como brotes en Cristo, verdadera vid, llevará frutos abundantes de vida eterna (Cf. Colecta de la liturgia de este domingo). Entre estos "labradores" nos encontramos también nosotros, injertados en Cristo, quien quiso convertirse Él mismo en la "verdadera vid". Pidamos al Señor, quien nos entrega su sangre, a sí mismo, en la Eucaristía, que nos ayude a "dar fruto" para la vida eterna y para nuestro tiempo.

El consolador mensaje que recogemos de estos textos bíblicos es la certeza de que el mal y la muerte no tienen la última palabra, sino que al final Cristo vence. ¡Siempre! La Iglesia no se cansa de proclamar esta Buena Nueva, como sucede también hoy, en esta basílica dedicada al apóstol de las gentes, quien se convirtió en el primero en difundir el Evangelio en grandes regiones de Asia Menor y Europa. Renovaremos significativamente este anuncio durante la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos que tiene por tema: "La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia". Quisiera saludaros con afecto cordial a todos vosotros, venerados padres sinodales, y a quienes participáis en este encuentro como expertos, auditores e invitados especiales. Acojo también con alegría a los delegados fraternos de otras iglesias y comunidades eclesiales. Al secretario general del Sínodo de los Obispos y a sus colaboradores les expreso el reconocimiento de todos por el comprometedor trabajo que han realizado en estos meses y por el cansancio que les espera en las próximas semanas.



Cuando Dios habla, siempre exige una respuesta; su acción de salvación exige la cooperación humana; su amor espera ser correspondido. Que no suceda nunca, queridos hermanos y hermanas, lo que narra el texto bíblico sobre la viña: "Esperó que diese uvas, pero dio agraces" (Cf. Isaías 5,2). Sólo la Palabra de Dios puede cambiar profundamente el corazón del hombre, por eso es importante que entremos en una intimidad cada vez mayor con ella tanto cada uno de los creyentes como las comunidades. La asamblea sinodal dirigirá su atención a esta verdad fundamental para la vida y la misión de la Iglesia. Alimentarse de la Palabra de Dios es para ella su primera y fundamental tarea. De hecho, si el anuncio del Evangelio constituye su razón de ser y su misión, es indispensable que la Iglesia conozca y viva lo que anuncia, para que su predicación sea creíble, a pesar de las debilidades y las pobrezas de los hombres que la conforman. Sabemos, además, que el anuncio de la Palabra, siguiendo a Cristo, tiene como contenido el Reino de Dios (Cf. Marcos 1,14-15), pero el Reino de Dios es la misma persona de Jesús, que con sus palabras y obras ofrece la salvación a los hombres de todas las épocas. En este sentido es interesante la consideración de san Jerónimo: "Quien no conoce las Escrituras, no conoce la potencia de Dios ni su sabiduría. Ignorar las Escrituras significa ignorar a Cristo" (Prólogo al comentario del profeta Isaías: PL 24,17).

En este Año Paulino escucharemos resonar con particular urgencia el grito del apóstol de las gentes: "¡ay de mí si no predicara el Evangelio!" (1 Corintos 9,16); grito que para cada cristiano se convierte en una invitación insistente a ponerse al servicio de Cristo. "La mies es mucha" (Mateo 9,37), repite también hoy el Maestro divino: muchos todavía no le han encontrado y están en espera del primer anuncio de su Evangelio; otros, a pesar de que han recibido una formación cristiana, han perdido el entusiasmo y sólo mantienen un contacto superficial con la Palabra de Dios; otros se han alejado de la práctica de la fe y tienen necesidad de una nueva evangelización. No faltan, además, personas de recta conciencia que se plantean preguntas esenciales sobre el sentido de la vida y de la muerte, preguntas a las que sólo Cristo puede ofrecer respuestas convincentes. Se hace entonces indispensable el que los cristianos de todo continente estén dispuestos a responder a quien pida razón de la esperanza que les habita (Cf. 1 Pedro 3,15), anunciando con alegría la Palabra de Dios y viviendo sin compromisos el Evangelio.

Venerados y queridos hermanos, que el Señor nos ayude a plantearnos juntos, durante las próximas semanas de las sesiones sinodales, cómo hacer cada vez más eficaz el anuncio del Evangelio en nuestro mundo. Todos experimentamos la necesidad de poner en el centro de nuestra vida la Palabra de Dios, de acoger a Cristo como nuestro único Redentor, como Reino de Dios en persona, para hacer que su luz ilumine a todos los ámbitos de la humanidad: desde la familia hasta la escuela, desde la cultura hasta el trabajo, desde el tiempo libre hasta los demás sectores de la sociedad y de nuestra vida. Al participar en la celebración eucarística, experimentamos cada vez más el íntimo lazo que se da entre el anuncio de la Palabra de Dios y el Sacrificio eucarístico: es el mismo Misterio que se nos ofrece a nuestra contemplación. Por este motivo "la Iglesia -como subraya el Concilio Vaticano II-- ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Sagrada Liturgia" (Dei Verbum, 21)

Con razón el Concilio concluye: "Como la vida de la Iglesia recibe su incremento de la renovación constante del misterio Eucarístico, así es de esperar un nuevo impulso de la vida espiritual de la acrecida veneración de la palabra de Dios que 'permanece para siempre'" (Dei Verbum, 26).

Que el Señor nos permita acercarnos con fe a la doble mesa de la Palabra y del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Que nos alcance este don María Santísima, quien "guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón" (Lucas 2,19). Que ella nos enseñe a escuchar las Escrituras y a meditarlas en un proceso interior de maduración, que nunca separe la inteligencia del corazón. Que nos ayuden también los santos, en particular el apóstol Pablo, a quien estamos descubriendo cada vez más este año como intrépido testigo y heraldo de la Palabra de Dios. ¡Amén!


SS Benedicto XVI, PP

Carta de Lectores

A TODOS MIS OBISPOS PADRES Y PASTORES

Soy un fiel común y del común. Nací en el seno de la Iglesia Católica y Apostólica a la que pertenezco desde mi bautismo en 1922, hacen, pues, ¡86 años!

Las ovejas están descarriadas. El maligno las devora. La legislación del aborto y de la educación sexual son horrores que atentan contra Dios, la ley natural y los prójimos todos. Se ha privado a los padres de la potestad de educar a sus hijos, potestad arrebatada por un Estado totalitario que lleva a las almas de niños y jóvenes al destructor camino de la falsa y prematura sexualidad —sexualismo—, al desprecio de la responsabilidad progenitiva y a aceptar como familia a uniones aberrantes.

Las voces de los pastores son pocas, muy pocas, y no logran hacerse oír por falta de acompañamiento unánime; en suma no son eficaces ni suficientes.

Las madres de los pañuelos blancos, con su odio pertinaz, muestran por contraste el camino perseverante que deberían seguir nuestras madres, con amor y con pañuelos rojos, símbolos éstos de la sangre mártir de los niños arrebatados a la vida antes de nacer, y de la inocencia perdida en las almas desviadas de los pequeños por culpa de la enseñanza oficial, unificada y destructora.

A los fieles es necesario se nos llame a orar, pero esto no resulta suficiente. La Cristiandad nació con el ora et labora y deberá renacer así en la patria. Necesitamos ser convocados por los pastores de manera unánime, con voz clara, coherente, firme y eficiente; pero ser llamados a la acción, es decir a hacernos visiblemente presentes ante el poder político mostrando que somos, que tenemos derechos y exigimos su respeto.

Padres obispos, por favor y por Dios, en forma unida convóquennos físicamente a ponernos de pie en todo el país, campos, pueblos y ciudades, calles, plazas, rutas, con fecha y día. Llámennos. Iremos. El Señor y Nuestra Madre Santísima harán el resto con creces.

Coronel Juan Francisco Guevara






Publicado por el Blog de Cabildo