miércoles, 5 de noviembre de 2008

30.000 "desaparecidos": ¿Verdad o Mito?



LA MENTIRA DE LOS DESAPARECIDOS:


Destruyendo el mayor mito de la Historia Argentina.



Comentando los Mandamientos, Santo Tomás llega al octavo y nos explica que se puede mentir de tres modos diversos: acusando falsamente, acudiendo a testigos mentirosos y sentenciando injustamente mediante jueces inequitativos. Mienten los detractores que arrebatan el buen nombre, los que los escuchan complacientemente, los aduladores y murmuradores que se hacen eco de los embustes propagándolos por doquier, item susurratores, agrega el Aquinate, que es decir también los chismosos, a quienes maldice la Escritura porque “turban a muchos que viven en paz” (Eccli 28,15).

Abundando en ciencia y en prudencia, el Santo Doctor considera cuatro motivos por los cuales ha de ser reprobada toda patraña. Porque nos asemeja al demonio -mentiroso y padre de la mentira-, porque trae la perdición para el alma, porque desprestigia la fama y la honra, y porque hace imposible la vida social, ya que si los hombres no se dicen la verdad recíprocamente, la concordia entre ellos desaparece, y con ella la causa formal del orden comunitario.

Valga el introito para inteligir y evaluar el tema central que aquí presentamos. Porque la llamada cuestión de los desaparecidos no es sino una redonda y escandalosa impostura, a la que se le aplican todas y cada una de las atinadas observaciones de Santo Tomás.


1- Mentira Cuantitativa

Empieza por ser un fraude la cifra, puesto en evidencia con aritmética precisión, ya no en sesudos estudios críticos elaborados por quienes tienen legítimo interés en refutar la fábula, sino por los mismos fautores de la misma. Los autotitulados organismos defensores de los derechos humanos, desde la vernácula Conadep hasta el europeo Farhenheit, pasando por la descomedida Amnesty, jamás han calculado ese número sino otro que –en las más abultadas de las conjeturas- no llega a su tercera parte. Y autores como Richard Gillespie, que no pueden ser acusados de parcialidad favorable a las Fuerzas Armadas, editan libremente sus conclusiones al respecto, sin sobrepasar el veinticinco por ciento del mítico guarismo.

No calculó 30 mil la actual Secretaría de Derechos Humanos, ni la Embajada de los Estados Unidos, ni la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, ni el Estado de Israel, cuando el 24 de septiembre de 2003 reconoció que los 2000 judíos desaparecidos conforman el 12% del total. Dato que revelaría que el total es entonces de 16.700 personas.

Hay otro cálculo, a cuya cruda veracidad asimismo se le huye. Y es aquel, según el cual, cada indemnización estatal por desaparecido pudo alcanzar la cifra de 244.000 dólares, repartidos entre deudos, abogados y agrupaciones derechohumanistas. Como sucedió en el caso del Sr. Hagelin, en tiempos de De la Rua, siendo beneficiado aquél con la suma de 702 mil dólares, graciosamente repartidos con el abogado Aníbal Ibarra. Es el negocio del holocausto, como lo llamara para análogo caso el israelita Norman Finkelstein en su libro homónimo.

Imaginamos la objeción supuestamente humanitaria y nos aprestamos a responderla. Porque lo que aquí queda demostrado al certificarse la mendacidad de los dígitos, no es que treinta mil vidas valgan más que una, o que nueve mil homicidios sean menos graves que sus sucesivos múltiplos, sino que el marxismo miente a sabiendas, miente deliberada, pertinaz e impunemente, no sólo porque conoce el papel que juega el engaño en la guerra cultural, sino porque se tiene bien aprendida la estrategia de la imposición ideológica. Maniobra envolvente esta última, que necesita –para completar su enredo dialéctico y reduccionista- aquella malsana magia de la cifra de la que habla Sauvy, en virtud de la cual una vez sacralizada una algoritmia, la veneran sin hesitar los devotos del culto a la numerología, en clásica expresión de Sorokin. Tan útil resulta a las izquierdas este cuantitativo embuste, que el actual presidente Kirchner lo institucionalizó formal y públicamente, dirigiendo la palabra ante la mismísima ONU apenas asumido su mandato. Lo había hecho con anterioridad ya varias veces, pero la entidad del recinto que escuchaba su ceceoso alegato, le confiere a la indigna trufa del primer mandatario el carácter de una nueva historia oficial, huera de toda veracidad, como su antecesora liberal del siglo diecinueve.

No se ha medido aun suficientemente la gravedad de aquellas declaraciones del juez Alfredo Humberto Meade –hechas públicas el 15 de noviembre de 2002- según las cuales, y sorprendido vivo cuando el libelo Nunca Más lo apuntaba como desaparecido, reconoció pimpante el oprobioso fraude, pues era su modo de homenajear a los caídos, según dijo. Desenmascarado quedaba el repugnante truco del marxismo, por enésima vez. A la vista de todos se enseñoreaba la falacia, sabiéndose positivamente que el caso del usía felón era uno entre centenares, o quizás entre miles. Fue vana la evidencia para una sociedad envilecida que se nutre de sofismas, y mucho más para los multimediáticos artífices de la tramoya. La cifra quedó intacta y ganó fuerza. Podrá negarse la trinidad de Dios, el triple seis de la Bestia, la obvia decena del Decálogo u otros sagrados números. Quien niegue el invento de los treinta mil desaparecidos, sea anatema.


2- Mentira cualitativa

Fuera de su faz cuantitativa, la cuestión contiene otra estafa, ya no sobre el volumen de los desaparecidos sino sobre la naturaleza de los mismos.

No se dirá de ellos nada que defina su condición de victimarios; nada que señale su militancia terrorista, su inserción en la ofensiva guerrillera, sus actividades subversivas, sus enrolamientos crapulosos en un aparato comunista internacional. Antes bien, los eufemismos están a la orden del día y se multiplican con la imaginación de los propagandistas de la izquierda. Sea la sentimental y plebeya denominación de chicos, la científica calificación de utopistas o la técnica señalización de disidentes, van y vienen las elipsis idiomáticas, al solo objeto de escamotear lo que debería ser el punto vertebral de dilucidación: si los que resultaron desaparecidos eran culpables o no de integrar un ejército irregular de partisanos alzados contra la Nación. Si cometían o no sus actos depredadores con el apoyo logístico e ideológico de por los menos dos Estados Terroristas, el Cubano y el Soviético.

También aquí hemos de anticiparnos a una objeción previsible, y alzamos la voz firmemente para recordar que lo que diremos lo dijimos mientras ocurrían los hechos. Reos o inocentes no hay criaturas que merezcan el destino de desaparecidos; si lo último por razones manifiestas, si lo primero porque es legítimo el recurso a la pena de muerte, públicamente ejecutada y responsablemente decidida. Pero los subterfugios con que se adultera la identidad de los desaparecidos, no es para defender a los inocentes sino para reivindicar a los culpables. No para llorar a los inocuos sino para exculpar a los criminales.

Como en semejante materia –como en todo- es lógico que el sentido común reclama un lugar aunque se lo expulse intencionadamente, no han faltado reconocidos terroristas que se han negado a los disfraces semánticos. Desde Página 12, el 17 de marzo de 1991, nada menos que Firmenich reconoció sentencioso: “habrá alguno que otro desaparecido que no tenía nada que ver, pero la inmensa mayoría eran militantes, [eran] hombres capaces de elegir su vida”, y de hacer lo que hicieron “con conciencia, con pasión”. “No hay derecho” –redondea el sicario- “a transformar en una estupidez todo eso”. La estupidez, traduzcámoslo, es querer hacernos creer que murieron por error, damnificados por la intrínseca crueldad castrense. La estupidez, insistamos, es obligarnos a deducir que de la inmoralidad del procedimiento por el que alguien es forzado a desaparecer, se sigue la inculpabilidad del mismo o lo que es peor, su necesaria glorificación.

Ni fueron treinta mil, ni fueron necesariamente inocentes. Dos verdades que es necesario repetir hasta escandalizar; dos mentiras -las que nieguen estos asertos- que es necesario desenmascarar.


3- Mentira moral

Queda un tercer ámbito de análisis de esta delicada cuestión, ya no cuántico ni conceptual sino moral.

Creyeron muchos al principio, que quienes reclamaban los cuerpos de sus parientes, lo hacían asistidos del comprensible dolor, contritos ante el drama, contestes en que la guerra –por feroz que resulte- no puede avasallar el derecho natural de enterrar a los muertos. La comparación con la helénica Antígona se imponía casi espontáneamente, y allí estaba la obra de Marechal –Antígona Vélez- para recordarnos que la tragedia de Sófocles, aplicada a la patria argentina, reclamaba una cruz para los caídos de un lado y del otro, conforme a nuestras mejores tradiciones.

Pronto se supo –y quien no quiera saberlo hoy es un cómplice del mito rojo- que no era el rescate de cuerpos entrañables ni la erección de sepulcros con cruces, los móviles de aquellas feroces reclamantes. No era la voz de la heroína sofocleana que, en pleno paganismo, le impetraba evangélicamente al tirano Creonte, “no nací para compartir el odio sino el amor”. Era exactamente lo contrario. Era el grito soez de un odio destemplado y rencoroso, la manipulación del luto, internacionalmente financiado, el impiadoso uso de cadáveres que se arrojaban al rostro del enemigo como si fueran balas, la expresión inequívoca y explícita de que aquellas furias sólo querían continuar desatando la insurrección marxista. De cien maneras diversas, a cual más chabacana y gruesa, lo ha dicho la señora Bonafini en los últimos cinco lustros; y ha ido tan lejos en su monstruosa verborragia vindicativa, que no pocos de sus admiradores creyeron oportuno tomar alguna distancia pública. Excepto quien funge hoy de presidente, que se ha declarado su hijo.

Madres, Abuelas, Hijos, y un sinfín de grupos solidaristas afines, responden a una estrategia perfectamente diseñada de instrumentación de la sensibilidad colectiva, cuyos subsidios suculentos han sido y son proporcionados por fundaciones capitalistas, amén del apoyo recibido por el mismísimo Departamento de Estado de los Estados Unidos, tal como lo reconoció -entre otros- Julio Santucho, en su libro Los últimos guevaristas. La cuestión de los desaparecidos entonces –así como la esgrimen quienes se arrogan su entera representatividad- está en las antípodas de encarnar el prevalecimiento del derecho natural. Contrario sensu, reivindica para sí una jurisprudencia cuyo norte no es la justicia sino la venganza ,no la ecuanimidad sino el encono, el revanchismo y el desquite inmisericordioso. Es la suya la ley de la peor clase de iracundos: la de quienes no se aplacan ni perdonan ni olvidan, y viven sombríamente masticando su rabia, sus maldiciones y sus agravios, gozando con la destrucción de sus oponentes. Con razón San Pablo les decía a los Efesios “si se enojan no pequen”, porque no es lo mismo la santa ira que la cólera movida por los demonios.


4- La impostergable verdad

Mentira cuantitativa, conceptual y moral ésta de los desaparecidos.

Mentira –y vuélvase a las palabras de Santo Tomás con que empezamos- que cuenta para su afianzamiento con falsos acusadores y jueces facciosos, con arrebatadores profesionales del buen nombre y chismosos de todo jaez, con profesionales del ardid inescrupuloso solventados por Fundaciones norteamericanas y otras colaterales de la Revolución Permanente. Tal vez se entienda ahora –desde esta perspectiva teológica que nos ofrece el Doctor Angélico- porqué la sociedad argentina vive en tensión y en discordia. Difícilmente se pueda vivir de otro modo cuando se le niega su lugar preemiente a la virtud de la veracidad.

Ante tal estado de cosas es necesario salir al ruedo para llamar a los hechos y a las personas por sus nombres. De un modo nada complaciente, tanto para fustigar a los responsables de las desapariciones como para los encanallecidos embusteros que han hecho de ellas un dogma de fe. Defendiendo lo defendible –la guerra justa librada por las Fuerzas Armadas contra el marxismo- y condenando lo que la conciencia cristiana no puede sino reprobar. Abundando en detalles históricos que la amnesia intencional provocada por las izquierdas, hacen hoy imposibles de recordar. Detalles, por ejemplo, como los que emergen de la jurisprudencia utilizada habitualmente para calificar a los militares de fautores de crímenes de lesa humanidad. Tanto de los pliegos respectivos de la Amnesty como los de la Corte Penal Internacional, surge la probanza de que la tipificación de un crimen de lesa humanidad, requiere la juntura de requisitos perfectamente aplicables a las acciones de la guerrilla, incluyendo el que sostiene que tales homicidios, para ser rotulados como tales, "tienen que haberse cometido de conformidad con la política de un Estado o de una organización". Más de un Estado Comunista apoyó y dirigió las operaciones marxistas. Más de una organización nativa, americana e internacional respaldó sus operaciones bélicas y políticas.


5- Por siempre

Pero mientras gobiernan los Montoneros y el ERP, y los remozados e impunes subversivos ocupan las calles, los foros, las plazas, los estratos oficiales y los oficiosos; mientras los mass media se regodean con su módico Nüremberg local y casero, hay otros que ya no pueden hacerse presentes y cuyo recuerdo quisieran borrar por decreto de la memoria patria. Son los ilustres caídos en la guerra justa contra el Marxismo Internacional. Los guerreros cabales que se batieron en el monte y en la selva o en los laberintos urbanos donde se escondían y acechaban los asesinos terroristas. Los combatientes reales, los que tuvieron la suerte de enfrentarse con uniforme y bandera desplegada, o aquellos otros que hubieron de hacerlo -como en toda guerra no convencional- yendo y viniendo cual un ejército de sombras. Porque sólo el cómplice o el necio puede creer que al terrorista agazapado, camuflado y mimetizado con la población normal, se lo debe atrapar con la chapa identificatoria a la vista y previo aviso de allanamiento.

Los que cayeron a campo abierto, o pateando esas guaridas inmundas desde las que se planeaba y ejecutaba a diario el asalto contra la Nación. Los que tuvieron que luchar no únicamente contra los guerrilleros, sino contra la soledad del mando cuando los más altos responsables no estampaban sus firmas al pie de sus órdenes o sentencias, ni procedían como era éticamente exigible. Los que se enfrentaron, junto con las balas enemigas, con la pequeñez de los amigos, las defecciones de las cúpulas castrenses, las deserciones de los flojos, las inmoralidades de los «propia tropa», las angustias de los subalternos, las demencias de los oportunistas, y pese a todo, salieron limpios y rectos sin renunciar a la Fe en la causa por la que se combatía. Los soldados sorprendidos en la vigilia o en el sueño, en la puerta abatida a empellones de una «cárcel del pueblo» o en la conducción de una patrulla en Tucumán, «arma al brazo y en lo alto las estrellas». Los que cada noche se despedían de sus hogares sin saber si regresarían al alba, mientras dormían amparados por la seguridad que les daba tales operativos, muchos, muchísimos de los miserables que ahora levantan el dedo acusador. Los que sobrevivieron -heridos, mutilados, presos, nunca como antes- y que han sido ensuciados por la pasquinería amarilla, sin derecho a réplica, y deben explicarle ahora a sus hijos y nietos quiénes han sido realmente los verdugos de la argentinidad.

Todos ellos y tanto más, han muerto y han peleado por la auténtica grandeza argentina. No dieron sus vidas, como dicen algunos que así creen homenajearlos o poder llamarse "amigos y familiares", para que ahora «disfrutemos de esta paz, de esta libertad, de esta democracia». Ofende sus recuerdos el sólo pronunciar tamaños disparates. Cayeron y pelearon por lo Eterno y lo Permanente. Cayeron y pelearon por la Cruz y la Bandera Azul y Blanca. Cayeron y pelearon por Dios y por la Patria. Por eso -y que tomen nota los criminales de guerra que hoy gobiernan- su lucha no ha concluido. Alguna vez volverá la verdad por sus fueros conculcados. Alguna vez, el Dios de los Ejércitos, hará caer sobre esta tierra cautiva y mancillada, la bendición de su santa y justiciera ira. Entonces, será la victoria pendiente. Una victoria exacta, límpida, rotunda y clara. Por siempre.


Dr. Antonio Caponnetto

martes, 4 de noviembre de 2008

Fietsta de San Carlos Borromeo:
Día de la Dinastía Legítima.





Dios, Patria - Fueros y Rey Legítimo!!



Fiesta de nuestro santo patrono.

4 de noviembre

SAN CARLOS BORROMEO
Obispo

San Carlos BorromeoSan Carlos cuyo nombre significa "hombre prudente" ha sido uno de los santos extraordinariamente activos a favor de la Iglesia y del pueblo que sobresale admirablemente. San Carlos Borromeo, un santo que tomó muy en serio aquella frase de Jesús: "Quien ahorra su vida, la pierde, pero el que gasta su vida por Mí, la ganará", murió relativamente joven porque desgastó totalmente su vida y sus energías por hacer progresar la religión y por ayudar a los más necesitados. Decía que un obispo demasiado cuidadoso de su salud no consigue llegar a ser santo y que a todo sacerdote y a todo apóstol deben sobrarle trabajos para hacer, en vez de tener tiempo de sobra para perder.

Nació en Arjona (Italia) en 1538. Desde joven dio señales de ser muy consagrado a los estudios y exacto cumplidor de sus deberes de cada día. A los 21 años obtuvo el doctorado en derecho en la Universidad de Milán. Un hermano de su madre, el Cardenal Médicis, fue nombrado Papa con el nombre de Pío IV, y éste admirado de sus cualidades nombró a Carlos como secretario de Estado. Más tarde, renunció a sus riquezas, se ordenó de sacerdote, y luego de obispo y se dedicó por completo a la labor de salvar almas.

San Carlos fundó 740 escuelas de catecismo con 3,000 catequistas y 40,000 alumnos.

Fundó además 6 seminarios para formar sacerdotes bien preparados, y redactó para esos institutos unos reglamentos tan sabios, que muchos obispos los copiaron para organizar según ellos sus propios seminarios. Fue amigo de San Pío V, San Francisco de Borja, San Felipe Neri, San Félix de Cantalicio y San Andrés Avelino y de varios santos más.

Murió cuando tenía apenas 46 años, el 4 de noviembre de 1584. En Arona, su pueblo natal, le fue levantada una inmensa estatua que todavía existe.

lunes, 3 de noviembre de 2008

La Salette.

Algunos apuntes sobre La Salette.



Un hito en las intervenciones marianas extraordinarias de los tiempos modernos, La Salette, Francia, 1846 está rodeado de ciertas circunstancias que, a pesar del reconocimiento expreso y pronto de la Iglesia, mueven a dudas a muchos católicos. Parece conveniente resumir en estos apuntes la información básica sobre el tema.

Los videntes

Melania Calvat y Maximino Giraud eran dos pastores “de alquiler”, como era costumbre en aquellos tiempos entre las familias rurales de escasos recursos: emplear a los niños desde muy temprana edad. Apenas si se conocían desde hacía tres días cuando sucedieron las apariciones.

Maximino estaba reemplazando a otro pastor y era bastante más joven y locuaz que la taciturna Melania, poco amiga de la vida social. El insistió en pasar el tiempo juntos en las horas de pastoreo, las cuales la joven pastorcita usaba para unos diálogos místicos, según referirá luego en sus memorias, que ya experimentaba sin saber todavía lo que significaban aquello.

Ninguno de ellos sabía leer ni escribir. Apenas entendían el francés, siendo su dialecto usual una variedad de patois pirenaico.

Al momento de la aparición él tenía 8 años y ella 14. No recibían instrucción escolar formal. Ninguno había tomado la comunión. Su formación religiosa era muy elemental, casi nula, propia del ambiente descristianizado de la sociedad francesa a menos de un siglo de la Revolución. Estaban casi totalmente desamparados por un clero relajado y acuerdista, en el cual pocas eran las excepciones de virtud.

Recordemos la sociedad de Ars, donde el Santo párroco Juan María Vianney tuvo que ejercer su ministerio. La práctica religiosa se limitaba a algunas mujeres que asistían a misa, y tal vez el rezo del rosario. Era común la blasfemia, la impiedad, la falta de cumplimiento del precepto dominical y la burla del clero, el cual no brillaba por su celo pastoral.

Melania aprendió las oraciones y rudimentos de la Fe de su padre, Pedro Calvat, quien a pesar de no tener vida sacramental, mantenía un fe bastante arraigada. De su numerosa prole era Melania la preferida, y aunque estaba poco tiempo en casa porque su oficio de albañil lo obligaba a mantenerse por temporadas más o menos largas distante, allí donde se ofreciera el trabajo, cuando podía, dedicaba su tiempo a esa rara niña hosca.

La madre de Melania era una mujer poco virtuosa, salidora y amiga de los espectáculos, no siempre decorosos, a los que la niña se negaba inexplicablemente a acompañarla. Aunque murió santamente a instancias de las oraciones de Melania y de su insistencia en la confesión y la recepción de los últimos sacramentos, no puede decirse que haya constituido un ejemplo para sus hijos.

Facsimilar del secreto que Melania envió al Papa Pío IX, hoja primera

Su padre, para que tengamos una idea del ambiente en que debió la vidente desempeñarse, al saber la decisión de Melania de entrar en la vida religiosa, después de las apariciones, y movido sin duda por los celos que le causaba el alejamiento de su hija preferida, llegó a dispararle un tiro y la tuvo encerrada en una cueva varios días. De allí logró salir gracias a un devoto de La Salette que la “compró” a canje de una deuda que su padre tenía con él y la puso en manos de religiosas. Melania se caracterizó siempre por la aspereza de carácter y la gran fortaleza de su voluntad, lo cual puede comprenderse al conocer sucesos de esta índole.

Maximino era huérfano de madre, y su madrastra lo quería bien. Empleado como pastor desde muy niño, su padre tenía un cierto desprecio de su capacidad intelectual, realmente infundado. Fue uno de los pocos que no creyó inmediatamente el relato de la aparición, el cual fue muy bien recibido por la mayoría de sus relaciones.

Al padre de Maximino, cerrado a considerar siquiera la posibilidad de esta aparición, lo puso en dudas cierto detalle del relato que le pareció imposible hubiese sido fabulado por su hijo. Prometió volver a la vida sacramental si se curaba de una enfermedad asmática que lo aquejaba mucho. Al hacérsele la gracia, cumplió de inmediato su promesa.

Como se puede ver, ambos pastores vienen de un ambiente rústico, lindante con la miseria, en contacto con un clero relajado, si bien en una sociedad todavía fuertemente marcada por la Fe católica.

La aparición

La Santísima Virgen se apareció a los niños bajo forma de una bella mujer con atuendo campesino, sentada, con el rostro entre las manos, llorando, el 19 de septiembre de 1846. En esta imagen se inspiró Blois para su obra La que Llora.

Ambos pastores se sintieron atraídos hacia el lugar donde Ella apareció por un globo brillante, como un aura luminosísima pero no cegadora, cuya propiedad parecía emanar de la luz que emitía la Virgen desde su rostro y sus vestidos.

La pastorcita, familiarizada con la vida mística

Melania fue la menos sorprendida. Nos dirá en su autobiografía, escrita a instancias de sus confesores, que en la niñez le fue dado un “hermano” muy particular, su ángel de la guarda, que la instruyó en la fe y en la oración. Vivió desde muy pequeña esta vida mística que en su simpleza creía común a todos los seres humanos. También tuvo por un tiempo los estigmas, aunque luego solo sufría los dolores, en particular los viernes y para Semana Santa, sin la manifestación física, que aparecía ocasionalmente.

Melania tuvo precoz conciencia de la necesidad de rezar por las almas del purgatorio en su niñez. Le fue mostrado por su ángel de la guarda. Es relevante también la aparición del alma de un sacerdote, castigado a purgar por su poco celo apostólico y la tibieza en la celebración de la misa. Este le pidió a la niña que asistiera a misa llevando la intención de que su alma quedase liberada de la pena. La expresa prohibición de su madre le impidió cumplir con este pedido hasta varios días después. Melania siempre fue extremadamente obediente, y en esto es una figura muy similar a Berardette Soubirous. Cuando asistió a misa con esa intención el alma se le presentó con aspecto glorioso y le comunicó que se había liberado por su intercesión.

Volviendo a la aparición

La Virgen les confió el motivo de su aparición, les advirtió sobre los castigos que sufriría el pueblo por su impiedad, particularmente la hambruna por falla de las cosechas y les pidió que recordaran palabras que solo podrían revelar a partir de cierta fecha. Melania en 1858, año de la aparición de Lourdes. Son los llamados “secretos”, que fueron llevados a la Santa Sede por gestión del santo obispo de Grenoble, Filiberto de Brouillard (cuya causa de beatificación está en trámite, fue director espiritual de Santa Sofía Magdalena Barat y de quien era creencia firme era hijo natural de Luis XV).

El Papa Pío IX recibió de muy buen grado los “secretos”, breves textos de dos carillas en el caso de Maximino y de tres en el de Melania. Aprobó lo actuado por el obispo Brouillard al reconocer la autenticidad de la aparición y concedió indulgencias y hasta fiesta litúrgica propia, con el paso de tiempo, privilegiando el altar del santuario y elevando el templo luego a la categoría de basílica. Todo esto en menos de 10 años desde la aparición. Asimismo numerosos obispos reconocieron oficialmente curaciones milagrosas logradas por la invocación de la Santísima Virgen bajo la advocación de Nuestra Señora de La Salette.

El sucesor de Mons. Brouillard, obispo partidario de Napoleón III, contra quien había advertido la Virgen a la Papa Pío IX, fue duro enemigo de las apariciones, lo mismo que el Cardenal Primado de Francia. A este le fastidió particularmente que los secretos no pasaran por sus manos.

Los videntes después de las apariciones

Largas son las vicisitudes de los videntes hasta sus muertes, la de Maximino Giroud a edad mediana, la de Melania, bajo el reinado de San Pío X, a los 72 años.

El más discutido, Maximino, fue seminarista, estudiante de medicina, luego empleado de la administración pública, cargo del que fue despedido al poco tiempo. Pasó meses en la miseria, viviendo en las calles de Paris, hasta que por distintas circunstancias llego a formar parte de una empresa que comercializaba un licor monacal el cual su fama de vidente contribuía a vender. Su socio se enriqueció y él quedó en la calle. Fue recogido por un matrimonio francés de buena posición económica, que lo tuvo como a un hijo. Pasó por Roma, fue suavo pontificio por seis meses, y volvió a Francia para comprobar que sus padres adoptivos se habían arruinado con la venta de su empresa familiar. Finalmente, un noble español lo dotó con una buena cantidad de francos para que pudiera vivir dedicado al apostolado. Maximino malgastó el dinero en proyectos imprudentes, volvió a quedar en la ruina y endeudado.

Se negó a servir como clérigo en la congregación de los padres de La Salette, fundados a pedido de la Virgen, aunque estos nunca adoptaran la regla que Melania recibió para ellos.

Murió de hidropesía a los 39 años.

Esta vida tan desastrada es el motivo por el cual muchos dudan de la veracidad de La Salette. Cabe destacar que hubo muchas tentaciones en la vida de Maximino en las que nunca cayó: nunca reveló el secreto, a pesar de que se le ofrecieron fortunas. Tampoco faltó a la castidad, viviendo como si fuera un religioso, pese a no haberse comprometido con voto alguno. Se registra de él haber dicho: “Cuando se ha visto a la Virgen, es imposible pensar en las mujeres”.

A pesar de su vida desventurada, fue siempre piadoso y murió santamente con la plenitud de la asistencia sacerdotal.

Melania, decidida a servir a Dios como religiosa, no pudo nunca establecerse en ninguna casa de modo permanente: ya fuera porque las autoridades le negaban condiciones por causa de la enorme cantidad de gente que la iba a ver (recordemos que la Virgen le pidió a ambos videntes difundir su mensaje, la necesidad de penitencia y reparación, no así el secreto).

Tampoco gozaba de las simpatías de muchos miembros del clero por la fuerte crítica que sus revelaciones hacían de ellos, y porque su amistad era particularmente riesgosa para quienes aspiraban a una buena relación con el “conservador” Napoleón III, quien finalmente traicionó al Papa y provocó la caída de los Estados Pontificios.

Melania recorrió varios países, estando en distintas casa religiosas. Escribió la regla que le dictó la Virgen para los religiosos de La Salette, la cual nunca fue adoptada. Finalmente, bajo la protección del Papa, vivió hasta su muerte en una casa particular, difundiendo el mensaje de Nuestra Señora.

Uno de los motivos que han generado reservas sobre los videntes han sido, en el caso de Maximino, su inconstancia. Seguramente tenía vocación sacerdotal, pero no se atrevió a tomar ese compromiso.

Melania por su parte siempre fue muy hosca y poco diplomática. Víctima de su propio mensaje, políticamente incorrecto, puesto que muchos católicos creían necesario “arreglar” con el liberal Napoleón III, sobrino del Emperador Bonaparte y hombre cuya praxis política se caracterizó por la doblez y el pragmatismo. Víctima él mismo del político más brillante de su tiempo, Cavour, otro liberal, masón, oportunista, aunque sin odio personal a la Iglesia, quien explotó a placer las ambiciones del soberano francés en beneficio de la casa de Saboya.

El secreto de La Salette es escalofriante: puede leerse en este vínculo. Téngase en cuenta que la recurrencia de temas no es cronológica sino cíclica, como los relatos del Apocalipsis. Esta característica lo vuelve algo confuso si se lee linealmente. La pequeña Melania jamás habría podido componer un texto tan complejo y exacto de no habérsele sido revelado. Es común sentir de los especialistas que sus anticipos no están concluidos, en particular las referencias a la apostasía de Roma.

El lector ha de tener en cuenta que esta aparición fue reiteradamente reconocida por la jerarquía católica.





Fuente: Panorama Catolico Internacional.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Pio XII y el Dogma de la Asunción.
Hace 58 años el Siervo de Dios, el Papa Pio XII declaraba el Dogma de la Asunción de la Bienaveturada Virgen María a los cielos en cuerpo y alma.
1950 - 1 de noviembre - 2008



ASUNCIÓN DE MARÍA


Asunción de María significa
que un cuerpo de mujer está en el cielo
que existe un cuerpo de mujer sin duelo
que la Deidad impregna y magnifica.

Adorable o leal, ángel o mica
fruta al varón imán, ruina o consuelo
del alma espejo o detestable anzuelo
puede endiosarse: el Papa lo predica.

Lutero dice que es ciénaga hedionda
Lawrence predica que es divina fuente
Salomón dice que es barranca honda
Freud dice que es veneno permanente

pero sonríe ambigua la Gioconda
y Eva da a luz. Y todo hereje miente.

Y hay un cuerpo que es luz últimamente.




R.P. Leonardo Castellani, S.J.