domingo, 9 de noviembre de 2008

9 de noviembre

Dedicación de la Basílica de Letrán


Basílica significa: "Casa del Rey".

Basílica de LetránEn la Iglesia Católica se le da el nombre de Basílica a ciertos templos más famosos que los demás. Solamente se puede llamar Basílica a aquellos templos a los cuales el Sumo Pontífice les concede ese honor especial. En cada país hay algunos.

La primera Basílica que hubo en la religión Católica fue la de Letrán, cuya consagración celebramos en este día. Era un palacio que pertenecía a una familia que llevaba ese nombre, Letrán. El emperador Constantino, que fue el primer gobernante romano que concedió a los cristianos el permiso para construir templos, le regaló al Sumo Pontífice el Palacio Basílica de Letrán, que el Papa San Silvestro convirtió en templo y consagró el 9 de noviembre del año 324.

Esta basílica es la Catedral del Papa y la más antigua de todas las basílicas de la Iglesia Católica. En su frontis tiene esta leyenda: "Madre y Cabeza de toda las iglesias de la ciudad y del mundo".

Se le llama Basílica del Divino Salvador, porque cuando fue nuevamente consagrada, en el año 787, una imagen del Divino Salvador, al ser golpeada por un judío, derramó sangre. En recuerdo de ese hecho se le puso ese nuevo nombre.

Se llama también Basílica de San Juan (de Letrán) porque tienen dos capillas dedicadas la una a San Juan Bautista y la otra a San Juan Evangelista, y era atendida por los sacerdotes de la parroquia de San Juan.

Durante mil años, desde el año 324 hasta el 1400 (época en que los Papas se fueron a vivir a Avignon, en Francia), la casa contigua a la Basílica y que se llamó "Palacio de Letrán", fue la residencia de los Pontífices, y allí se celebraron cinco Concilios (o reuniones de los obispos de todo el mundo). En este palacio se celebró en 1929 el tratado de paz entre el Vaticano y el gobierno de Italia (Tratado de Letrán). Cuando los Papas volvieron de Avignon, se trasladaron a vivir al Vaticano. Ahora en el Palacio de Letrán vive el Vicario de Roma, o sea el Cardenal al cual el Sumo Pontífice encarga de gobernar la Iglesia de esa ciudad.

La Basílica de Letrán ha sido sumamente venerada durante muchos siglos. Y aunque ha sido destruida por varios incendios, ha sido reconstruida de nuevo, y la construcción actual es muy hermosa.

San Agustín recomienda: "Cuando recordemos la Consagración de un templo, pensemos en aquello que dijo San Pablo: ‘Cada uno de nosotros somos un templo del Espíritu Santo’. Ojalá conservemos nuestra alma bella y limpia, como le agrada a Dios que sean sus templos santos. Así vivirá contento el Espíritu Santo en nuestra alma".

San Francisco de Borja: Meditación para recibir el Santísimo Sacramento.



Primer punto: Considerar quién es el que he de recibir, y cómo en cuanto a la divinidad es igual al Eterno Padre, y cómo en cuanto hombre es el más ilustre de todos los hombres.

Segundo punto: Considerar de dónde viene: del Cielo. Consideraré que me hace mayor don que a los Apóstoles el Jueves de la Cena. Y he de confundirme trayendo a la memoria lo que haría si esperase a un amigo o hermano que me viniese a ver de tierras lejanas, o si el Papa o el Emperador hubiese de venir a verme, y lo poco que hago con la venida de Jesucristo, de los Cielos a mi ánima.

Tercer punto: Ver cómo viene. Consideraré cómo habiéndome dado todas las criaturas, Él mismo disfrazado se me da en una de ellas, haciéndose pequeñito, conforme a mi pequeñez.

Cuatro punto: Ver adónde viene. A este mundo donde tantas ofensas y pecados se cometen contra su divina Majestad.

Quinto punto: Considerar quién soy yo que le he de recibir, y mostrarle mis llagas, pidiéndole con el leproso del Evangelio que me sane. Así miraré de dónde viene, adónde viene y a qué viene.

Alabado sea Dios.



San Francisco de Borja.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Sobre la conveniencia de que la FSSPX pida el levantamiento de las excomuniones.

Es uno de los temas de polémica hoy en nuestra web y en muchos sitios virtuales y físicos.

Escribe Marcelo González

Veamos los hechos: Se ha anunciado y lanzado ya, al menos en Europa, la campaña de un millón de rosarios para que la Santísima Virgen conceda esta gracia. Para ser más exactos, tomamos las palabras textuales del sito informativo oficial de la FSSPX, Dici: Il (Mons. Fellay) a demandé un million de chapelets pour obtenir de Notre Dame la grâce du retrait du décret d’excommunication qui frappe de discrédit, à travers les évêques de la Fraternité Saint-Pie X, tous les prêtres et les fidèles attachés à la Tradition catholique.

Es decir “ha pedido un millón de coronas (5 misterios del rosario) para obtener de Nuestra Señora la gracia de la retiración del decreto de excomunión que desacredita, a través de los obispos de la Fraternidad San Pío X, a todos los sacerdotes y fieles unidos a la Tradición católica”.

La redacción es sutil. No se pide al Papa el levantamiento ni la anulación: se pide a la Virgen que la Santa Sede, motu proprio, retire esta sanción bajo los términos que quiera pero que no le habrán sido pedidos. ¿Qué dará la FSSPX a cambio? Un millón de rosarios… ¿Alguien puede oponerse a este trueque?

O los obispos de la Fraternidad tienen mucha fe, o hay algo ya acordado, es el primer pensamiento que viene a la mente del analista suspicaz. Por otra parte, bloggeros habitualmente bien informados dicen que el Papa ya ha decidido tal levantamiento, aunque no dicen qué ha pedido a cambio a la FSSPX. Por lo que se ha visto en los últimos meses no logrará mucho más que oraciones.

Visiones cruzadas

Según gente que opina desde el tradicionalismo no lefebvrista y desde el conservadurismo que simpatiza aunque no apruebe, las actuales autoridades de la Fraternidad no siguen el espíritu de su fundador, el cual, dicen, habría pedido y aceptado ya hace mucho un acuerdo con Roma. El argumento más esgrimido es “Mons. Lefebvre pedía una lectura del Vaticano II acorde a la Tradición. Eso es lo que el Papa actual hace. Por otra parte se ha liberado la misa tradicional y por lo tanto, si acaso hubo, ya ha cesado el estado de necesidad que daría licitud moral a la transgresión del Derecho Canónico realizada en 1988”.

Desde otros parajes se oye también con frecuencia que la FSSPX está en cisma porque sigue la doctrina de su fundador antes que la de la Iglesia. Son “lefebvristas” antes que católicos…

Hay una curiosidad paradójica en estos dichos. Algunos consideran a los actuales directivos de la congregación tradicionalista demasiado lefebvristas. Y otros los acusan de haberse apartado del espíritu de su fundador. Ambos dan por consecuencia el mismo resultado: la negativa a pedir un acuerdo con la Santa Sede. Es decir, causas opuestas producirían el mismo efecto. No sé si esto es filosóficamente posible. Dejo la inquietud a los especialistas.

La interna lefebvrista

Desde el interior de la FSSPX se ven las cosas desde otra óptica. O bien, desde otras ópticas.

Nadie considera válidas la excomuniones, obviamente. En caso contrario no militarían en el tradicionalismo lefebvrista, a riesgo de poner en peligro la salvación de sus almas. Es decir, sigue en vigencia el argumento que ha sostenido moralmente las acciones de la congregación desde 1988 y desde antes aún: el estado de necesidad.

La discusión pasa por otro lado: ¿para qué pedir el levantamiento de unas excomuniones que son inválidas o nulas? ¿No va implícito en este pedido una aceptación de que tales sanciones canónicas son válidas y por lo tanto deben ser retiradas? ¡Hay que exigir la declaración de nulidad con pedido de disculpas por parte de Roma!

Sobre este ambiente se lanza el pedido del millón de chapelets. Los argumentos contra las objeciones anteriores que se oyen en los pasillos lefebvristas suelen ser:

Las excomuniones son inválidas, pero son. Es decir, existen y gravan pesadamente el buen nombre de nuestro instituto religioso. No solo debemos ser, sino también parecer. El Papa ha concedido lo más, que era la misa, bien puede conceder lo menos, que es la retiración de una sanción canónica.

No va implícito ningún reconocimiento de validez, porque se pide a la Virgen la “retiración” por parte del Santo Padre, quien es la única autoridad en la tierra con potestad y jurisdicción para levantar, retirar, anular etc. una pena por un delito reservado a la Santa Sede. Más allá de si la pena ha sido justa o no.

Es disparatado pedir que Roma se disculpe. Roma nunca se disculpa (bueno, casi nunca). Roma es Roma, y si un papa mete la pata, otro enmienda el error, pero no da razones.

Es difícil saber si los casi 40 años de militancia en las catacumbas internas de la Iglesia han impreso en algunos un carácter que impida ver estas realidades. Ni bajo Benedicto XVI, ni bajo Benedicto XVII ni bajo Pío XIII los obispos de la FSSPX serán llamados a Roma a cruzar bajo el arco del triunfo.

Es cierto que el “estado de necesidad” subsiste, según el pensamiento lefebvrista, sin mayores cambios, salvo la liberación de la misa tradicional, un dato mayor, aunque aquí también se ha obstaculizado la puesta en práctica por la persecución de muchos obispos. Por el resto, la Santa Sede declara una continuidad doctrinal que no practica, en particular en materias como la llamada “libertad religiosa”, el ecumenismo y la colegialidad. El papa Benedicto tiende la mano a la FSSPX pero a su vez la tiende a los Neocatecumenales y a los rabinos. ¿Se puede ser parte de ese tumulto? Aun con buena voluntad, parece imposible en la práctica...

En cualquier caso, el problema doctrinal sigue en pie. El quiebre de la continuidad doctrinal es evidente en el llano. En el nivel episcopal también, y aún más arriba se juega en la línea de opiniones teológicas que sin caer en el relativismo parecen difíciles de conciliar con el Magisterio multisecular. Asimismo, el CVII sigue siendo el superdogma, pues casi no hay documento que no lo ponga por fundamento, con una prescindencia prácticamente total del magisterio anterior.

En nuestra opinión, parece ser un bien el reconocimiento de que no hay motivos para que los obispos de la FSSPX estén excomulgados. Esto cambia la visión de las cosas, no solo hacia afuera, sino hacia adentro. Sería también auspicioso que se evitara sobreactuar para la interna. Esto ha conducido a ciertas situaciones enojosas por las que el Santo Padre ha reclamado con todo derecho un trato más respetuoso.

Lo cortés no quita lo valiente.




Fuente: http://www.panodigital.com/sobre-la-conveniencia-de-que-la-fsspx-pida-el-levantamiento-de-las-excomuniones

viernes, 7 de noviembre de 2008

Aniversario de la muerte de Ramiro de Maeztu.

1936 - 7 de noviembre - 2008


por María de Maeztu

Ramiro de Maeztu, maestro de Hispanidad, fue asesinado en el infausto Noviembre de 1936. Su hermana María recoge sus pensamientos y sentimientos


En aquel instante dramático veo con claridad —a pesar de mi congoja que me recluye al silencio— que él ha terminado ya de recorrer su camino de Damasco y que yo comienzo el mío, el camino que sin él habré de recorrer infinitamente sola. Hasta ahora su nombre, el prestigio de su firma, su autoridad moral, me abrían todas las puertas: por eso fue mi vida tan fácil. La hora del dolor ha llegado. La hora de afrontar a solas, cara a cara, sin defensa y sin apoyo, esa cosa terrible y magnífica que se llama la verdad.

A través de las rejas de la cárcel, en ese día memorable, el hombre que fue mi hermano, mi amigo, mi maestro, el compañero en la labor, el inspirador de la emoción creadora, me entrega un mensaje. No viene escrito en palabras, pero está en su mirada, en su acento, en su voz. Es su mandato que tiene la fuerza inalterable de lo que se pide en silencio en la hora de la muerte.

7 de Noviembre de 1936 — Madrid.

En el patio de la cárcel los presos escuchan los nombres que un miliciano pronuncia. Van destacándose los llamados. Un paso adelante y la última mirada a los otros compañeros de cautividad, a los que compartieron la angustia de la espera del momento final.

Ahora el cancerbero ha pronunciado su nombre. Ha querido pronunciarlo, lo ha intentado, cual si fuera uno entre tantos. Pero su voz, al resonar en el ámbito de la cárcel, ha cobrado aliento de eternidad. El nombre que pronuncia es ya un nombre histórico. Ha dicho: Ramiro de Maeztu. Ha querido añadir un número, con que va sellado, en señal de ignominia, todo presidiario. Pero una fuerza sobrehumana ha detenido su voz y el nombre sale solo, señero, limpio, claro. Es el nombre que cientos de miles de veces reprodujeron las columnas de los diarios, de los mejores diarios de Europa y América, al pie de un artículo de prosa perfecta en el que se enunciaba una verdad, una inquietud, un anhelo, una profecía. Es el nombre de un hombre que por mantenerlo sin miedo y sin tacha, como el de los caballeros medioevales, lo ha arriesgado todo y en el momento decisivo se ha visto, como la Verdad que defiende, solo, definitivamente solo, abandonado.

El nombre de cuantos han de morir se escucha en la cárcel con idéntica emoción. Pero ahora se añade, en este caso, un aureola de popularidad. Es un nombre conocido por todos y hasta la Muerte le conoce, pues habló y escribió mucho sobre ella: todos los días pido a Dios que me dé alientos para morir con dignidad .

El 7 de Noviembre de 1936, en el patio de la cárcel de Madrid, Ramiro de Maeztu, al ser llamado, hincó su rodilla en la tierra ante otro cautivo. Era un sacerdote. Aproximó él su cabeza para hacerle entrega de su última confesión. El sacerdote, ante la gravedad de la instancia, viendo que tenía a sus pies no a un hombre como otro cualquiera sino a un mártir que ha traspasado ya la frontera de lo humano para ingresar en la región donde moran los santos, hizo un gesto con la mano indicando que sus pecados le estaban perdonados porque amó mucho y sufrió mucho. Pero Ramiro, fiel al rito de la religión por cuya defensa daba su vida, dijo en voz clara y serena: Padre, absuélvame...

Y la gravedad dramática de aquella hora, que los siglos de la historia cubrirán de gloria y de belleza, se tornó luminosa. En sus ojos azules, claros, profundos; en aquellos ojos que habían absorbido con deleite, en los años de juventud, la belleza de la vida; en aquellos ojos por los que cruzó un día la visión anticipada, certera, segura, de lo que habría de ser España, brilló como nunca una llamarada de fe. Le saltaba el corazón en el pecho, impaciente como el del chiquillo cuando tardan en proporcionarle lo que anhela.. Teresa de Jesús, la Santa de Avila, risueña, jovial, animosa, iba dándole fuerzas. Y mientras cruzaba, erguido y sereno, el pasillo de la cárcel, iba repitiendo las inmortales estrofas:

Y tan alta vida espero

Que muero porque no muero.

Avanzó el paso, subió a la camioneta. La luz blanca y fría del amanecer de Madrid iluminó como un reflector su rostro anticipando en él la palidez de la muerte. Su cabeza, bajo la luz tenue, levemente azulada, de aquella aurora, no era ya la cabeza de un hombre de carne y hueso: era la figura bellísima de una escultura tallada por un imaginero castellano, para que pueda ser elevada algún día al altar del templo donde mora Dios. ¿Quién sabe? Tal vez, al altar del templo de San Miguel, en Vitoria, donde recibió en la pila bautismal el agua que desde hace veinte siglos limpia al hombre del pecado original y le hace protagonista del drama de una pasión —padecimiento perenne— que vivirá con terrible angustia.

Después...el camino, la parada, el recodo final. Los milicianos que van a disparar contra él se detienen para acomodar con certeza el cañón que va a arrojar la metralla. Le ordenan que avance contra un muro que dentro de unos instantes quedará salpicado de sangre, de la sangre de un hombre que fue lo que quiso ser: un caballero cristiano. Ya están allí, en ese lugar para dar muerte a un reo por el solo delito de haber amado infinitamente a su Dios y a su patria, frente a frente, como en las horas más gloriosa de España, dos ideas, dos místicas, dos símbolos, dos manifestaciones del espíritu a cuyo enlace no se llegará nunca, nunca, porque entre ellos no cabe armonía posible. La una es una idea de afirmación y de amor cuyo sentido consiste en elevar al hombre. La otra es de negación que se propone anularle: es inhumana.

El instante final se aproxima. Dentro de unos segundos la voz de aquel hombre —una voz armoniosa y varonil, grave y serena, tierna y reposada, una voz que adquiría maravilloso acento patético, cuando hablaba del dolor y la muerte, las dos grandes protagonistas de la historia— se apagará para siempre. Pero todavía tiene que decir una verdad, la última verdad, con la que va a expresar en la hora de la muerte el sentido de la vida: Yo sé por qué muero, vosotros no sabéis por qué me matáis . La luz del amanecer detiene su curso y parece que, de nuevo, como en la hora del Gólgota, descienden las sombras de la noche. Estas sombras impiden ver la caída de su cuerpo sobre la tierra y permiten suponer que el alma iluminada por la fe que hubo un tránsito. Y como no se ha logrado averiguar cuál es el trozo de tierra que sirve de lecho a sus restos mortales, podemos afirmar que España entera le sirve de sepulcro.

La muerte del mártir es la verdadera muerte, porque conduce al hombre a la frontera de la vida en la más terrible soledad. Solo, abandonado, no ha tenido una mano amiga que cerrara sus ojos ni que cubriera de flores su cuerpo. De haber muerto en la hora del triunfo, en pos de su cadáver, como antes en pos de su palabra, hubiera ido España entera: la España que piensa y que sabe dónde está su salvación. En ese amanecer del 7 de Noviembre de 1936 está solo, y para colmo de traición, sus verdugos se empeñaron en negar su muerte. Solo se sabe que ha desaparecido de su celda en la cárcel de Madrid.

¿Dónde está Maeztu?, preguntan las cancillerías de Europa y América. ¿Dónde está?, preguntan en Londres, las mujeres que le admiraron y escucharon su palabra con deleite. ¿Donde está Ramiro?, pregunta su madre, su mujer, su hijo. ¿Dónde está el maestro?, preguntan los discípulos que ha ido dejando a su paso por el mundo.

¿Dónde está?, pregunta desde Buenos Aires su grande amigo Ricardo Rojas, y desde Chile uno de sus más fieles admiradores, Mario Garcés. ¿Dónde está el hombre, el apóstol, el profeta, el precursor?, pregunto yo. ¿Qué habéis hecho de él? ¿Cómo y por qué no hubo una voz, una sola voz en España que se levantara en su defensa? ¿Qué hicieron los intelectuales, sus amigos de la juventud, sus compañeros en la labor, que no pronunciaron una sola palabra ni pusieron su firma para salvar la vida del hombre bueno?

Y cuando la imprecación surge terrible, desesperada, oigo una voz clara que, en nombre de Dios, contesta: No, Ramiro de Maeztu no ha muerto porque ha ingresado en el reino de la inmortalidad.





Nota: Articulo publicado por la Revista Custodia en su número 3 del mes de diciembre de 2002.

jueves, 6 de noviembre de 2008

LA MADRE DE TODAS LAS BATALLAS

A principios del siglo XIX, en la Guerra de la Independencia, los españoles lucharon contra un invasor extranjero, pero no sólo contra eso. Los napoleónicos traían escritos en sus banderas los lemas de la Revolución Francesa, es decir, el ideal de fundar una sociedad nueva basada no en la Religión, sino en la voluntad y el contrato de los hombres. Los españoles que, excepto contadísimos afrancesados liberales, permanecían fieles a su Fe y a su Rey, lucharon entonces contra un enemigo superior. Y, con la ayuda de Dios, vencieron en aquel tremendo empeño.

Ya en el siglo XX, parecida lucha volvió a plantearse en nuestra Guerra de Liberación. Sin embargo, en ella ya no se trataba de un enemigo exterior, porque las ideas de la Revolución habían penetrado en nuestra patria e incluso se hallaban instaladas en la gobernación del Estado ya desde las precedentes guerras carlistas. En aquella empresa “por Dios y por la Patria” también se venció con la ayuda de Dios. Pero, pese a tanto esfuerzo, la Revolución laicista siguió avanzando y hoy, desde los años sesenta, nos aparece penetrada no sólo en la patria sino en la propia Iglesia.

Cuando digo “la Iglesia” me refiero a la Iglesia visible, temporal, no a la esencial que fundó el mismo Cristo y pervivirá hasta el final de los tiempos. Este contraste se ha dado también en otras épocas de la historia, por ejemplo en el siglo V en que la Iglesia visible aparecía en su mayoría inficionada de la herejía arriana, y fue el Espíritu Santo quien hizo prevalecer la ortodoxia de la verdadera Iglesia, no sin el esfuerzo y aún el martirio de muchos, tal como sucedió en nuestras dos guerras aludidas, la de la Independencia y la Cruzada.

A raíz del último Concilio, el Papa Pablo VI reconoció que “el humo de Satanás había entrado por alguna rendija en la Iglesia”. Apreciación muy verdadera, salvo en lo que a la rendija se refiere. Dado que su predecesor había dicho, en la preparación del Concilio, que “había que abrir las puertas y ventanas de la Iglesia para que entrase un aire fresco”. Así, Satanás, el Príncipe de este Mundo, no tuvo necesidad de una rendija, puesto que tenía abiertas las puertas del “aggionamento” y el aperturismo. Así, si bien lo observáis, siempre que en su tiempo se invocaba al Concilio de Trento era para una exigencia de mayor observancia, al paso que hoy siempre que se invoca al Vaticano II es para amparar una relajación de la disciplina o una difuminación del dogma.

Las consecuencias de esa penetración han sido muy evidentes: el clero disfrazado de seglar, una cuarta parte del mismo secularizado, ausencia de vocaciones y de conversiones, seminarios vacíos, los colegios religiosos convertidos en buena parte en centros de propagación marxista, la predicación subversiva, la Misa convertida en asamblea y protestantizada, el latín y el gregoriano abandonados, todo dogma, sacramento o rito contestados desde dentro de la Iglesia; los gobiernos católicos que existían, desmantelados por exigencia de la propia Iglesia; la guerrilla subversiva en Centroamérica y en el País Vasco dirigida en buena parte por clérigos y amparada por su episcopado; el ecumenismo conciliar poniendo en pie de igualdad a la Iglesia con las herejías y paganismos, con lo que se desarma a las misiones y se las convierte en mera beneficencia; la Fe Católica diluida, en fin, para muchos en “teología de la liberación”.

Las consecuencias de esta revolución eclesiástica han sido fulminantes, sobre todo en España: divorcio legalizado, contracepción fomentada, aborto despenalizado, eutanasia a la vista, promiscuidad sexual, sodomía pública, drogadicción, enseñanza laica, pornografía sin freno… Y aún peor que todo eso, el desarme moral de los cristianos, su indiferencia a todo, su apatía general. Compárese el ardor religioso de 1936 contra las leyes impías de la República con lo que hoy existe.

Los males se desencadenaron vertiginosamente a partir de la pérdida de la unidad católica con la ley de libertad religiosa, consecuencia de la Declaración Conciliar “Dignitatis Humanæ”. Ésta fue “la madre de todas las batallas”; lo demás es sólo su consecuencia obligada. Si se acepta la democracia moderna, en la cual toda ley nace de la voluntad humana, todo será ya posible y habrá que aceptarlo. Así, la Iglesia oficial jamás protesta hoy en nombre del honor o de la ley de Dios, sino en nombre del “humanismo”, de los derechos humanos o de la defensa de la vida.

Pero en España, antes o después, volverá a suceder como en los años treinta: una mayoría de católicos —los democristianos y cedistas— aceptaron la legalidad republicana, como medio de lucha y salvación, lo que habría de llevar por sus pasos al gobierno comunista del Dr. Negrín. Otros, en cambio, como Fal Conde y los navarros, prepararon voluntarios y armas por si, como sucedió, llegaran a ser necesarios.

El esfuerzo de tantos héroes y mártires hará que en España no se pierda definitivamente el norte de la verdad y la posibilidad de reconquista. En el norte de África la invasión árabe del siglo VII islamizó el territorio, e islamizado sigue. En España, en cambio, hubo un don Pelayo y un San Fernando, una Reconquista que, tras ocho siglos de esfuerzo, restituyó la patria a su Fe. La historia, por negro que aparezca el horizonte, volverá a repetirse por gracia del Altísimo.

Si ellos afirman la enormidad de que la democracia liberal es el único régimen deseable, nosotros afirmamos aquí la gran verdad de que la sociedad ha de fundarse sobre la religión y que la Fe Católica es la única religión verdadera.

Rafael Gambra Ciudad






Nota: Este artículo fue publicado en “Siempre pa'Alante” en abril de 1991, y en “Roma Æterna” nº 121, de abril de 1992. Extraido del Blog de Cabildo.