jueves, 24 de diciembre de 2009

Santa Navidad...

...a todos los que visitan Tercio San Carlos.




La Kalenda o Pregon de Navidad

"Navidad de N. Señor Jesucristo según la carne".

En los Coros de las Catedrales y de los Monasterios, se canta hoy con pompa inusitada, en el Oficio de Prima, el anuncio oficial de la Navidad del Señor, que trae el Martirologio y que textualmente dice así:

"En el año 5199 de la Creación del mundo, cuando al principio creó Dios el cielo y la tierra; en el 2957 del diluvio; en el 2015 del nacimiento de Abrahán; en el 1510 de Moisés y de la salida del pueblo de Israel de Egipto; en el 1031 de la unción del rey David; en la semana 65 de la profecía de Daniel; en la Olimpíada 194; en el año 752 de la fundación de Roma; en el 42 del imperio de Octavio Augusto; estando todo el orbe en paz; en la sexta edad del mundo: Jesucristo, Dios eterno e Hijo del eterno Padre, queriendo consagrar al mundo con su misericordiosísimo Advenimiento, concebido por el Espíritu Santo, y pasados nueve meses después de su concepción, nació, "hecho Hombre, de la Virgen María, en Belén de Judá", (Se arrodillan todos los circunstantes, y prosigue el cantor en tono más agudo): "Navidad de N. Señor Jesucristo según la carne".






Sermon del Cardenal Newman


Gozo de verdad

Díjoles el ángel: “¡No temáis!,
porque os anuncio una gran alegría
que será para todo el pueblo:
Hoy os ha nacido en la ciudad de David
un Salvador, que es Cristo el Señor.”


Lc. II:10-11

Dos son las principales lecciones que se nos enseña en esta gran Fiesta que celebramos hoy: lecciones de humildad y júbilo. Ciertamente este es un día, por encima de cualquier otro, en el que se nos muestra la excelencia celestial y lo aceptable que resulta a los ojos de Dios una vida que la mayoría puede llevar, o que puede adquirir: una vida modesta y de mucha alegría. Si consultamos los escritos de los historiadores, de los filósofos y de los poetas de este mundo, se nos inducirá a creer que los grandes hombres han sido felices; se nos hará creer que resultan muy deseables los cargos encumbrados y el rango social, exóticas aventuras, talentos prodigiosos para encararlas y denodados esfuerzos para imponerse, gestas memorables y grandes destinos. Y terminaremos creyendo que lo más alto a que se puede apuntar es a la persecución del bien y no a su disfrute.

Pero cuando pensamos en la Fiesta de hoy y lo que se conmemora, se nos abre una perspectiva enteramente diferente. En primer lugar, se nos recuerda que si bien esta vida nunca podrá estar exenta de trabajos y esfuerzos, con todo, hablando apropiadamente, no tenemos por qué andar en pos de nuestro bien más alto. Uno se topa con esto, se lo encuentra—nos es traído con el descenso del Hijo de Dios, salido de seno de su Padre y venido al mundo. Se encuentra guardado para nosotros en esta tierra. Los hombres magnánimos y de disposiciones fogosas ya no necesitan cansarse más en la persecución de aquello que creen que tal vez podría ser el principal de los bienes; ya no hace falta, como en tiempos de los paganos, que salgan a recorrer el mundo afrontando toda clase de peligros como cuando se hallaban a la caza de aquella secreta bendición que sus corazones naturalmente deseaban. El texto es para ellos y para todos: “Hoy os ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor”.

Tampoco nosotros necesitamos salir a la caza de aquellas cosas que este vano mundo llama grandes y nobles. Cuando asumió su rango y eligió su puesto en la tierra, Cristo puso de manifiesto su desprecio por aquello que el mundo estima. Ninguna suerte podía ser más modesta ni más ordinaria que la que el Hijo de Dios eligió para sí.

De modo que en esta Fiesta de la Navidad contamos con estas dos lecciones: en lugar de ansiedad por dentro y tristeza por fuera, en lugar de la agobiadora persecución de grandes cosas, nos toca estar gozosos y alegres; y por cierto, todo eso en medio de oscuras y ordinarias circunstancias de la vida que el mundo ignora y desprecia.

Consideremos esto con más detenimiento, tal como se deduce del texto que nos ocupa.

1.- ¿Qué es lo que leemos justo antes de este texto? Que había ciertos pastores que pasaban la noche custodiando su rebaño y que se les aparecieron unos ángeles. ¿Por qué las legiones angélicas habrían querido aparecérseles a estos pastores? ¿Qué les llamaba la atención a los ángeles y al Señor de los Ángeles? ¿Por ventura eran estos pastores sabios, distinguidos o poderosos? ¿Se destacaban por su piedad y sus dones? Nada se dice que permita inferir semejante cosa. Podemos conjeturar con cierta certeza que fe sí tenían, o por lo menos algunos de ellos, pues a quien tiene mucho, mucho más se le dará; pero nada indica que fueran más santos o más iluminados que cualquiera de las otras buenas gentes de aquel tiempo que esperaba la consolación de Israel. Por el contrario, no hay razón alguna para suponer que eran mejores que el común de sus contemporáneos de similares circunstancias—gente sencilla que temía a Dios, pero sin hacer súbitos notables en su piedad ni con hábitos de religión demasiados notables. ¿Por qué, pues, fueron elegidos? Por razón de su pobreza y oscuridad, porque eran pobres e ignotos. Dios Todopoderoso contempla con un amor muy especial, o (si se nos permite decirlo) con un afecto muy especial, a los humildes. Tal vez sea porque el hombre caído, dependiente, aquel que no cuenta con recursos propios, se encuentra más a sus anchas, se halla mejor, se ve mejor cuando sus circunstancias son modestas—y que el poder y las riquezas, bien que en el caso de algunos no pueden evitarse, constituyen apéndices antinaturales para el hombre como tal. Así como hay oficios y vocaciones que no parecen muy decorosos y que sin embargo hacen falta; y si bien nos aprovechamos de tales tareas y honramos a quiénes se ocupan de tales cosas, sin embargo nos alegramos de que no nos hayan tocado en suerte; o a lo mejor nos sentimos agradecidos y respetamos la profesión de un soldado, pero de todos modos no querríamos serlo nosotros: así también a los ojos de Dios la grandeza, la magnificencia y el rumbo resultan menos aceptables que la oscuridad. Nos queda menos bien.

Por tanto, los pastores fueron elegidos por razón de su bajeza para ser los primeros en enterarse del nacimiento de Nuestro Señor—un secreto que no sabía ninguno de los príncipes de este mundo.

¡Y qué contraste se nos presenta cuando caemos en la cuenta de quiénes eran los mensajeros del Señor para esta gente! Los ángeles de potestad excelente fueron quiénes transmitieron la invitación del Señor a los pastores. Aquí se han juntado las más encumbradas y las más bajas de las criaturas racionales de Dios. Un grupo de gente pobre, de vida áspera, expuesta en ese mismo momento al frío y la oscuridad de la noche, custodiando sus rebaños con el objeto de echar a las fieras o a los ladrones; estos mismos—que no están pensando sino en cosas terrenas, contando sus ovejas, manteniendo a sus perros a su lado, escuchando los rumores de la llanura, considerando el clima y esperando el amanecer—de repente se encuentran con visitas enteramente inesperadas y completamente diferentes a lo que podían concebir. Sabemos cómo es el limitado mundo de gente así, de la gente sencilla, cómo se ocupa de cosas pequeñas y ordinarias, cómo vuelven con sus pensamientos a una o dos cosas, una y otra vez, sin variación alguna, cosas que concitan la atención de los que se hallan expuestos, gente para la cual tanto cuenta el calor y el frío, la lluvia, el hambre, el vestido, las fatigas y penurias de sus trabajos. A la gente de esta guisa le deja de importar casi todo, sino que andan como mecánicamente, sin corazón, y más todavía, sin reflexión alguna.

A gente de estas circunstancias se le apareció el ángel, para abrirles las mentes y para enseñarles a no estar deprimidos ni sentirse esclavos por su baja condición en esta vida. Se les apareció como para mostrarles que Dios había elegido a los pobres de este mundo para ser herederos de Su Reino y para honrar a los de tal condición. “No temáis”, dijo, “porque os anuncio una gran alegría que será para todo el pueblo: Hoy os ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor”.

2.- Y aquí aparece una segunda lección que, como he dicho, puede aprenderse de esta Fiesta. El ángel honró a un grupo de humildes con sólo aparecérseles a los pastores; y luego les enseñó a gozarse con su mensaje. Reveló noticias tan excelentes, tan por encima de las cosas de este mundo, que puso al mismo nivel tanto a los encumbrados como a los de baja condición, a los pobres como a los ricos, emparejando a unos con otros. Dijo: “No temáis”. Como habrán observado, se trata de un modo de dirigirse a los hombres que aparece frecuentemente en las Escrituras, como si el hombre requiriese de un reaseguro así para su apuntalamiento, especialmente cuando se halla en la presencia de Dios. El ángel dijo, “No temáis” cuando advirtió la alarma que su sola presencia despertó en aquellos pastores. Incluso una maravilla menor que ésa los habría sorprendido. Por tanto, el ángel dijo, “No temáis”. Le tenemos un miedo natural a cualquier mensajero del otro mundo porque cuando estamos solos nuestra conciencia se inquieta y pensamos que su aparición anticipa males para nosotros. Por lo demás, tenemos tan poca conciencia del mundo invisible que si un ángel o espíritu fuera a comparecer en nuestra presencia nos veríamos asombrados más que nada por nuestra propia incredulidad al constatar una verdad que se hace manifiesta como nunca antes. Así es que por una razón u otra los pastores estaban muertos de miedo cuando la gloria del Señor resplandeció a su alrededor. Y el ángel les dijo: “No temáis”. Un poco de religión nos atemoriza; cuando se vierte un poco de luz en nuestra conciencia, se hace visible una cierta tiniebla; sólo atisbos de desdicha y terror; mientras resplandece, la gloria de Dios nos alarma. Su santidad, la amplitud y dificultad de sus mandamientos, la grandeza de su poder, la fidelidad de su palabra, asustan al pecador, y los hombres que lo ven asustado creen que la religión es lo que lo ha atemorizado así, cuando resulta que, hablando en plata, aún no es religioso en absoluto. Lo creen religioso cuando en realidad sólo está sufriendo un ataque de conciencia. Pero la religión en sí misma, lejos de inculcar alarma y terror, dice, en palabras del ángel, “No temáis”; pues así opera la misericordia de Dios mientras Dios Todopoderoso derrama su gloria a nuestro alrededor—y eso que se trata de una gloria consoladora, pues es la luz de su gloria en el Rostro de Jesucristo (II Cor. IV:6). Y así, en aquella primera Navidad, el heraldo celestial atemperó el resplandor del Evangelio que nos encandilaba en exceso. Al principio la gloria de Dios alarmó a los pastores, de modo que agregó las noticias de bien para que causara en ellos un talante más sano y feliz. Entonces se alegraron.

“No temáis”, dijo el ángel, “porque os anuncio una gran alegría que será para todo el pueblo: Hoy os ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor.” Y luego, finalizado aquel anuncio, “y de repente vino a unirse al ángel una multitud del ejército del cielo, que se puso a alabar a Dios diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz entre los hombres objeto de buena voluntad»”. Tales fueron las palabras que aquella graciosa noche les dijeron a los pastores los benditos espíritus que ministran ante Cristo y sus Santos, para levantarlos sobre su humor frío y hambriento hacia un gran júbilo; para enseñarles que eran objeto del amor de Dios tanto como los hombres más grandes de la tierra; no, digo mal, más que eso, pues esa noche es a ellos a quiénes primero se les dio noticia de lo que estaba ocurriendo. Entonces su Hijo nació en este mundo. Acontecimientos como éste se les cuenta a los amigos y a los íntimos, a quiénes queremos, a quiénes simpatizan con nosotros, no a extraños. ¿Cómo podía Dios Todopoderoso resultar más gracioso y mostrar su favor de manera más elocuente a los de baja condición y que carecen de amigos, sino apresurándose (si se me permite decirlo así) a confiar el grandioso, el jubiloso secreto, a los pastores que custodiaban sus rebaños de noche?

Así, el ángel enseñó esta primera lección, mezcla de humildad y gozo; pero una lección infinitamente más grande se escondía en el acontecimiento en sí mismo hacia el cuál se les llamó la atención a los pastores: el nacimiento en sí mismo del Santo Niño Jesús. Esto lo dijo así: “Hallaréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. Indudablemente, al oír que el Señor Jesucristo había nacido en el mundo, habrían de salir a buscarlo por los palacios de los reyes. Jamás habrían podido adivinar que Él había venido como uno de ellos, ni que podían acercársele; por tanto el ángel les avisó dónde lo hallarían, no sólo con un signo, sino también con una lección.

“Los pastores se dijeron unos a otros: «Vayamos pues a Belén y veamos este acontecimiento que el Señor nos ha hecho conocer»”. Vayamos nosotros también con ellos, a contemplar aquel segundo y más grande milagro que les indicó el ángel, la Natividad del Cristo. San Lucas dice de la Santísima Virgen: “Dio a luz a su hijo primogénito; y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre”. ¡Qué admirable signo hay en esto para el mundo entero! Y por eso el ángel se lo repitió a los pastores: “Hallaréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. El Dios del cielo y de la tierra, el Verbo Divino, que había participado en la gloria con el Padre Eterno desde el principio, en este tiempo nació en el mundo de pecado como un pequeño niño. En este tiempo yacía en brazos de su Madre, a todas luces impotente e indefenso, y envuelto por María en pañales, y acostado a dormir en un pesebre. El Hijo de Dios Altísimo, que creó los mundos, se hizo carne, bien que permaneciendo lo que Él era antes. Se hizo carne tan verdaderamente como si hubiese dejado de ser lo que Él era, y de hecho había sido cambiado en carne. Se sometió a la descendencia de María, para dejarse tomar por las manos de un mortal, para tener los ojos de una madre sobre sí, y para ser abrazado sobre el seno de una madre. Una hija de hombre se convirtió en Madre de Dios—para ella, en verdad, un indecible don de gracia; pero en Él ¡qué condescendencia! ¡Qué vaciamiento de su gloria para hacerse hombre!—y no sólo un niño indefenso, aunque eso ya sería humillación bastante, pero también para heredar todas las enfermedades e imperfecciones de nuestra naturaleza que fueran compatibles con un alma sin pecado. ¿Cuáles serían sus pensamientos—si nos atrevemos a usar semejante lenguaje o nos permitimos reflexionar así sobre el Infinito—en lo que concierne a los sentimientos humanos, las tribulaciones humanas y las necesidades humanas que cayeron sobre Él? ¿Qué misterio no hay, desde el principio hasta el final, en esto del Hijo de Dios haciéndose hombre? Y con todo, en proporción al misterio está su gracia y merced; y como es la gracia, así es la grandiosidad de su fruto.

Contemplen detenidamente el misterio, y digan si existe la posibilidad siquiera de que se siga algo demasiado grandioso como consecuencia de tan maravillosa dispensación; un misterio tan grande, una gracia tan sobreabundante, como la que ya se ha manifestado en la encarnación y muerte del Hijo Eterno. Si se nos dijera que su efecto sobre nosotros habría sido el de convertirnos en serafines, que ascenderíamos a tanta altura cuanto Él bajó a tanta profundidad—¿acaso eso nos sorprendería después de la noticia que le comunicó el ángel a los pastores? Y en realidad, ése es su efecto, en la medida en que pueden pronunciarse esas palabras sin irreverencia. Seguimos siendo hombres, pero no meros hombres, sino dotados con una medida de todas aquellas perfecciones que Cristo posee plenamente, cada uno de nosotros participando en grados diferentes de Su Divina Naturaleza tan plenamente que la única razón, por así decirlo, por la que sus santos en realidad no se le parecen es porque eso es imposible—porque Él es el Creador, y ellos sus creaturas; y aun así, lo son todo, excepto Divinos, llegan a todo lo que pueden alcanzar a ser sin violar la majestad incomunicable del Altísimo. Seguramente su poder de glorificar está en proporción a su gloria; de modo que decir que mediante Él seremos todo excepto dioses—y aunque eso implica que estamos infinitamente por debajo del adorable Creador—igual equivale a decir, y es verdad, que seremos encumbrados más que cualquier otro ser en el universo mundo; más altos que los ángeles y los arcángeles, que los querubines y que los serafines. Entiéndase bien, no aquí ni por propia industria, sino en el Cielo y en Cristo: Cristo, el fruto primero de nuestra raza, Dios y hombre, ya ha ascendido muy por encima de todas las creaturas, y nosotros por su gracia tendemos hacia semejante bienaventuranza, contando con las arras de su gloria desde ya, aquí y ahora, y, si fuéramos hallados fieles, en la otra vida, en plenitud.

Si las cosas son así, indudablemente la lección de gozo que recibimos con la Encarnación resulta tan impresionante como la lección de humildad. San Pablo nos imparte esta única lección en su epístola a los Filipenses: “Tened en vuestros corazones los mismos sentimientos de Cristo Jesús: el cual, siendo su naturaleza la de Dios, no miró como botín el ser igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo, tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Filip. II:5-7). Y San Pedro nos enseña la lección del gozo: “A Él amáis sin haberlo visto; en Él ahora, no viéndolo, pero sí creyendo, os regocijáis con gozo inefable y gloriosísimo, porque lográis el fin de vuestra fe, la salvación de vuestras almas” (I Pedro, I:8-9).

Mis hermanos, llevad estos pensamientos con vosotros a sus casas en este festivo día; que estas ideas los acompañen en vuestra familia y en las reuniones sociales. Es un día de gozo: buena cosa es estar alegres—otra cosa estaría mal. Porque un día podremos quitarnos la carga de nuestras mancilladas conciencias y gozarnos en las perfecciones de Nuestro Salvador Jesucristo, sin pensar en nosotros, sin pensar en nuestra miserable suciedad; sino que estaremos contemplando su gloria, su justicia, su pureza, su majestad, su desbordante amor.

Podemos gozarnos en el Señor y en todas sus criaturas. Podemos disfrutar de sus dones temporales, y participar de las cosas agradables de la tierra con Él en mente; podemos regocijarnos en nuestros amigos, por deferencia a Él, amándolos muy especialmente porque Él los ha amado.

“Dios no nos ha destinado para la ira, sino para adquirir la salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo, el cual murió por nosotros, para que, ora velando, ora durmiendo, vivamos con Él” (I Tesalonicenses, V:9). Corramos tras la gracia de un corazón alegre, un talante suave, dulce, gentil, y tengamos almas resplandecientes, como que caminamos en su luz y por su gracia. Supliquémosle que derrame sobre nosotros el espíritu sobreabundante, el amor que brota de un manantial infinito que vence y barre con las frustraciones de la vida con su propia riqueza y fuerza y que por encima de todo nos une con Él que es la fuente y el centro de toda misericordia, amor y júbilo.

Card. J. H. Newman

* * *


Sermon tomado de Et Voilà!



viernes, 6 de noviembre de 2009

Una perlita...


NACIONALISMO Y TRADICIONALISMO EN ALBERTO EZCURRA MEDRANO

Se cumplen en 2009 cien años del nacimiento de Don Alberto Ezcurra Medrano, uno de los fundadores del nacionalismo católico y del revisionismo histórico efectuado desde una hermenéutica católica y tradicional. Padre de siete hijos, tres de ellos sacerdotes (entre los cuales el siempre recordado Padre Alberto Ezcurra), la mayor parte de su obra histórica – inventariada y dada a conocer gracias a varias notas de Ignacio Martín Clopett – permanece aún inédita. Entre otros escritos sin publicar se encuentran sus “Memorias”, de la cual ofrecemos al lector unos fragmentos valiosísimos que permiten advertir la ortodoxia fundacional del nacionalismo católico representado por Ezcurra Medrano, libre de influencias liberales, marxistas y populistas. Las palabras y frases subrayadas pertenecen al autor

Fragmentos de sus “Memorias” inéditas

“1928 fue un año de cambios fundamentales en mi vida (…) La reacción antiliberal y antidemocrática que por ese tiempo comenzó a perfilarse en el mundo debió estar en el ambiente, pues sin vinculaciones políticas, sin contactos con otros grupos, la sentimos tres muchachos porteños y la concentramos en una minúscula agrupación que se llamó “Comité Monárquico Argentino”. Nació a fines de 1927 y adquirió forma orgánica el 14 de febrero de 1928 en unos estatutos que llevan la firma de sus tres fundadores y únicos miembros: Francisco Bellouard Ezcurra (+), Eugenio Frías Bunge y Alberto Ezcurra Medrano (…).

Fue una tarde de mediados de abril (…) cuando encontré a Pompón en la vereda. Daba señales de gran excitación y agitaba un papel en la mano. Había descubierto “La Nueva República”, periódico nacionalista y antidemócrata nacido a fines del año anterior (…) De hecho el Comité Monárquico quedó disuelto y sus tres miembros, en unión de Roberto Parker, nos incorporamos al grupo de “La Nueva República” (…). Yo me encargué de redactar la sección “Universitarias” en el periódico y el 15 de diciembre publiqué un editorial que se titulaba: “La reacción y sus dificultades” (…).

“La Nueva República” dejó de aparecer, por entonces, el 29 de diciembre de 1928. Su obra fue grande. En su viejo local de la calle Alsina 884 germinaron el Nacionalismo y la Revolución de 1930 (…). Los que en ella hicimos nuestras primeras armas, jamás la olvidaremos, porque allí aprendimos a interesarnos por los problemas nacionales, y a amar eficazmente a la patria (…).

Una mañana de abril de 1929 me habló por teléfono Juan Carlos Villagra. “La Nueva República” no había efectuado su anunciada reaparición y él, con su hermano Guillermo, Mario Amadeo y otros amigos, habían concebido el proyecto de iniciar un movimiento que continuara la campaña antidemocrática de “La Nueva República”. Con este objeto nos reunimos una tarde en la Academia Literaria del Plata, del Colegio del Salvador, y resolvimos fundar una agrupación católica, dentro de la cual difundiríamos nuestras ideas contrarias a la democracia liberal – condenada por León XIII en la encíclica “Inmortale Dei” – mediante una serie de conferencias que se darían tomando como programa el “Syllabus” de Pío IX. Teníamos también el proyecto de fundar un periódico y de intensificar la propaganda en la Universidad.

Esta agrupación se denominó “Liga Universitaria de Afirmación Católica” (…).

Por ese tiempo nació mi vocación por la Historia. Siempre me había gustado, pero el descubrimiento, en un arca vieja que había sido de mi abuelo materno, de una cantidad de papeles de familia pertenecientes a la época rosista, me hizo interesar especialmente en ese período tan discutido de nuestra historia (…) Por tradición de familia siempre había tenido cierta inclinación sentimental hacia Juan Manuel, pero un mejor conocimiento de su época y la comprobación de la tremenda injusticia histórica que con él se había cometido, me hicieron furibundamente rosista.

Entre tanto, nuestra “Liga” no marchaba. La concurrencia a sus conferencias era escasa, y su carácter de agrupación “católica” no nos permitía difundir abiertamente nuestras ideas políticas antidemocráticas. Todo esto indujo a Juan Carlos Villagra a dejarla morir y a fundar una nueva agrupación de carácter esencialmente político y social, francamente antidemócrata, cuyo fin principal sería la publicación del periódico que tanto anhelábamos (…) Resolvimos publicar el periódico y lo denominamos “El Baluarte”, nombre que adoptamos también para nuestra agrupación (…)

“El Baluarte” apareció en julio de 1929 (…). Su local fue mi casa, Junín 1024. Su Consejo de Redacción lo formamos los dos Villagra, Mario Amadeo y yo (…)

El programa de “El Baluarte” fue (…) esencialmente político y social, inspirado en la doctrina católica. Oponíamos al liberalismo “el predominio de los sagrados derechos de la Iglesia Católica”; a la democracia, “la República tradicionalista, mixta, corporativa y descentralizada”; contra los que negaban la existencia del problema social, nosotros proclamábamos su existencia y añadíamos que en esas cuestiones “poco nos separa de las normas dadas por León XIII el 15 de mayo de 1891”. Propiciábamos también el predominio de la cultura clásica sobre la “romántica y modernista” y nos proponíamos estudiar de nuevo la historia “a la luz de una crítica ajustada al juicio católico y conservador.

“El Baluarte” apareció de Julio a Diciembre, en que se despidió hasta abril con un número extraordinario, en el que colaboraron nuestros amigos de “La Nueva República”. Durante el curso del año publiqué en el seis artículos: “El mal de nuestra época”, “La verdadera definición de la democracia”, “”El pueblo aún no esta preparado”, “Nuestra independencia y el liberalismo”, “Nuestra independencia y el clero” y “La época de Rosas”. Estos tres últimos fueron particularmente interesantes, porque significaron la iniciación en nuestro país de un revisionismo histórico efectuado a la luz de un criterio antiliberal”

El triunfo revolucionario provocó honda conmoción en “El Baluarte”. Yo creí llegado el momento de unificar el Nacionalismo, dividido, ¡ya!, en dos grupos: “El Baluarte” y “La Nueva República”. La idea tenía enemigos decididos y hubo entre los “baluartistas” una sesión borrascosa, durante la cual asumí la defensa de la unión y logré imponerla. Desapareció “El Baluarte” y sus miembros, aumentados por nuevos compañeros, pasamos a integrar la “Comisión Universitaria de La Nueva República”.

Esa iniciativa me fue criticada muchas veces. Yo nunca me arrepentí de ella. Es cierto que entre “El Baluarte” y “La Nueva República” había algunas diferencias. El primero acentuaba lo católico y lo tradicionalista. “La Nueva República” se inclinaba más a la acción política y quizás no estaba exenta de influencias maurrasianas. Pero, precisamente, se trataba de infundir en ella nuestro espíritu. Además, hay que confesar que los del “El Baluarte” vivíamos un poco en la teoría política, en el aire, algo desconectados de la realidad argentina (…) La experiencia neo- republicana nos fue útil a todos, nos hizo tomar contacto más íntimo con la realidad política argentina y nos infundió un mayor espíritu de lucha (…) Otros hechos posteriores nos demostraban también que nuestra unión con “La Nueva República” completó, pero no disminuyó, nuestra formación “baluartista” (…).

En 1937 (…) surgió “Restauración”.

“Restauración” fue, sin duda, la expresión más pura y más auténtica del nacionalismo argentino. Surgió a la luz de las llamas del incendio español, que iluminó a muchos de los fundamentos de nuestra nacionalidad. Algo contribuyó a su nacimiento mi “Catolicismo y Nacionalismo”, que entusiasmó a sus fundadores (…) “Restauración”, abandonando el nacionalismo empírico o con ribetes “Maurrasianos” o “nazis”, fue profundamente católica, hispánica y rosista. Fue, inconfundiblemente, nuestro nacionalismo, o sea la doctrina que quiso que nuestra política fuese expresión de nuestro ser nacional y tradicional, y no de doctrinas artificiales o exóticas”

“Hoy que miro “El Baluarte” con una perspectiva de más de 30 años, me doy cuenta hasta qué punto sigo siendo en 1960 el mismo “baluartista” de 1929.

Mi nacionalismo es esencialmente católico y tradicionalista. Fue una reacción de mi patriotismo contra el internacionalismo marxista y el desprecio por la patria de los liberales. Siempre fui patriota, como lo fue mi padre. No creo que el patriotismo sea un sentimiento que me sobre. Lo creo una virtud positiva. Me acompaña en esta opinión Santo Tomás de Aquino (…) Nunca pude ser conservador, como parecería destinado por mi nacimiento, porque el conservadorismo, en nuestro país, se proclama liberal y el liberalismo es una herejía, y en nuestro país, con frecuencia, una traición. No es de la esencia del conservadorismo ser liberal, ni del liberalismo ser traidor, pero, en nuestro país, se han dado esas coincidencias, que soy el primero en lamentar (…)

Tampoco pude ser conservador porque he visto siempre en el conservadorismo, y sobre todo en los conservadores, demasiado espíritu de clase, demasiada defensa de intereses, los he visto demasiado conserva duros, como les decían en España. Y yo, aunque personal y familiarmente aristócrata, como ciudadano argentino antepuse siempre los intereses del país a los míos propios. ¿Quijotismo político? No. Verdadera aristocracia, que es la que tiene el sentido de servir al bien común. La que mira primero por sí misma se transforma automáticamente en oligarquía.

Pero si pude ser nacionalista y no conservador, ello no significa que esté de acuerdo con ciertas corrientes nacionalistas donde se da a la nación o al estado un valor demasiado absoluto; donde con criterio materialista se acentúa demasiado la importancia de lo económico; donde se acepta la Revolución como hecho ineludible, al cual hay que plegarse. Para mí la Revolución es el Anticristo en marcha y galoparle al lado es engrosar su cortejo.

Mi nacionalismo es un nacionalismo “sui géneris”, de muy difícil encuadre fuera de “El Baluarte” y “Restauración”. Soy, más que nada, un “carlista” (Memorias, 1956 y Apéndice al Capítulo III, 1960)

Gentileza del Dr. Fernando Romero Moreno. Fragmentos de este texto aparecieron en la revista Cabildo.

Tomado de Carlismo Argentino

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Festividad de San Carlos Borromeo, día de la Dinastía Legitima.

Buenos Aires, 4 noviembre 2009,
festividad de San Carlos Borromeo, día de la Dinastía legítima. FARO
reproduce con sumo gusto este recordatorio, remitido por el Profesor Ricardo Fraga.

EL CARLISMO ES:



1) UNA BANDERA DINÁSTICA, enarbolada en 1833 por el Infante Don Carlos
Mª Isidro de Borbón y que se funda tanto en la legitimidad de origen
cuanto en la de ejercicio, tal como lo atestigua la historia
incontaminada de la dinastía legítima, escrita muchas veces con sangre.



2) UNA DOCTRINA POLÍTICA ordenada a la primacía del bien común natural
y sobrenatural y establecida sobre la prevalencia de la justicia y del
derecho objeto de ésta y en la sustentación de los fueros como garantía
de solidaridad.



3) UN ESTILO: el señorío en el servicio evangélico: "No he venido a ser servido sino a servir".





EL CARLISMO MIRA:



1) HACIA EL PASADO: para enraizar con las generaciones.



2) HACIA EL PRESENTE: para convalidar sus títulos.



3) HACIA EL FUTURO: para garantizar la continuidad.





EL CARLISMO SÓLO SE RINDE ANTE:



1) la infinita trascendencia de DIOS.



2) la DIVINIDAD DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, Dios y Hombre verdadero.



3) la primacía magisterial del PAPA, principio de la verticalidad en la Iglesia Católica.





ANTE LA APOSTASÍA Y LA INSOLENCIA DE NUESTROS DÍAS EL CARLISMO PROCLAMA:



1) la REALEZA SOCIAL DE JESUCRISTO REY.



2) la conservación dinámica de los valores de la TRADICIÓN.



3) la FIDELIDAD a la dinastía proscrita, fuente y faro de su propia legitimidad.





¡POR DIOS, POR LA PATRIA, POR EL REY!

martes, 27 de octubre de 2009

Jordán Bruno Genta, a 35 años de su martirio.




En la Fiesta de Cristo Rey, 27 de octubre de 1974

Enseñó la Verdad Católica, Apostólica y Romana, en plena y continua comunión con la Cátedra de Pedro. Mas no ignoraba la presencia de los lobos revestidos con las apariencias de corderos. Sufría con el Vicario de Cristo el humo de Satán enseñoreado en el lugar sagrado.

No aprobó jamás los procedimientos castrenses irregulares y clandestinos para combatir al marxismo. Clamaba por la guerra justa, limpia, frontal y varonilmente librada: la guerra contrarrevolucionaria, de la que fue su más esclarecido doctrinario.

JORDÁN BRUNO GENTA

A 35 años de su martirio
1974 - 27 de octubre - 2009



- I -

Se llamaba Jordán Bruno Genta, aunque algunos todavía no sepan escribir ni pronunciar su nombre. Y otros -recién llegados curiosamente a su tributo- lo hayan ignorado o rechazado por extremoso; mientras nosotros, nacionalistas y católicos, lo homenajeábamos año tras año, a veces en la soledad de una catacumba eclesial amiga, a veces en algún fogón provinciano siempre hospitalario, y cada día desde la clase, el libro o la conferencia.

Éramos jóvenes cuando lo mataron y cuando despedimos sus restos con nuestro inconfundible estilo. La memoria registra ojivas caudalosas de brazos en alto mientras su féretro avanzaba hacia la tierra postrimera, los gritos multiplicados de ¡Presente! ante su nombre coreado con bravura, y la consigna legionaria lanzada al viento como un desafío: ¡Viva la muerte!

Fuimos envejeciendo, pero por la gracia de Dios, aquellos ideales juveniles no resultaron abandonados ni torcidos.

Jordán, palabra aguda de resonancias graves y luminosas, como el río en el que recibió el bautismo Nuestro Señor Jesucristo. Bruno, fuerte como coraza o armadura, en antigua semántica germana.

Dios se las ingenió para que se cumpliera el poema: mira que al dar un nombre se recibe un destino.



- II -

Enseñó la Verdad Católica, Apostólica y Romana, en plena y continua comunión con la Cátedra de Pedro. Mas no ignoraba la presencia de los lobos revestidos con las apariencias de corderos. Sufría con el Vicario de Cristo el humo de Satán enseñoreado en el lugar sagrado.

No aprobó jamás los procedimientos castrenses irregulares y clandestinos para combatir al marxismo. Clamaba por la guerra justa, limpia, frontal y varonilmente librada: la guerra contrarrevolucionaria, de la que fue su más esclarecido doctrinario.

Distinguía entre el testigo y el verdugo, el partisano y el guerrero, el soldado patrio y el guerrillero apátrida. Nunca se le hubiera ocurrido homologarlos en un sincretismo contrario a la justicia. La unidad de las derechas y las izquierdas no aparecía en sus discursos. O se honraba a los gauchos de Obligado, o se aplaudía -como los unitarios- la usurpación extranjera. Pero gauchos y usurpadores no resultaban materia de forzadas reconciliaciones mediáticas.

Será prudente aclararlo. Guerra fratricida y dolorosa fue la de nuestra Independencia, porque al fin de cuentas eran los contendientes todos hijos de España. Guerra fratricida y tensa, si se quiere, la de nuestra pugna entre los ponchos celestes y las vinchas punzó. Pero la invasión planificada del Marxismo Internacional contra La Argentina, con la anuencia de una clase nativa al servicio del Aparato Subversivo Mundial, no es contienda de hermanos. Es el programa endemoniado que entonces supo lanzar la Unión Soviética y sus satélites contra las naciones cristianas.

Bien está que pidamos para que la clemencia de Dios alcance a Caín, a Ismael y a Esaú. Pero sólo Abel, Isaac y Jacob son figuras de Cristo.

Bien está que la muerte nos llegue a todos y en las cenizas nos iguale, instándonos por eso a la caridad y deponiendo rencores torvos. Pero uno es el "polvo enamorado", y otro el destino de los que tendrán que abandonar toda esperanza cuando les llegue su Juicio. De unos seguirán cantado los versos de Foxá:"para la muerte, hermano, te vestirás de fiesta". De los caínes se apiade el Señor de la Misericordia y nosotros no le dejemos de rezar.

"Allegados son iguales", decía Jorge Manrique respecto de los muertos que se homologaban unánimemente al tener que comparecer ante el Tribunal del Altisimo. Pero también distinguía entre quien se presentaban con villanía y bajeza, y el varón singular que podía ser rotulado como "maestro de esforzados y valientes".



- III -

Genta sostuvo una enemistad firmísima con el comunismo, pero también –y simétricamente- con el liberalismo en todas sus variantes. El liberalismo sigue siendo un pecado, y lo sabía.

No fue democrático. Admiraba a los grandes monarcas santos, a los varones jerárquicos instauradores de gobiernos fuertes, a los jefes aristocráticos, a los Caudillos de la Patria y de Occidente; y hasta respetaba cristianamente a los grandes conductores nacionales a quienes aplastó la conjura aliada en 1945.

La Realeza Social de Jesucristo era su opción política. El Omnia Instaurare in Christo, su lema y su norte. Su divisa flameante e izada bien al tope.

Jamás fundó un partido ni aconsejó formarlo o integrarlo. Jamás creyó en la unidad de los opuestos, ni en la coyunda con liberales y populistas, ni en la acción conjunta con quienes no existe previamente la unidad en el Ser, ni en la concordia entendida como irenismo o rendición. Repetía con Santa Teresa: “es preferible la Verdad en soledad al error en compañía”. Y con Aristóteles: “en toda juntura entre lo malo y lo bueno, sufre lo bueno”. No mixturaba los contrarios, así como evitaba mezclar el agua con el vino.

Se atrevió a decir lo que otros callaban y aún callan: que hay una culpabilidad judeomasónica tras el drama de la Argentina y tras la derrota de la Civilización Cristiana. Ni el pulso ni la voz tremaron en su cuerpo cada vez que fue necesario opugnar con la Sinagoga de Satanás. Pero tampoco faltó la caridad siempre que un prójimo, fuere quien fuese, se aquerenciaba hasta su puerta.

Denunciaba con bizarría al Imperialismo Internacional del Dinero, y con mirada sobrenatural alertaba contra la acción del Anticristo.



- IV -

Señaló la naturaleza crapulosa del peronismo, y una por una marcó a fuego las canalladas múltiples de Perón, artífice de la subversión , cohonestador de sus primeros crímenes, y propugnador hasta el final del mundialismo masónico, previo paso por el continentalismo y el socialismo nacional, como repitió hasta el hartazgo. El mito de la expulsión de la Plaza de Mayo de los montoneros no pasó por su magín. Perón murió carteándose cortésmente con Mao, Castro, Dorticós y Allende. Y los jefes montoneros hicieron la "v" de la victoria ante su féretro. Extraño caso de unos "echados" que rinden honores al "echador" y le prometen proseguir la lucha.

Las tónicos del pasado no son las medias verdades sino la metafísica, la teología y la honesta historiografía.

Expresamente repudió la falsa línea ideológica “San Martín - Rosas - Perón”. Sus arquetipos no eran los incendiarios de iglesias sino los herederos de la estirpe del Cid. Una memoria completa no basta para saberlo. Es necesario una historia veraz.

La teoría de los dos demonios, y la posición de quienes se sienten discriminados porque sólo se ataca a uno de ellos, le hubiera causado repulsión y desprecio. En la patria, no se enfrentaron ni se enfrentan dos demonios sino las dos ciudades agustinianas. Él batalló por la Civitas Dei y cayó en su defensa, heroicamente. No fue la víctima accidental de una refriega terrorista. Fue un combatiente valeroso abatido a mansalva por el enemigo. Su condición de víctima sólo puede señalársele en el más profundo sentido teológico de la palabra. Pero escapa completamente al alcance habitualmente otorgado al término, como sinónimo del que muere por causa eventual o efecto secundario.

No estaba por azar cuando ocurrió el atentado marxista, el 27 de octubre de 1974. Ni recibió una bala casualmente, ni resultó el damnificado de una explosión que buscaba otro destinatario. La substancia antes que los accidentes explican su caída. Lo habían ido a matar a la puerta de su casa. Un domingo, cuando rumbeaba para la Santa Misa, en la tradicional festividad de Cristo Rey, como después escribieron sádicamante sus verdugos.

Tuercen los hechos quienes dicen que lo mataron por pensar diferente. Lo mataron por pensar verdadero y obrar y vivir en consecuencia.

Cayó con muerte previsible, anunciada, esperada. Con la muerte bella y merecida del mártir. Dio su sangre ofrecida en oblación por la Cruz y la Bandera, por la Fe y por la Verdad Crucificada.

Para inteligir lo sucedido el 27 de octubre de 1974, no hay que acudir a “las sórdidas noticias policiales”, sino al misterio de la Comunión de los Santos.

Que lo hayan matado los mismos que antes y después mataron a tantos otros —¡ay!, tantos hombres de bien!— no quiere decir que lo hayan matado por lo mismo. No lo mataron por lo mismo que buscaban segar las cabezas de mercaderes yanquis, de empleados del Club de Roma, de dirigentes radicales, de empresarios usureros o de gremialistas pseudonacionalistas, defensores de Salvador Allende . Su muerte no fue un ajuste de cuentas entre internas peronistas. Los guerrilleros distinguieron en su momento lo que hoy no saben ni quieren distinguir otros.

Y que haya muerto en democracia, bajo un gobierno constitucional, no aumenta las culpas de la guerrilla, por no respetar la voluntad popular. Prueba hasta el cansancio lo que el mismo Genta enseñaba recordando el maquiavelismo marxista-leninista: "la democracia es la vía de acceso más directa al Comunismo".

Lo mataron por ser católico y nacionalista. Lo mató el odio rojo por luchar por el Amor de los Amores.



- V -

En vida, quisimos ser sus discípulos y seguidores.

Desde que lo asesinaron, no hemos dejado de honrarlo, recordarlo, difundirlo, y darlo a conocer entre quienes no habían tenido la gracia de conocerlo. Lo hicimos sin medios y sin los medios. En soledad, con la conspiración de silencio como sombra amenazante y artera. Lo hicimos —corriendo modestos pero concretos riesgos— sin que se enteraran ni nos acompañaran los que hoy, en buena hora, se han percatado de su existencia y se suman a la partida. Bienvenidos si vienen por la victoria pendiente, antes que por la paz gandhiana. Por el perdón tendido al que se arrepienta y enmiende con sinceridad, y la resistencia empecinada contra los herederos sanguinarios del bolchevismo, enseñoreados hoy sobre la nación. Perdonar a los criminales sin arrepentimientos ni compensaciones de sus desmanes no es virtud; es vicio y se llama lenidad. Tender la mano al homicida insolente y amenazante, no es un gesto cristiano sino absurdo.

¿Que importancia tiene que una pseudojusticia mundana —en manos de sodomitas y aborteras— declare alguna vez que el crimen de Genta o el de sus pares en el martirio fue de lesa humanidad? ¿Son acaso las categorías de Nüremberg las que glorificarán a nuestros muertos ilustres? ¿Son acaso los criterios del enemigo los que han de blanquear sus memorias insignes? No fue un crimen de lesa humanidad contra los derechos del Salvador el que se perpetró en el Gólgota. Fue el deicidio. Los deicidas siguen matando a los testigos del Gólgota. Y no hay leguleyería internacionalista que alcance para calificar a los victimarios.

Tampoco estamos pidiendo que un tribunal oportunista y mendaz investigue a los autores del homicidio, ni nos quejamos porque los pastores cobardes de este suelo hayan rechazado la sola posibilidad de introducir su beatificación. Ya dispondrá Dios, en tiempo y forma, príncipes dignísimos de la Iglesia como aquellos que beatificaron a Anacleto González Flores.

Ningún secreto encierra la causalidad formal de su asesinato. Los que lo abatieron gobiernan. Sus nombres y sus rostros, son los nombres y los rostros execrables del Régimen. Caras con muecas sicarias y rictus infames que no logran disimular los avances cosméticos.



- VI -



Dios permita que mañana, por obra de un Caudillo victorioso, se pueda consumar en la Argentina la bella magnanimidad del Valle de los Caídos. El ilustre monumento es una glorificaciòn de la Cruzada, y es a la par el gesto magnificente del vencedor que sabe perdonar y abatir los odios. ¡Qué más quisiéramos que una montaña criolla, burilando en la piedra el fin de las discordias, tras un parte de batalla que diera cuenta de que el ejército rojo está "cautivo y desarmado". Dichosos quienes conservan este sueño. Generosidad ejemplar los impulsa y sostiene.

Pero aquí y ahora, entre nosotros, con los enemigos ultrajando a Dios y a la Patria, activa y ferozmente, no es el tiempo del Valle de los Caídos sino la hora del Valle de Elah. Aquel donde cuentan las Escrituras que David supo tumbar al maléfico Goliath.

Siempre será honesto y legítimo predicar la concordia y bregar por ella. Cuánto más si el objetivo es la libertad de los cautivos, cuyo confinamiento supera el límite de todo oprobio. Pero sépase que la concordia no ha de pedírsele a Luzbel, ni ofrecerla como garantía de conciliaciones a cualquier precio, ni exhibirla como prueba de debilidad. La primavera no volverá a reír porque le roguemos a los tiranos que escuchen nuestras buenas intenciones. Antes habrá que alistarse en una resistencia valiente para que la tiranía no termine por arrasarlo todo.

Jordán Bruno Genta está a la derecha del Padre, gozando del merecido cielo que alcanzó por asalto, al haber caído como mártir de la Fe en el más estricto y cabal sentido de la palabra. Los mártires de los últimos tiempos no serán reconocidos como tales, escribía San Agustín. No serán reconocidos por los heresiarcas. Pero el Dios de los Ejércitos pasa revista en cada alba, y un ángel arcabucero señala su presencia con un centelleo vertical de luces altas.

De eso se trata este homenaje. De decir la verdad entera.

Jordán Bruno Genta: mártir de Cristo Rey. Jordán Bruno Genta: maestro de la Verdad. Jordán Bruno Genta: católico y nacionalista.

Jordán Bruno Genta: ¡Presente!


por el Prof. Antonio Caponnetto
¡VIVA CRISTO REY! ¡VIVA LA PATRIA!

jueves, 10 de septiembre de 2009

La Mirada Santificadora Don Quijote

Leyendo textos interpretativos del Quijote para la preparación de un trabajo tropecé con este que quisiera compartir con Uds. Creo que se aplica a todas las situaciones de la conducta humana, incluso allí donde la sospecha y la prevención se justifican razonablemente. Hay un efecto redentor en la mirada pura de las cosas, en la esperanza en la gracia, en la actitud misericordiosa que tantas veces es tildada de "locura" por los "prevenidos". Y eso nos lo enseña el arquetipo de la hispanidad...

Más al caer de este primer día de su carrera de gloria “vió no lejos del camino por donde iba, una venta”, llegando a ella “a tiempo que anochecía”. Y las primeras personas con que topó en el mundo fueron “dos mujeres mozas, destas que llaman del partido”; encuentro con dos pobres rameras fue su primer encuentro en su ministerio heroico. Mas a él le parecieron “dos hermosas doncellas o dos graciosas damas, que delante de la puerta del castillo” – pues por tal tuvo a la venta – “se estaban solazando”. ¡Oh poder redentor de la locura! A los ojos del héroe las mozas del partido aparecieron como hermosas doncellas; su castidad se proyecta a ellas y las castiga y depura. La limpieza de Dulcinea las cubre y limpia a los ojos de Don Quijote. Y en esto un porquero tocó un cuerno para recoger sus puercos, y lo tomó Don Quijote por señal de algún enano, y se llegó a la venta y a las trasfiguradas mozas. Llenas éstas de miedo - ¿y qué sino miedo ha de criar en ellas su desventurado oficio? – se iban a entrar en la venta, cuando el Caballero, alzada la visera de papelón y descubierto el seco y polvoroso rostro, les habló “con gentil talante y voz reposada” llamándolas doncellas. ¡Doncellas! ¡Santa limosna de la palabra! Pero ellas, al oírse llamar cosa “tan fuera de su profesión, no pudieron tener la risa, y fue de manera que Don Quijote vino a correrse”. He aquí la primera aventura del hidalgo, cuando responde la risa a su candida inocencia, cuando al verter sobre el mundo su corazón la pureza de que estaba henchido, recibe de rechazo la risa, matadora de todo generoso anhelo. Y ved que las desgracias se ríen precisamente del mayor honor que pudiera hacérseles. Y él, corrido, les reprendió su sandez, y arreciaron a reír de ellas, y él a enojarse, y salió el ventero, “hombre que por ser muy gordo era muy pacífico”, y le ofreció posada. Y ante la humildad del ventero humillóse Don Quijote y se apeó. Y las mozas, reconciliadas con él, pusiéronse a desarmarle. Dos mozas del partido hechas por Don Quijote doncellas, ¡oh poder de su locura redentora!, fueron las primeras en servirle con desinteresado cariño.

Nunca fuera caballero
De damas tan bien servido

Recordad a María Magdalena lavando y ungiendo los pies del Señor y enjugándoselos con su cabellera acariciada tantas veces en el pecado; a aquella gloriosa Magdalena de que tan devota era Teresa de Jesús, según ella misma nos lo cuenta en el capítulo IX de su VIDA, y a la que se encomendaba para que el alcanzase el perdón. El Caballero manifestó sus deseos de cumplir hazañas en servicio de aquellas pobres mozas, que aún aguardan el Don Quijote que enderece su entuerto. “Pero tiempo vendrá – les dijo – en que las vuestras señorías me manden y yo obedezca.” Y las mozas, que “no estaban hechas a oír semejantes retóricas” y sí soeces groserías, “no respondían palabra”; sólo le preguntaron “si quería comer alguna cosa”. Cesó la risa; sintiéronse mujeres las “doncellas mozas del partido”, y le preguntaron si quería comer. “Si quería comer…” Hay todo un misterio de la más sencilla ternura en este rasgo que Cervantes nos ha transmitido. Las pobres mozas comprendieron al Caballero calando hasta el fondo su niñez de espíritu, su inocencia heroica, y le preguntaron si quería comer. Fueron dos pobres pecadoras de por fuerza las primeras que se cuidaron de mantener la vida del heroico loco. Las adoncelladas mozas, al ver a tan extraño Caballero, debieron de sentirse conmovidas en lo más hondo de sus injuriadas extrañas, en sus entrañas de maternidad, y al sentirse madres, viendo en Don Quijote al niño, como las madres a sus hijos le preguntaron maternalmente si quería comer. Toda caridad de mujer, todo beneficio, toda limosna que rinde, lo hacen por sentirse madres. Con alma de madres preguntaron las mozas del partido a Don Quijote si quería comer. Ved, pues, si las adoncelló con su locura, pues que toda mujer, cuando se siente madre, se adoncella.

Miguel de Unamuno, Vida de Don Quijote y Sancho


Texto tomado de Panorama Católico Internacional y escrito por el Responsable y Editor del mismo.